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Chapter 5: Ecos Prohibidos
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Una punzada helada atravesó su pecho, más fría que cualquier ráfaga de viento de Yokohama. Las imágenes se arremolinaron, no en su mente, sino ante sus ojos, proyectadas por el fragmento de piedra que aún latía en su palma. Un futuro desolador. Ruinas carbonizadas, ciudades silenciadas, el eco de gritos ahogados en un polvo que no era de este mundo.
Escuchó el gemido del viento, un lamento que parecía arrastrar el nombre de su madre. La figura de Dazai emergió de la bruma, alta y etérea, sus vendajes inmaculados contrastando con la desolación circundante. Sus ojos, antes un abismo de misterio, ahora brillaban con una luz gélida y posesiva.
Una mano se extendió hacia él en la visión. No la de su madre, sino la de Dazai. Sus dedos, largos y elegantes, se cerraron alrededor de su muñeca, no con ternura, sino con una fuerza inquebrantable. "Siempre fuiste mío", susurró la voz de Dazai, resonando en el vacío. "Tu madre lo sabía. Por eso te dejó a mi cuidado. No para protegerte, Chuuya. Sino para controlarte. Para ser mi marioneta".
El miedo se le atragantó en la garganta. La visión se disolvió, dejándolo en la oscuridad de su apartamento, la piedra ahora tibia, casi inerte. Dazai, el protector, el enigmático demonio que prometía respuestas, era el titiritero. Un nudo de ira y desesperación se apretó en su estómago.
Su mente bullía. Necesitaba saber. Necesitaba entender la verdad detrás de la verdad de Dazai, la que el demonio había revelado sobre su madre y su conexión. Pero la visión de la piedra añadía una capa de traición insoportable. Era un juego, y Chuuya sentía que había sido una pieza prescindible desde el principio.
Se levantó de un salto, el aire de la habitación pesado. Dazai había mencionado la 'Oficina Celestial', una burocracia divina que regía el equilibrio. Y había hablado de 'malfuncionamientos', de seres que no encajaban. Su propia habilidad, el poder que le permitía manipular la gravedad con un pensamiento, siempre había sido una anomalía.
Los libros. Había un lugar. Un submundo de conocimiento prohibido que los ocultistas de Yokohama susurraban entre sombras, un sitio donde se guardaban textos que el mundo exterior consideraría herejía. Un lugar donde las leyes celestiales no tenían jurisdicción, un refugio para aquellos que buscaban verdades incómodas.
Abandonó su apartamento sin pensarlo dos veces. La noche de Yokohama era su aliada, los callejones retorcidos y húmedos ocultaban su prisa. Cada sombra parecía extenderse, susurrándole nombres olvidados, promesas rotas. Su corazón latía con una mezcla de furia y una necesidad desesperada por respuestas.
Cruzó el distrito portuario, donde el olor a salitre se mezclaba con el de la desesperación. Evitó las rutas principales, moviéndose como una sombra entre los contenedores de carga apilados, sus sentidos agudizados por la adrenalina. La biblioteca, si es que se le podía llamar así, no era un lugar para los débiles de corazón.
Finalmente, se detuvo ante una puerta de acero oxidado, oculta detrás de un callejón sin salida, camuflada por grafitis descoloridos y la maleza. Un simple empujón reveló una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad, el aire volviéndose denso y viciado con cada paso.
El silencio de la biblioteca subterránea era abrumador. Miles de volúmenes polvorientos llenaban estanterías precarias, sus lomos desgastados contando historias de épocas olvidadas. El olor a papel viejo, moho y algo más, algo arcano y polvoriento, impregnaba el ambiente. Chuuya se sentía como un intruso en un santuario profano.
Un hombre corpulento y de aspecto desaliñado, con gafas gruesas y una barba desordenada, lo recibió con un gruñido. Era el guardián, un ex-bibliotecario universitario que había sido expulsado por sus