Chapter 3 of 8

viento

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La casa tenía habitaciones de sobra. Cada una contaba con su propio baño, así que nadie discutía por turnos. Era una costumbre tan repetida que, apenas cruzamos el vestíbulo, cada uno tomó el camino hacia la habitación que siempre usaba. Nadie necesitó preguntar cuál era. Renard ya había desaparecido escaleras arriba. —¡El primero en bajar elige el postre! —Eso no existe —respondió Élise sin dejar de caminar. —Ahora existe. Lucien salió corriendo detrás de él. —¡No me robes el chocolate! Kael suspiró. —Van a romper algo. —Todavía no. —Has dicho "todavía". —Porque los conozco. Entré en mi habitación mientras reía. Después de cambiarme el uniforme por ropa cómoda, me lavé la cara. El agua fría terminó de espantar el cansancio que había dejado la escuela. Cuando bajé, el comedor ya olía a comida recién hecha. Marianne colocaba los últimos platos sobre la mesa con la tranquilidad de siempre. No había preparado una cena elegante. Había preparado nuestra cena. Pasta para Lucien. Carne con verduras para Renard. Pescado para Kael. Gratinado para Élise. Y mi sopa favorita. Se acordaba de todo. —No puede ser... Lucien juntó las manos. —Marianne, te quiero muchísimo. —Eso lo dices cada vez que cocino. —Porque cada vez cocinas increíble. Renard ya estaba sentado. —Empieza antes de que se enfríe. —Primero los modales. Kael lo miró de reojo. Renard levantó las manos. —Vale, vale. Todos esperamos unos segundos. —Gracias por la comida. Las voces se unieron casi al mismo tiempo. Marianne sonrió con una satisfacción discreta antes de regresar a la cocina. Durante un rato solo se escucharon cubiertos. Y alguna protesta de Lucien porque Renard seguía robándole patatas. Cuando terminamos... El silencio cambió de forma. Ese silencio pesado que aparece cuando uno ha comido demasiado bien. Lucien dejó caer la cabeza sobre la mesa. No puedo moverme. —Hace treinta segundos querías repetir. —Sigo queriendo. —Entonces sí puedes moverte. —No con este estómago lleno Renard soltó una risa. Yo también empezaba a tener sueño. Pero alguien ya había abierto un libro. Kael. Claro. Tenía un lápiz entre los dedos y varias páginas marcadas con separadores de colores. —¿Ya vas a estudiar? —El examen sigue siendo el lunes. Élise tomó asiento a su lado. —Tiene razón. Resoplé. —Cinco minutos. —Diez —corrigió Renard. —Quince —negoció Lucien sin abrir los ojos. Nadie creyó ese acuerdo. Aun así, acabamos reuniéndonos alrededor de la mesa del salón con los cuadernos abiertos. La concentración duró exactamente... —¿Ocho minutos? —preguntó Lucien. —Siete —contestó Kael. —Los contaste. —Sí. Renard dejó el lápiz sobre la mesa. —Tengo una propuesta mejor. Todos levantamos la vista. —Quedémonos aquí esta noche. Nadie respondió enseguida. Porque todos pensamos lo mismo. No queríamos volver todavía. Élise rompió el silencio. —Estoy de acuerdo. Kael cerró su libro. —También. Lucien levantó ambas manos. —Mi voto cuenta por dos. —No funciona así. —Debería. Sonreí. —Pueden quedarse. Como si hubiera sido lo más normal del mundo... Media hora después comenzaron a llegar vehículos a la entrada. Los mayordomos de sus respectivas casas bajaban maletas, ropa para el fin de semana, cargadores, libros e incluso el neceser favorito de Lucien. —Buenas noches, joven Renard. —Buenas noches. —Joven Kael. —Gracias. Nadie parecía sorprendido. Aquello había ocurrido tantas veces que incluso