Chapter 2 of 8
El viernes
953 words
El último timbre del viernes siempre sonaba distinto.
No era más fuerte que los demás.
Pero bastaba un segundo para que todo el salón explotara en movimiento.
Las sillas chirriaron contra el suelo. Mochilas cerrándose de golpe. Alguien ya corría hacia la puerta antes de que el profesor terminara de guardar la tiza.
—Esperen.
La voz del profesor Dubois no fue alta.
Aun así, consiguió detener a media clase.
Suspiré.
Eso nunca era buena señal.
Dubois levantó un montón de hojas con una sonrisa sospechosamente tranquila.
—Antes de que desaparezcan... tengo un anuncio.
Escuché un gemido colectivo.
Lucien fue el primero en dramatizar.
—Profesor, tenga compasión...
Dubois fingió pensarlo.
—No.
Toda la clase rió.
Luego habló.
—El lunes tendrán un examen global. Entran los capítulos tres al siete.
Silencio.
Un segundo después...
—¡¿Qué?!
La protesta sacudió el aula.
Lucien dejó caer la frente sobre el pupitre con tanta fuerza que el estuche dio un pequeño salto.
—Mi fin de semana...
Le puso una mano en el pecho.
—Ha fallecido.
Renard soltó una carcajada.
—Ni siquiera había nacido.
—¡Ya tenía planes!
—Jugar doce horas seguidas no cuenta como plan.
—Claro que cuenta.
Mientras ellos discutían, miré de reojo a Kael.
Ni una arruga.
Ni una queja.
Ya estaba guardando sus apuntes perfectamente alineados.
Hasta las esquinas parecían ordenadas.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si fueras a preguntarme si ya estudié.
Parpadeé.
—Sí iba a hacerlo.
—Ya terminé el capítulo siete ayer.
Lucien levantó lentamente la cabeza.
—No eres una persona normal.
—Nunca dije que lo fuera.
Renard apoyó un codo sobre mi mesa.
—Olider.
—¿Sí?
—Préstame tus apuntes.
Lo dijo con tanta naturalidad que casi abría el cuaderno.
Casi.
Su mano ya avanzaba hacia mi libreta.
¡Tac!
Un cuaderno cayó sobre su muñeca.
Renard retiró la mano.
—¡Ay!
Élise ni siquiera cambió de expresión.
—Ni lo intentes.
—Solo quería admirar su caligrafía.
—Admírala desde lejos.
—Qué cruel.
Cerré mi cuaderno antes de que volviera a intentarlo.
—Si quieres estudiar, te los presto después.
Renard sonrió.
—¿Ves? Él sí me quiere.
—Yo también te quiero.
Hizo una pausa.
—Lo suficiente como para impedir que seas un descarado.
Lucien señaló a Élise.
—Acabas de destruirlo emocionalmente.
—Sobrevivirá.
—Eso espero.
Renard se llevó una mano al pecho.
—Necesito apoyo moral.
Kael levantó el teléfono.
—Puedo enviarte mis resúmenes.
Lucien apareció a su lado a una velocidad sospechosa.
—Kael...
Le tomó las manos.
—Eres el mejor invento de la humanidad.
—Solo son veinte páginas.
Lucien palideció.
—Retiro lo dicho.
Las carcajadas volvieron a llenar el salón.
Incluso el profesor Dubois negó con la cabeza mientras salía.
—No hagan demasiado ruido cuando abandonen el edificio.
Renard levantó dos dedos.
—Prometemos intentarlo.
—Esa respuesta no me tranquiliza.
—A nosotros tampoco.
Esta vez hasta Dubois sonrió antes de marcharse.
Esperamos unos segundos.
Luego recogimos nuestras mochilas.
Era viernes.
Y, como todos los viernes...
Salimos juntos del aula.
Apenas cruzamos el portón de la Escuela Vermeille, Lucien soltó un suspiro tan exagerado que un par de alumnos se giraron a mirarlo.
—Bien. Tenemos un examen en dos días. ¿Dónde estudiamos?
Renard respondió sin pensarlo.
—En mi casa no.
—Qué rápido.
—Mi padre invitó a unos empresarios esta noche. Si aparecemos haciendo ruido, nos convierten en parte de la decoración.
Lucien hizo una mueca.
—La mía tampoco sirve. Mi madre organizó una cena benéfica. Hay más normas para sentarse a la mesa que páginas tiene el libro de Historia.
Kael acomodó la correa de su mochila.
—Mi abuelo recibirá al consejo familiar.
Eso bastó como explicación.
Todos entendimos lo que significaba.
Trajes.
Saludos medidos.
Espaldas rectas.
Cubiertos colocados con precisión.
Élise soltó una risa apenas audible.
—En mi casa hay ensayo de protocolo para la gala del domingo.
Renard abrió mucho los ojos.
—¿Ensayo de protocolo?
—Sí.
—Eso suena aterrador.
—Lo es.
De pronto, los cuatro giraron hacia mí.
Sentí las miradas al mismo tiempo.
—¿Qué?
Lucien levantó una mano.
—Votación democrática.
—No me gusta cómo empieza eso.
—Todos a favor de estudiar en casa de Olider.
Cuatro manos se alzaron al instante.
Ni siquiera esperaron mi respuesta.
No pude evitar reír.
—Ni preguntan.
—Porque sabemos que dirás que sí.
Y tenían razón.
Mi casa quedaba a unos veinte minutos caminando desde la escuela.
A diferencia de las enormes mansiones que ocupaban las avenidas principales, la nuestra estaba construida junto a una colina cubierta de árboles.
Era grande.
Muy grande.
Pero nunca se sentía pesada.
Las ventanas permanecían abiertas la mayor parte del tiempo.
El viento entraba con olor a tierra húmeda y flores silvestres.
Desde la terraza podía verse un lago que reflejaba el cielo como un espejo.
Era el lugar donde más me gustaba estudiar.
Cuando abrimos la puerta principal, una voz cálida nos recibió.
—Bienvenidos.
Marianne apareció desde el vestíbulo con su delantal impecable y una sonrisa tranquila.
Era la única sirvienta de la casa.
Llevaba cuidándome desde que era pequeño.
—Señorito Olider.
—Te dije que me llames Olider.
—Y usted me dice que la llame Marianne.
—Porque ese es tu nombre.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces estamos empatados.
Lucien ya estaba quitándose los zapatos.
—Marianne, ¿hiciste galletas?
—¡Te adoro!
Renard levantó un dedo.
—Yo también.
Kael negó con la cabeza.
—Ni han abierto los libros.
—Las prioridades son importantes.
Marianne desapareció rumbo a la cocina mientras respondía con total naturalidad.
—Su madre llamó hace una hora.
La sonrisa no desapareció de mi rostro.
—¿Cómo está?
—Llegó bien al viaje. Dijo que volverá dentro de unos días.
Asentí.
No era raro.
Mi madre viajaba mucho por trabajo.
La casa llevaba años acostumbrada a esperarla.
Quizá por eso siempre resultaba tan silenciosa.
Y, curiosamente...
Ese silencio solo desaparecía cuando los cuatro invadían cada rincón como si también vivieran allí.