Chapter 3 of 8

La Sombra de Mawari

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Humedad pesada se adhería a la piel como una sustancia viscosa, cargada de salitre y de la podredumbre vegetal típica de las riberas del Orinoco. Gabriel empujó una pesada caja de madera reforzada hacia la proa de la lancha de aluminio, sintiendo cómo los músculos de su espalda protestaban bajo el esfuerzo constante. Sudor tibio le corría por las sienes, nublando su visión de vez en cuando, pero se negó a detenerse para limpiarse la cara. Sus manos, callosas y marcadas por viejas cicatrices de pólvora y metal caliente, se movían con la precisión mecánica de un hombre que ha aprendido a confiar únicamente en la preparación material para sobrevivir. Valeria permanecía sentada en la sección media del bote, completamente ajena al trabajo físico de su compañero y al peligro implícito de encontrarse en un muelle clandestino a altas horas de la noche. Sus ojos oscuros devoraban las páginas amarillentas de un manuscrito colonial, iluminadas apenas por el haz tembloroso de una linterna de cabeza que llevaba sujeta a la frente. "Este motor tiene más remiendos que la fe de un condenado", gruñó Gabriel, arrojando una llave inglesa oxidada sobre la caja de herramientas con un golpe seco que resonó con demasiada fuerza en el silencio del embarcadero. "Funcionará porque no tenemos otra opción", respondió ella sin levantar la vista de las notas escritas con caligrafía del siglo diecisiete. Sus dedos, delgados y manchados de tinta reciente, acariciaron el papel como si buscaran una verdad física oculta entre las líneas de tinta descolorida. "Estamos a menos de cincuenta kilómetros de la coordenada donde el río Negro se traga su propio cauce". Gabriel apretó la mandíbula, sintiendo que la vena de su sien izquierda comenzaba a latir con fuerza. Le exasperaba esa seguridad académica, esa obsesión ciega que no medía las consecuencias reales de adentrarse en un territorio dominado por las mafias del oro y la guerrilla. "Ningún mapa colonial te salvará de la selva, Valeria", continuó él, acercándose a ella con pasos pesados que hicieron oscilar levemente la estructura metálica de la lancha. "Aquí los hombres mueren por un bidón de gasolina o por una simple picadura de insecto, no por falta de fe en tus mitos". Bajo sus pies, el agua oscura del río chapoteaba contra los pilotes de madera carcomida del muelle. El olor a gasóleo flotaba en el aire estancado, mezclado con el hedor acre de la vegetación en descomposición y el lodo acumulado durante la última crecida. Nadie parecía vigilarlos en ese momento, pero la paranoia acumulada en años de servicio militar mantenía a Gabriel en un estado de alerta constante. Sus ojos barrieron repetidamente las sombras que se proyectaban detrás de los almacenes abandonados de láminas de zinc, buscando cualquier destello metálico o silueta sospechosa. "Mi hermano no cometió un error de cálculo", insistió Valeria, levantando finalmente la cabeza para mirarlo con una intensidad que casi rozaba la locura. "Él sabía que el manuscrito de Fray Bartolomé no era una alegoría. El documento describe un punto exacto donde la geografía del río cambia de forma antinatural, una puerta de entrada a Temendawi". "Tu hermano desapareció porque cometió la imprudencia de adentrarse en una zona de conflicto sin la preparación adecuada", replicó Gabriel, implacable, tratando de derribar el muro de negación con el que ella se protegía. "Igual que mi unidad militar. No busques explicaciones mágicas para lo que probablemente fue una emboscada con fusiles de asalto". Silencio denso se interpuso entre ambos, roto únicamente por el zumbido persistente de los mosquitos que buscaban piel expuesta bajo la luz de la linterna. Gabriel se rascó el cuello con frustración, sintiendo que la terquedad de la mitóloga terminaría por arrastrarlos a ambos a una fosa común. --- De la oscuridad que rodeaba un cobertizo de redes de pesca abandonadas emergió una silueta encorvada. Sus movimientos eran lentos y erráticos, desprovistos del ruido característico de los pasos humanos sobre las tablas