Chapter 1 of 8
Un día cualquiera
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La campana anunció el descanso.
Las puertas de las aulas se abrieron al mismo tiempo, y el pasillo de la Escuela Vermeille volvió a convertirse en un río de estudiantes.
—¡Olider!
Giré apenas la cabeza.
Renard venía caminando con una mano en el bolsillo y la otra levantada. Detrás de él aparecía Kael, tan impecable como siempre, mientras Lucien ya estaba riéndose de algo que nadie más había escuchado. Élise cerró su cuaderno con calma y se acercó a nosotros con la elegancia de quien nunca tenía prisa.
Era la misma rutina de todos los días.
Y nunca nos cansábamos de repetirla.
—Llegas tarde hasta al recreo.
—Solo fueron diez segundos.
—Fueron diecisiete.
Miré a Kael.
—¿Los contaste?
—Sí.
Lucien soltó una carcajada.
—¿Ves? Este hombre nació para auditar relojes.
Renard pasó un brazo por mis hombros sin pedir permiso.
—Déjalo. Si Olider llega tarde, es porque seguramente estaba ayudando a alguien.
No respondió como una pregunta.
Porque tenía razón.
Antes de salir había ayudado a un chico de primero a recoger unos apuntes que se le habían caído por las escaleras.
—Te lo dije.
Renard levantó una ceja con una sonrisa victoriosa.
—Lo conozco desde que nació.
—Nos conocemos todos desde que nacimos.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta.
Los tres nacimos el mismo día.
En el mismo hospital.
Nuestras madres todavía conservaban una fotografía donde aparecíamos uno junto al otro, envueltos en mantas blancas, con unas pulseritas diminutas en la muñeca.
Cada cumpleaños terminaba con esa foto sobre la mesa.
Y cada año alguien decía exactamente la misma frase.
"Parece que nunca aprendieron a separarse."
La verdad era que nunca lo intentamos.
—Olider.
Élise levantó la mano.
—Tu corbata.
Bajé la vista.
Estaba torcida.
—No me había dado cuenta.
—Lo sé.
Con dos movimientos rápidos la acomodó.
—Listo.
Renard soltó una risa.
—Ya empezó.
—¿Qué?
—El mantenimiento diario de Olider.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Yo también puedo...
—No.
La respuesta de Élise fue tan inmediata que hasta Lucien dejó de reír durante dos segundos.
Luego volvió a doblarse de la risa.
—Pobre Renard.
Seguimos caminando por el pasillo.
Las conversaciones alrededor bajaban de volumen cuando pasábamos.
No era raro.
Más de una vez había escuchado a otros alumnos llamarnos el grupo imposible.
Supongo que tenía sentido.
Cinco familias conocidas.
Cinco estudiantes con las mejores notas.
Cinco rostros que siempre aparecían en los carteles de eventos escolares.
Había quienes pensaban que éramos inalcanzables.
Si nos vieran discutir durante cinco minutos sobre quién debía pagar los bocadillos de la salida...
Probablemente cambiarían de opinión.
—El que pierda piedra, papel o tijera paga.
Lucien ya tenía la mano preparada.
—Esta vez no me estafan.
Renard resopló.
—La última vez perdiste limpio.
—La última vez Kael hizo trampa con la mirada.
Kael ni siquiera levantó la cabeza del teléfono.
—No sabía que ahora mirar era ilegal.
—¡Lo intimidas!
—Qué frágil eres.
La discusión continuó mientras bajábamos las escaleras hacia el patio central.
La fuente de mármol seguía rodeada de estudiantes. Algunos almorzaban, otros repasaban apuntes y unos cuantos fingían estudiar mientras hablaban de cualquier cosa.
—Miren.
Lucien señaló discretamente hacia un grupo de primer año.
Tres chicos nos estaban observando.
En cuanto notaron que los habíamos visto, desviaron la mirada al instante.
Renard soltó una risa por la nariz.
—Otra vez.
—Déjalos.
Élise tomó asiento bajo la sombra de un árbol.
—Es normal.
—¿Normal qué?
—Que los de primero se pongan nerviosos.
Lucien abrió los brazos exageradamente.
—La fama pesa.
—Tu ego pesa más.
—Eso dolió.
Me reí sin poder evitarlo.
A veces olvidaba que los demás nos veían de forma distinta.
Para mí seguían siendo los mismos niños con los que corría por el parque, construía fortalezas con cajas de cartón y discutía porque Renard siempre cambiaba las reglas cuando iba perdiendo.
Nada de eso parecía haber cambiado.
Bueno...
Quizá una cosa sí.
Antes cabíamos los cinco en un columpio.
Ahora Renard insistía en intentarlo y siempre terminaba rompiéndolo.
—¿En qué piensas?
Kael me ofreció una botella de agua.
—En que ustedes crecieron demasiado.
Renard fingió ofenderse.
—Habla por ti.
—Tú mides casi uno noventa.
—Uno ochenta y ocho.
—¿Ves? Hasta presume los centímetros.
Lucien dio una palmada.
—Propongo una misión.
—Eso nunca termina bien.
—Precisamente por eso.
Se inclinó hacia nosotros con una sonrisa conspiradora.
—Después de clases...
Hizo una pausa dramática.
—...vamos a la cafetería de la señora Mirelle.
Renard levantó el pulgar.
—Acepto.
Kael asintió.
Élise cerró el libro.
—También.
Todos me miraron.
—¿Qué?
—Falta tu respuesta.
Sonreí.
—Como si alguna vez hubiera dicho que no.
Lucien golpeó la mesa.
—¡Queda decidido!
A nuestro alrededor el recreo seguía su curso.
El viento movía las hojas del árbol.
La fuente seguía murmurando.
Y, por un momento, tuve la extraña sensación de que quería recordar exactamente cómo se veía aquel instante.
No sabía por qué.
Solo pensé que era un día demasiado bonito para olvidarlo.