Chapter 9 of 8
Verdades no dichas
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El camino rural comenzó a inclinarse brillar en un ascenso empinado a medida que el todoterreno se internaba en los pasos de montaña del norte de Asteria. La vegetación era cada vez más densa y una niebla espesa y helada bajaba entre los pinos, reduciendo la visibilidad a apenas unos metros.
De pronto, Renard pisó el freno de golpe. Los neumáticos chirriaron suavemente contra la grava húmeda antes de detener el vehículo por completo.
—Hasta aquí llegó la autopista privada —rezongó Renard, señalando hacia adelante a través del parabrisas.
Frente a ellos, el puente de piedra y hormigón que cruzaba el desfiladero del río helado yacía colapsado. La parte central había volado por los aires —evidencia de un intento militar fallido por contener la expansión de la epidemia—, dejando una grieta abismal de decenas de metros de profundidad. Al otro lado de la barricada de escombros, un antiguo puesto de control de la patrulla forestal permanecía a oscuras, rodeado de conos de tránsito aplastados y un par de patrullas abandonadas.
—No hay forma de cruzar con el auto —dijo Kael, analizando la pendiente en la pantalla táctil de su terminal—. El barranco es demasiado empinado y el paso alternativo está a cuatro horas a pie rodeando la cumbre.
—Tendremos que dejar el todoterreno —concluyó Lucien, ajustándose las correas de su mochila táctica y tomando la barra de hierro—. Lleven solo lo esencial: agua, raciones de alto valor y los botiquines.
Oliv bajó del vehículo sintiendo cómo el aire gélido de la montaña le calaba los huesos. Miró hacia atrás por hábito: Élise bajaba con elegancia, cubriéndose la muñeca con la manga del abrigo, mientras observaba el abismo del puente con una tranquilidad imperturbable.
El grupo comenzó a bordear la cornisa de piedra para buscar un sendero estrecho de cazadores que descendía hacia la base del desfiladero. El cruce era una maniobra arriesgada; las rocas estaban resbaladizas por el rocío nocturno y un mal paso significaba caer al vacío.
Fue en medio del descenso, cuando el sonido del río retumbaba abajo, que un crujido sordo resonó entre los arbustos de la orilla opuesta.
—¡Alto! ¡No den un paso más! —resonó una voz firme y joven desde la penumbra de las rocas.
Renard y Lucien se pusieron en guardia al instante, interponiéndose entre la voz y Oliv. De entre las sombras del antiguo puesto de control emergieron tres figuras.
Para sorpresa de todos, no eran soldados maduros ni saqueadores demacrados. Eran tres chicos de su misma edad, vestidos con uniformes escolares de corte militar impecable, oscuros y reforzados con placas tácticas en los hombros: los distintivos del Instituto Crestmont, la academia rival y de máxima élite militar ubicada en la franja este de Asteria.
Un muchacho de cabello castaño corto y mirada afilada daba un paso al frente, sosteniendo una linterna militar y un estilete táctico con soltura profesional. A su lado, una chica de postura erguida revisaba una tablet de reconocimiento mientras un tercer estudiante mantenía la guardia sobre el sendero.
—Crestmont... —murmuró Kael, frunciendo ligeramente el ceño pero manteniendo la calma habitual—. No esperaba encontrar cadetes de la franja este tan al norte.
El líder del grupo de Crestmont ajustó la luz de la linterna, iluminando el escudo de la Escuela Vermeille bordado en las chaquetas de "Los Inalcanzables". Su expresión de alerta se transformó en una mueca de incredulidad agridulce.
—Vermeille —dijo el muchacho con una risa seca—. Los aristócratas de la capital. Pensé que a ustedes los habrían evacuado en helicópteros de lujo en cuanto empezó el caos en la ciudad.
—El lujo no detiene a una horda de infectados, si eso es lo que preguntas —respondió Renard con una sonrisa tensa, sin bajar la barra de metal—. ¿Qué hacen acampando en un puente destruido?
