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Capítulo 4: La Falsa Piedad del Cardenal

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Cascos de caballos golpeaban el pavimento de piedra húmeda, resonando contra los altos muros de la capital imperial. Olor a estiércol, alcantarilla y perfumes de lavanda barata de la nobleza se filtraba por las rendijas del transporte a medida que avanzaban por las calles principales de la metrópoli. Cada bache de la calzada sacudía el carruaje de madera oscura, interrumpiendo el espeso silencio que se había instalado entre los dos ocupantes desde que dejaron atrás el peligroso desfiladero. —Ya casi llegamos —dijo Alvric, recostándose contra el cuero desgastado del asiento con una falsa soltura que ensayaba de manera impecable desde su niñez. Su mano derecha acariciaba la empuñadura dorada de su espada, un movimiento rítmico, casi mecánico, que ocultaba la rigidez de sus hombros bajo la capa blanca. Apretó la mandíbula al recordar la tormenta de la noche anterior, el peso húmedo de Brunhilde contra su pecho y aquellas palabras de perdón que ella había susurrado mientras el vehículo colgaba del abismo. Ese recuerdo le provocaba una picazón insoportable bajo la piel. Aquella estúpida novicia ciega seguía siendo un enigma indescifrable que amenazaba con romper la perfecta coraza que él había tardado años en construir. Para Alvric, la bondad desinteresada no existía; era una fábula inventada por los débiles para manipular a los fuertes, o una máscara más sofisticada de los hipócritas. Recordaba demasiado bien su propia infancia, los días de hambre en los suburbios antes de que la Iglesia lo adoptara para convertirlo en su perro faldero de oro. Allí aprendió que un abrazo siempre precede a una puñalada, y que el supuesto amor es el arma de control más destructiva de todas. Sin embargo, Brunhilde no había intentado salvarse a sí misma en el borde del precipicio; se había aferrado a él, rezando por su alma atormentada. ¿Qué clase de juego mental era ese? ¿Acaso pretendía ganarse su favor mostrando una pureza inalcanzable para que él bajara la guardia? Si era un truco, era el más brillante que había visto jamás. Si era real, la sola idea de que existiera una pureza tan genuina le producía un asco profundo mezclado con un terror que se negaba a admitir. Sentada frente a él, Brunhilde permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas sobre su falda gris de lana basta. Ningún rastro de miedo se dibujaba en sus facciones, a pesar de haber estado a punto de caer al vacío apenas unas horas antes. Parecía flotar por encima de la miseria del mundo material, ajena a los peligros que la acechaban en la capital del Imperio. —Huele a metal quemado y a demasiada gente sedienta —comentó ella con una voz suave que interrumpió sus pensamientos oscuros. —Es el aroma del progreso imperial, mi querida novicia —respondió él, esbozando esa sonrisa perfecta que solía derretir a las damas de la corte y calmar a los reyes. —No —susurró ella, girando sus ojos apagados y sin vida hacia la dirección general de su rostro—. Es el olor de la desesperación. Todos aquí intentan devorarse los unos a los otros para no ser devorados primero. Siento el miedo de la gente común, Alvric. Es como una marea negra que sube por los muros de piedra. Alvric sintió un frío repentino en la nuca. Detestaba cómo esa maldita huérfana parecía leer el aire con más precisión que él mismo, a pesar de su ceguera física. —Pronto conocerás al Cardenal Malakor —advirtió Alvric, inclinándose hacia adelante hasta que el calor de su aliento rozó la mejilla de la joven—. Te sugiero que mantengas esa boca cerrada y me dejes hablar a mí. En esta corte, las lenguas afiladas terminan en la guillotina o en los sótanos de la Inquisición antes de que puedan terminar sus oraciones. Brunhilde no se apartó ante su cercanía amenazante. Simplemente asintió con una lentitud casi mística, como si ya conociera su destino y no le importara el precio que tuviera que pagar por su fe. --- Ruedas de madera crujieron al detenerse por fin frente a la imponente escalinata de la Gran Catedral de Helios. Gritos de la multitud estallaron de inmediato en cuanto la puerta del carruaje se abrió, llenando el aire con un clamor ensordecedor que hizo que los caballos relincharan de nerviosismo. Descendió primero Alvric, colocándose la capa blanca sobre los hombros y enderezando su armadura dorada con movimientos fluidos y precisos. Adoptó la postura del héroe impecable que el Imperio adoraba, esa figura legendaria que defendía las fronteras y protegía a los desamparados. Ofreció una mano enguantada a la multitud que aclamaba su nombre con un fervor histérico, casi religioso. —¡El Caballero Dorado ha vuelto! ¡Que la luz de Helios guíe sus pasos! —gritaba un