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Chapter 4: Retratos de un Pasado Roto

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Hojas de papel satinado se deslizaron sobre la alfombra oscura de la oficina, rompiendo el frágil equilibrio de la estancia. Crujidos secos resonaron cuando los informes de la Élite de la Sombra se esparcieron cerca de los pies de Brunhilde. Alvric contempló el desastre con los ojos entrecerrados, sintiendo una punzada de molestia correr por su espina dorsal. Rápidamente, la joven se arrodilló para enmendar su descuido, disculpándose en voz baja mientras estiraba la mano hacia una carpeta marcada con tinta roja. Alvric reaccionó con la velocidad de un depredador acorralado, apartándola bruscamente de un manotazo antes de que pudiera rozar los nombres confidenciales. "—Déjalo —ordenó él, con un tono cortante que hizo eco en las paredes revestidas de madera." Sujetando la carpeta con fuerza, el joven se dispuso a guardarla cuando un destello azul metálico capturó su atención por completo. Sus ojos se fijaron en el cuello de Brunhilde, donde la tela de su sencillo suéter se abría ligeramente. Colgando de una fina cadena de plata, un zafiro tallado en forma de lágrima invertida reposaba contra su pálida piel. Frío glacial recorrió la espalda de Alvric, paralizando sus músculos y congelando el aire en sus pulmones. Aquel colgante no era una baratija común ni una coincidencia que pudiera ignorar con su habitual cinismo. Conocía cada faceta de ese mineral, cada imperfección en su brillo azulado, porque la había visto grabada a fuego en las pesadillas que devoraban sus noches desde los seis años. Lentamente, el joven se incorporó, sintiendo cómo el peso de la gravedad se duplicaba sobre sus hombros. Su mandíbula se apretó con tanta fuerza que sintió un crujido molesto en las sienes, mientras una vena delgada comenzaba a latir con violencia en su frente. "—¿De dónde demonios has sacado eso? —siseó él, su voz descendiendo a un susurro carente de cualquier rastro de su habitual carisma." Brunhilde parpadeó, desconcertada por el repentino cambio de atmósfera y la agresividad silenciosa que emanaba de su jefe. Dio un paso instintivo hacia atrás, buscando la seguridad del espacio abierto de la oficina. Sus manos se alzaron ligeramente, tocando la joya con las yemas de los dedos en un gesto puramente defensivo. "—¿Se refiere a mi colgante, señor Alvric? —preguntó ella, manteniendo una calma que resultaba desesperante para el joven." "—No me respondas con otra pregunta —rugió Alvric, acortando la distancia entre ambos con dos zancadas agresivas." Atrapada entre el imponente escritorio y el cuerpo tenso de Alvric, la joven no pudo evitar encoger los hombros. Él apoyó las manos a ambos lados de ella sobre la madera, acorralándola por completo. Su respiración, agitada y caliente, golpeó la frente de Brunhilde, rompiendo cualquier barrera de cortesía profesional. "—Dime quién te envió —exigió el joven, sus nudillos volviéndose blancos por la presión contra el escritorio." "—¿Fue la Élite de la Sombra? ¿Esos bastardos pensaron que podían quebrar mi mente usando tus pequeños trucos de inocencia y esa maldita reliquia?" Furia desatada brillaba en las pupilas grises de Alvric. Su mente retrocedió en el tiempo, reviviendo el frío asfalto de la noche en que fue abandonado. Recordó la mano de su madre soltando la suya, el brillo idéntico de ese zafiro sobre el pecho de la mujer antes de desaparecer en la penumbra lluviosa. Aquel abandono lo había empujado al infierno de la manipulación y la supervivencia. Había tenido que aprender a leer las debilidades ajenas, a extorsionar y a fingir una empatía que no sentía para evitar que otros lo destruyeran primero. La sola idea de que Brunhilde fuera una trampa diseñada para explotar su trauma de la infancia le revolvía el estómago. "—Contesta de una maldita vez —siseó de nuevo, su mano derecha disparándose para sufijar el brazo de la joven con una fuerza exagerada, aunque sus dedos temblaban de puro terror al abandono." "—¿Eres su espía? ¿Viniste a terminar el trabajo que ella empezó hace veinte años?" Brunhilde no gritó ni intentó zafarse con violencia del agarre que aprisionaba su brazo. Sus ojos claros, desprovistos de cualquier mota de malicia o doble intención, miraron directamente al abismo de los ojos de Alvric. Una extraña tranquilidad emanaba de ella, una pureza tan absoluta que actuaba como un bálsamo involuntario contra la tormenta de sospechas que asolaba la mente del joven. "—Se equivoca, señor Alvric —respondió ella con suavidad, manteniendo la voz firme a pesar del dolor en su brazo." "—Nadie me ha enviado, ni sé qué es esa élite de la que habla. No pretendo hacerle daño ni jugar con su mente." Forcejeando levemente solo para aliviar la presión de los dedos de él, la joven exhaló un suspiro trémulo que empañó el aire entre ambos. Alvric la soltó de golpe, como si la piel de Brunhilde quemara al tacto, retrocediendo un paso mientras intentaba reorganizar sus caóticos pensamientos. "—Este colgante ha estado conmigo desde que tengo memoria —continuó Brunhilde, sosteniendo