Chapter 7 of 8

El eco en el hormigón

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El tufo a gasolina rancia y concreto húmedo subía por el hueco de la escalera de emergencia como una marea helada. Kael bajaba los escalones de tres en tres, con la palma limpia de la mano derecha apoyada en la pared de hormigón para no perder el equilibrio. Detrás de él, el sonido de los pasos apresurados de Oliv, Renard, Lucien y Élise retumbaba contra el metal perforado de los peldaños, levantando una polvareda fina que olía a encierro y óxido. Arriba, en los pisos superiores del edificio principal de la Escuela Vermeille, el caos ya no se escuchaba como voces humanas. Era un rugido sordo, una mezcla informe de cristales rotos, pesadas puertas de roble cayendo de golpe y golpes secos contra la mampostería. El pánico del campus había dejado de ser un rumor lejano para convertirse en una estampida informe. —¿Tienes las llaves del todoterreno, Renard? —preguntó Lucien sin aflojar el paso. Su voz sonó ruda, desgastada por la carrera y por la polvareda del conducto. —Están en el panel central de la cabina —respondió Renard dos peldaños más atrás. Mantenía la barbilla alzada, aunque una gota de sudor le bajaba por la sien y desaparecía bajo el cuello de su uniforme impecable—. Si el chofer de mi familia no huyó con ellas, el pase biométrico funcionará sin problemas. —Si el chofer no huyó, es porque ya no está en condiciones de conducir —murmuró Élise. Se reajustó la correa del bolso sobre el hombro con un tirón seco. Tenía los nudillos pálidos de tanto apretar la piel del bolso. Kael llegó al descansillo del nivel menos dos y se detuvo de golpe. La puerta cortafuegos de acero que daba acceso al garaje privado de la academia estaba entornada un par de dedos. De la ranura no salía el aire acondicionado habitual, sino una corriente tibia, pesada, cargada de un tufo acre que le erizó los vellos de los brazos. —Huele a plástico quemado —dijo Oliv, alcanzando la posición de Kael. Se colocó a su lado, muy cerca, hasta que la manga de su chaqueta rozó la de él. Ninguno de los dos se apartó. —Entremos antes de que bajen por las escaleras —dijo Kael, apoyando la mano en la barra antipánico de la puerta. --- El garaje subterráneo de Vermeille era un templo de hormigón pulido y luces led de tono blanco clínico, diseñado para alojar los vehículos blindados, las berlinas ejecutivas y los deportivos de edición limitada que las familias más influyentes de Asteria ponían a disposición de sus hijos. Pero la elegancia del lugar se había fracturado en cuestión de horas. Un deportivo plateado yacía empotrado contra uno de los pilares centrales. El capó estaba aplastado como una lata de refresco, y un hilo constante de humo gris salía de la rejilla destrozada. Debajo del chasis, un charco fluorescente de anticongelante se mezclaba con una mancha densa y oscura que no reflejaba la luz de los tubos del techo. —El pánico llegó aquí antes que nosotros —dijo Oliv en un susurro cargado de amargura. Su mirada recorrió los pasillos numerados hasta detenerse en el sector reservado para la casa de Renard. —El vehículo está en su sitio —observó Kael, señalando hacia el fondo. El imponente todoterreno negro de cristales tintados y chasis reforzado continuaba estacionado entre dos columnas de soporte—. Parece intacto. Pero la rampa principal de salida está bloqueada. A unos cincuenta metros, una furgoneta de correo interno permanecía volcadas sobre un costado, cerrando casi por completo el túnel que ascendía hacia la superficie. Maletas abiertas, carpetas con documentos oficiales y prendas de vestir de alta costura yacían desparramadas por el suelo, pisoteadas y manchadas de grasa rancia. Lucien avanzó dos pasos, agachándose para recoger un tubo de hierro galvanizado que alguien había abandonado junto a un extintor vacío. Pesó la barra en su mano derecha y la probó en el aire con un chasquido breve. —No estamos solos —dijo Lucien, sin girar la cabeza. Desde la zona oscura que quedaba detrás de las plazas de aparcamiento del personal docente, un sonido interrumpió el murmullo del motor estropeado. Era un chasquido húmedo, como si alguien estuviera masticando algo duro con la boca abierta, acompañado por el arrastrar cansado de unos zapatos de suela de goma sobre la pintura del suelo. --- De