Chapter 6 of 8
Capítulo 6: Rastros de Oro y Plomo
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Humedad densa golpeó la cara de Valeria apenas dio el primer paso fuera del bote. El aire del Amazonas pesaba como plomo caliente en sus pulmones, cargado de esporas invisibles y la promesa de una tormenta que nunca terminaba de caer. Ramas retorcidas se entrelazaban sobre sus cabezas, bloqueando casi toda la luz solar y creando una penumbra verdosa que recordaba a las naves de una catedral gótica en ruinas.
"Quédate detrás de mí", susurró Gabriel, con los dedos apretados alrededor del guardamonte de su rifle de asalto. Sus ojos se movían con rapidez de un lado a otro, escaneando la maleza en busca de cualquier movimiento que delatara una emboscada de las mafias mineras.
Zapatos de cuero crujieron contra el barro podrido mientras avanzaban por la orilla inestable. Valeria sostenía el manuscrito colonial contra su pecho, sintiendo el latido errático de su propio corazón contra el papel viejo y arrugado que parecía vibrar con una energía fría.
Olor a herrumbre y descomposición flotaba en el ambiente forestal. No era el aroma natural de la selva en su ciclo constante de muerte y vida, sino algo químico, corrosivo y profundamente violento que indicaba la presencia de intrusos.
Cada paso los adentraba más en este laberinto vegetal donde el tiempo parecía haber perdido su curso normal. Valeria recordaba los diarios de su hermano Santiago, las descripciones de esta misma zona que él consideraba un templo de secretos olvidados.
"Mira esto", murmuró Gabriel, deteniéndose junto a un tronco colosal cubierto de musgo parásito. Con la punta de su bota de combate, apartó un montón de hojas húmedas para revelar una lona plástica desgarrada por una fuerza descomunal.
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Adelante, la vegetación se abría abruptamente para revelar los restos de un campamento de mineros ilegales. Un motor de lancha volcado, bidones de combustible aplastados y tiendas de campaña reducidas a jirones daban testimonio de un caos que había ocurrido recientemente.
Gabriel avanzó con el arma en posición de disparo, cada músculo de su espalda tenso bajo la camisa empapada de sudor. Una corriente de aire frío sopló desde el Río Negro, erizándole los vellos de la nuca a pesar del calor sofocante del mediodía.
"Mineros de oro de la peor calaña", diagnosticó Valeria en un susurro, observando las bandejas de lavado de mineral tiradas en el fango. "Por el estado de los plásticos y las raciones abiertas, no tienen más de dos días de haber sido atacados por algo letal."
"Esto no fue un operativo militar", señaló Gabriel, agachándose junto a las cenizas de una fogata extinta para analizar la escena con su ojo clínico. "La Guardia Nacional confisca el equipo pesado o lo quema con explosivos tácticos. No lo destrozan como si un animal gigante hubiera jugado con él."
Sus dedos enguantados recogieron un puñado de casquillos de bala del suelo fangoso. Al examinarlos bajo la escasa luz que se filtraba por el dosel, el exmilitar frunció el ceño con una mezcla de desconcierto y alarma táctica.
"Están derretidos", dijo Gabriel, extendiendo la mano para mostrarle el metal a la mitóloga. Los casquillos de bronce de calibre nueve milímetros estaban completamente deformados, fusionados entre sí como cera expuesta a un calor extremo que no dejó cenizas alrededor.
"¿Lanzallamas?", preguntó ella, agachándose a su lado para observar de cerca el metal deformado que parecía haber fluido como líquido antes de solidificarse de nuevo.
"No hay rastro de quemaduras en los árboles ni en la lona plástica", replicó él, arrojando el bronce inservible al suelo húmedo con frustración creciente. "Y mira la maquinaria de extracción. Esto rompe cualquier lógica física que yo conozca."
Maquinaria pesada, incluyendo un generador diésel de alta potencia y una bomba de succión hidráulica, yacía de lado en el barro. Lo desconcertante era que cada superficie metálica estaba cubierta por una capa gruesa de algas verdes de agua dulce, goteando agua turbia como si acabaran de ser extraídas de una fosa profunda del río negro.
Agua del río corría en hilos constantes desde los pistones secos del motor, a pesar de que el campamento se encontraba a más de veinte metros de la orilla, en una elevación del terreno donde la corriente jamás podría llegar por medios naturales.
