Chapter 6 of 8

Examen

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​Renard le dio una palmada firme en la espalda a Oliv, haciéndolo soltar la nota de su madre sobre la mesa de caoba mientras el aroma a tocino crujiente y café llenaba por completo el comedor. ​—Vaya, qué bienvenida. Veo que dejaron algo para mí antes de que Lucien devorara hasta la vajilla —bromeó Renard, dejándose caer en la silla vacía al lado de Oliv con su desbordante energía habitual. ​Élise soltó una risita suave y arrugó un poco la nariz con diversión, inclinándose hacia Oliv con dulzura. ​—¿Ves? Todo está bien. Tu madre dejó la nota, Marianne preparó tu desayuno favorito y nosotros estamos aquí. La tormenta de anoche ya pasó. ​Oliv miró la carta firmada con el sello de la Casa Valéon, luego la serenidad en el rostro de Élise, la elegancia analítica de Kael, la voracidad de Lucien y la lealtad desenfadada de Renard. La calidez del grupo parecía sofocar por completo las garras heladas del espectro y la memoria del fango. Con ellos a su lado, la opresión en el pecho se disipaba casi del todo. ​Sin embargo, cuando Oliv tomó el tenedor para probar un bocado del panqueque, notó un detalle imperceptible para los demás: en la muñeca de Élise, justo donde la manga de su uniforme de alta sociedad se levantaba unos milímetros al acomodarse el plato, había una tenue mancha oscura. ​No era suciedad ordinaria. Era el rastro casi invisible de barro húmedo... tan oscuro y denso como el de las orillas del lago. ​Élise notó la mirada fija de Oliv, pero no perdió la compostura. Le dedicó una sonrisa tibia y, con un movimiento impecable y natural, se reacomodó la manga antes de tomar su taza de té. ​—Por cierto —agregó Élise con voz suave—, te guardé los apuntes de historia de ayer, Oliv. Te los paso en cuanto lleguemos a la academia. ​—Si es que llegamos —intervino Renard, atrapando dos lonjas de tocino de un rápido manotazo—. Si no nos damos prisa, el director se encargará de recordarnos que el prestigio de nuestras familias no nos libra de una amonestación por impuntualidad. ​—Y no queremos una nota de demérito dirigida a nuestros padres —agregó Lucien, reapareciendo con las manos ya lavadas y quitándole una de las lonjas a Renard de un ágil manotazo antes de que pudiera protestar. ​Kael dobló el periódico con precisión milimétrica, lo dejó junto a su taza de porcelana y consultó su reloj de pulsera de alta gama. ​—Cinco minutos para subir al auto. El profesor Vane no perdonará retrasos, ni siquiera a los herederos Valéon. ​Minutos después, la calma de la mansión quedó atrás. El imponente auto de lujo de la familia Valéon avanzaba a paso firme sobre el asfalto mojado, deslizándose en silencio hacia el distrito más exclusivo de la ciudad. A través de los cristales polarizados, las gigantescas rejas de hierro forjado y las imponentes agujas de la Academia Vermeillo —un recinto privado donde solo los herederos de la más alta élite y las familias más acaudaladas tenían acceso— comenzaban a alzarse con majestuosidad. ​Oliv miró a sus cuatro amigos dentro del vehículo: la postura impecable de Kael, las discusiones en voz baja de Renard y Lucien por un apunte, y la calma misteriosa de Élise. En un lugar donde las apariencias y el estatus lo gobernaban todo, su grupo de siempre era su verdadero refugio... aunque la mancha en la muñeca de Élise le recordaba que la pesadilla de la noche anterior aún no había terminado. imponente auto de lujo se detuvo suavemente frente al pórtico principal de la Escuela Vermeille. Un chofer en uniforme impecable se apresuró a abrir la portezuela, y cuando los cinco bajaron, las miradas y los cuchicheos del resto de los estudiantes no se hicieron esperar. ​Para todos en el campus, ellos eran «Los Inalcanzables»: hermosos, millonarios, ostentando apellidos capaces de mover la economía de continentes enteros. Caminaban en grupo con una soltura natural, con Kael a la cabeza ajustándose el abrigo de diseño, Renard y Lucien intercambiando bromas sobre el examen, y Élise caminando al lado de Oliv con una elegancia serena. ​Sin embargo, detrás del aire de impecable normalidad que respiraba la élite de Asteria, algo se sentía fuera de lugar esa mañana. ​Mientras cruzaban el patio de mármol hacia el edificio central, Oliv notó que varios alumnos estaban amontonados cerca de las grandes pantallas holográficas del vestíbulo. ​—...dicen que aislaron tres distritos enteros en el norte —murmuraba en voz baja una estudiante de un curso superior, mirando fijamente las noticias—. Hablan de una gripe violenta, pero los hospitales