Chapter 4 of 8

Vacio

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No quería perderla de vista ni un solo segundo. ​Élise descendió los últimos escalones sin vacilar. La puerta principal estaba entreabierta y el viento la empujó con un crujido seco justo antes de que ella saliera. La lluvia la envolvió de inmediato. ​—¡Élise! —grité, pero mi voz apenas atravesó el estruendo del agua. ​No respondió. Seguía caminando descalza, con el pijama pegado al cuerpo por la humedad, como si el frío no existiera. Un vacío opresivo me llenó el pecho. Las ramas se agitaban con violencia bajo cada ráfaga y otro relámpago desgarró el cielo, revelando por un instante su silueta acercándose al sendero del lago. ​Apreté el paso, pero el pie se me hundió en el barro. Perdí el equilibrio y caí de rodillas. El impacto me arrancó el aire y un dolor punzante me atravesó la rodilla derecha: la piel estaba abierta y la sangre se mezclaba con la lluvia en hilos rojizos. Me levanté apoyándome como pude. Dolía, pero Élise se alejaba. ​Volví a correr, cojeando. Cada paso era un suplicio. ​Ella ya estaba en la orilla, donde el lago rugía y las olas golpeaban el embarcadero con furia. Rozó el agua con la punta del pie. ​—¡Élise, detente! ​Nada. Era como si no estuviera allí. Estiré la mano, aún demasiado lejos, cuando el mundo pareció detenerse durante un latido. No fue un trueno ni un relámpago, sino una melodía. Suave, lejana y tan hermosa que dolía escucharla. Nacíá justo delante de ella. ​Entre la lluvia comenzó a dibujarse una figura. Primero pareció una sombra; luego distinguí dos puntos rojos, dos ojos inmóviles brillando en la oscuridad. La lluvia atravesaba esa silueta humana pero demasiado alta, cuyo contorno temblaba como humo negro. La música seguía llamando con una voz que parecía conocer a quien la escuchaba. ​Élise levantó el pie para avanzar. La sangre se me heló. Si daba un paso más, algo terrible ocurriría. ​—¡¡ÉLIIIISE!! —mi voz se quebró contra la tormenta. ​No se detuvo. Apresuré el paso ignorando el ardor de la herida. La desesperación trajo recuerdos en ráfagas: la primera vez que acomodó la corbata de mi uniforme sin burlarse; las tardes en que Renard y Lucien convertían el jardín en un campo de batalla mientras Kael intentaba poner orden y ella solo se reía; los días en que aparecía a mi lado sosteniendo un paraguas. Élise era mi familia. ​«Cuenta conmigo». ​Al volver al presente, vio cómo ella ponía un pie en el agua. El espectro abrió la boca en una grieta imposible que le partía el rostro, revelando hileras de colmillos afilados. La melodía cesó. Quería devorarla. ​—¡No! ​Corrí venciendo al barro y alcancé su brazo. La jalé con todas mis fuerzas, abrazándola por detrás para interponer mi cuerpo entre ella y la criatura. ​Entonces llegó el impacto. Una presión brutal atraviesó mi costado y el aire desapareció. El dolor me obligó a caer de rodillas sin soltarla. Un calor denso comenzó a extenderse bajo mi ropa mientras el olor metálico de la sangre inundaba la tierra mojada. ​La criatura inclinó la cabeza, observándome con una curiosidad enfermiza. ​—Qué... delicioso... —dijo con una voz grave y antinatural, compuesta por varias gargantas a la vez, seguida de una risa húmeda —. Tenía mis dudas sobre comer a esta chica... pero tú... tú eres un manjar. ​Apreté con más fuerza el brazo de Élise, dispuesto a no soltarla jamás. ​El dolor me devoraba por dentro. Cada exhalación enviaba chispas de fuego desde la herida hacia toda mi columna, y el olor a hierro raspaba el aire de mis pulmones. ​Élise me sostenía entre sus brazos, temblando con tanta fuerza que sus dientes castañeteaban. Sus ojos, antes perdidos en aquel trance mortal, iban de la sombra ominosa que nos acechaba a la mancha oscura y espesa que no paraba de manar de mi costado. ​—Oliv... por favor... no, no, no... —balbuceó. Sus manos, frías y torpes por el pánico, se presionaron contra la herida intentando contener la hemorragia, pero la sangre tibia se escurría imparable entre sus dedos, tiñendo sus muñecas y la tela mojada de su pijama. ​El terror en su rostro era absoluto. Miraba a la criatura que se erguía a pocos metros y luego volvía a mí, con el pecho agitado por un sollozo sofocado. Estaba