Chapter 2 of 4
La Mirada del Alma Ciega
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Viento helado golpeaba el rostro de Alvric mientras ascendía por el desfiladero que conducía al convento de Santa Odilia.
Cabalgando bajo un cielo plomizo y espeso, el caballero dorado del Imperio apenas podía contener la oleada de fastidio que amenazaba con agrietar su máscara de perfecta cortesía.
Su montura, un semental negro de alzada imponente, resoplaba con fuerza, sus cascos golpeando rítmicamente contra el lodo congelado del sendero.
Rocas afiladas y pinos de ramas retorcidas flanqueaban el camino, dándole a la cordillera una atmósfera de absoluto abandono.
"Una novicia ciega", murmuró para sí, curvando los labios en una mueca cargada de desprecio.
Todavía sentía la vibración del asesinato de la noche anterior en sus músculos, el recuerdo del espía del Cardenal Malakor suplicando piedad en aquel callejón de la capital antes de que Alvric le atravesara la garganta.
Aquel había sido un trabajo limpio, un recordatorio de por qué él gobernaba las sombras mientras otros se conformaban con las migajas del poder real.
Sin embargo, el capricho del anciano Emperador de enviarlo a este rincón olvidado del mundo para actuar como escolta se sentía como un insulto personal.
Para un hombre pragmático e implacable como él, la religión era solo un negocio rentable para explotar la culpa de los ignorantes.
Detuvo su caballo frente a los portones colosales del convento, cuya madera agrietada por los inviernos mostraba gruesas bandas de hierro oxidado.
Descabalgó con la agilidad felina de quien ha aprendido a sobrevivir en los peores nidos de víboras de la corte.
Ajustando la pesada capa dorada sobre sus hombros, la cual brillaba con un fulgor casi místico bajo la luz apagada de la tarde, avanzó hacia el portal.
Golpeó el bronce frío con el pomo de su espada, produciendo un eco sordo que pareció resonar por todo el valle desierto.
Pasaron varios minutos en absoluto silencio antes de que se escuchara el rechinar de los cerrojos oxidados al abrirse.
Una monja anciana, de piel tan arrugada como el pergamino viejo y ojos cansados, asomó la cabeza con evidente desconfianza.
"¿Sir Alvric?", inquirió la mujer con una voz trémula, bajando la cabeza de inmediato al notar el emblema imperial en su pecho.
"Soy yo mismo, buena madre", respondió él, adoptando al instante su tono más cálido y tranquilizador.
Su rostro se transformó en una representación perfecta de la piedad y el honor, la misma sonrisa cautivadora que había seducido a la mitad de la nobleza.
"Vengo bajo mandato de Su Majestad para ofrecer mi humilde espada a la protección de Lady Brunhilde."
Satisfecha por su aparente devoción, la anciana se hizo a un lado con presteza, invitándolo a cruzar el umbral del templo.
Caminaron a través de pasillos húmedos donde el olor a piedra mohosa se mezclaba con el aroma rancio de la cera barata.
Cada rincón de este santuario exudaba una pobreza que Alvric consideraba simplemente patética.
Desde su infancia, cuando fue abandonado a su suerte en los barrios bajos, había aprendido que la debilidad era el peor de los pecados y que la virtud no alimentaba a los hambrientos.
Pronto, la monja se detuvo ante una puerta de madera tosca que conducía a una pequeña capilla lateral.
"Ella os espera allí dentro", susurró la mujer antes de retirarse a toda prisa por el pasillo sombrío, dejándolo solo.
Alvric respiró hondo, acomodando la vaina de su espada y asumiendo la postura erguida de un héroe de leyenda.
Abrió la puerta con suavidad y entró, permitiendo deliberadamente que sus espuelas de plata tintinearan contra las baldosas de piedra caliza.
Quería que el sonido de sus pasos dominara el espacio, imponiendo su presencia física antes de que comenzara el juego de manipulación mental.
Frente al altar desprovisto de oro, arrodillada sobre el suelo frío, se encontraba la muchacha.
Su figura era menuda, vestida con un hábito blanco de lino áspero que, a pesar de su sencillez, parecía extrañamente radiante bajo las velas parpadeantes.
Hebras de cabello castaño claro escapaban de su cofia, cayendo sobre sus hombros estrechos como hilos de seda.
Una venda de lino blanco cubría sus ojos por completo, pero su postura transmitía una calma tan profunda que resultaba casi antinatural.
"Lady Brunhilde", moduló Alvric, su voz fluyendo como miel tibia, cargada de una falsa empatía que solía derribar cualquier defensa.
Se acercó lentamente, deteniéndose a la distancia exacta que le permitía parecer respetuoso pero a la vez imponente.
"Soy Sir Alvric, caballero del Imperio, enviado para escoltaros y asegurar vuestro bienestar en el largo viaje que os aguarda."
Arrodillándose a medias ante ella, ejecutó un saludo de sumisión fingida que consideraba sumamente efectivo para ganarse la confianza de los inocentes.
"Sé que dejar este lugar puede ser aterrador para vos, pero os prometo que bajo mi custodia estaréis a salvo de todo mal", añadió con suavidad.