de madera húmeda. Gabriel reaccionó con la velocidad de un resorte tensado. Su mano derecha se deslizó de inmediato bajo su camisa, buscando la empuñadura fría de su pistola de nueve milímetros, mientras su cuerpo se interponía de manera instintiva entre la amenaza y Valeria. "No dé un paso más", ordenó Gabriel, con una voz que descendió a un tono peligrosamente bajo y firme, el tipo de advertencia que suele hacer que cualquiera se lo pensé dos veces antes de avanzar. Aquel hombre anciano, de baja estatura y ropajes desgastados por el uso y la intemperie, se detuvo a escasos metros de la proa de la embarcación. His piel, de un tono cobrizo oscuro, parecía la corteza de un árbol centenario, surcada por cicatrices rituales que formaban intrincados diseños geométricos en sus mejillas y hombros desnudos. Ojos blanquecinos, cubiertos casi por completo por densas cataratas, parecieron fijarse en la linterna de cabeza de Valeria, ignorando el arma que Gabriel mantenía lista bajo su ropa. El anciano exhaló un suspiro pesado que apestaba a hojas de coca fermentadas y tabaco de mascar. "Los Mawaris ya los han olido", susurró el viejo, con una voz que imitaba el crujido de las ramas secas bajo el peso de una pisada invisible. Valeria se puso de pie de inmediato, ignorando la mano de Gabriel que intentaba mantenerla oculta en el fondo del bote. Sus ojos brillaron con una mezcla de excitación científica y una desesperación reprimida que amenazaba con desbordarse. Inclinándose hacia él, Valeria preguntó: "¿Eres un chamán del alto Orinoco? ¿Sabes lo que ocurrió con la expedición que pasó por aquí hace dos años?" "Sé que los que buscan la ciudad de piedra nunca regresan con los ojos limpios", respondió el anciano, balanceando su cuerpo de un lado a otro en un vaivén rítmico que erizó los cabellos de la nuca de Gabriel. "Temendawi no es un lugar para los vivos. Es la herida abierta de la selva, el sitio donde las almas olvidadas exigen el pago de sus deudas". "Eso es mitología", insistió Valeria, aunque su voz tembló ligeramente ante la mirada vacía del anciano. "Los Mawaris son la personificación de las fuerzas naturales en la cosmología de tu pueblo. Es una forma de explicar el peligro del río". "Necia de ciudad", escupió el viejo sobre las tablas del muelle, con un desprecio que hizo que Valeria diera un paso atrás. "Los Mawaris no son tus cuentos escritos en papel muerto. Son la carne de la selva que cobra vida para devorar a los que entran con hierro y codicia en el agua sagrada". Gabriel dio un paso al frente, manteniendo su mano sobre la culata del arma mientras observaba al viejo con una mezcla de sospecha y un temor antiguo que se negaba a admitir. El dolor sordo en su hombro izquierdo, donde una vieja cicatriz de bala recordaba su última misión fallida, comenzó a latir con una intensidad inusual. "Vete de aquí, viejo", advirtió Gabriel, con el pulgar liberando el seguro de la pistola con un chasquido metálico que sonó como un latigazo en la quietud de la noche. "No tenemos tiempo para profecías ni advertencias de chamanes desterrados". "Tú ya conoces el frío", dijo el anciano, dirigiendo su mirada ciega directamente hacia el rostro de Gabriel, como si pudiera ver a través del muro de cinismo y entrenamiento militar del exsoldado. "Hueles a hombres que murieron gritando en el barro. Hueles a la culpa que te carcome por dentro. ¿Por qué vuelves al matadero?" Feroz escalofrío recorrió la columna vertebral de Gabriel, dejándole la boca seca. Nadie en Puerto Ayacucho conocía los detalles de la misión militar que había diezmado a su antigua unidad; los registros oficiales habían sido alterados para ocultar la masacre bajo el rótulo de un accidente operativo. "Cierra la boca si quieres seguir respirando", amenazó Gabriel, dando un paso decidido hacia el muelle, pero Valeria lo detuvo sujetándolo firmemente del brazo. "Espera, Gabriel", suplicó ella, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el rostro del chamán. "Él sabe algo. Dinos qué pasa en las coordenadas del manuscrito. ¿Por qué el agua cambia de comportamiento?" "Porque el agua allí ya no