la sombra de un pilar emergió una figura. Vestía el pantalón azul marino y la camisa clara del servicio de mantenimiento de Vermeille, pero la postura no correspondía a nada humano. El hombre caminaba con la pelvis desviada hacia un lado, obligando a su pierna izquierda a arrastrarse en un semicírculo torpe. Su cabeza colgaba hacia el hombro derecho con un ángulo imposible, dejando al descubierto una desgarradura enorme en el cuello por la que ya no salía sangre fluida, sino una pasta negruzca y reseca. —¿Señor Gómez? —susurró Élise, dando un paso instintivo hacia atrás hasta chocar contra el costado de una berlina. El hombre no respondió al nombre. Levantó el rostro lentamente. Sus ojos carecían de iris visible; eran dos esferas lechosas, cubiertas por una red fina de venas de un tono violáceo casi negro que vibraban bajo la córnea. Al exhalar, de su boca entreabierta brotó un hilo de saliva espesa que cayó directamente sobre su solapa. —Retrocede, Élise —ordenó Kael, interponiéndose entre ella y la criatura—. Eso ya no guarda luto por su nombre. El infectado emitió un chasquido gutural que resonó en las paredes de hormigón. De pronto, la torpeza de su andar desapareció. Dio un pisotón seco contra el suelo y se lanzó hacia ellos a una velocidad desquiciada, con los brazos extendidos y los dedos torcidos en ganchos rígidos. Lucien reaccionó sin dudar. Dio un paso al frente y descargó la barra de metal con un movimiento diagonal directo al pecho de la criatura. El impacto sonó como un mazo golpeando carne congelada. La fuerza del golpe frenó en seco la carrera del infectado y lo desplazó un metro hacia atrás, pero la criatura ni siquiera emitió un quejido de dolor. Se reequilibró de inmediato sobre sus piernas deformes, volvió a crujir la mandíbula y se arrojó de nuevo sobre Lucien, arañando la barra de metal con uñas desgajadas que dejaron marcas de grasa y sangre seca sobre el hierro limpio. —¡No sienten los golpes! —gritó Lucien, trabando el tubo contra el cuello del hombre para mantenerlo a distancia mientras los talones de sus botas resbalaban en el concreto fluido. --- —¡Renard, abre el maldito coche ya! —gritó Kael, corriendo hacia la parte trasera de la criatura para asestarle una patada limpia detrás de la rodilla. La articulación del infectado cediendo con un crujido seco, doblándose hacia delante de forma antinatural. El hombre cayó sobre una rodilla, pero no se detuvo; siguió avanzando a rastras hacia los pies de Lucien, clavando los dedos en el suelo con una fuerza feroz que le arrancó las uñas de raíz sin que mostrara la menor duda. Renard llegó al lateral del todoterreno y presionó el pulgar contra el escáner de la manija. La pantalla rectangular parpadeó dos veces en color rojo y emitió un pitido agudo de error. —La red central del campus ha caído —dijo Renard, golpeando la chapa blindada de la puerta con el puño cerrado—. El sistema de seguridad cortó la corriente de los sensores locales. El control biométrico no responde. —Déjame a mí —intervino Oliv. Se deslizó junto a la carrocería hasta la parte trasera del vehículo, metió los dedos en la ranura oculta del guardabarros derecho y presionó una pequeña pestaña de bronce que solo las familias fundadoras conocían por protocolo de evacuación física. Un compartimento diminuto se abrió con un chasquido seco. De su interior, Oliv extrajo una llave pesada de diseño antiguo, lisa y sin tallado visible. La introdujo en la cerradura oculta debajo del retrovisor y giró la muñeca con toda la fuerza de su brazo. Los pestillos hidráulicos del todoterreno saltaron con un golpe metálico profundo. Las luces LED del frontal se encendieron de golpe, inundando el garaje con un haz de luz blanca y brillante que cortó la penumbra del subterráneo. Fue en ese instante cuando la luz reveló lo que aguardaba al fondo de la rampa de salida. La furgoneta volcada no era el único problema. Detrás del vehículo atravesado, apretujados contra la verja metálica que daba a la calle, decenas de cuerpos infectados se agolpaban en una masa informe. Los brazos pálidos salían entre los barrotes de hierro, retorciéndose en el aire, mientras la estructura de acero cedía lentamente bajo el peso de la multitud, doblándose hacia el interior del garaje con un gemido de metal a punto de quebrarse.

End of Chapter 7