Chapter 7 of 8
Capítulo 7: La Confesión del Ahogado
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Burbujas de lodo verdoso brotaron de los labios agrietados del minero, estallando con un susurro sibilante que olía a fango podrido y algas en descomposición. Aquello no parecía humano; el pecho del hombre se inflaba y desinflaba con un crujido húmedo, como si sus pulmones estuvieran llenos de agua estancada en lugar de oxígeno. Valeria apretó los dientes, sintiendo cómo el frío de la muerte se filtraba a través de las ropas empapadas del moribundo directamente hacia sus propias palmas.
—¿Dónde está mi hermano? —exigió Valeria, con la voz rota por una mezcla de terror y una determinación febril que rozaba la locura—. Dime adónde se lo llevaron, qué le hicieron. Sé que estuvo aquí, sé que tú lo viste.
Gabriel la sujetó por los hombros con una fuerza brusca, intentando apartarla de aquel cuerpo que desafiaba toda lógica médica y biológica. Sus dedos de soldado se clavaron en el abrigo de Valeria, obligándola a retroceder unos centímetros, aunque ella se resistió como un animal acorralado.
—Valeria, suéltalo, esto no es un interrogatorio normal, este hombre está muerto aunque siga hablando —advirtió él, con la mandíbula tan apretada que los tendones de su cuello se marcaban como cuerdas de piano—. Escucha el bosque. Los pájaros se han callado. Algo malo viene.
Agua del río Negro comenzó a brotar de los poros del minero, extendiéndose en círculos oscuros sobre la tierra seca del campamento destruido. El líquido avanzaba de manera antinatural, desafiando la gravedad al trepar sutilmente por las botas de Valeria como hilos negros sedientos de calor.
—¡No me voy a mover de aquí sin respuestas! —gritó ella, desprendiéndose del agarre de Gabriel con un violento empujón—. Llevo meses viviendo en esta pesadilla, soñando con el día en que encontraría una pista real, y no voy a huir ahora porque tengas miedo de un cadáver.
Fijando sus ojos vidriosos y carentes de pupilas en el rostro pálido de Valeria, el minero soltó una carcajada ahogada que se convirtió rápidamente en un violento ataque de tos. Un chorro de lodo espeso y negro salpicó el suelo entre ellos, manchando la lona de una tienda de campaña cercana.
—Santiago... el buscador... el que desafió a los señores del agua... —gimió el moribundo, y cada palabra parecía costarle un pedazo de su propia existencia, arrastrando pedazos de arena y conchas trituradas entre sus encías sangrantes—. Él creía que podía salvarte, muchacha.
Escuchar el nombre de su hermano pronunciado por aquella boca putrefacta golpeó a Valeria como un mazo invisible, enviando una descarga eléctrica por toda su espina dorsal. La culpa que cargaba desde el día de su desaparición, esa herida abierta que nunca había cicatrizado, dolió con una intensidad renovada y destructiva.
—¿Qué sabes de Santiago? —preguntó ella, arrodándose directamente sobre el lodo que comenzaba a inundar el suelo del claro—. ¿Adónde fue? ¿Qué descubrió en este maldito campamento antes de que todo se fuera al infierno?
—Él encontró la primera... la llave que abre el umbral de los Mawaris —balbuceó el minero, mientras su cuerpo comenzaba a temblar violentamente, como si una corriente subterránea lo sacudiera desde el interior—. Tres llaves de piedra tallada... escondidas por los sacerdotes de Temendawi antes de que la ciudad fuera tragada por las aguas.
Buscando amenazas en la penumbra de los árboles colosales, Gabriel ignoró las palabras místicas del moribundo y se concentró en la supervivencia pura. Su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de su rifle de asalto, mientras sus ojos escudriñaban las sombras que parecían estirarse de manera imposible hacia ellos.
—Nos están rodeando, Valeria, puedo oler el ozono en el aire, viene una tormenta que no es de este mundo y estos cuerpos van a levantarse —siseó Gabriel, dándole un tirón más fuerte que casi la hace perder el equilibrio—. Nos largamos de aquí. Ahora.
