Relámpagos violentos partían el cielo nocturno en mil jirones de plata fría.
Lluvia implacable golpeaba los muros del convento de Santa Odilia, borrando los bosques circundantes tras un muro denso de agua y viento.
Alvric caminaba a grandes zancadas por los pasillos de piedra gris, sujetando la muñeca de la novicia con una fuerza que amenazaba con dislocar sus huesos.
Su mano derecha, oculta tras el guantelete de cuero y placas doradas, no mostraba rastro de la delicadeza que solía fingir ante las damas de la corte imperial.
—Camina sin rechistar —ordenó él, con un susurro sibilante que carecía por completo del tono melódico y encantador que le había ganado el afecto del pueblo.
Brunhilde tropezaba constantemente debido a la velocidad del guerrero, golpeando sus pies descalzos contra los bordes afilados de las baldosas húmedas.
Ninguna queja escapó de sus labios pálidos.
Semejante silencio resultaba insoportable para el caballero.
Le carcomía las entrañas saber que ella no mostraba el terror que cualquier otro mortal habría exhibido al ser arrastrado de esa manera.
¿Cómo era posible que una simple novicia ciega pudiera desestabilizarlo con una sola mirada de sus ojos sin vida?
Esa supuesta visión mística de su alma, la niebla negra que ella juraba ver a su alrededor, no era más que una mentira bien ensayada.
Tenía que serlo.
Admitir que Brunhilde poseía la capacidad de ver la podredumbre que él guardaba bajo su reluciente armadura dorada significaba aceptar su propia destrucción.
"Nadie es tan puro", se repetía a sí mismo, apretando la mandíbula con tanta fuerza que sintió un crujido sordo cerca de sus sienes. "Todos los humanos son egoístas, manipuladores y ruines; ella solo es más hábil que el resto".
Abrió la pesada puerta de madera del convento con un puntapié seco, permitiendo que la tormenta inundara el vestíbulo con un aullido ensordecedor.
Viento helado y gotas gruesas los azotaron al unísono, empapando en un instante el cabello rubio del caballero y el humilde hábito blanco de la muchacha.
Brunhilde tiritó ante el azote del frío, pero su cabeza permaneció erguida, apuntando hacia la negrura exterior.
—Súbete —bramó Alvric, empujándola hacia el interior del carruaje que esperaba en el patio empedrado.
Un cochero aterrorizado intentaba calmar a los caballos, cuyos ojos brillaban de pánico bajo los constantes destellos celestes del cielo.
Alvric subió de un salto detrás de ella y cerró la portezuela de golpe, aislando momentáneamente el rugido de la tempestad.
---
Oscuridad casi absoluta reinaba dentro de la cabina, rota únicamente por los esporádicos relámpagos que se filtraban por los cristales empañados.
Brunhilde se acomodó en el asiento de cuero desgastado, frotándose los brazos temblorosos en un intento inútil por recuperar el calor corporal.
Alvric se sentó frente a ella, mirándola fijamente con ojos inyectados en sangre y la respiración entrecortada.
—¿Cuánto te pagan por este acto? —preguntó él, su voz cargada de un cinismo hiriente.
—Nadie me paga, Alvric —respondió ella con suavidad, su tono de voz tan sereno que parecía flotar por encima de la tempestad.
—No me vengas con tus juegos de santidad —escupió el caballero, inclinándose hacia adelante hasta que el aroma a lluvia y cuero mojado los envolvió a ambos—. Sé muy bien cómo funcionan los templos. Sé cómo entrenan a huérfanos para convertirlos en herramientas de manipulación psicológica. ¿Es Malakor quien te entrenó? ¿O acaso eres una simple farsante de circo que aprendió a leer las microexpresiones de los hombres antes de perder la vista?
—Tu desconfianza es una prisión muy triste —dijo ella, girando levemente la cabeza como si pudiera sentir el calor furioso que emanaba del rostro de Alvric.
—Mi desconfianza es lo que me mantiene vivo —replicó él, apretando los puños sobre sus rodillas—. En este mundo, los que confían terminan con una daga en la espalda o colgados de una soga. Yo aprendí esa lección cuando apenas era un niño que mendigaba en las calles de la capital. Nadie da nada gratis. Nadie ama sin esperar un beneficio.
—Lamento profundamente que solo hayas conocido ese lado de la existencia —murmuró la novicia, extendiendo una mano hacia el vacío, buscando el aire húmedo entre ellos.
