Chapter 5 of 14
Chapter 5: Sombras en el Espejo
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Escarcha invisible cubrió las paredes de la habitación.
Alvric retrocedió un paso, arrastrando a Brunhilde detrás de su cuerpo. Su mente trabajaba a mil revoluciones por segundo, analizando la silueta oscura que se retorcía sobre la pared.
Aquella criatura no era física. Era una manifestación de pura inmundicia espiritual, un parásito moldeado con la peor clase de intenciones.
Detrás de ellos, la ventana vibró con un zumbido sordo que hizo castañear los dientes de la chica. La luz de la luna apenas lograba atravesar los cristales sucios, pero la sombra proyectada por el zafiro parecía devorar la poca claridad del cuarto, estirando sus garras hacia ellos con una lentitud amenazante.
—No te muevas —ordenó él en un susurro áspero. Su mandíbula se tensó hasta que los dientes le dolieron.
Enfocando su mirada en la aberración, Alvric activó su percepción oculta. Forzó a sus ojos a ver más allá del espectro físico, directo al flujo de la energía corrompida que se arremolinaba en el espacio.
Manchas negras y viscosas flotaban alrededor de la silueta. La energía mágica del rastreador se entrelazaba con el aire, dejando un rastro aceitoso que revelaba la presencia de un hechizo de localización activo y hostil.
Sangre fría pareció congelar sus venas cuando vio la conexión directa. El colgante de Brunhilde no solo contenía un recuerdo, sino que estaba siendo utilizado como un ancla para guiar a los cazadores directo a su posición.
Extendió la mano derecha hacia el centro de la silueta. Sus dedos buscaron el nudo central de aquella red de podredumbre mental, el punto exacto donde la voluntad del invocador se unía a la joya de la joven.
Con un gemido ahogado de concentración, apretó el puño en el aire. Visualizó la impureza rompiéndose como vidrio templado bajo una fuerza masiva, aplicando una presión mental implacable que hizo que sus propias sienes latieran con violencia.
Brunhilde ahogó un grito cuando un chasquido agudo, similar al de un látigo, resonó en el espacio cerrado.
Trozos de oscuridad espiritual se desprendieron de la pared, disolviéndose en volutas de humo gris antes de tocar el suelo. El zafiro en el pecho de la chica recuperó su tono azul profundo y apagado, perdiendo de golpe el brillo hostil que lo poseía.
Mirando el zafiro con fijeza, Alvric sintió que la bilis le subía por la garganta. La firma energética que acababa de romper no era un simple accidente; era un hilo de rastreo de alta gama, sintonizado perfectamente con la joya de Brunhilde por alguien que conocía sus secretos.
—Están rastreándote —declaró él, girándose hacia ella con brusquedad. Sus ojos buscaban cualquier señal de mentira en el rostro de la joven, analizando la pureza de su alma en busca de engaños.
Sus dedos tomaron el mentón de Brunhilde con una fuerza ligeramente excesiva. Quería respuestas inmediatas, necesitaba el control absoluto de la situación que amenazaba con desmoronarse a su alrededor.
Nadie debía saber dónde estaba ella, y mucho menos mediante una magia tan intrusiva que desafiaba sus propios métodos de ocultamiento.
—¿Quién más sabe de este colgante? —preguntó, bajando el tono de su voz a un susurro peligroso. Su respiración era errática, aunque se esforzaba al máximo por ocultar su agitación.
Ella parpadeó, con los ojos húmedos por el miedo pero fijos en los de él con una honestidad desarmadora.
—Nadie... solo mi madre, antes de desaparecer —respondió ella con un hilo de voz, buscando apoyo en el pecho de Alvric.
Aquel contacto físico encendió una alarma de pánico en el cerebro del joven. Detestaba que lo tocaran; el contacto físico debilitaba sus barreras racionales y exponía las grietas de su fachada perfecta.
Rápidamente, se apartó de ella, alisándose la chaqueta con movimientos mecánicos y precisos.
—Tenemos que irnos —sentenció Alvric, dándole la espalda para romper la conexión visual. —Este lugar ya no es seguro. Si pudieron proyectar esa sombra aquí, significa que están cerrando el cerco sobre nosotros.
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Caminar por las calles lluviosas de la metrópolis requería una concentración absoluta.
Alvric guiaba a Brunhilde manteniendo una distancia prudencial, pero lo suficientemente cerca como para interceptar cualquier amenaza que surgiera de los callejones oscuros.
Subieron en silencio al todoterreno negro de Alvric. El motor rugió suavemente, un sonido familiar que ofreció un mínimo consuelo a la paranoia del manipulador.
Conducir por el laberinto de asfalto y luces de neón era una tarea puramente automática para él. Su mente estaba ocupada evaluando las opciones de refugio, descartando cada piso franco, cada hotel de lujo y cada rincón de la ciudad que solía frecuentar.
Cualquiera de sus refugios habituales presentaba un riesgo inaceptable en este momento. Si la Élite de la Sombra estaba detrás de esto, sus ojos y oídos estaban integrados en cada rincón del submundo criminal.
Solo quedaba una opción viable.
Su propio apartamento privado.
Aquel pensamiento le provocó una punzada de auténtico pavor en el estómago. Durante años, ese ático de alta seguridad en el distrito financiero había sido su único santuario, el único rincón del mundo donde no tenía que fingir, donde nadie podía juzgarlo ni herirlo.
Dejar entrar a alguien significaba romper su regla de oro de nunca permitir intrusos en su santuario personal. Significaba mostrar una vulnerabilidad que siempre había evitado a toda costa para protegerse del dolor del pasado.
