Chapter 5 of 8

Pesadilla

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El estruendo de la lluvia continuaba golpeando con fuerza contra el cristal de la ventana. ​Oliv abrió los ojos de golpe y se incorporó en la cama, aturdido, con el corazón martilleándole el pecho a un ritmo desenfrenado. El dolor punzante en el costado, la frialdad del barro y el rostro grotesco del espectro aún quemaban en su memoria con un realismo aterrador, como si acabara de escapar de una pesadilla helada. ​Con la respiración agitada y las manos temblorosas, se llevó rápidamente los dedos al costado derecho buscando el rastro de sangre. Desgarró un poco la tela de la camiseta en busca de la brecha abierta por la garra... pero no había nada. La piel estaba completamente lisa, intacta, sin el menor rastro de corte o cicatriz. ​El movimiento brusco hizo que las sábanas se agitaran. A su lado, en la amplia cama donde los tres solían quedarse dormidos tras largas noches de estudio, Renard y Lucien se desperezaron. ​—¿Oliv...? —murmuró Lucien con la voz ronca por el sueño, frotándose un ojo mientras se incorporaba despacio—. ¿Qué pasa? Estás temblando... ​Renard, cuyo instinto siempre reaccionaba antes que su mente, se incorporó de golpe al notar la agitación. Con la mirada aún nublada pero cargada de alerta, se acercó de inmediato y sujetó a Oliv por los hombros. ​—Ey, ¿qué tienes? Estás pálido como un fantasma —dijo Renard, bajando la vista hacia la mano de Oliv, que seguía presionando con firmeza su propio costado. ​—La herida... —alcanzó a articular Oliv, mirando a ambos con los ojos desorbitados, intentando asimilar la calidez de la habitación y la tranquilidad del entorno—. El lago... la criatura... Élise... ​Lucien y Renard se miraron entre sí, confundidos. Lucien extendió una mano y la apoyó suavemente sobre la espalda de Oliv para calmar su respiración, mientras Renard le apartaba con cuidado los dedos del costado para examinar la zona que revisaba con tanta desesperación. ​—No hay nada aquí, Oliv. Mira —dijo Renard con voz suave pero firme, mostrándole la piel intacta—. Fue solo un sueño, una pesadilla. Estás aquí con nosotros. ​Si todo había sido un sueño, el peso de la certeza comenzó a ablandarle los huesos. ​Oliv miró fijamente a Renard. La mirada seria de su amigo, siempre impulsiva pero cargada de una lealtad inquebrantable, no mentía. Luego giró el rostro hacia Lucien, que lo observaba con sincera preocupación. La calidez del refugio y el pulso tranquilo de sus respiraciones terminaron de disipar la sombra de la pesadilla. ​—Fue... fue tan real —susurró Oliv, aflojando al fin la tensión en las manos. ​—Lo sé —murmuró Renard, relajando el agarre sobre sus hombros sin soltarlo del todo, acomodándolo despacio de vuelta contra los cojines—. Pero estás bien. Nadie cruza esa puerta sin que nos demos cuenta. ​—Duérmete ya —agregó Lucien con una sonrisa cansada, pasándole una mano por el cabello antes de dejarse caer de lado sobre las cobijas—. Mañana irás a buscar a Élise, comprobarás que está sana y salva en su habitación, y nos aseguraremos de que no vuelvas a cenar nada pesado antes de irte a la cama. ​Oliv dejó escapar un leve suspiro, un conato de risa amortiguado por el cansancio acumulado. Confiaba en ellos; siempre lo había hecho. Se acomodó de nuevo en el centro de la cama, sintiendo la presencia constante de Renard a un lado y de Lucien al otro. ​Afuera, la lluvia continuaba azotando el cristal con fuerza, pero el frío del lago y la voz del espectro ya no podían alcanzarlo. Cerró los ojos, hundiéndose finalmente en un sueño tranquilo. ​El sol matutino se filtró suavemente entre las rendijas de las cortinas, bañando la habitación con un tono dorado y dejando atrás la ferocidad de la tormenta. ​El aroma a café recién colado y panqueques de arándanos flotaba desde el piso inferior, una señal inequívoca de que Marianne ya estaba activa en la cocina. Como siempre, no había necesitado preguntar para saber exactamente qué deseaba desayunar cada uno de «sus niños». ​Oliv fue el primero en abrir los ojos. La sensación de agotamiento en el cuerpo persistía, pero la presión angustiante en su costado había desaparecido por completo. Se tocó la zona por encima de la camiseta: intacta. Se incorporó despacio, observando la escena a su alrededor. Renard dormía profundamente atravesado al pie de la cama, mientras que Lucien mantenía un brazo sobre la almohada de Oliv, todavía sumido en un sueño pesado. ​El sonido suave de unos pasos en el pasillo precedió a tres golpes secos y familiares en la puerta. ​—A levantarse, jóvenes —resonó la voz tranquila pero firme de Marianne desde el otro lado—. El desayuno está listo y