no están dejando salir a nadie. ​—Es absurdo —le respondió su acompañante con desdén—Con la tecnología médica de hoy, será cuestión de un par de días. Además, si fuera grave, el Consejo de Vermeille ya habría suspendido las clases. ​Kael no pasó por alto los rumores. Redujo ligeramente el paso, entornando los ojos dorados hacia los titulares digitales que parpadeaban con alertas de censura y boletines informativos incompletos. ​—Mi padre recibió llamadas de la junta médica esta madrugada —comentó Kael en voz baja, asegurándose de que solo sus cuatro amigos lo escucharan—. Ocultan algo. Las cifras de infectados en los sectores periféricos no cuadran con una enfermedad común. ​—Bah, la prensa siempre exagera para inflar las acciones de las farmacéuticas —repuso Renard, aunque su mirada aguda escaneaba los alrededores con la alerta instintiva de siempre—. Mientras no interfiera con el torneo universitario, no me preocupa. ​—A mí sí me preocupa si cierran las cafeterías de especialidad —añadió Lucien con una sonrisa media, intentando aliviar el peso del ambiente. ​Élise guardó silencio. Oliv la observó de reojo; sus dedos apretaban ligeramente la correa de su bolso y la mancha casi imperceptible en su muñeca permanecía cubierta por la tela fina de su manga. Cuando ella sintió la mirada de Oliv, se volvió hacia él y le regaló una pequeña sonrisa reconfortante, tomándolo del brazo por un segundo. ​—No te preocupes por lo que dicen en las noticias, Oliv —le dijo con voz suave, casi un susurro protector —Nada va a pasarnos. Nosotros siempre nos mantendremos juntos, ¿recuerdas? ​Las palabras de Élise resonaron con un eco extraño en la mente de Oliv. Era una promesa que se habían hecho desde niños, pero mirando la arquitectura perfecta de la Escuela Vermeille y el cielo gris de Asteria, tuvo la helada sensación de que algo no andaba bien. El grupo avanzó por los pasillos recubiertos de mármol blanco de la Escuela Vermeille, rodeados por el murmullo habitual de estudiantes que presumían de abrigos de diseñador y relojes millonarios. Sin embargo, el ambiente pesado que se respiraba en las noticias digitales no tardó en colarse en las aulas. ​Al entrar al gran anfiteatro privado del ala norte —el salón exclusivo donde «Los Inalcanzables» solían tomar las cátedras avanzadas—, el profesor Vane aún no había llegado. Renard se dejó caer en su asiento con un perezoso suspiro y arrojó su maletín sobre la mesa. ​—Si el examen de historia viene tan aburrido como el clima de hoy, juro que me pondré a dormir en plena clase —bromeó Renard, cruzándose de brazos. ​Lucien se acomodó a su lado, apoyando la barbilla en la palma de la mano. ​—Con tal de que no ronques, Renard, por mí haz lo que quieras. ​Oliv, sin embargo, no prestaba atención a las bromas. Se sentó junto a Élise, sintiendo una mezcla de alivio y recelo. Ella le devolvió la mirada con una dulzura impecable, sacando de su elegante bolso los apuntes prometidos. ​Antes de que Oliv pudiera decir una sola palabra, un sonido seco, metálico y urgente resonó en el recinto. ​No era la campana escolar. Era una alerta de máxima prioridad emitida por los dispositivos cifrados que solo la alta nobleza y los herederos de las familias fundadoras llevaban consigo. ​Kael, que estaba de pie junto a su pupitre ajustándose el cuello de la camisa, se detuvo en seco. Su mano tembló por una fracción de segundo —un gesto tan sutil que casi pasó desapercibido— antes de sacar su terminal de alta gama. La pantalla brillaba en un rojo carmesí parpadeante, flanqueada por el sello oficial de su familia. ​El silencio en el grupo se hizo absoluto. Renard y Lucien se enderezaron al instante, captando el cambio de atmósfera. ​Kael leyó el mensaje en voz alta, y su voz habitual, siempre fría y calculadora, salió extrañamente seca y desprovista de aire: ​«Kael, sal de la escuela ahora mismo. No hagas preguntas. Lo que dicen las noticias sobre la "gripe" es mentira para evitar pánico masivo. Hay gente perdiendo la razón en las calles, atacando a otros sin control y convirtiéndose en algo... inhumano. El contagio es inmediato. Ya mandé un transporte blindado al perímetro norte de Vermeille. Vuelve a casa de inmediato. No me importa la clase, lárgate de ahí». El silencio en el grupo se hizo absoluto tras leerlo. Kael guardó el aparato con una rigidez inusual en él, la mandíbula tensa y el rostro pálido. ​—¿Una broma de mal gusto del Consejo estudiantil? —intentó decir Lucien, aunque su voz perdió fuerza al ver la expresión de Kael. ​—Nadie hackea la red privada de mi casa para una broma, Lucien —respondió