Chapter 2 of 8

Capítulo 2: El Precio de la Pólvora

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Gotas de sudor frío resbalaban por la nuca de Valeria mientras esquivaba las láminas de zinc oxidado de los callejones. El aire pesado del atardecer caraqueño transportaba un hedor rancio a gasoil y aguas servidas. Sus dedos se aferraban con fuerza a la correa de su bolso de cuero, buscando un anclaje físico en medio del pánico que amenazaba con paralizarla. Polvo grisáceo flotaba en suspensión, iluminado por los últimos rayos de un sol moribundo que se filtraba entre los techos de lona. Cada paso la alejaba más de la seguridad de la civilización académica y la adentraba en los suburbios industriales de Catia, un territorio sin ley donde la vida valía menos que un cartucho de fusil. No tenía opción; el manuscrito que llevaba consigo era una sentencia de muerte o su única salvación. Valeria avanzó arrastrando las botas sobre la grava suelta, intentando no generar ruidos innecesarios que delataran su presencia. El eco lejano de un esmeril contra el hierro le indicó que estaba cerca de su objetivo. Aquel chirrido agudo, metálico y rítmico, vibraba directamente en sus tímpanos como una advertencia física para que diera la vuelta. Escombros y carrocerías de camiones desmantelados flanqueaban la entrada de un taller clandestino que parecía abandonado. Un portón de hierro despintado colgaba precariamente de una sola bisagra oxidada, revelando un interior dominado por las tinieblas y el olor a lubricante quemado. Adentro, las chispas de la soldadura brotaban como insectos de fuego en medio de la penumbra húmeda. Detrás de una mesa de madera cubierta de grasa y piezas mecánicas desarmadas, un hombre trabajaba de espaldas a la entrada. Su silueta maciza y desgarbada recortaba la luz amarillenta de una lámpara portátil colgada del techo. Movía las manos con una precisión quirúrgica, manipulando el cañón de un rifle con la naturalidad de quien sostiene un cubierto. "Buscaba un mecánico, pero veo que manejas herramientas mucho más peligrosas", soltó Valeria, plantándose firme bajo el marco de la entrada. Su voz, aunque ensayada mil veces en el trayecto, delató un ligero temblor que intentó enmascarar cruzando los brazos sobre el pecho. Instantáneamente, el chirrido de la máquina cesó, dejando que un silencio denso y sofocante se apoderara del taller. El hombre no se giró de inmediato; en su lugar, apoyó las palmas de sus manos curtidas sobre el banco de trabajo, exhalando un suspiro pesado que arrastraba el olor del tabaco barato. Sus antebrazos, gruesos y cubiertos de cicatrices de quemaduras de pólvora junto a un tatuaje militar descolorido de las fuerzas especiales, se tensaron bajo la sucia franela negra. "Este lugar es propiedad privada y yo no atiendo a turistas perdidas", gruñó Gabriel Perales, girando la cabeza lo suficiente para que su perfil afilado quedara expuesto a la luz. Sus ojos, oscuros y desprovistos de cualquier rastro de calidez, la analizaron con la fría eficiencia de un depredador calculando la amenaza. "Te doy tres segundos para que salgas a la calle antes de que te confunda con un blanco de práctica". Sorprendida por la hostilidad pero impulsada por la desesperación, Valeria dio un paso al frente, ignorando la advertencia implícita en su lenguaje corporal. "Sandro me dio tu nombre antes de morir, Gabriel. Dijo que si alguien era capaz de navegar el Río Negro sin terminar en el estómago de los caimanes o con una bala minera en la cabeza, eras tú". Gabriel soltó una risa ronca, un sonido seco que no llegó a sus ojos helados, mientras se daba la vuelta por completo. Se apoyó contra la mesa de trabajo, cruzando los brazos sobre su pecho macizo. "Sandro siempre fue un bocón y míralo ahora, metido en una bolsa de plástico en la morgue de Bello Monte. Si crees que voy a arriesgar mi pellejo por una profesora que juega a ser exploradora, estás más loca de lo que él me