la mesa no se va a poner sola. Además, Kael y Élise ya bajaron. ​La mención de Élise hizo que Oliv terminara de espabilarse de golpe. Apartó las cobijas con prisa, esquivando a Renard —quien se quejó entre murmullos incomprensibles— y abrió la puerta. ​Marianne estaba allí, impecable en su uniforme de ama de llaves, sosteniendo una bandeja pequeña con el té preferido de Kael. Al ver a Oliv despeinado y con la mirada alerta, le dedicó una sonrisa tibia, casi maternal. ​—Buenos días, joven Oliv. Veo que sobrevivieron a los truenos de anoche. ​—Marianne... ¿Élise está abajo? ¿Está bien? —preguntó Oliv sin rodeos, buscando cualquier señal de alarma en el rostro de la mujer. ​—Por supuesto que está bien. Llegó temprano a la cocina, impecable como de costumbre —contestó Marianne con serenidad, aunque luego bajó ligeramente el tono de voz con su característico humor seco—: Aunque debo decir que la encontré peinándose en el salón con el cabello húmedo. Le advertí anoche que no caminara descalza si iba por agua. Ya sabes lo que pienso sobre interrumpir el descanso de los demás. ​Oliv se congeló un segundo al procesar ese detalle. Antes de que pudiera darle vueltas en su cabeza, Renard se incorporó en la cama, refregándose la cara con pereza. ​—Dime que hay tocino, Marianne... —rogó Renard con la voz ronca. ​—Hay tocino, joven Renard. Y si no se da prisa, Lucien se lo comerá todo en cuanto despierte —respondió ella con elegancia antes de dar media vuelta—. Los espero abajo. ​Con el corazón más tranquilo pero una duda persistente flotando en el aire, Oliv se cambió rápidamente y bajó al comedor principal. Al cruzar el umbral, contempló la escena: Kael leía el periódico matutino mientras sorbía su té con pulcritud, mientras que Élise, sentada a su lado, le sonreía cálidamente a Oliv al verlo entrar. ​Se veía serena, perfecta, sin un solo rasguño. ​—Buenos días, dormilón —saludó Élise con suavidad, sirviéndose un poco de jugo—. ¿Descansaste bien? ​—Tuve una pesadilla... no pude dormir mucho —respondió Oliv, dejando escapar un suspiro de alivio contenido mientras se acercaba a la mesa y ocupaba su lugar. ​Ver a Élise allí, radiante y sin la menor huella de la helada lluvia, terminó por disipar la opresión en su pecho. Todo había sido solo un mal sueño. ​Kael dobló el periódico con una precisión impecable y dejó su taza de té sobre el plato de porcelana sin hacer un solo ruido. Sus ojos atentos examinaron a Oliv de arriba abajo, notando al instante la rigidez en sus hombros y el cansancio en su mirada. ​—No fue solo una pesadilla ordinaria, ¿verdad? —intervino Kael con su voz pausada y firme, ajustándose los puños de la camisa—. Estuviste inquieto casi toda la noche. Escuché ruidos en el pasillo cerca de las tres de la mañana. ​Oliv dio un pequeño brinco interno, pero antes de que pudiera responder, Lucien apareció en el comedor en pantalones de pijama, estirándose con descaro hacia la bandeja de tocino. ​—¡Es que la tormenta parecía un ataque de artillería, Kael! Hasta yo me desperté —dijo Lucien antes de que Marianne, apareciendo por detrás con una jarra de jugo, le diera un golpe certero pero ligero en la mano con una servilleta de lino. ​—A lavarse las manos primero, joven Lucien —sentenció Marianne con tranquilidad—. Y respecto a los ruidos, joven Kael, les recuerdo que la madera de esta casa cruje con la humedad. No le busque explicaciones lógicas a un simple vendaval. ​—Solo señalo observaciones, Marianne —contestó Kael con una leve inclinación de cabeza, aceptando el comentario pero manteniendo su mirada analítica sobre Oliv—. Sin embargo, si Oliv no descansó, nuestra apuesta del examen del lunes corre peligro. No me gustaría ganarte por falta de sueño, Olider. ​—Ni creas que te lo dejaré tan fácil —sonrió Oliv, sintiendo cómo la tensión se disipaba gracias al ambiente cotidiano. ​Élise le sirvió un plato de panqueques a Oliv con una sonrisa cálida. ​—Kael tiene razón. Tienes que comer algo; si vas a competir contra él y contra mí, necesitas energía. ​En ese momento, Kael dio un sorbo más a su té y señaló con elegancia hacia el costado del plato de Oliv: ​—Por cierto, tu madre dejó esto antes de irse al helipuerto. ​Oliv tomó la nota con el sello de la Casa Valéon. La caligrafía fluida de Seraphine destacaba sobre el fino papel: ​«Mi querido Oliv: Salí de madrugada hacia el distrito norte antes de que despertaran. Sé que la tormenta estuvo fuerte, pero espero que hayas descansado bien junto a tus amigos. Regreso el fin de semana. Cuídate mucho. ​Con todo mi cariño, S.V.» ​Renard bajó en ese instante, aún abrochándose los botones de la camisa, y le dio una palmada firme a Oliv en la espalda.

End of Chapter 5