La chica de Crestmont dio un paso adelante, guardando su tablet.
—El puesto de mando de nuestro instituto cayó hace seis horas. Queríamos cruzar al refugio del condado norte, pero los militares volaron el tramo central antes de que llegáramos. No somos infectados y no buscamos pelea, pero el sendero inferior está infestándose rápido. Si van a bajar por ahí, nos conviene cruzar juntos.
Oliv observó a los recién llegados. A diferencia de la desesperación salvaje de la gente en la carretera, estos estudiantes de Crestmont mantenían una disciplina fría y entrenada, producto de la instrucción de su academia. Sin embargo, en sus ojos también se leía el mismo cansancio y el mismo horror de haber visto colapsar su mundo perfecto en cuestión de un día.
Kael intercambió una mirada rápida con Oliv, Renard y Lucien.
—Unir fuerzas para despejar el paso del desfiladero beneficia a ambos grupos —declaró Kael—. Pero mantenemos nuestras distancias y la línea de mando compartida.
—Trato hecho —asintió el líder de Crestmont—. Me llamo Tristan. Ella es Mael y él es Hugo.
El descenso por el sendero rocoso hacia el lecho del río se volvió un ejercicio de equilibrio y frialdad bajo la niebla helada de la montaña. La rivalidad entre la Escuela Vermeille y el Instituto Crestmont no era un secreto para nadie en Asteria; mientras Vermeille educaba a los futuros líderes políticos, diplomáticos y magnates del continente, Crestmont formaba a la élite de los mandos militares y estratégicos.
En los torneos intercolegiales de simulación táctica, Kael y Tristan habían sido encarnizados rivales. Y esa vieja chispa de competitividad resurgió en el peor momento posible.
—Mantengan un intervalo de dos metros entre cada uno —ordenó Tristan en tono seco, ajustando la correa de su estilete táctico mentre descendía a paso firme—. Si alguno de los aristócratas tropieza, no voy a arriesgar a mi equipo para recogerlo.
—Guárdate tus discursos de campamento para tus cadetes, Tristan —respondió Renard con una sonrisa helada, sosteniendo la barra de metal sobre el hombro mientras bajaba sin romper el ritmo—. En Vermeille no necesitamos que un uniforme de gala con insignias de plástico nos diga cómo no caernos de una piedra.
—Al menos en Crestmont enseñan disciplina, no solo a elegir la marca del reloj —espetó Hugo, el cadete de Crestmont que cubría la retaguardia, cruzando una mirada desafiante con Lucien.
—El reloj sirve para saber exactamente a qué hora te vas a quedar sin aliento, cadete —replicó Lucien sin inmutarse, acomodándose la mochila táctica mientras le ofrecía una mano a Oliv para afirmarse en una roca resbaladiza.
—Silencio todos —intervino Kael, deteniéndose de golpe y extendiendo el brazo para frenar el avance. Su voz sonó como una hoja de afeitar que cortó la disputa al instante—. Tristan, tus hombres están pisando ramas secas. Si seguimos haciendo tanto ruido, ni siquiera necesitaremos que la niebla nos cubra: los atraeremos a todos.
Tristan frunció el ceño, alzando una mano para ordenar a Mael y Hugo que hicieran alto.
—Mi gente sabe moverse en terreno accidentado, Kael. Preocúpate por los tuyos. Especialmente por ella —dijo Tristan, señalando con la barbilla hacia Élise, quien bajaba detrás de Oliv con una calma inquietante, manteniendo el brazo cubierto bajo la manga del abrigo.
—Élise es parte de nuestro grupo y no es tu problema —respondió Oliv con firmeza, dando un paso al frente para interponerse entre la mirada analítica de Tristan y su amiga.
Mael, la chica de Crestmont, dio dos pasos hacia el frente consultando su dispositivo de reconocimiento.