—¡Cállate, maldito cobarde! —le espetó ella, con los ojos inyectados en sangre y la respiración entrecortada por la adrenalina—. No entiendes nada. Si mi hermano encontró esa llave, significa que Temendawi es real, y que él sigue atrapado allí abajo.
Dime dónde está la llave, exígela, búscala en sus bolsillos, pensó Valeria en un torbellino de pensamientos obsesivos que nublaron por completo su juicio. Agarró de nuevo los hombros del minero, sintiendo cómo la carne bajo la ropa comenzaba a reblandecerse de manera espantosa, perdiendo su consistencia sólida.
—Santiago la escondió... bajo la raíz del árbol madre... el que tiene forma de mano abierta... en este mismo campamento —susurró el hombre, y una burbuja gigante de agua salada estalló en su boca, salpicando el cuello de Valeria con un frío que congelaba la piel.
—Allí está la primera piedra... pero los Mawaris ya vienen por ella... huyan... no dejen que los ahoguen... —consiguió decir antes de que un espasmo violento le doblara la espalda en un ángulo antinatural, rompiendo varias costillas con un crujido sordo.
Saber que la mítica ciudad sumergida era real y que su hermano había sostenido su secreto hizo que el pulso de Valeria se acelerara hasta el delirio. No había vuelta atrás; había cruzado el Atlántico, se había adentrado en el Amazonas venezolano, había sobrevivido a las mafias mineras y no iba a permitir que un mercenario pragmático arruinara su única oportunidad de redención.
—¿Tres llaves? —murmuró Valeria para sí misma, ignorando el peligro inminente—. Si encontramos la primera, podremos descender al Río Negro y abrir las puertas de la ciudad de los muertos.
—Suficiente de esta locura mitológica —sentenció Gabriel, sujetando a Valeria por el antebrazo con una fuerza despiadada, dispuesto a levantarla en peso y arrastrarla a la fuerza fuera del claro—. Te contraté para guiarme, no para que nos suicidaras a ambos en un charco de lodo embrujado.
Fuerza bruta contra obsesión pura; la tensión física entre ambos estalló en un instante de desesperación absoluta. Valeria sintió el dolor del agarre de Gabriel en su muñeca, pero en lugar de ceder, usó el impulso para acercarse más a su cuerpo, bloqueando su visión por una fracción de segundo.
—Salimos de aquí de inmediato, Valeria, esto es una puta trampa y no pienso morir por tus fantasmas familiares —rugió el exmilitar, iniciando el movimiento para arrastrarla hacia la senda de escape.
Desesperada, sintiendo que la verdad de toda su vida se le escapaba entre los dedos si daba un solo paso atrás, Valeria reaccionó con una frialdad y una rapidez que ni ella misma sabía que poseía. Su mano libre descendió como un látigo hacia la pistolera táctica que Gabriel llevaba sujeta a su muslo derecho, donde guardaba una pistola Glock de calibre menor como arma de respaldo.
Aprovechando la cercanía física y el hecho de que Gabriel estaba concentrado en arrastrarla, sus dedos hábiles liberaron el broche de seguridad de la funda con un chasquido casi imperceptible en medio del estruendo sordo de la selva. Deslizó el arma fuera de la funda antes de que el mercenario pudiera registrar el movimiento físico.
Antes de que Gabriel pudiera reaccionar o utilizar su fuerza para desarmarla, Valeria dio un salto hacia atrás, amartilló la pistola con un movimiento seco que resonó con una claridad aterradora en el claro, y apuntó directamente al centro de su pecho. El cañón negro quedó a menos de dos palmos del esternón del exmilitar.
Gabriel se congeló al instante, con los músculos en tensión y los ojos fijos en el arma que él mismo había limpiado y cargado esa mañana. Una quietud peligrosa se apoderó de sus facciones, y la vena de su sien comenzó a latir con una fuerza que amenazaba con romper la piel bronceada.