Kael, con la voz seca y cortante—. Mis padres no exageran jamás. Si dicen que la situación se salió de control afuera, es porque... ​Un estruendo sordo interrumpió a Kael. ​Afuera, al otro lado de los enormes ventanales polarizados del anfiteatro que daban hacia las puertas principales de la academia, se escuchó el chirrido ensordecedor de neumáticos derrapando, seguido por gritos reales, agudos y desesperados que rompieron de golpe la apacible mañana de la Escuela Vermeille. ​Renard se puso de pie de un salto, apoyando las manos sobre la mesa y mirando hacia el exterior. ​—¿Qué demonios está pasando ahí fuera...? ​Oliv sintió que el corazón se le helaba de nuevo. Su mente regresó de golpe a la pesadilla, al fango helado y al rostro del espectro. Giró lentamente el rostro para mirar a Élise. ​Ella seguía sentada en su pupitre, con las manos cruzadas sobre los apuntes, observando el caos a través del ventanal con una calma tan absoluta que resultaba aterradora. El caos afuera escaló en cuestión de segundos. ​Los gritos que antes se escuchaban lejanos se multiplicaron, convirtiéndose en un estruendo de pánico colectivo. A través de los ventanales polarizados del anfiteatro, los estudiantes que minutos antes presumían de sus autos y abrigos de diseñador corrían despavoridos por los senderos de mármol de la Escuela Vermeille, tropezando entre sí, abandonando maletines y carteras. ​Y entonces, los vieron. ​Entre la multitud que huía, figuras humanas corrían con una velocidad y una violencia antinaturales, abalanzándose sobre los caídos con una ferocidad bestial. No parecía una pelea callejera; era una cacería desatada. ​Kael fue el primero en reaccionar. Su mente analítica cortó el pánico con la frialdad de quien ha sido criado para liderar. ​—El transporte blindado de mi familia no tardará en llegar al punto de extracción del sector norte, pero no podemos quedarnos aquí esperando —ordenó Kael, guardando su terminal y tomando su maletín con firmeza—. El edificio central es una trampa mortal si las puertas principales ceden. Tenemos que movernos ahora. ​Renard ya se había movido hacia la puerta del aula, bloqueando el pestillo con una barra metálica de repuesto que encontró cerca del atril, asegurándose de que nadie pudiera entrar de imprevisto. ​—Kael tiene razón —dijo Renard, volviéndose hacia el grupo con una media sonrisa tensa, intentando inyectar un poco de su habitual valentía imprudente—. Si nos vamos a convertir en sobrevivientes de un apocalipsis de película de terror, al menos asegurémonos de salir con estilo. ¿Quién conduce? ​—Yo manejo el auto de los Valéon que está en el estacionamiento privado —respondió Lucien, tragando saliva con evidente nerviosismo, aunque intentaba mantener la compostura mientras se aflojaba la corbata del uniforme—. Pero más nos vale correr si queremos salir de este distrito antes de que los accesos colapsen por completo. ​Todos se pusieron de pie de inmediato. El grupo cerró filas de forma instintiva, uniendo fuerzas como lo habían hecho desde que eran niños. ​Sin embargo, en medio del apuro, Oliv notó algo que le heló la sangre más que la visión exterior. ​Élise seguía de pie junto a su pupitre, pero no se movía. No corría, no temblaba y no mostraba rastro alguno del pánico generalizado. Miraba hacia la puerta del aula con los ojos completamente vacíos, y la tenue mancha oscura en su muñeca, la que había intentado ocultar con la manga, parecía haberse extendido un poco más, tomando un tono negruzco que contrastaba grotescamente con su piel pálida. ​—Élise... —la llamó Oliv, con la voz entrecortada, deteniéndose a pocos pasos de ella mientras los demás ya se agrupaban junto a la salida de emergencia. ​Élise parpadeó lentamente, como si despertara de un trance muy profundo. Su expresión cambió en una fracción de segundo, recuperando esa dulzura inmaculada y esa sonrisa cálida que siempre lograba calmar a Oliv. ​—Estoy bien, Oliv —respondió ella con total suavidad, dando un paso hacia él y tomando su mano con firmeza—. Te dije que nada iba a pasarnos. Vámonos con los demás. ​Su mano estaba fría. Mucho más fría que la de cualquier persona viva. ​Antes de que Oliv pudiera apartarse o procesar el terror que amenazaba con paralizarlo, Renard les gritó desde el pasillo: ​—¡Ey! ¡El camino está libre hacia el ala de los garajes! ¡Muévanse! ​Oliv miró a Élise a los ojos, sintiendo que un abismo invisible acababa de abrirse entre el mundo que conocían y la pesadilla que acababa de devorar la Escuela Vermeille

End of Chapter 6

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