—Dejen de medir sus egos un segundo —dijo Mael con voz helada—. La actividad sísmica y los sensores térmicos del desfiladero están marcando movimiento rápido. No estamos solos aquí abajo.
Antes de que cualquiera pudiera responder, un crujido ensordecedor resonó por encima de ellos. Un grupo de rocas y escombros cayó desde la cornisa superior del puente destruido.
Desde la penumbra de la niebla, una docena de infectados descolgados del puesto de control cayeron sobre el cauce del río. Se reincorporaron con movimientos torpes pero violentos, chasqueando las mandíbulas y arrastrando las extremidades dislocadas por el lecho de piedras. Y peor aún: desde el camino por donde acababan de bajar, la masa de persecución que venía de la ruta secundaria se agolpaba en la cornisa, cortándoles la retirada.
Estaban acorralados entre la pared de roca y el torrente del río.
—¡Línea defensiva! —gritó Tristan, desenfundando un estilete de combate y tomando posición de guardia junto a Hugo.
—¡Kael, a la izquierda! ¡Lucien, conmigo en el centro! —ordenó Renard, situándose al lado de los cadetes de Crestmont sin dudar un segundo.
El choque fue brutal. La frialdad táctica de los cadetes de Crestmont se combinó en cuestión de instantes con la ferocidad y agilidad de "Los Inalcanzables". Hugo y Lucien trabaron a las dos primeras criaturas con sus barras y cuchillos, coordinando los golpes para desestabilizarlas en la corriente del agua. Tristan y Renard se cubrían las espaldas mutuamente, respondiendo con esquivas rápidas y estocadas precisas mientras Kael y Mael analizaban la vía de escape entre las paredes del cañón.
Oliv se mantuvo firme junto a Élise, usando un tubo de metal para repeler a un infectado que intentó abalanzarse sobre ellos por el flanco.
—¡El paso estrecho hacia la cueva del este! —gritó Kael, señalando una grieta en la pared de piedra—. ¡Podemos bloquear la entrada si cruzamos todos a la vez!
—¡Muévanse! ¡Crestmont cubre el repliegue! —ordenó Tristan, asestando una patada limpia que envió a una criatura contra las rocas.
—¡De eso nada! ¡Vermeille no recibe coberturas de nadie! —respondió Renard con una carcajada tensa, empujando a Tristan hacia la grieta antes de asestar un último golpe para despejar el camino.
Uno a uno, los ocho chicos se deslizaron por la estrecha hendidura de la cueva. Hugo y Lucien apoyaron los hombros contra un bloque de piedra inestable y, con un esfuerzo coordinado entre ambas escuelas, derribaron la roca sobre la entrada, sellando el paso y dejando afuera los alaridos y golpes desesperados de la horda.
El silencio volvió a instalarse en la cueva, roto solo por las respiraciones agitadas y el goteo del agua dentro de la gruta.
Tristan se dejó caer contra la pared de piedra, mirando a Renard, a Kael y a Lucien con un asentimiento de respeto a regañadientes.
—No pelean mal para ser niños de papá —murmuró Tristan con una sonrisa amarga, limpiándose un hilo de sudor de la frente.
—Y ustedes no son tan estirados cuando tienen el agua al cuello, cadete —respondió Renard, ofreciéndole una mano para ayudarlo a levantarse.
En la penumbra de la cueva, las diferencias entre ambas academias comenzaron a disolverse bajo el peso de la supervivencia. Sin embargo, mientras todos celebraban haber salido con vida de la emboscada, Mael se mantuvo en silencio a un costado, observando fijamente a Élise, quien ajustaba con disimulo la tela de su manga sobre la muñeca.
El silencio dentro de la cueva era denso, interrumpido únicamente por las respiraciones pesadas de los ocho jóvenes y el goteo rítmico del agua filtrándose por la piedra caliza. A la luz tenue de las linternas tácticas, los chicos de la Escuela Vermeille y los cadetes de Crestmont compartían espacio en una tregua forzada por la supervivencia.