—No me obligues a hacer esto, Gabriel, pero no voy a dar ni un solo paso atrás —advirtió Valeria, aunque sus manos temblaban ligeramente bajo el peso del arma, su mirada sostía la de él con una fijeza asesina—. Si das un paso hacia el sendero, te juro por la memoria de mi hermano que te disparo en la pierna.
Silencio absoluto cayó sobre el campamento minero, un silencio espeso que parecía ahogar el sonido del viento entre las copas de los árboles. La frágil confianza que habían construido a base de sobrevivir a emboscadas y compartir el pan en la selva se evaporó en ese preciso instante, reemplazada por el frío metal de una traición imperdonable.
—Estás loca —susurró Gabriel, y su voz no transmitía miedo, sino una decepción tan profunda y helada que hizo que Valeria se estremeciera por dentro—. Te salvé la vida en el río, te saqué de las garras de los mineros ilegales, ¿y me pagas apuntándome con mi propia arma?
—Solo quiero recuperar a mi hermano, y tú eres el único que puede ayudarme a sobrevivir lo suficiente para lograrlo —replicó ella, apretando el agarre sobre la empuñadura de la pistola, negándose a dejarse ablandar por la culpa—. Ayúdame a buscar la llave bajo el árbol madre y luego nos iremos, te lo prometo.
Mirando la fría determinación en los ojos de Valeria, Gabriel comprendió que no se trataba de un farol; la obsesión la había consumido por completo, convirtiéndola en una extraña peligrosa. El pragmático soldado evaluó sus opciones en décimas de segundo, dándose cuenta de que un enfrentamiento físico a esa distancia podría terminar con un disparo accidental que los mataría a ambos.
—Si me disparas, estarás completamente sola en esta selva, Valeria, y te aseguro que los Mawaris te devorarán antes de que caiga la noche —dijo él, manteniendo las manos alzadas a la altura de los hombros, en un gesto de rendición calculado—. No durarías ni diez minutos sin mí.
—Entonces colaboremos —propuso ella, dando un paso lateral para mantener la distancia de seguridad—. Busquemos la llave de piedra. Está aquí mismo. Solo tenemos que cavar bajo ese árbol.
Tensión armada se apoderó del espacio entre ellos, transformando su alianza temporal en una tregua forzada por la violencia y la desconfianza mutua. Gabriel asintió lentamente, pero la calidez que antes mostraba al protegerla había desaparecido de sus ojos, reemplazada por la mirada calculadora de un depredador que espera el momento oportuno para atacar.
—Está bien, buscaremos la maldita piedra —escupió Gabriel con desprecio, bajando los brazos pero manteniendo su cuerpo tenso—. Pero recuerda esto, mitóloga: a partir de ahora, cada bala que use para salvarte la vida tendrá un precio que no vas a querer pagar.
Lentamente, Valeria bajó el cañón del arma, pero no se la devolvió; la guardó en su propio cinturón, manteniendo su mano derecha peligrosamente cerca de la empuñadura. Sabía que había cruzado una línea de la que no había retorno, que había convertido a su único protector en un enemigo potencial, pero la cercanía de las respuestas justificaba cualquier sacrificio.
Girando sobre sus talones, ambos regresaron la mirada hacia el minero moribundo para exigirle más detalles sobre la ubicación exacta del árbol madre en medio de la densa vegetación. Sin embargo, el horror que presenciaron a continuación congeló las palabras en sus gargantas y les hizo dar un paso atrás de manera instintiva.
De pronto, un crujido húmedo y espantoso resonó desde el interior de la caja torácica del hombre moribundo, como si todas sus estructuras óseas se estuvieran convirtiendo en ceniza mojada. Su piel, que ya era de un tono grisáceo, comenzó a derretirse literalmente, desprendiéndose de los músculos en tiras viscosas que se disolvían al tocar el suelo inundado.
Súbitamente, el minero se disuelve por completo en una masa de lodo negro y agua salada ante sus ojos, dejando atrás una pequeña llave de piedra tallada con el rostro de Valeria.