Un zumbido persistente perforaba la mente de Chuuya. No era el eco de la ciudad, sino la voz femenina del fragmento. Un murmullo fantasmal, apenas inteligible, que se retorcía como una serpiente, acusando a Dazai de engaño. Su puño se apretó, los nudillos blancos contra la palma. La rabia burbujeaba, un licor amargo que le quemaba la garganta.
Sentía la energía gravitatoria agitándose bajo su piel, lista para explotar. El fragmento, antes una promesa, ahora parecía una trampa. Dazai lo había llevado hasta allí, lo había guiado. ¿Con qué propósito?
"Maldito bastardo," siseó Chuuya. Sus ojos, ya de un azul intenso, se oscurecieron a un tono casi índigo. "Explícate. ¿Qué demonios me has hecho?"
Estaba de pie en el maltrecho apartamento de Dazai, la luz del atardecer tiñendo el polvo y las sombras. Dazai, apoyado en el marco de la ventana, lo miraba con esa sonrisa enigmática que Chuuya había llegado a odiar y, extrañamente, a encontrar fascinante.
Su sonrisa era una máscara. Una fina capa de indiferencia sobre algo más profundo, algo inalcanzable. Chuuya se acercó, cada paso resonando con la furia contenida. El fragmento en su bolsillo vibró, como si la voz se impacientara, urgiéndole a la confrontación.
"¿Hacerte qué, Chuuya?" El tono de Dazai era suave, casi melódico, ajeno a la tormenta que se desataba en el interior de Chuuya. Sus ojos, profundos y oscuros, se posaron en él, una mirada que parecía ver más allá de la piel.
"La voz," espetó Chuuya, sacando el fragmento con un movimiento brusco. La roca oscura brilló débilmente en la penumbra. "La voz que me habla. Dice que me estás usando. Que eres un mentiroso." La acusación resonó en el aire, cruda y sin adornos.
Dazai solo inclinó la cabeza. Su expresión no cambió. Ni sorpresa, ni enfado. Solo una quietud que irritaba a Chuuya hasta el tuétano. ¿Cómo podía permanecer tan imperturbable?
"¿Y le crees a una voz en un trozo de piedra?" Dazai preguntó, su voz aún un susurro apacible. "¿O a la persona que te ha estado ayudando a encontrar respuestas?"
"¡No lo sé!" Chuuya gritó, la frustración estallando. La gravedad danzó a su alrededor, pequeñas chispas rojas parpadeando en el aire. El suelo bajo sus pies tembló ligeramente. "Tu ayuda es demasiado conveniente. Tu presencia es... es una maldita incógnita, Dazai. ¿Por qué demonios un demonio como tú se preocuparía por un humano y su madre desaparecida?"
Quería que la gravedad lo aplastara, que lo inmovilizara, pero el poder de Chuuya se disipaba en el aire alrededor de Dazai, ineficaz, como siempre. Era un muro invisible, una barrera irrompible. Esa impotencia solo alimentaba su ira. Dazai era intocable, incomprensible.
"Algunas verdades son demasiado pesadas para oídos mortales," dijo Dazai, una sombra de tristeza cruzando sus ojos. Por un instante, la máscara se resquebrajó, revelando una vulnerabilidad que desarmó a Chuuya. Era fugaz, pero real.
Chuuya lo miró, el aliento atrapado en su garganta. ¿Demasiado pesadas? ¿Qué podría ser tan oscuro? Se acercó un paso más, la curiosidad luchando con la desconfianza. "Entonces, hazme un favor, demonio. Aligera la carga. Dime la verdad. Toda ella."
Dazai se enderezó, apartándose de la ventana. Caminó lentamente hacia Chuuya, su mirada nunca abandonándolo. Se detuvo a escasos centímetros, su aliento cálido rozando la piel de Chuuya. "Mi verdad es un camino largo y sinuoso, Chuuya. Un camino que se cruza con el tuyo de formas que aún no puedes comprender."
"Inténtalo," lo retó Chuuya, aunque su voz ahora era un susurro más bajo. El calor de Dazai, la cercanía, era un ancla extraña en medio de su tormenta interna. Una atracción que no entendía, pero que sentía con una fuerza innegable.
"Hace mucho tiempo, antes de que este mundo adoptara su forma actual," comenzó Dazai, su voz bajando a un tono casi hipnótico, "yo no era como soy ahora. Era... diferente. Una parte de un todo, sin forma, sin propósito definido. Observaba. La creación, la vida, la muerte. La danza eterna."
"Pero había una curiosidad, una chispa. Quería experimentar. Rompí las ataduras. Me creé una forma, un nombre. Y por eso, fui desterrado de lo que había sido. Condenado a vagar, a observar desde los márgenes." Sus ojos se fijaron en Chuuya, una profundidad antigua en ellos. "Mi existencia se convirtió en una penitencia. Una soledad infinita."
"Y entonces la conocí. Tu madre, Koyo." El nombre, pronunciado por Dazai, vibró en el aire entre ellos, cargado de un peso que Chuuya no podía comprender. "Ella no era una mujer ordinaria. Tenía una conexión con el velo, con los lugares donde los mundos se tocan. Era... una buscadora. Al igual que tú."