—¡Cállate! —rugió Alvric, golpeando la pared del carruaje con el puño—. No me hables de luz. No uses esas palabras vacías conmigo. Hoy te demostraré que tu fe es tan falsa como tu supuesta pureza.
---
Aquel camino que ascendía por el desfiladero del Monte de las Almas Perdidas era conocido por su peligrosidad, especialmente durante la temporada de lluvias.
Abajo, a decenas de metros de caída libre, el río corría desbocado, chocando furiosamente contra las rocas afiladas.
Un suelo de arcilla mojada se deshacía bajo las pesadas ruedas de madera, haciendo que el vehículo derrapara peligrosamente en cada curva.
Alvric esbozó una sonrisa macabra, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a reemplazar el pánico que lo atenazaba.
Había llegado el momento de la verdad.
Sometería a esta muchacha a la prueba definitiva de supervivencia.
Cuando el ser humano se enfrenta a la muerte inminente, todas las fachadas de santidad y desinterés se derrumban para revelar el instinto animal de preservación.
Gritará, llorará y suplicará que la salve a cambio de confesar su fraude, se dijo Alvric, saboreando de antemano su victoria psicológica.
—¡Detén el carruaje ahora mismo! —ordenó el caballero, asomando la cabeza por la ventana para gritarle al cochero.
Caballos relinchando frenaron en seco en mitad de una de las curvas más peligrosas del trayecto, donde el barro acumulado creaba una rampa resbaladiza hacia el abismo.
Alvric descendió del vehículo sin paraguas ni capa protectora, permitiendo que el agua helada lavara la rabia acumulada en sus facciones.
Caminó hacia la parte trasera del carruaje con pasos firmes, asegurándose de que el cochero estuviera demasiado ocupado controlando a las bestias como para prestarle atención.
Desenvainó su daga militar con un movimiento fluido de la mano.
Se arrodilló sobre el lodo espeso, sintiendo el frío calar sus huesos mientras deslizaba la hoja de acero templado bajo el pasador de seguridad de la rueda trasera derecha.
Un golpe seco con el pomo de la daga agrietó el metal desgastado por los años de servicio.
Luego, forzó la pieza con la punta de la hoja hasta asegurarse de que el pasador cedería ante la primera presión fuerte que sufriera el eje en la siguiente curva empinada.
Semejante sabotaje era casi imperceptible a simple vista, pero letal para cualquiera que condujera en estas condiciones.
Satisfecho con su obra destructiva, guardó el arma y regresó al interior de la cabina, empapado de pies a cabeza y con una mirada de fría expectación.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Brunhilde cuando él se sentó de nuevo, sintiendo las corrientes de aire helado que entraban con él.
—Una simple rama atascada en el eje —mintió él, acomodándose el cabello mojado que se le pegaba a la frente—. Pronto reanudaremos el viaje por este desfiladero tan encantador.
---
Aquel carruaje volvió a ponerse en marcha, sus maderas crujiendo bajo el esfuerzo de subir la empinada cuesta.
Brunhilde permanecía en silencio, pero sus dedos delgados jugueteaban nerviosos con el dobladillo de su hábito mojado.
—¿Sabes qué hay justo al lado de tu ventana, novicia? —preguntó Alvric, observando cada mínimo cambio en sus facciones.
—Siento el vacío —respondió ella en un susurro—. El viento suena diferente aquí arriba.
—Exacto —sonrió él, inclinándose de nuevo hacia ella—. Cien metros de caída libre sobre rocas puntiagudas. Si el carruaje resbala, no quedará nada de nosotros. ¿No te asusta la idea de que tu dios te abandone en un lugar tan lúgubre?
—Esta muerte parece ser tu único refugio, Alvric —contestó ella, girando su rostro pálido directamente hacia la dirección de su voz—. Lo que realmente me asusta es que prefieras morir antes que permitir que alguien te extienda la mano.
Alvric se congeló, sintiendo que un frío diferente, ajeno a la tormenta, se extendía por su columna vertebral.
—¿Qué clase de tonterías dices? —balbuceó, apretando la empuñadura de su espada.
—Esta soledad tuya es un monstruo que te devora desde adentro —continuó ella con una voz cargada de compasión, lo que solo avivó la furia del caballero.
—¡Cállate! —rugió él, con los ojos abiertos de par en par por una mezcla de rabia y desconcierto—. He sobrevivido solo toda mi vida. No necesito la compasión de una farsante.