los empleados de nuestras familias ya conocían el procedimiento. Cuando la puerta volvió a cerrarse y el ruido de los coches desapareció... La casa recuperó esa tranquilidad que tanto me gustaba. Solo que esta vez no estaba solo. La noche había terminado de caer. Desde el ventanal del salón, el lago brillaba bajo la luna y el jardín parecía respirar con el viento que movía las hojas de los árboles. Lucien estiró los brazos hasta que le crujieron los hombros. —Oficialmente... Bostezó. —...estoy agotado. Renard lo señaló. —Eso dices después de comer. —Porque después de comer da sueño. —Después del desayuno también. —También. Kael pasó junto a nosotros sosteniendo una toalla doblada sobre el brazo. —La diferencia es que ahora sí tenemos una excusa. —Gracias por defenderme. —No lo hice. Lucien puso cara de tragedia. —Qué frío eres. — Soy Realista. Renard soltó una risa. —Bueno. Golpeó suavemente la barandilla de la escalera con los nudillos. —Hora del baño. —¡Tengo una propuesta! Lucien levantó la mano con demasiado entusiasmo. Todos lo miramos. Renard ya estaba sonriendo. Yo ya estaba preocupado. —A ver. Lucien respiró hondo. —Los cuatro nos bañamos juntos. Lo miré fijamente. —No. —Ni siquiera me dejaste terminar. —No hacía falta. Renard empezó a reír antes incluso de hablar. —¡Te acordaste! —Claro que me acuerdo. ¿Cómo olvidarlo? Cinco niños metidos en una bañera enorme. Barcos de juguete. Espuma por todas partes. Y Marianne persiguiéndonos con una montaña de toallas mientras repetía que el baño no era una piscina municipal. —Extraño esos tiempos. —Yo no. Lucien fingió ofenderse. —Olider. Me señaló con un dedo acusador. —Has perdido el espíritu aventurero. —He ganado vergüenza. —¿De nosotros? —Sí. Renard se acercó con una sonrisa burlona. —No puede ser. —Puede. —¿En serio? —En serio. Me revolvió el cabello sin pedir permiso. Aparté su mano enseguida. —Deja de hacer eso. —¿Qué? —Despeinarme. Pero si queda gracioso. Intenté acomodarme el flequillo. Sin éxito. —Quédate quieto. La voz de Élise llegó desde mi lado. Se acercó un paso. Con dos movimientos rápidos acomodó el mechón rebelde que Renard había dejado levantado. Retrocedió inmediatamente. —Ahora sí. Parpadeé. —Gracias. Ella sonrió apenas. —De nada. Renard hizo una mueca exagerada. —Protesto. —¿Por qué? —Ella puede tocarte el pelo y yo no. Élise respondió antes que yo. —Porque yo lo arreglo. Lucien levantó un dedo. —Objeción rechazada. —Nadie te nombró juez. —Me nombré solo. Kael soltó una risa muy baja. Tan baja que casi pasó desapercibida. Pero la escuché. Y eso bastó para que también sonriera. En ese momento apareció Marianne desde el pasillo con una cesta llena de toallas limpias. —Ya preparé las habitaciones. Renard hizo una pequeña reverencia teatral. —Siempre nos consientes demasiado. —Alguien tiene que compensar el caos que traen. —Injusta acusación. Ella arqueó una ceja. —¿Quieren que recuerde lo del techo? Lucien se quedó inmóvil. —No. —Lo imaginaba. Renard señaló a Lucien sin perder un segundo. —Fue él. —¡Mentira! —Tengo pruebas imaginarias. —Eso no cuenta. —En mi corazón sí. Las carcajadas volvieron a llenar el pasillo. Marianne negó con la cabeza mientras seguía su camino. —Buenas noches, niños. Renard levantó un dedo. —Ya no somos niños. Ella respondió sin girarse. —Eso dicen todos los viernes. Nos dejó sin argumentos. Cada uno tomó la habitación que ya conocía de memoria. Renard subió las escaleras de dos en dos. Lucien seguía