Chapter 3 of 5
Capítulo 3: Susurros de Su Nombre
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Un gruñido se atascó en la garganta de Chuuya. Había odiado cada segundo desde que Dazai le propuso el pacto. Odio la forma en que el demonio parecía disfrutar de su dilema, sus ojos castaños brillando con una diversión apenas disimulada. No confiaba en Dazai, ni un ápice. Pero las palabras del demonio resonaban en su cabeza, un eco venenoso: "Te llevaré a ella".
"De acuerdo", siseó Chuuya. Su voz era áspera, el sonido de una derrota que le quemaba la lengua. "Haremos tu maldito pacto. Pero que quede claro, Dazai, si intentas cualquier cosa..." Sus puños se apretaron. La amenaza no necesitaba ser completada. Dazai lo entendió.
Sonrió, una expresión perezosa que no llegó a sus ojos. "Qué gusto verte tan... entusiasta, Chuuya-kun. No te preocupes, mi diversión no incluye dañar a mis socios. Por ahora." Un escalofrío recorrió la espalda de Chuuya. La última frase se sintió como una daga helada.
Los siguientes días fueron una tortura. Dazai era una presencia constante, una sombra burlona que se pegaba a él. Lo seguía por las calles de Yokohama, sus pasos silenciosos, su mirada observándolo como un depredador. Chuuya intentaba ignorarlo, sumergirse en su trabajo en los muelles, descargando cajas pesadas, pero la irritante voz de Dazai siempre encontraba un camino. "¿Estás seguro de que ese músculo lo usas para trabajar, Chuuya-kun, o para posar?" "Mira, un gato callejero. Es casi tan diminuto como tú."
Chuuya apretaba los dientes, conteniendo el impulso de usar su habilidad para aplastar al demonio contra el asfalto. Necesitaba a Dazai. Esa era la única razón por la que no lo había hecho. Su madre. La imagen de su rostro desvaneciéndose en la distancia, una cicatriz perenne en su memoria. Esa imagen era su cadena.
Una tarde, mientras Chuuya se sentaba en un banco del parque, tratando de encontrar un momento de paz, Dazai apareció. No se anunció, simplemente se materializó junto a él, un fantasma molesto. "Hemos esperado suficiente", dijo Dazai, su tono inusualmente serio, carente de su habitual burla. "Es hora de irnos. El fragmento no esperará para siempre."
Chuuya se puso de pie, su corazón latía con una mezcla de resentimiento y una punzada de esperanza. "¿Dónde está este fragmento?" Preguntó, su voz apenas un susurro. La seriedad de Dazai le había tomado por sorpresa.
"En un lugar que los humanos han olvidado", respondió Dazai, empezando a caminar. "Un santuario. Antigua morada de un celestial menor. Dicen que el tiempo se distorsiona allí, y los ecos del pasado son más fuertes que en cualquier otro lugar. Lo llaman el Santuario del Murmullo Olvidado".
Caminaron durante lo que parecieron horas, adentrándose en los distritos más antiguos y decrépitos de Yokohama. Las luces de la ciudad retrocedieron, reemplazadas por la penumbra de callejones estrechos y edificios abandonados. El aire se volvió más frío, más denso, cargado con el olor a humedad y a un algo indefinible que a Chuuya le recordaba a la tierra recién removida. Los grafitis cubrían las paredes, formando un idioma secreto de sombras y figuras distorsionadas.
Finalmente, Dazai se detuvo frente a lo que parecía ser una pared de hiedra y escombros. No había ninguna puerta visible, ningún signo de entrada. Chuuya frunció el ceño. "¿Esto es una broma?" Su paciencia se agotaba.
"Ah, Chuuya-kun, tu falta de fe es tan predecible", Dazai suspiró, extendiendo una mano pálida. Sus dedos se movieron con una gracia extraña, rozando la hiedra. Chuuya sintió una punzada de energía extraña en el aire, una vibración que le erizó los cabellos del brazo. La hiedra se retorció, las piedras se movieron con un chirrido fantasmal, revelando una abertura estrecha y oscura. El aire que salía de ella era frío y rancio, con un toque de hierro.