—Sé lo que es el abandono —dijo Brunhilde con suavidad, inmóvil en su asiento.
—¡Tú no sabes nada! —exclamó el caballero, con los nudillos blancos por la tensión.
Recordó las frías celdas del monasterio imperial donde fue entrenado para ser un arma del trono. Aquellos hombres santos que le sonreían de día mientras de noche lo sometían a pruebas inhumanas de dolor para purgar su supuesta debilidad. "La debilidad se paga con sangre", le repetían mientras lo azotaban. Alvric había aprendido a sonreír de la misma manera que ellos: con una máscara perfecta que ocultaba un vacío absoluto.
Alvric se reclinó, tratando de recuperar el control de sus emociones, mientras esperaba el inminente desastre mecánico.
Un violento latigazo sacudió la cabina entera.
Aquel sonido del metal partiéndose resonó por encima del trueno, un chirrido agudo que hizo temblar la estructura de madera.
Súbitamente, la rueda trasera derecha se desprendió por completo, saliendo despedida hacia la negrura del precipicio.
Aquel carruaje cayó de golpe sobre su eje roto, derrapando sin control por la pendiente de lodo.
Gritos de terror del cochero se apagaron cuando este salió despedido hacia las rocas del camino.
Unos caballos desbocados por el pánico tiraron con furia en direcciones opuestas, arrastrando el pesado armatoste de madera hacia el borde del abismo.
Alvric se aferró con todas sus fuerzas al marco de la ventana izquierda, sintiendo cómo la gravedad los empujaba inexorablemente hacia el vacío.
Su plan funcionaba a la perfección.
Semejante muerte estaba tocando a la puerta.
Giró la cabeza para deleitarse con el pánico de Brunhilde, esperando verla llorar, gritar, revelar su verdadera naturaleza egoísta al intentar salvar su propia piel.
Sin embargo, lo que vio lo dejó paralizado de terror.
Semejante impacto contra la roca hizo que la madera del carruaje crujiera como si fuera un cascarón de huevo. Alvric sintió la vibración del metal contra sus costillas, un impacto seco que le sacó el aire de los pulmones. Afuera, la lluvia continuaba cayendo con una furia implacable, lavando la sangre del cochero que yacía inmóvil en el camino de tierra.
Afuera, los caballos relinchaban de dolor, sus patas traseras resbalando en el aire vacío mientras el peso muerto del carruaje los arrastraba lentamente hacia la caída libre.
Brunhilde no estaba buscando una de las portezuelas para escapar.
No intentaba abrir la salida para salvarse ella sola.
Sus brazos delgados se extendieron en la penumbra del carruaje inclinado, buscando el cuerpo blindado del caballero dorado.
Un crujido espantoso anunció que el vehículo se había detenido de milagro en el borde mismo del precipicio, balanceándose con un equilibrio precario.
Semejante mitad del chasis colgaba ya sobre el vacío absoluto, con el río rugiendo abajo como una garganta hambrienta.
Alvric contuvo el aliento, con los músculos tensos y el sudor frío rodando por su cuello.
Cualquier movimiento brusco los enviaría a la muerte.
Fue en ese instante de silencio mortal cuando Brunhilde se arrojó hacia adelante.
No se lanzó para salir del carruaje.
Rodeó el pecho de Alvric con sus brazos frágiles y mojados, aferrándose al metal frío de su armadura dorada como si fuera su único refugio.
Alvric se quedó completamente paralizado, sintiendo el calor ardiente de su respiración agitada contra su cuello, mientras el mundo exterior amenazaba con derrumbarse a su alrededor.
—¿Qué demonios haces? —balbuceó él, con los dientes castañeteando por el frío y la incredulidad—. ¡Suéltame! Nos vamos a matar si te mueves.
Brunhilde no lo escuchó, o simplemente decidió ignorar su advertencia.
Al contrario, apretó su abrazo con más fuerza, como si intentara protegerlo con su propio cuerpo frágil del abismo que se abría a sus pies.
Cerró los ojos bajo la venda húmeda, y sus labios comenzaron a moverse en un susurro que se elevó por encima de la tormenta.
Tampoco suplicó por un milagro que detuviera la caída.
A medida que el carruaje se tambalea al borde del abismo, Brunhilde no reza por su propia vida, sino que se abraza al pecho de Alvric, pidiéndole al Creador que perdone la inmensa soledad que habita en el alma del guerrero.