la mirada del tirano sin un ápice de temor." "—Fue un regalo de una mujer anónima en el orfanato estatal de la zona norte, cuando yo era apenas una niña pequeña que no paraba de llorar por las noches." Escuchar la mención del orfanato estatal provocó un vuelco violento en el estómago de Alvric. Sus ojos se abrieron con incredulidad, fijos en la joven que hablaba con tanta naturalidad de un pasado tan lúgubre. El orfanato de la zona norte era el mismo lugar donde él había pasado sus peores años antes de ser adoptado por conveniencia. Sus dedos perdieron fuerza de inmediato, resbalando por la manga del suéter de la chica hasta quedar colgando a los costados de su propio cuerpo. Retrocediendo otro paso, Alvric sacudió la cabeza, negándose a aceptar la implicación lógica de sus palabras. "—Mientes —susurró, aunque el veneno en su voz se había evaporado, dejando al descubierto una vulnerabilidad casi infantil." "—Ella murió hace años. Los registros de la Élite confirmaron que fue eliminada poco después de entregarme a ellos. Me mostraron las pruebas." Brunhilde acomodó el cuello de su ropa con parsimonia, observando al monstruo herido que tenía delante con una mezcla de tristeza y firmeza en sus facciones. Se acercó un paso a él, rompiendo la distancia de seguridad que Alvric tanto se esforzaba por mantener con el resto de la humanidad. "—No tengo motivos para mentirle —afirmó ella, dando un paso hacia adelante para acortar la distancia que él acababa de crear." "—Aquella mujer no pertenecía al personal del orfanato. Llegó una noche de tormenta, buscando refugio a cambio de ayudar con las tareas domésticas más pesadas." "—Me cuidó durante casi tres meses, alimentándome y cantando canciones que nunca antes había escuchado en ese lugar tan gris." Memorias enterradas en lo más profundo de la psique de Alvric comenzaron a emerger como burbujas de gas en un pantano. Aquellas canciones de cuna, de melodías tristes y notas disonantes, eran las mismas que resonaban en sus pesadillas nocturnas. "—¿Cómo era ella? —preguntó Alvric, su voz apenas un hilo de aire, despojada por completo de su máscara de control absoluto." "—Dímelo. No te dejes ningún detalle, maldita sea." Brunhilde frunció el ceño sutilmente, buscando los detalles en sus recuerdos de la infancia para ofrecerle la respuesta que tanto parecía necesitar. "—Tenía los mismos ojos grises que tiene usted, señor Alvric —reveló ella, con una seriedad que heló la sangre del joven." "—Y un mechón de cabello blanco justo encima de la oreja izquierda, como si el miedo le hubiera robado el color a esa zona de su cabeza." "—Cierta noche, simplemente desapareció sin dejar rastro, dejándome este colgante como su único recuerdo físico y pidiéndome que nunca me lo quitara de encima." Estupefacto, Alvric se tambaleó hacia atrás hasta que sus piernas chocaron con su lujoso sillón de cuero negro. Cayendo sobre el cuero, se dejó caer en él, sintiendo que el peso de la gravedad se duplicaba sobre sus hombros mientras su mente procesaba la terrible verdad. Su madre estaba viva, o al menos lo había estado mucho después de que él fuera abandonado a su suerte en las garras de la sociedad secreta que ahora dominaba la ciudad. Aquella revelación destruía los cimientos de su cínico palacio mental, dejándolo completamente desprotegido ante la tormenta de sus propias emociones. --- Mirando a Brunhilde, Alvric sintió una mezcla indescifrable de desprecio y una retorcida fascinación que no podía controlar. Ella no era una espía enviada por sus enemigos; era un cabo suelto de su propio e infernal pasado, un puente directo a la mujer que lo convirtió en el monstruo calculador que era hoy. "—Esto no cambia nada —dijo él, forzando a sus labios a dibujar una sonrisa fría y falsa que no llegó a sus ojos." "—Sigues siendo mi empleada, y yo sigo siendo quien dicta las reglas en este juego corporativo." Brunhilde suspiró, desaprobando con la mirada la rapidez con la que él intentaba reconstruir su máscara de frialdad y desprecio por el mundo. "—Usted no está jugando, señor Alvric —señaló ella con una honestidad desarmante que caló hondo en su pecho." "—Está huyendo de sí mismo, y este colgante parece ser el espejo que no quiere mirar bajo ninguna circunstancia." Rabia pura volvió a encenderse en las venas del joven ante la audacia de sus palabras, un fuego destructivo que buscaba quemar cualquier rastro de debilidad. Nadie se atrevía a analizarlo a él; él era el analista, el titiritero, el que leía las impurezas de los demás para someterlos a su voluntad. Alvric se puso de pie lentamente, decidido a callar a la muchacha y recordarle su lugar en la jerarquía de su imperio corporativo y mágico. "—Silencio —ordenó, dando un paso al frente con el puño cerrado y la mandíbula tensa." Súbitamente, un destello helado interrumpió su amenaza a mitad de palabra. El zafiro en el cuello de Brunhilde comienza a brillar con una luz blanca cegadora, proyectando en la pared de la oficina la sombra de una figura con garras que imita perfectamente los movimientos de Alvric.

End of Chapter 4

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