Entraron. El interior del santuario era una ruina. El techo se había derrumbado en varios lugares, dejando que haces de luz lunar perforaran la oscuridad, iluminando montones de escombros y estatuas cubiertas de musgo. El aire era pesado, estancado, con un tenue aroma a polvo y a algo dulzón, casi floral, que Chuuya no pudo identificar. Telarañas del tamaño de pañuelos cubrían las esquinas, atrapando fragmentos de hojas secas y polvo. El lugar era una tumba, no un santuario.
"¿Y dónde se supone que está este 'fragmento de memoria'?" Preguntó Chuuya, su voz resonando extrañamente en el silencio sepulcral. Se sentía expuesto, vulnerable, a pesar de su habilidad. La atmósfera del lugar le oprimía el pecho.
"Está escondido", dijo Dazai, sus ojos recorriendo las sombras con una intensidad que Chuuya nunca le había visto antes. "Un celestial menor, un guardián de la memoria. Cuando cayó, su esencia se hizo añicos. Lo que buscamos es solo una pieza, la que contiene una imagen o un eco de tu madre". Dazai se movió, sus pasos ligeros, casi etéreos, entre los restos del santuario. No parecía buscar, parecía sentir. Sus manos se extendieron, acariciando el aire, susurrando palabras inaudibles.
Chuuya lo siguió de cerca, su mano apoyada en la empuñadura de su cuchillo, aunque sabía que un arma mundana sería inútil contra cualquier cosa que Dazai considerara un desafío. La incertidumbre le picaba la piel. ¿Qué era Dazai realmente? ¿Qué buscaba? El demonio era un enigma, una pregunta sin respuesta que se estaba volviendo peligrosamente atractiva, a pesar de su desconfianza.
De repente, Dazai se detuvo frente a lo que había sido un altar, ahora solo un pedestal roto y cubierto de verdín. Se inclinó, su figura esbelta contrastando con la piedra tosca. Chuuya esperó, conteniendo el aliento. Dazai deslizó sus dedos en una grieta apenas visible en la superficie del altar, un lugar donde el musgo se había retraído de forma extraña. Con un chasquido suave, algo se movió. Dazai tiró. No había esfuerzo en sus movimientos, solo precisión.
Emergió de la grieta una pequeña figura. Un trozo de algo. Era un shard, un fragmento de obsidiana negra, no más grande que la palma de la mano de Chuuya. Pero no era solo una piedra. Emitía un brillo tenue, pulsante, de un azul oscuro profundo, casi violeta, como el cielo antes del amanecer. En su superficie, Chuuya pudo distinguir remolinos, como si contuviera una nebulosa diminuta y atrapada. El aire alrededor del fragmento vibraba con una energía fría, magnética.
"Ah, aquí está", murmuró Dazai, sosteniendo el fragmento con cuidado reverente, como si fuera lo más preciado del mundo. Sus ojos estaban fijos en él, una expresión extraña y distante en su rostro. No había burla, solo una intensidad que Chuuya no pudo descifrar. El brillo azul proyectaba sombras danzantes sobre las facciones angulosas de Dazai.
Chuuya se acercó, la curiosidad superando su cautela. Extendió una mano, queriendo tocarlo, sentir esa extraña energía. Pero Dazai apartó el fragmento suavemente, sin apartar la mirada de él. "No. No es para que lo toques. No todavía". Su voz era suave, una caricia de seda que, por alguna razón, hizo que Chuuya se pusiera rígido.