aterrorizada por el monstruo de ojos rojos, sí, pero la visión de mi cuerpo desangrándose por haberla protegido la estaba destruyendo por dentro. ​—No me dejes... Oliv, mírame, no cierres los ojos —suplicó, con la voz rota y las lágrimas mezclándose con la lluvia implacable que le empapaba el rostro—. ¡Tiene que haber alguien cerca! ¡Resiste! Intenté responderle, pero solo me salió un gemido ahogado. La calidez de mi propia sangre era lo único que me mantenía consciente mientras la niebla de la criatura se volvía a alzar sobre nosotros. ​Sus gritos chocaban contra el muro de lluvia y la tormenta. Sus manos temblorosas apretaban mi costado sin soltarme, sintiendo el pulso débil de mi corazón y el calor espeso de la sangre que amenazaba con escaparse por completo. ​—¡Kael! ¡Lucien! —volvió a llamar hacia la oscuridad de los árboles, desesperada por escuchar los pasos de nuestro grupo, de la familia que siempre había estado ahí para salvarnos—. ¡Oliv está herido! ¡Resiste, Oliv, por favor... no te vayas! ​El espectro soltó una risa gutural, un chasquido húmedo que opacó sus súplicas. ​—Nadie va a escucharte, pequeña... —siseó la sombra, avanzando un paso más mientras sus ojos rojos fulguraban con el destello de la luz que acababa de cortar el aire—. Tus amigos llegarán solo para recoger lo que deje de ustedes. ​Pero Élise no dejó de presionar la herida, inclinándose sobre mí para cubrirme con su propio cuerpo. ​—¡Resiste! —me suplicó al oído, con el rostro empapado de lágrimas—. No te atrevas a cerrarlos. ¡Ellos van a venir! El aire alrededor del embarcadero se volvió denso, sofocado por la presión mágica que estalló de golpe. ​Renard no esperó una respuesta del monstruo. Con un rugido visceral, se lanzó hacia adelante, dejando una estela de chispas a su paso mientras su espada cortaba la niebla en un abanico de luz dorada. La criatura intentó interponer sus garras de sombra, pero la furia ciega de Renard comenzó a desmantelar su contorno, obligando a la entidad a emitir un chirrido ensordecedor que hizo retumbar las piedras del lago. ​A su lado, Kael se movía con una precisión calculada e implacable. Cada uno de sus estocadas era firme, protegiendo los flancos de Renard y cerrándole cualquier vía de escape a la criatura hacia nosotros. Por fuera, su rostro era una máscara de mármol impasible, pero en la tensión de su mandíbula y en la intensidad de sus ojos azules se reflejaba la calidez indomable de quien no está dispuesto a perder a nadie de su familia. ​Mientras el metal chocaba contra la penumbra a pocos metros, Lucien apretaba las manos sobre las de Élise. La luz curativa que emanaba de sus palmas temblaba con fuerza, luchando contra la frialdad que la garra del espectro había dejado en mi herida. ​—Vamos, Oliv... no me hagas esto —murmuró Lucien entre dientes, manteniendo esa chispa de calidez en su voz a pesar de la gravedad del momento, intentando contener el llanto con una sonrisa torcida—. Prometiste que no te dejarías llevar por cualquier sombra con voz bonita. Quédate aquí. ​Élise no apartó sus ojos de mí ni un solo segundo. Sosteniendo mi cabeza contra su regazo mientras Lucien curaba la herida, las lágrimas le resbalaban por las mejillas, limpiando las manchas de barro de su rostro. Sus manos, aún cubiertas por mi sangre, se entrelazaron con las mías. ​—Escúchalo, Oliv... —susurró Élise, inclinándose hasta que sus cabellos rosados me rozaron las mejillas —. Están todos aquí. Estamos juntos. Tienes que resistir. ​A través del velo de dolor que amenazaba con apagar mi visión, vi a Renard asestar un golpe definitivo que partió la silueta del espectro en una explosión de humo y brasas dispersas. El rugido de la criatura se disipó finalmente en la tormenta, dejando tras de sí solo el rumor de la lluvia cayendo sobre el lago. ​Kael guardó su espada y corrió de inmediato hacia nosotros, hincándose en el barro junto a Lucien y Élise, mientras Renard se giraba con el pecho agitado, buscándome con la mirada fija y preocupada. ​Los hilos del calor de Lucien comenzaron a asentarse en mi costado, cerrando la brecha punzante. Los cinco estábamos allí, bajo la tormenta, unidos una vez más.

End of Chapter 4

Chapter 4: Vacio - Somos Vermeille | Novel AI Studio