advirtió". "Ofrezco cincuenta mil dólares en efectivo", declaró Valeria, soltando la cifra como un escudo protector contra su desprecio. "La mitad te la transferiré a una cuenta internacional antes de subir a la lancha en Puerto Ayacucho; la otra mitad, cuando regresemos con vida. Es más dinero del que verás en diez años reparando armas para las bandas locales". Escupiendo un residuo de chimó hacia un rincón oscuro, Gabriel sacudió la cabeza con un cinismo que helaba la sangre. "He visto a hombres con diez veces esa cantidad pudrirse en el fango de la selva profunda, devorados por la fiebre o destripados por los garimpeiros. El dinero no compra el oxígeno bajo el agua, doctora, ni detiene las maldiciones de los indios. Vuelve a tu universidad". Desesperada por el rechazo, Valeria sintió la familiar opresión de la culpa cerrarse alrededor de su garganta. Podía ver el rostro de su hermano Leo en las sombras del taller, recordándole que cada segundo que perdía era un segundo más que él pasaba atrapado en el limbo verde de la selva. No podía permitir que este soldado retirado y cínico le cerrara la única puerta que le quedaba abierta. "Sé perfectamente que no te importa el dinero, Perales", replicó ella, bajando el tono de voz para infundirle una gravedad que congeló el aire entre ambos. "Pero sé que hay algo que sí te quita el sueño. Tu última patrulla militar en el sector del Río Negro. Hace cinco años. Desaparecieron todos, menos tú". Súbitamente, la atmósfera en el taller se tornó asfixiante, como si la presión del aire hubiera descendido de golpe. Gabriel se movió con una rapidez aterradora, cerrando la distancia entre ellos en un par de zancadas silenciosas. Su mano derecha se cerró firmemente sobre el hombro de Valeria, empujándola hacia atrás hasta que su espalda chocó violentamente contra una estantería metálica que tintineó con el impacto. "No vuelvas a repetir eso si quieres seguir respirando", siseó Gabriel, su rostro a escasos centímetros del de ella. Valeria pudo oler el tabaco, el metal y la furia pura que emanaba de sus poros. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con una intensidad maníaca, reflejando el trauma no resuelto de un superviviente que prefería el olvido a la verdad. Fingiendo una valentía que no sentía, Valeria deslizó su mano libre dentro del bolso de cuero y extrajo el manuscrito colonial que había recuperado de la caja fuerte de Sandro. El viejo pergamino crujió bajo la presión de sus dedos, liberando un olor penetrante a moho, fango seco y eras olvidadas. Lo extendió con firmeza entre sus rostros, bloqueando la mirada amenazante del exmilitar. "Mira las malditas coordenadas de la ruta de la expedición de 1760", ordenó Valeria, obligándolo a enfocar el mapa dibujado en el reverso del cuero curtido. "Este manuscrito original muestra la fosa exacta donde tu unidad militar fue emboscada y arrastrada al fondo del agua. No fue una deserción, Gabriel. Tu patrulla entró sin saberlo en el territorio de Temendawi". Estupefacto, Gabriel fijó la vista en los trazos oscuros y descoloridos del mapa colonial. Su respiración se detuvo de golpe, y la fuerza con la que sostemia el hombro de Valeria se desvaneció lentamente. Sus dedos callosos rozaron el borde del papel antiguo con una mezcla de reverencia y terror absoluto, reconociendo los patrones topográficos que había memorizado durante años de pesadillas insomnes. Cinco años de dolor acumulado, de informes oficiales falsificados por el alto mando y de rostros de compañeros ahogados regresaron a su mente en un torrente incontrolable. El mapa mostraba con precisión milimétrica la curva del Río Negro donde su lancha de patrullaje militar había sufrido el fallo de motor inexplicable, justo antes de que las aguas comenzaran a hervir y a cantar con voces humanas. "Esto es imposible", murmuró Gabriel, su voz perdiendo toda la rudeza anterior y quedando reducida a un susurro trémulo. "Ese tramo del río no aparece en