Kael e investigaba el terreno con la linterna, mientras Tristan y Renard intercambiaban mapas de ruta en un rincón, discutiendo en voz baja sobre la distancia restante hasta el refugio del norte.
Oliv se había apartado unos pasos para revisar su cantimplora cuando sintió una presencia a su lado. No era el calor familiar de Kael ni la ligereza de Renard.
Era Mael.
La cadete de Crestmont se detuvo junto a una formación de estalactitas, cruzándose de brazos con una rigidez calculada. Su mirada, afilada como un bisturí, no se apartaba del rincón donde Élise compartía un poco de agua con Lucien.
—Tienen demasiadas grietas en su grupo, Vermeille —dijo Mael en un susurro apenas audible sobre el eco del agua, sin dignarse a mirar a Oliv a los ojos—. Y lo peor es que las están cargando a sus espaldas por puro sentimentalismo.
Oliv sintió que el estómago se le encogía de golpe. Intentó mantener la compostura, imitando la frialdad que había aprendido a observar en Kael.
—No sé de qué hablas, Mael —respondió Oliv, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Mael giró lentamente el rostro hacia él. Sus ojos oscuros brillaban con una lucidez peligrosa a la luz de la linterna.
—Vi cómo peleaba la chica. O mejor dicho, cómo no peleaba con normalidad —sentenció Mael, dando un paso al frente para acortar la distancia—. Cuando el infectado la acorraló junto al río, vi su brazo izquierdo. La manga se le subió. No era un rasguño común, Oliv. Lo que tiene bajo la piel está latente, extendiéndose con una simetría quirúrgica que no se parece a las convulsiones de la calle. Es necrosis avanzada.
El aire pareció congelarse en los pulmones de Oliv. Abrió la boca para replicar, para inventar cualquier excusa, pero las palabras se le atoraron en la garganta. La precisión analítica de la cadete de Crestmont no dejaba margen para el engaño.
—Si los altos mandos de mi academia o el protocolo de contención la hubieran visto, ya le habrían disparado en la cabeza sin pensarlo dos veces —continuó Mael con absoluta crudeza, sin rastro de malicia, solo con la fría aceptación de una realidad militar—. Sé que es tu amiga de la infancia. Entiendo la lealtad ciega que se gastan ustedes, los de Vermeille. Pero en este mundo, ocultar a un portador no es lealtad; es una sentencia de muerte para todos los demás.
Oliv tragó saliva con dificultad. Su mente trabajaba a mil por hora, sopesando el peligro. Si Crestmont descubría la verdad, Tristan y sus hombres actuarían de inmediato. Tenía que proteger a Élise, pero sabía que Mael no se callaría si sentía que su propia vida estaba en riesgo.
—Ella no es un peligro... todavía se controla —logró decir Oliv en un susurro rasposo, traicionándose a sí misma al admitir implícitamente la verdad—. No le dirá nada a Tristan, ¿verdad?
Mael guardó silencio unos segundos, observando fijamente el rostro pálido y tenso de Oliv. Luego, exhaló un suspiro corto y ajustó la correa de su estilete.
—No lo haré... por ahora —respondió Mael con voz glacial—. No porque me importe su amistad, sino porque necesito que este grupo llegue al refugio del norte tanto como ustedes. Pero escúchame bien, Oliv: en el momento en que sus ojos cambien de color o pierda el control, no voy a dudar ni un segundo en eliminarla con mis propias manos. Cíñete a eso.
Sin añadir una palabra más, Mael dio media vuelta y se alejó por la cueva, integrándose de nuevo en el grupo principal donde Tristan y Kael debatían los siguientes pasos de la ruta.
Oliv se quedó inmóvil en la penumbra, sintiendo que el peso del apocalipsis acababa de volverse infinitamente más pesado. Al otro lado de la caverna, Élise levantó la vista y le dedicó una sonrisa suave, completamente ajena a la amenaza silenciosa que acababa de cernirse sobre su cabeza.