pertenece a este mundo", susurró el anciano, bajando la cabeza como si hablara con las maderas del muelle. "Pertenece a los que murieron sin sepultura. El río corre hacia atrás porque busca devolver los cuerpos a la tierra que los expulsó". --- Mientras la discusión continuaba, Gabriel experimentó una extraña sensación de desequilibrio físico. El bote metálico dejó de mecerse con el oleaje habitual que provenía del centro del canal principal del río. Gabriel se inclinó sobre el costado de la embarcación y frunció el ceño al observar la superficie del agua bajo la luz de la linterna de Valeria. Las hojas secas y los restos de espuma que bajaban con la corriente del norte se detuvieron bruscamente junto al casco de aluminio. Permanecieron allí, estáticas en un remanso antinatural que desafiaba toda ley de la física fluvial. Entonces, con una lentitud espeluznante, las hojas comenzaron a moverse en la dirección opuesta, remontando la corriente hacia el sur con una fuerza constante. Terror visceral, del mismo tipo que había intentado ahogar en alcohol durante los últimos años, se apoderó de las entrañas de Gabriel. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver pequeños remolinos inversos formándose a lo largo de la estructura metálica de la lancha. "Valeria", llamó Gabriel, y su voz no fue más que un susurro cargado de pánico. "Ahora no, Gabriel, déjame hablar con él", replicó ella, tratando de estirar la mano para tocar el hombro del anciano en busca de más respuestas sobre su hermano desaparecido. "¡Mira el maldito río ahora mismo!", rugió Gabriel, agarrándola por el hombro con una fuerza que la hizo tambalearse y soltar el manuscrito sobre uno de los asientos de madera. Asustada por la violencia de su compañero, Valeria dirigió el haz de luz de su linterna hacia la superficie del agua. Su respiración se detuvo de golpe al contemplar la anomalía física que se desarrollaba ante sus ojos. Bajo el círculo de luz blanca, el río Negro parecía fluir en sentido contrario, arrastrando ramas y lodo hacia el nacimiento del río con una velocidad que aumentaba a cada segundo. El fenómeno físico despertó un terror primitivo en Gabriel, quien reconoció de inmediato el inicio de la misma pesadilla mística que había diezmado a sus hombres años atrás en la selva profunda. "Esto no puede estar pasando", balbuceó Valeria, arrodillándose en el fondo del bote para observar de cerca el agua invertida. "Es una corriente de retorno... tiene que ser una explicación geológica o hidráulica..." "Carecemos de explicación para esto", interrumpió Gabriel, su voz temblando mientras intentaba arrancar el motor fuera de borda. Tiró de la cuerda con desesperación, pero el mecanismo emitió un chasquido metálico sordo y se atascó bajo la presión del agua que empujaba la hélice en sentido contrario. Viento helado sopló de repente desde el interior de la selva, trayendo consigo un olor nauseabundo a metal oxidado y carne descompuesta. Las aves nocturnas enmudecieron al unísono, dejando el muelle sumergido en un silencio opresivo que solo era roto por el gorgoteo del agua que fluía hacia atrás. "Ya es tarde", murmuró el chamán, cuyos ojos blanquecinos parecían reflejar una luz que no pertenecía a la noche de Puerto Ayacucho. "La ciudad de los muertos ya ha sentido su presencia. Los Mawaris han venido a cobrar el tributo". Gabriel sacó finalmente su pistola y apuntó hacia la penumbra del río, sintiendo que las sombras que rodeaban el muelle comenzaban a estirarse y a cerrarse sobre ellos como una trampa física. Sus manos temblaban tanto que apenas podía mantener el arma firme. "Sube a la lancha, viejo", ordenó Gabriel, desesperado por conseguir cualquier ayuda para salir de ese remolino que amenazaba con destrozar el bote contra los pilotes del muelle. "¡Sube si quieres vivir!" Súbitamente, el anciano se abalanza sobre la madera. El chamán muerde su propia lengua y dibuja un glifo de sangre en la proa del bote, gritando que la ciudad sumergida ya los ha marcado como propiedad de sus muertos.

End of Chapter 3

Chapter 3: La Sombra de Mawari - Las Almas de Temendawi | Novel AI Studio