ningún mapa satelital moderno. El ejército borró toda la información del sector tras el incidente. ¿Cómo demonios consiguió Sandro este documento?" "Sandro lo robó de los archivos secretos de la Diócesis de Guayana antes de que los militares confiscaran todo", explicó Valeria, acomodándose la ropa y recuperando el aliento tras la agresión física. "Los glifos grabados a presión en las fibras del papel coinciden con la mitología de los Mawaris. Son los guardianes de las almas que el río reclama. Tu patrulla no desapareció por un error táctico, Gabriel; profanaron un cementerio que tiene siglos sumergido". Quietud absoluta se reinstaló en el taller, rota únicamente por el zumbido de un transformador eléctrico defectuoso en la calle. Gabriel caminó de regreso a su banco de trabajo, frotándose el rostro con ambas manos en un intento desesperado por alejar los fantasmas que el pergamino acababa de despertar. Sabía que adentrarse de nuevo en ese infierno verde era tentar al destino, pero la sola idea de obtener respuestas sobre el destino de sus hombres era una droga demasiado potente para su mente atormentada. "Si regresamos a esa fosa, no habrá apoyo de helicópteros ni extracción médica si las cosas salen mal", advirtió Gabriel, dándole la espalda para ocultar el temblor que recorría sus hombros. "Los garimpeiros controlan la zona superior del río, y los indios prefieren flechar a los extraños antes de preguntarles qué buscan. Si nos atrapan, desearás haber muerto en este taller". "Mi hermano Leo está en alguna parte de ese río, Gabriel", respondió Valeria, con una determinación sombría que rozaba la demencia. "Y si tengo que arrastrarme por el fango del Amazonas para encontrar sus restos o saber qué le ocurrió, lo haré sola si es necesario. Pero con tu experiencia, ambos tenemos una oportunidad de salir con vida". Presionando la mandíbula hasta que sus dientes rechinaron, Gabriel tomó una decisión que sabía que lamentaría el resto de sus días. El dolor de la culpa compartida los unía ahora en un pacto invisible, una alianza forjada no por la codicia, sino por la necesidad desesperada de cerrar sus heridas del pasado antes de que la locura los consumiera por completo. "Saldremos al amanecer del viernes desde el puerto fluvial clandestino de San Fernando", decretó Gabriel, volteándose para mirarla con una seriedad gélida. "Tú pones el dinero para el combustible, los sobornos de la Guardia Nacional y las provisiones. Yo me encargo del armamento y de la logística de supervivencia. Y bajo ninguna circunstancia intentes darme órdenes una vez que crucemos la línea del Orinoco". "Trato hecho", aceptó Valeria, sintiendo un alivio momentáneo que no logró disipar la persistente sombra de mal agüero que flotaba en el aire. La obsesión le impedía ver que acababa de firmar su propio descenso al infierno sumergido de Temendawi. Rápidamente, Gabriel estiró la mano hacia el cajón oculto debajo de su banco de trabajo. Con un movimiento fluido, letal y entrenado en mil combates, extrajo una pistola semiautomática de grueso calibre. El cañón de acero pavonado avanzó por el aire como una extensión de su propio brazo, deteniéndose con un golpe seco justo en el centro de la frente de Valeria. Paralizada por la fría caricia del metal contra su piel, Valeria contuvo la respiración de golpe. El olor a aceite para armas y pólvora vieja invadió sus fosas nasales, obligándola a mirar directamente a los ojos sin vida del exmilitar. Ninguno de los dos pestañeó; la tensión en el taller era un cable de alta tensión a punto de reventar. Gabriel apretó el gatillo lo suficiente para que el percutor hiciera un clic metálico, demostrando que su advertencia no era un farol de borracho. Su rostro permanecía impasible, desprovisto de cualquier rastro de piedad mientras miraba fijamente a los ojos de la mujer. "Si tu obsesión nos mata a ambos en el río, te dispararé yo mismo antes de que las aguas lo hagan."

End of Chapter 2