Fue entonces cuando Chuuya lo sintió. No era la energía del fragmento, sino algo más. Un olor. Ligero al principio, casi imperceptible, mezclándose con el polvo y el moho del santuario. Pero a medida que Dazai acercaba el fragmento a su propio rostro, como si lo estuviera examinando, el olor se intensificó. Magnolias. Y sal marina. Era un aroma inconfundible, grabada en lo más profundo de su memoria. El perfume de su madre. La misma fragancia que había buscado sin cesar en cada mujer que pasaba por su lado en las calles, solo para ser defraudado una y otra vez. Pero aquí estaba, en este lugar olvidado, emanando de un trozo de obsidiana sostenido por un demonio que se burlaba de él.
El corazón de Chuuya dio un vuelco. Sus músculos se tensaron. Sus ojos se abrieron de golpe, fijos en el fragmento, luego en Dazai. La conexión era innegable. Dazai tenía un vínculo con ella. No era una mentira, no era una trampa. No por completo. Una oleada de ira y alivio lo atravesó. Ira por la manipulación, alivio por la confirmación. "¿Qué es eso?" Exigió, su voz baja y cargada de una emoción cruda. "¿Qué tienes ahí?"
"Un fragmento de memoria, como te dije", respondió Dazai, su mirada finalmente se desvió del objeto para encontrarse con la de Chuuya. Había una punzada de algo en sus ojos, algo que Chuuya no pudo entender. ¿Pena? ¿Conocimiento? "Contiene ecos. De los celestiales, de aquellos con los que entraron en contacto. Tu madre... ella interactuó con el mundo celestial. Su memoria es fuerte en este fragmento".
Chuuya retrocedió un paso, la piel de gallina erizándose en sus brazos. Su madre, ¿con celestiales? ¿Por eso había desaparecido? ¿Por eso nunca la había encontrado? La magnitud de la revelación lo golpeó con la fuerza de una ola. El demonio no era un farsante. Sabía cosas. Cosas que Chuuya había anhelado durante años. La punzada de alivio fue casi insoportable, pero se mezclaba con una profunda inquietud. ¿Qué significaba esto? ¿Qué implicaba la conexión de Dazai?
"Ella..." Chuuya comenzó, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Necesitaba más. Necesitaba saberlo todo. La verdad se sentía tan cerca que podía saborearla, pero también tan inalcanzable. Dazai lo miraba, sus ojos enigmáticos, como si supiera exactamente lo que Chuuya estaba sintiendo, lo que Chuuya estaba pensando.
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De repente, el suelo tembló bajo sus pies. No fue un movimiento suave, sino una sacudida violenta que hizo crujir las viejas piedras del santuario. El polvo se desprendió del techo derrumbado, cayendo como una fina nieve gris. Chuuya se tambaleó, estirando una mano para apoyarse en una columna desmoronada. "¿Qué demonios fue eso?" Exclamó, su voz tensa.
Los ojos de Dazai se estrecharon, su expresión se volvió de alerta. Sostuvo el fragmento de obsidiana con más fuerza, la luz azul parpadeando salvajemente. Otro temblor más fuerte sacudió el santuario, y esta vez, un crujido ominoso resonó por encima de ellos, como si el resto del techo estuviera a punto de ceder. El santuario estaba colapsando.
"Tenemos que irnos", dijo Dazai, su voz urgente, despojada de cualquier rastro de su habitual frivolidad. Se giró para arrastrar a Chuuya fuera, pero antes de que pudiera dar un paso, sucedió.
Desde el fragmento de obsidiana en la mano de Dazai, no de los labios del demonio, sino del núcleo brillante de la piedra, un sonido se elevó. Mudo al principio, luego más claro, un susurro que se abrió paso a través del temblor, a través del crujido de las ruinas, directo al corazón de Chuuya. Una voz. Familiar. Angustiada. Una voz que había perseguido sus sueños y sus pesadillas durante años.
"¡Chuuya!" resonó. La voz de su madre. Claramente. Inequívocamente. Y la sangre de Chuuya se heló en sus venas. No podía ser. No de esa manera. No desde esa piedra. No esa voz. No ese nombre.