hablando solo sobre la injusticia de abandonar una "tradición histórica". Kael caminaba leyendo incluso mientras avanzaba por el pasillo. Élise nos deseó buenas noches antes de desaparecer tras su puerta. Me quedé un momento observando el corredor vacío. Era curioso. Había vivido toda mi vida en aquella casa. Conocía cada rincón. Cada escalón. Cada ventana. Y aun Cuando cerré los ojos por un instante, me alegró muchísimo que ninguno hubiera querido volver a casa. Una paz extraña me envolvió el pecho. Las voces apagadas que llegaban desde el pasillo, alguna risa lejana de Lucien y el sonido de una puerta cerrándose hacían que la casa se sintiera más viva que nunca. Entonces el viento cambió. Al principio fue apenas un murmullo entre los árboles. Después, las ramas comenzaron a agitarse con fuerza. Me acerqué al ventanal. Las nubes habían cubierto el cielo sin que me diera cuenta. La luna desapareció tras una masa oscura que parecía tragarse toda la luz. Un relámpago abrió el horizonte. Durante un segundo, el lago entero quedó iluminado con un brillo blanco. El trueno llegó después. ¡BOOM! La vibración recorrió los cristales. Di un pequeño respingo. —Vaya... Otra ráfaga golpeó la casa. La ventana dejó escapar un chirrido largo. Criiiiik... Fruncí el ceño. Siempre hacía ese ruido cuando el viento bajaba desde la colina. O, al menos, eso era lo que siempre me había dicho. Las primeras gotas comenzaron a golpear el cristal. Una. Dos. Tres. En cuestión de segundos, la lluvia cayó con una fuerza inesperada, envolviendo la casa en un murmullo constante. El viento hizo ondear las cortinas y el marco volvió a quejarse con un crujido sordo, como si intentara resistir el empuje de la tormenta. Me acerqué despacio al ventanal. Afuera, el jardín desaparecía detrás del agua, y el lago ya no reflejaba la luna. Solo quedaba la oscuridad. Un relámpago abrió el cielo. La luz blanca atravesó la habitación durante un instante, dibujando las siluetas de los árboles sobre el cristal. Cuando el destello desapareció, las sombras parecieron quedarse un segundo más de lo normal. Parpadeé. Ya no había nada. Será la tormenta. Empujé la ventana para cerrarla mejor. El pestillo ofreció resistencia. Clac. Esta vez encajó. El chirrido desapareció. Solo quedaron la lluvia... Y los truenos. Respiré despacio. El agua seguía resbalando por el cristal en hilos interminables, deformando el paisaje como si el mundo entero se hubiera vuelto líquido. Tok. Tok. —¿Olider? Reconocí la voz antes de responder. —Pasa. La puerta se abrió apenas unos centímetros. Renard asomó la cabeza primero, como si quisiera asegurarse de que realmente podía entrar. Llevaba una camiseta negra de manga corta, el pantalón del pijama gris y el cabello todavía húmedo del baño. Algunas gotas caían sobre sus hombros. Al verme, su expresión cambió. —...Estás pálido. Me reí por puro reflejo. —¿Tan mal me veo? —Bastante. Entró sin hacer ruido y cerró la puerta con el pie. Miró la ventana. Luego me miró a mí. Otro relámpago iluminó la habitación. El trueno llegó un segundo después. La madera vibró. —No me digas... Cruzó los brazos. —¿Sigues asustándote con las tormentas? Desvié la mirada. —No me asusto. —Claro. —Solo hacen mucho ruido. —Eso es lo que hacen los truenos . —Lo sé. Renard soltó una risa baja. —Y tú llevas toda la vida intentando convencerme de que ya no les tienes miedo. No respondí. Porque tenía razón. El viento volvió a golpear la ventana. Renard