Chuuya escuchó, inmóvil. Su madre. ¿Una buscadora? Él solo la recordaba como la mujer que se desvaneció, dejando un vacío inmenso. Dazai continuó, su voz apenas audible.
"Ella estaba fascinada con lo que hay más allá. Con la magia antigua, con los entes. Los demonios, los celestiales. No temía lo desconocido. Lo abrazaba. Por eso, muchos la veían como una aberración, una amenaza para el orden establecido." La mirada de Dazai se desvió por un momento, hacia la ventana, como si recordara algo doloroso.
"Me encontró. O quizás yo la encontré a ella. En los callejones de Yokohama, donde el mundo mortal se desdibuja. Ella no me temió. Me habló. Me preguntó sobre los límites, sobre lo que hay del otro lado. Vio más allá de mi forma, de mi reputación. Vio... la soledad. La curiosidad que había en mí. La misma que la impulsaba a ella."
"Nos hicimos... compañeros. No de la manera en que los humanos lo entienden, pero había un respeto mutuo, una comprensión. Ella me ofrecía una ventana a la vitalidad mortal, y yo le ofrecía destellos de los mundos inobservables." Dazai hizo una pausa, su mirada volviendo a Chuuya, cargada de una emoción que Chuuya no podía descifrar. "Ella te amaba, Chuuya. Más de lo que podrías imaginar. Eras su ancla. Su razón para intentar encontrar un equilibrio en su peligrosa búsqueda."
"¿Y dónde está ahora?" La voz de Chuuya se quebró, la imagen de su madre, distorsionada por el tiempo y el dolor, parpadeando en su mente. "Si era tan poderosa, ¿por qué no está aquí? ¿Por qué me abandonó?"
Dazai extendió una mano, sus dedos rozando la mejilla de Chuuya. El toque fue ligero, pero envió una corriente eléctrica a través del cuerpo de Chuuya. "Ella no te abandonó. Ella fue... tomada. Su conexión era demasiado fuerte. Atrajo la atención de quienes buscan mantener la 'pureza' de los reinos. La Burocracia Celestial. Ellos vieron su existencia como una transgresión, una brecha en su orden inquebrantable."
"Intenté protegerla. Lo juro. Pero mi poder tiene límites. Y su sacrificio... fue por ti. Para asegurarse de que pudieras vivir. Para protegerte de la misma atención que la atrapó. Ella sabía que su búsqueda la llevaría a un punto sin retorno, pero no sin dejar una parte de sí misma atrás. Una pista. El fragmento."
"¿El fragmento?" Chuuya miró la roca oscura en su mano. "¿Ella lo dejó para mí?"
"Sí. Es una parte de su esencia, imbuida con su propósito. Una guía. Y la voz que escuchas... es ella, o un eco de ella. Un mensaje distorsionado por el tiempo y el velo." Dazai bajó su mano, su expresión volviendo a la melancolía. "Cuando me encontraste, sentí su rastro en ti. Su misma determinación. Su fuego. Y un anhelo... que conocía bien. No pude dejarte solo. Le hice una promesa, Chuuya. Cuidarte. Y ayudarte a encontrar las respuestas que ella no pudo darte."
Las palabras de Dazai cayeron sobre Chuuya como una cascada fría. Su madre no lo había abandonado. Había luchado. Había sido forzada a desaparecer. Y Dazai... Dazai había estado allí. Había sido testigo. Había prometido. Un torbellino de emociones lo invadió: rabia por la Burocracia Celestial, dolor por su madre, y una confusión abrumadora por este demonio que parecía conocer su alma.
"Así que, ¿me usas para cumplir una promesa?" Chuuya preguntó, la voz ronca. Había una punzada de algo más profundo que la ira. Una herida que Dazai, al revelar su verdad, había tocado sin querer. Se sintió expuesto, manipulado, sí, pero también extrañamente comprendido.
"Te guío," corrigió Dazai. "Te muestro el camino. La elección de seguirlo siempre ha sido tuya. Y la conexión, Chuuya... la conexión que siento contigo es... diferente. Más allá de una simple promesa." Su mirada se profundizó, volviéndose intensa. "No eres solo el hijo de Koyo. Eres tú. Y yo... no soy el demonio que todos creen."
La confesión de Dazai, íntima y cargada de una tristeza antigua, creó un puente entre ellos que Chuuya no había anticipado. El rencor se mezcló con una nueva comprensión, el fuego con una inexplicable atracción. Sentía que Dazai le había entregado un trozo de su propia eternidad, un acto de confianza que resonaba en lo más profundo de su ser.
Pero la duda persistía, un pequeño aguijón en su corazón. ¿Podría confiar en un demonio cuya existencia estaba tan entrelazada con el misterio de su madre? ¿Y qué significaba esa 'conexión diferente'? Se sentía abrumado, la cabeza dándole vueltas con toda la nueva información.
Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Se dio la vuelta, el impulso de huir de esa intimidad repentina y abrumadora, demasiado fuerte para resistir. Su mente era un caos, las piezas de su vida reorganizándose de una manera dolorosa.
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"Ella no era solo tu madre, Chuuya. Ella era... un conducto. Para algo mucho más antiguo que nosotros dos."