"¿Cómo terminaron estas algas aquí arriba?", inquirió Valeria, tocando la sustancia viscosa y fría que cubría el metal oxidado. "Esta especie en particular solo crece en las profundidades abisales, donde la corriente es inexistente y la luz solar jamás penetra."
Gabriel no respondió de inmediato, pues su mente analítica intentaba procesar la imposibilidad física del escenario. Su atención táctica se había desviado hacia una lona azul que cubría una pila irregular de bultos al borde del claro de la selva.
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Paso a paso, el exmilitar se acercó con el cañón del rifle apuntando hacia el frente, listo para disparar ante cualquier sorpresa que ocultara la selva. Con un movimiento rápido de su mano libre, tiró del plástico azul para revelar lo que ocultaba el campamento destruido.
Tres cuerpos yacían alineados sobre el suelo de tierra batida. Eran hombres corpulentos, vestidos con ropa de trabajo desgastada y botas de caucho cubiertas de lodo espeso que olía a azufre y descomposición vegetal.
Ninguno de ellos presentaba heridas visibles de bala, ni marcas de machetazos, ni señales de lucha física en sus rostros pálidos y congestionados de una forma antinatural.
"Están intactos", murmuró Gabriel, arrodillándose junto al cadáver más cercano para tomarle el pulso en la carótida con manos temblorosas que delataban su creciente incomodidad. "La rigidez cadavérica apenas está comenzando en las extremidades. Murieron hace pocas horas, Valeria."
Valeria se arrodilló al otro lado del cuerpo sin dudarlo un segundo. Su obsesión por encontrar respuestas sobre su hermano borraba cualquier rastro de asco o miedo instintivo ante la presencia de la muerte.
Observó la piel del minero muerto, que mostraba un tinte azulado alrededor de los labios y debajo de las uñas de las manos. Sus ojos estaban abiertos, fijos en las ramas altas con una expresión de absoluto terror helado que parecía congelada en el tiempo como un grito silencioso.
"Ayúdame a voltearlo de lado", pidió ella, colocando sus manos sobre el hombro rígido del hombre para buscar marcas de estrangulamiento o picaduras de insectos venenosos.
Gabriel la ayudó a girar el pesado torso del fallecido, sintiendo el frío glacial que emanaba de la ropa húmeda del minero. Al hacerlo, un sonido sibilante y acuoso escapó de la garganta del cadáver, seguido por un hilo de líquido oscuro que escurrió por la comisura de sus labios grises.
Sorprendida por la viscosidad del fluido, Valeria presionó con fuerza el esternón del minero con ambas palmas, aplicando una presión rítmica que recordó a una reanimación desesperada. El resultado fue inmediato y espantoso para ambos supervivientes.
Chorros de agua de río, fría y mezclada con sedimentos de arena negra y fragmentos de hojas descompuestas, brotaron a borbotones de la boca y la nariz del hombre muerto, inundando la tierra seca.
"Esto es imposible", exclamó Gabriel, dando un paso atrás y levantando el rifle como si el cuerpo fuera una amenaza activa que pudiera levantarse en cualquier momento. "Estamos en tierra firme. No hay señales de inundación reciente en este sector de la selva, Valeria."
Valeria no le hizo caso al pánico creciente de su compañero. Con dedos temblorosos pero impulsados por una curiosidad científica implacable, desabotonó la camisa del segundo cadáver y presionó su pecho ensanchado con todas sus fuerzas.
Más agua de río brotó de su garganta, inundando el suelo seco con un olor a fango profundo y algas en descomposición que asfixió el aire del claro. Los pulmones de ambos hombres estaban completamente llenos de agua, como si hubieran descendido a lo más hondo del abismo fluvial antes de dar su último suspiro en tierra seca.
"Se ahogaron", sentenció ella, levantándose lentamente mientras limpiaba sus manos húmedas en la tela de sus pantalones de exploradora. "Gabriel, se ahogaron aquí arriba, en medio de la selva, a plena luz del día y rodeados de tierra firme."
"No digas estupideces", gruñió él, sintiendo que su control táctico se desmoronaba por completo ante lo inexplicable de la situación. "Un ataque de gas, tal vez un veneno diseñado para causar edema pulmonar agudo. He visto agentes químicos hacer cosas horribles en operaciones clandestinas en la frontera."