dio un par de pasos hasta el ventanal y comprobó el pestillo con un movimiento automático. —Ya quedó. —Hace un rato entraba agua. —Ahora no debería. Se volvió hacia mí. —¿Mejor? Asentí despacio. —Sí. Sonrió. No era la sonrisa burlona con la que molestaba a Lucien. Era una mucho más tranquila. Como si aquella respuesta le hubiera bastado. Entonces cayó otro relámpago. La habitación quedó completamente blanca. Después... ¡BOOOM! El estruendo me hizo encoger los hombros sin querer. Renard me vio. No hizo ningún comentario. Solo soltó una frase casi distraída. —Sigues igual. Fruncí el ceño. —No sigo igual. —Claro que sí. Se quedó a mi lado mirando la lluvia. —Todavía haces esa cara cuando truena. El comentario me arrancó un recuerdo tan claro que casi pude volver a oler aquella habitación. Teníamos siete años. La tormenta era incluso peor. Los relámpagos convertían mi cuarto en un destello blanco una y otra vez. Había cerrado la puerta con llave. Y me escondí debajo de la cama. Me tapaba los oídos con tanta fuerza que me dolían las manos. Que pare... Que pare... Entonces escuché golpes. ¡Tok! ¡Tok! ¡Tok! —¡Olider! Era Renard. Renard. —¡Abre! No respondí. Otro trueno rugió sobre la casa. Me hice todavía más pequeño. —Déjame entrar. —No... Mi voz apenas salió. —No quiero... Un segundo después... ¡CRASH! El pestillo cedió. La puerta se abrió de golpe. Renard apareció despeinado, con el pijama torcido y una linterna en la mano. Respiraba agitado. Primero pareció enfadado. —¡¿Qué estabas haciendo?! Hasta que me vio. Debajo de la cama. Temblando. Toda su expresión cambió. Se arrodilló frente a mí. —Oli... Apagó la linterna. —Ven. Negué con la cabeza. —No quiero escuchar los truenos. Miró el hueco bajo la cama. Luego sonrió. —Entonces yo también me escondo. Se metió conmigo debajo de la cama sin pensarlo dos veces. El espacio era tan pequeño que nuestros hombros chocaban. Otro relámpago iluminó el cuarto. ¡BOOOM! Me aferré a su brazo. No intentó soltarse. —Ya pasó. Respiré entrecortado. —¿Seguro? —Seguro. Esperé que se riera. No lo hizo. Solo dejó que siguiera sujetándolo. —Mientras esté aquí... Levanté un poco la cabeza. —¿Sí? —Los truenos tendrán que pasar primero por mí. Era una promesa imposible. Y, aun así... La creí. El recuerdo seguía tan vivo que casi podía sentir el frío del suelo bajo la cama. Otro trueno sacudió la casa. Renard rompió el silencio. —¿Quieres dormir conmigo? Parpadeé. —¿Eh? Se rascó la nuca. —Como aquella vez. Miró de reojo la ventana. —La tormenta no parece que vaya a terminar pronto. Dudé. Solo imaginarlo hizo que me ardieran las orejas. Pero también sabía otra cosa. Si me quedaba solo... Probablemente pasaría toda la noche esperando el siguiente trueno. Bajé la mirada. Y asentí con vergüenza. —...Está bien. Renard sonrió con naturalidad. Como si aquella respuesta fuera la cosa más normal del mundo. —Trae tu almohada. No tardamos mucho en acomodarnos. La cama era amplia, así que cada uno ocupó un extremo. Ni siquiera nos mirábamos. Solo escuchábamos la lluvia golpear el techo. El silencio era cómodo. Hasta que la puerta volvió a crujir. Criiik... Esta vez fue una rendija apenas abierta. —¿Olider? Era Kael. Su voz seguía siendo serena. —¿Tienes tapones para los oídos? Levanté un poco la cabeza. —Creo que están en el segundo cajón del escritorio. Kael entró con pasos silenciosos. Abrió el cajón. Encontró una pequeña caja metálica. La sostuvo entre los dedos. —Gracias. Justo cuando iba a salir... La puerta se abrió de golpe. —¡¿Quééé?! La voz de Lucien atravesó la habitación. Se quedó inmóvil en el marco de la puerta. Nos señaló con un dedo acusador. —¡¿Hicieron una pijamada sin mí?! Abrió mucho los ojos. —¡Qué malos! Renard soltó una carcajada. —No es una pijamada. —¡Claro que sí! Lucien cruzó la habitación sin pedir permiso. —Si ustedes van a dormir con Olider... Levantó una esquina de la manta. —...