Esperaba el habitual temblor de timidez, la voz entrecortada de una joven huérfana asustada ante la presencia de un guerrero legendario.
Planeaba usar esa docilidad para moldear su mente, convirtiéndola en una aliada útil que pudiera manipular a su antojo frente al Emperador.
Lentamente, la novicia levantó la cabeza.
Giró su rostro vendado directamente hacia la dirección donde Alvric se encontraba arrodillado, con una precisión que lo dejó desconcertado.
No hubo vacilación en su movimiento, ni la desorientación común en las personas que carecían de la vista.
"No tenéis que fingir conmigo", dijo ella con una voz increíblemente clara, libre de cualquier rastro de sumisión o temor.
Alvric parpadeó, su sonrisa perfecta congelándose por un instante antes de que su entrenamiento mental le permitiera ocultar su sorpresa.
"¿Fingir, mi lady?", inquirió con una risa ligera, manteniendo su tono de benevolencia protectora.
"Solo deseo ofreceros mi humilde servicio y asegurar vuestra tranquilidad."
"Vuestras palabras son pulidas como el cristal y vuestra cortesía es impecable", continuó Brunhilde, ladeando la cabeza con una seriedad desconcertante.
"Sin embargo, vuestra voz suena hueca, como el eco en una tumba vacía."
Frío repentino pareció filtrarse por las rendijas de los ventanales de la capilla, haciendo oscilar las llamas de las velas.
Alvric sintió una punzada de irritación en el pecho; detestaba que las cosas no siguieran el curso que él había trazado con tanta precisión.
"Me temo que me malinterpretáis, lady Brunhilde", replicó, endureciendo sutilmente el tono para recordar quién tenía el control de la situación.
"Puedo ver vuestra alma, Sir Alvric", susurró la joven, dando un paso al frente para acortar la distancia entre ambos.
Su rostro cubierto apuntaba directamente al pecho del caballero, como si su mirada invisible pudiera atravesar la armadura de oro y la piel.
"Veo una densa niebla negra que devora vuestro corazón, una oscuridad tan espesa y hambrienta que lo consume todo a vuestro paso."
Aquellas palabras cayeron con la fuerza de un golpe de maza sobre el orgullo del caballero dorado.
Su mente, siempre rápida para la réplica y el engaño, se quedó momentáneamente en blanco.
¿Cómo era posible que una simple muchacha ciega pudiera ver lo que él había ocultado con tanto esmero al resto del mundo?
Había engañado a los espías más astutos del Cardenal, a los nobles más codiciosos de la corte y al mismísimo soberano del Imperio.
Todos veían en él al héroe carismático, al hombre perfecto sin tacha alguna.
"¿Qué clase de truco barato es este?", siseó Alvric, abandonando por completo su tono amable y dejando al descubierto la frialdad de su verdadera naturaleza.
Se puso en pie con brusquedad, superándola en altura por completo en un intento deliberado de intimidarla físicamente.
"No es ningún truco", respondió ella con una tristeza tan genuina que resultó profundamente ofensiva para él.
"Esa oscuridad que lleváis dentro es tan densa que casi puedo respirarla en el aire."
"¡Basta de insolencias!", ordenó él, su mano derecha buscando por instinto la empuñadura de su espada.
Un impulso violento le instó a silenciarla permanentemente, a clavar el acero en su garganta para demostrarse que no era más que una mortal indefensa.
Sin embargo, el temor a las consecuencias de un asesinato dentro del convento y la pérdida de su estatus imperial le obligaron a contenerse.
Su respiración se había vuelto tensa y superficial, su mente dando vueltas mientras intentaba racionalizar la situación.
Nunca se había sentido tan expuesto, tan ridículamente vulnerable ante los ojos de otro ser humano.
"Sois una demente que confunde sus delirios con visiones divinas", escupió con desprecio, tratando de recuperar el control de la conversación.
"Su Majestad os ha encomendado a mi cuidado, no a mi juicio moral; os sugiero que recordéis vuestro lugar en este viaje."
Brunhilde no retrocedió ante su repentina hostilidad ni ante la amenaza implícita en su postura agresiva.
En lugar de eso, extendió su mano pálida y delicada hacia el vacío que los separaba, buscando su contacto con una paciencia infinita.
"No os tengo miedo, Sir Alvric", murmuró ella con una serenidad que desafiaba todo sentido común.
"Esa oscuridad busca destruir a otros porque teme enfrentarse a su propia miseria."
Alvric observó la mano que se aproximaba a él, sintiendo una extraña parálisis que congelaba cada uno de sus músculos.
Quería apartarse, dar un paso atrás y mantener la distancia con aquella criatura que ponía en peligro su cordura.
Su instinto de supervivencia le exigía que huyera, pero sus pies parecían firmemente adheridos al suelo de piedra.
Aun así, la distancia se acortó sin que él pudiera reaccionar.
Brunhilde extiende su mano pálida y, al rozar los dedos de Alvric, la herida cicatrizada de su infancia en su muñeca derecha comienza a arder con una luz dorada que él no puede ocultar.