Repentino clic metálico resonó en la cerradura, quebrando el silencio sepulcral del apartamento.
Alvric apretó los puños, sintiendo cómo la adrenalina congelaba sus venas mientras deslizaba la mano derecha hacia el cuchillo táctico oculto bajo la manga de su chaqueta.
Detrás de él, Brunhilde contuvo el aliento, con los ojos fijos en la madera de la puerta que vibraba sutilmente bajo una presión invisible.
"Quédate atrás", siseó el joven con un hilo de voz que destilaba veneno puro y una tensión que amenazaba con romperle la mandíbula.
Deslizando sus dedos sobre el picaporte helado, contuvo la respiración y giró el pomo con una velocidad violenta, abriendo la puerta de par en par con la intención de hundir el acero en el pecho de cualquier intruso.
Nadie estaba allí.
Únicamente el pasillo desierto y sombrío se extendía ante él, bañado por la mortecina luz parpadeante del edificio de apartamentos.
Bajando la mirada con los ojos inyectados en sangre y el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, Alvric sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.
Aquel muñeco de porcelana agrietada, con sus ojos de vidrio azul cobalto, le devolvía una mirada vacía y espectral desde el suelo húmedo.
Era idéntico, detalle por detalle, al juguete que su madre le había entregado la última noche antes de abandonarlo a su suerte en la negrura de la ciudad.
Atada al cuello de la figura con un hilo rústico de cáñamo, una nota de papel amarillento mostraba trazos toscos, escritos con un fluido denso y carmesí.
"Entréganos a la chica o tu miserable existencia llegará a su fin", leyó Alvric en un susurro que murió en su garganta.
Brunhilde se aproximó con pasos cautelosos, ignorando las mudas advertencias que el rostro pálido del joven proyectaba en el aire.
Observando la figura de porcelana, ella notó el temblor incontrolable en los dedos de Alvric y la forma en que sus nudillos se volvían completamente blancos.
"Esto es por mi culpa", susurró ella, con una mezcla de horror y compasión reflejada en sus grandes ojos claros.
Jamás había sentido Alvric una rabia tan concentrada, un fuego helado que devoraba sus entrañas mientras apretaba el muñeco entre sus dedos hasta que la porcelana crujió bajo la presión.
Su mente retrocedió catorce años atrás, al callejón húmedo donde su madre lo dejó sentado sobre una caja de cartón, prometiéndole regresar antes de que la lluvia borrara sus huellas.
Aquella promesa rota había esculpido su cinismo, su desprecio por la humanidad y su obsesión enfermiza por tener el control absoluto de cada situación.
"Nos largamos de aquí ahora mismo", ordenó él, dándole la espalda al pasillo y buscando con urgencia su abrigo.
Planificando ya tres rutas de escape diferentes en su mente hiperactiva, Alvric sabía que debían desaparecer en los suburbios antes de que la Élite de la Sombra enviara a sus ejecutores.
"No huiremos", declaró Brunhilde con una firmeza imprevista que congeló los movimientos del joven manipulador.
Sorprendido por la determinación en su voz, se giró lentamente para clavar sus ojos hambrientos de control en la muchacha.
Ignoras con quién estamos tratando, Brunhilde; esto no es un juego de niños donde las buenas intenciones te salvan la vida", escupió él, señalando el muñeco ensangrentado.
"Si seguimos corriendo, nos cazarán uno a uno en la oscuridad", argumentó ella, dando un paso al frente sin una pizca de miedo en sus ojos puros.
Proponiendo una alternativa que Alvric consideró una absoluta locura, ella sugirió ir directamente a la biblioteca central de la ciudad.
"Allí guardan los registros históricos del antiguo orfanato donde crecí", continuó la joven, con la mirada encendida por una chispa de esperanza indomable.
Aquella propuesta golpeó la mente de Alvric como un martillazo directo a sus cimientos defensivos.
Detestaba los archivos, detestaba recordar el pasado y, sobre todo, detestaba exponerse en un lugar público donde no controlaba las variables.
Sin embargo, la mirada implacable de Brunhilde ejercía una extraña gravedad sobre su voluntad cínica, desarmando sus mentiras habituales.
"Está bien, pero nos moveremos bajo mis condiciones", gruñó finalmente, sintiendo cómo su máscara de frialdad se agrietaba bajo el peso de una vulnerabilidad insoportable.
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Gotas de lluvia ácida golpeaban con fuerza los ventanales de la biblioteca central, creando un murmullo constante y perturbador.
Cruzar la entrada principal requirió toda la destreza de Alvric para evitar las cámaras de seguridad instaladas en los techos abovedados.
Alvric vigilaba cada rincón, con la mano derecha oculta en el bolsillo de su gabardina, acariciando el mango del cuchillo táctico.
Cada sombra proyectada por las columnas de mármol parecía cobrar vida ante sus ojos paranoicos.
Brunhilde caminaba a su lado, irradiando una calma que resultaba casi insultante para el estado de alerta máxima en el que él se encontraba.
Observándola de reojo, Alvric se dio cuenta de que la pureza de esta chica no era debilidad; era un escudo invisible que desafiaba la lógica de este mundo corrompido.
Su presencia no mostraba la habitual mancha gris de avaricia o malicia que él percibía en el alma de los transeúntes comunes.
Pasos silenciosos los guiaron hacia la sección de archivos históricos del subsuelo, donde el aire se volvía denso y olía a papel viejo y olvido.
Dentro de la penumbra del sótano, las hileras de estanterías metálicas se alzaban como gigantes dormidos bajo una capa de polvo acumulado por décadas.
Olor a humedad y descomposición flotaba en el ambiente, haciendo que Alvric aguzara sus sentidos al límite.
Bajaron por el pasillo número doce, donde los letreros de latón indicaban los registros de las instituciones benéficas del siglo pasado.
Polvo fino se levantó cuando Alvric deslizó sus dedos enguantados sobre los lomos de los pesados tomos de cuero negro.
"Aquí está", susurró Brunhilde, señalando un volumen especialmente grueso que llevaba el sello del orfanato de Santa Helena.
Buscando con premura el año exacto de su nacimiento, la joven estiró los brazos para bajar el pesado libro de la estantería superior.
Alvric la ayudó, sosteniendo el peso del tomo mientras escudriñaba la oscuridad del pasillo adyacente, temiendo una emboscada inminente.
Sus dedos temblaban levemente al posarse sobre la portada de cuero gastado que ocultaba los secretos de su origen.
Abrir el libro fue como abrir una tumba largamente sellada, liberando un suspiro de aire frío y rancio.
Hojas amarillentas pasaron rápidamente bajo los dedos de Brunhilde, hasta que la búsqueda se detuvo en seco.
Gimiendo de frustración y espanto, la joven dio un paso atrás, cubriéndose la boca con ambas manos.
Al abrir el registro del orfanato en la biblioteca, descubren que todas las páginas correspondientes al año de nacimiento de Brunhilde fueron arrancadas con garras, dejando solo una firma quemada: 'La Élite de la Sombra'.