¡yo también! Antes de que pudiera protestar, ya estaba acomodado en el otro lado de la cama, abrazando una almohada como si hubiera reservado ese sitio desde la mañana. —Listo. —Lucien... —¿Qué? —No cabemos. —Con actitud sí. —Eso no tiene sentido. —Nunca lo tuvo. Por primera vez desde que había entrado, Kael dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Miró la escena unos segundos. Luego cerró la caja metálica con un clic. —Buenas noches. —Buenas noches —respondimos casi al mismo tiempo. La puerta volvió a cerrarse con suavidad. Durante unos segundos solo quedó la lluvia. Lucien ya estaba acomodándose. —Qué cómodo esta la cama Lo miré de reojo. —Llevas diez segundos acostado. —Y ya me siento como en casa. Renard negó con la cabeza. —Tú te sientes como en casa donde haya almohadas. —Y comida. —Eso también. No pude evitar reír. La conversación terminó apagándose poco a poco. Lucien fue el primero en quedarse dormido. Sus respiraciones profundas ya llenaban la habitación. Renard seguía despierto, mirando el techo. Yo también. La tormenta no daba tregua. Las gotas golpeaban el cristal una y otra vez. Tac. Tac. Tac. No sabía cuánto tiempo había pasado. Tal vez una hora. Tal vez más. Hasta que... Criiik... Abrí los ojos. No era la ventana. Ese sonido venía del pasillo. Después llegó otro. Tac. Tac. Tac... Como unos pasos descalzos sobre la madera. Me incorporé despacio. Renard seguía dormido. Lucien abrazaba la almohada como si fuera un tesoro. El ruido volvió. Criiik... La puerta estaba entreabierta. Me levanté procurando no hacer ruido. Empujé apenas la puerta. El pasillo estaba iluminado únicamente por la luz cálida de los apliques de pared. Y entonces la vi. Élise. Caminaba despacio. Muy despacio. Llevaba el pijama blanco que había usado aquella noche. El cabello rosado caía desordenado sobre sus hombros. Sus ojos estaban abiertos. Pero... No parecían mirar nada. —Élise... No respondió. Seguía caminando. Descalza. Los escalones comenzaron a crujir bajo sus pies. Criiik... Criiik... Bajaba hacia la planta baja. Sentí un escalofrío. No por ella. Sino porque... Nunca la había visto caminar así. Era demasiado lenta. Demasiado recta. Como si siguiera un camino que solo ella podía ver. La lluvia rugía contra los ventanales. Otro relámpago iluminó la escalera. Por un instante su sombra se proyectó sobre la pared. Después todo volvió a oscurecerse. Tragué saliva. Recordé algo que Marianne había comentado hacía años. "No despierten de golpe a alguien que camina dormido." No sabía si era verdad. Pero tampoco quería comprobarlo. Respiré hondo. Y empecé a seguirla. Sin hacer el menor ruido. Ella murmuraba algo entre dientes. Palabras tan bajas que el viento se las llevaba antes de que pudiera entenderlas. —...no... Un paso más. —...abran... Otro escalón crujió. —...la... El último murmullo se perdió bajo un trueno que hizo temblar toda la casa. Apreté la barandilla con cuidado. Sin apartar la vista de Élise. No quería perderla de vista. Ni un solo segundo.

End of Chapter 3