anciano desde la primera fila del cordón de guardias reales. Alvric sonrió, saludando con la mano derecha mientras mantenía la izquierda apoyada con elegancia en el pomo de su espada. Sentía una náusea profunda ante la estupidez de esa masa de carne que lo idolatraba, ignorando por completo que el hombre detrás del oro los despreciaba con cada fibra de su ser. Se giró hacia el interior del vehículo y ayudó a Brunhilde a bajar. La joven se aferró a su antebrazo con suavidad, sus dedos delgados presionando la fría armadura con una timidez que contrastaba con su fuerza interior. Arriba, en la cima de los escalones de mármol blanco que parecían ascender hacia el mismo cielo, una figura imponente aguardaba bajo la sombra de las gárgolas de piedra gris. Cardenal Malakor observaba la escena con ojos de reptil, rodeado por una docena de sacerdotes armados con alabardas de plata. Su túnica escarlata, bordada con pesados hilos de oro que destellaban bajo la luz pálida de la tarde, ondeaba con la brisa helada del invierno que soplaba desde las montañas. Huele a incienso rancio, a cera de vela consumida y a humedad de catacumbas, un aroma que siempre despertaba los instintos de supervivencia de Alvric. —Camina despacio y mantén la cabeza baja —le ordenó Alvric a la novicia en un susurro imperceptible mientras comenzaban a subir los interminables escalones de mármol. Cada paso hacia Malakor se sentía como adentrarse en la telaraña de una araña hambrienta que esperaba pacientemente a su presa. --- Malakor no esperó a que llegaran al templo. Bajó varios escalones para interceptarlos, deteniendo a la comitiva a mitad de la subida, donde el viento soplaba con más fuerza y el ruido de la multitud se amortiguaba por la distancia. —Alvric, mi leal espada —dijo el Cardenal, extendiendo una mano pálida y enjoyada con anillos de rubíes que parecían gotas de sangre coagulada—. Veo que has traído a la pequeña paloma sana y salva del norte. —La voluntad de la Iglesia es mi único mandato, Eminencia —respondió Alvric, arrodillándose sobre una rodilla con una sincronización perfecta, arrastrando a Brunhilde consigo con un tirón firme pero controlado de su capa. Ignorando al caballero, el Cardenal clavó su mirada hambrienta y calculadora en la novicia ciega. —Levántate, niña —ordenó Malakor, su voz resonando con una autoridad artificial que pretendía quebrar cualquier atisbo de voluntad propia en aquellos que lo escuchaban. Brunhilde obedeció, permaneciendo de pie con los hombros relajados y las manos cruzadas sobre el vientre. Su rostro pálido se alzó directamente hacia el clérigo corrupto, sin mostrar el menor asomo de la sumisión que Malakor exigía de sus siervos. Alvric observó de reojo la expresión de la joven y notó un sutil estremecimiento en sus hombros. Las pupilas blancas de Brunhilde se dilataron por un instante, y Alvric supo, con una certeza absoluta, que ella estaba mirando el alma de Malakor. Estaba contemplando el abismo podrido de ambición, mentiras y crueldad que el Cardenal ocultaba tras su fachada de santidad. La visión debió de ser espantosa, pues la respiración de la chica se volvió ligeramente errática. Temiendo que la novicia cometiera la imprudencia de revelar lo que veía o de flaquear ante la imponente presencia del clérigo, Alvric se puso de pie rápidamente. Se colocó medio paso por delante de ella, bloqueando sutilmente la línea de visión de Malakor y asumiendo su papel de protector devoto. —¿Y bien? —preguntó el Cardenal, impaciente, cruzando los brazos bajo sus anchas mangas escarlatas—. Necesito tu informe detallado, Alvric. ¿Es ella la portadora de la visión mística de la que hablaban los antiguos registros de la orden? ¿Su espíritu es puro, o es solo otra charlatana que debemos purificar en la pira antes de que extienda su ponzoña? Alvric sintió una punzada de paranoia mezclada con un desprecio profundo por el hombre que tenía enfrente. Sabía perfectamente lo que Malakor planeaba hacer con ella si descubría la verdad de sus dones místicos. La usaría como un cordero de sacrificio, un oráculo de sangre para consolidar su poder sobre el trono imperial y erradicar a cualquier opositor bajo el pretexto de la herejía. Y peor aún, si Malakor se apoderaba de Brunhilde, Alvric perdería el control sobre su juguete, la única criatura que había despertado en él algo parecido al interés genuino en años. No podía permitir que el Cardenal arruinara su diversión tan pronto. Tenía que mantenerla bajo su propia ala, donde pudiera desarmar su pureza pieza por pieza a su propio ritmo. —Es una completa decepción, Eminencia —mintió Alvric, su tono de voz cargado de una lástima magistralmente ensayada que habría engañado al mismísimo diablo. Malakor entrecerró los ojos, el brillo de la sospecha cruzando sus pupilas amarillentas