"¿Y las algas abisales?", rebatió Valeria, señalando el generador que seguía destilando agua helada sobre la tierra. "¿Y el agua que sale limpia, fría y llena de sedimentos del fondo del Río Negro? El edema pulmonar produce fluidos espumosos y rosados, Gabriel. Esto es agua pura del río."
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Silencio pesado cayó sobre el claro, interrumpido únicamente por el goteo constante de la maquinaria cubierta de vegetación acuática. Gabriel caminó de un lado a otro, su mente pragmática buscando desesperadamente una explicación lógica para lo que veía, pero cada teoría militar se disolvía ante la fría realidad.
Balas derretidas sin fuego previo. Hombres ahogados en tierra seca. Algas de las profundidades flotando en el aire húmedo de la selva como si las leyes de la gravedad se hubieran invertido para ellos.
"No podemos quedarnos aquí ni un minuto más", decidió Gabriel, sujetando su rifle con una fuerza destructiva que hacía crujir el polímero del arma. "Esto no es territorio seguro. Si hay un grupo armado usando armamento desconocido o alguna toxina experimental..."
"Sabes perfectamente que esto no es obra de hombres", lo interrumpió Valeria, con los ojos fijos en el manuscrito colonial que descansaba sobre una roca cercana. "El manuscrito que encontramos lo decía claramente. Los Mawaris protegen el territorio de Temendawi. Ellos reclaman las almas de quienes perturban sus aguas sagradas."
"No me vengas con leyendas indígenas ahora", espetó el exmilitar, su voz cargada de una frustración que rozaba el pánico absoluto. "Las leyendas no derriten el plomo de los cartuchos militares de alto calibre ni matan a tres hombres corpulentos sin dejar una sola marca de violencia física."
"¿Ah, no?", susurró Valeria, dando un paso hacia él para confrontar su incredulidad con una mirada fría y penetrante. "Entonces explícame por qué el agua que sale de sus pulmones está a la misma temperatura que la corriente más profunda del río. Está helada, Gabriel. Casi a punto de congelación en medio del trópico."
Gabriel no supo qué responder a eso. Su experiencia en zonas de conflicto y sus años lidiando con traficantes sin escrúpulos no lo habían preparado para enfrentarse a las fuerzas que desafiaban las leyes de la física y de la vida misma.
Frío de golpe barrió el campamento, agitando las hojas muertas en el suelo y provocando un susurro fantasmal entre las copas de los árboles que parecía una advertencia silenciosa. El olor a putrefacción y lodo de río se intensificó notablemente, haciéndose casi insoportable para sus sentidos.
"Tenemos que regresar al bote de inmediato", ordenó Gabriel, dándose la vuelta para vigilar los límites oscuros de la catedral de árboles. "Ahora mismo, Valeria. No pienso morir en este maldito pantano por tus obsesiones suicidas."
Valeria dio un paso atrás para seguirlo, decidida a no perder su única protección, pero su bota derecha se hundió en una sección de barro negro inusualmente blanda y viscosa cerca del tercer cuerpo sin vida.
Movimiento rápido bajo la lona azul la hizo congelarse en seco, con el corazón saltando en su pecho como un animal enjaulado.
Crujido de articulaciones agarrotadas rompió el silencio del bosque. El tercer minero, el que había permanecido inmóvil boca arriba, se retorció violentamente como si una corriente eléctrica de alto voltaje lo atravesara por dentro.
Antes de que Valeria pudiera gritar o Gabriel pudiera girar el cañón de su rifle para disparar, una mano pálida, hinchada y cubierta de lodo verdoso surgió de la nada con la velocidad de una serpiente hambrienta.
Dedos helados y dotados de una fuerza sobrenatural se cerraron alrededor del tobillo de Valeria, aferrando su bota con tal violencia que sintió el crujido del cuero contra sus propios huesos.
Párpados hinchados se abrieron de golpe en el rostro del minero supuestamente muerto, revelando unas pupilas completamente cubiertas por una película de color blanco lechoso, carente de cualquier rastro de vida humana.
Agua negra comenzó a desbordarse de sus órbitas y de las comisuras de sus labios mientras se movía con un esfuerzo agónico, pronunciando una sola palabra que congeló la sangre de Valeria en sus venas:
"Santiago..."