Miró de reojo a Brunhilde, que contemplaba las luces de la ciudad con la frente apoyada en el cristal frío de la ventanilla, ajena por completo a la tormenta mental que se libraba a su lado.
Apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. No tenía otra opción; protegerla a ella era la única forma de desentrañar el misterio de la joya y, de paso, asegurar su propia supervivencia en este juego de máscaras.
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Entrar al ático fue como cruzar un umbral hacia otra dimensión de orden y control absoluto.
Luces LED de tono frío se encendieron de manera automática, iluminando el espacio de líneas minimalistas, tonos grises y superficies de acero inoxidable pulido.
Brunhilde dio unos pasos tímidos sobre el suelo de mármol oscuro. Sus ojos vagaron por el enorme ventanal que ofrecía una vista panorámica de los rascacielos iluminados, contrastando fuertemente con la sobriedad del interior.
Alvric cerró la puerta blindada, escuchando los múltiples cerrojos de titanio encajar con un sonido seco y definitivo que resonó en el pasillo.
—No toques nada —advirtió, quitándose el abrigo y colgándolo con perfecta simetría en el perchero del recibidor.
Se sentía expuesto y débil. Ver a otra persona caminar por su santuario personal alteraba el orden matemático que mantenía a raya sus demonios internos.
Era como si ella pudiera leer las huellas de su soledad en el aire estéril del apartamento. Cada paso de la joven parecía una invasión directa a la fortaleza que tanto esfuerzo le había costado construir.
Brunhilde se giró lentamente, frotándose los brazos para intentar combatir el frío residual de la tormenta.
—Tienes frío —observó ella, fijando su mirada en las manos rígidas de Alvric.
—Estoy perfectamente —mintió él con voz gélida. Su pulso acelerado y el sudor frío de su nuca contradecían sus palabras.
Sin pedir permiso, ella se dirigió hacia la cocina abierta de diseño industrial. Sus movimientos eran suaves y naturales, carentes por completo de la rigidez defensiva que definía la existencia de Alvric.
Encontró un hervidor de agua sobre la encimera de granito negro y abrió la pequeña despensa con una naturalidad que dejó al joven paralizado en mitad de la estancia.
—¿Dónde tienes las tazas? —preguntó ella, con una sonrisa tímida que buscaba romper la pesadez del ambiente.
Alvric no respondió de inmediato, limitándose a observarla desde la distancia, incapaz de procesar la escena doméstica que se desarrollaba ante sus ojos.
Ella encontró una caja de té de manzanilla que él había comprado hacía meses por mera formalidad y que nunca había abierto.
Hirviendo el agua, el sonido del borboteo llenó el silencio del ático. El aroma dulce y cálido de las hierbas comenzó a flotar en el aire, disipando el olor a desinfectante y cuero.
Observar a Brunhilde preparar té con esa tranquilidad tan simple provocó un vuelco doloroso en el pecho de Alvric. El vapor que subía de las tazas parecía una afrenta directa a su estilo de vida gélido y calculado.
De repente, una oleada de nostalgia lo golpeó con la fuerza de un impacto físico en el pecho.
Recordó una época lejana, casi borrada por los años de traiciones y supervivencia, en la que el calor de un hogar no era una trampa mortal.
Aquel recuerdo trajo la imagen de su madre preparando algo caliente en las mañanas de invierno, antes de que todo se desmoronara y aprendiera que la confianza era el camino más rápido hacia la destrucción.
Saber que nunca podría tener una vida normal, que estaba condenado a ser un monstruo manipulador para sobrevivir en la penumbra de la ciudad, le dolió más que cualquier agresión física.
Sintió que un nudo apretaba su garganta, y por un segundo, la máscara de cinismo que usaba como armadura pareció agrietarse bajo el peso de la añoranza.
—¿Alvric? —la voz de Brunhilde lo trajo de vuelta a la realidad. Ella sostenía dos tazas de cerámica gris, extendiendo una hacia él con un gesto lleno de inocencia.
Él miró la taza como si fuera un artefacto diseñado para envenenarlo. Aceptar ese gesto significaba admitir que necesitaba consuelo, algo que su orgullo no podía permitir.
—No quiero —respondió con brusquedad, cruzándose de brazos para marcar distancia física.
Ella no se ofendió; simplemente dejó la taza sobre la encimera y dio un sorbo de la suya, manteniendo sus ojos fijos en la tormenta que golpeaba los cristales del ventanal.
Nuevamente el silencio se instaló en el ático, pero esta vez no era el vacío estéril de siempre, sino un espacio cargado de una extraña calidez que aterrorizaba al joven manipulador por completo.
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Minutos más tarde, el temporizador del sistema de seguridad parpadeó en la pantalla táctil de la pared.
Alvric se mantenía alerta, vigilando los monitores que mostraban las cámaras del pasillo exterior con una fijeza casi obsesiva.
Brunhilde se había sentado en el sofá de cuero gris, con las piernas encogidas y la taza vacía entre las manos, sucumbiendo lentamente al agotamiento de la noche.
Justo cuando Alvric comenzaba a creer que las defensas físicas de su hogar los habían ocultado del peligro, un sonido sordo y violento hizo que el suelo temblara ligeramente bajo sus pies.
De repente, el silencio se quebró de la peor manera imaginable. Un fuerte golpe resuena en la puerta blindada del apartamento, y una voz idéntica a la de la madre fallecida de Alvric susurra a través del intercomunicador: "Alvric, querido, devuelve lo que no te pertenece".