como dos rendijas de fuego frío. —¿Una decepción? Los informes del priorato del norte aseguraban que podía ver el tejido de las almas y predecir los movimientos de los impíos —insistió el clérigo, dando un paso hacia adelante e invadiendo el espacio personal de Alvric con una familiaridad asfixiante. —Las monjas del norte son viejas ignorantes que confunden la histeria provocada por el frío con milagros divinos —replicó Alvric con una risa suave y despectiva que resonó en la escalinata—. La examiné personalmente durante el trayecto, sometiéndola a diversas pruebas mentales y físicas. Sus supuestas visiones son meras alucinaciones causadas por la desnutrición y el aislamiento del convento. No posee ningún don útil para la Iglesia o el Imperio. Es solo una muñeca ciega, rota y asustada de su propia sombra. Brunhilde permaneció en absoluto silencio detrás de él, pero Alvric sintió la sutil presión de sus dedos delgados aferrándose a la tela de su capa dorada. Alvric no se giró para mirarla; su atención estaba concentrada por completo en los microgestos del rostro de Malakor. Malakor guardó silencio durante unos segundos eternos, el viento del norte rugiendo entre las columnas de piedra de la catedral y agitando las capas de los guardias. Su mirada se desvió de Alvric a la figura frágil de la novicia, sopesando las palabras del caballero con la desconfianza innata de un conspirador profesional. —Si es tan inútil como dices, Alvric, entonces no hay razón para mantenerla con vida —dijo el Cardenal con una frialdad cortante que heló el ambiente—. La Iglesia no desperdicia recursos en alimentar bocas inútiles que solo sirven para sembrar la duda y el desorden entre los fieles de la capital. Un alma defectuosa y ciega es un estorbo que debe ser devuelto al Creador antes de que se corrompa por completo. --- Un vuelco salvaje sacudió el corazón de Alvric, aunque su rostro no mostró la más mínima alteración, manteniendo esa expresión de fría indiferencia que era su mejor defensa. La sola idea de que Malakor ordenara la ejecución inmediata de Brunhilde despertó en él un instinto de posesión violento e irracional que lo desconcertó. No podía permitir que la destruyeran; ella era su misterio, su desafío personal, la única que había logrado ver la oscuridad que llevaba dentro sin apartar la mirada. —Sería un grave error político deshacerse de ella de esa manera, Eminencia —sugirió Alvric, bajando la voz a un tono confidencial, inclinándose ligeramente para que sus palabras solo llegaran al Cardenal—. El pueblo la vio bajar del carruaje conmigo. Si la ejecutamos ahora de forma repentina, los rumores de que la Iglesia teme a una simple ciega indefensa se propagarán por los suburbios como la pólvora. Permítame mantenerla bajo mi custodia en mis aposentos privados. Puedo usarla para demostrar la supuesta piedad de la Iglesia hacia los desvalidos y, al mismo tiempo, la vigilaré de cerca para asegurarme de que no oculte ningún secreto peligroso. Malakor lo estudió con una fijeza insoportable, buscando cualquier indicio de traición o debilidad en los ojos azules del caballero dorado. —Siempre tan calculador y pragmático, Alvric —murmuró el Cardenal, esbozando una sonrisa carente de toda calidez humana, una mueca que revelaba sus dientes gastados—. Muy bien. Te concederé la custodia temporal de esta criatura. Pero no olvides que tu propia cabeza está en la balanza si ella resulta ser una amenaza para nuestros planes imperiales. Un gesto de la mano enjoyada de Malakor indicó a los sacerdotes armados que se retiraran hacia el interior del templo, despejando la entrada de la gran catedral. Luego, el Cardenal dio un paso rápido hacia adelante, reduciendo la distancia entre él y Alvric hasta que el olor rancio de su aliento golpeó directamente el rostro del caballero. Deslizó una mano por debajo de las pesadas mangas de su túnica roja y extrajo un pequeño objeto de cristal que había permanecido oculto en sus ropajes. Era un frasco diminuto, lleno de un líquido incoloro y denso que brillaba con un reflejo aceitoso bajo la luz gris de la tarde invernal. Alvric sintió el frío extremo del vidrio cuando Malakor se lo presionó con fuerza contra la palma de la mano enguantada, obligándolo a cerrar los dedos sobre él. —Esto es extracto de belladona de las sombras —susurró el Cardenal al oído del caballero, su voz apenas un siseo venenoso que erizó los vellos de la nuca de Alvric—. Un veneno de acción lenta que imita a la perfección una fiebre natural. No deja rastro alguno en los órganos ni en la sangre de la víctima. Alvric apretó el frasco contra su palma, sintiendo que el cristal quemaba su piel a través del cuero de su guante como si fuera carbón encendido. La paranoia del Cardenal era infinita, y ahora lo estaba arrastrando a su propia trampa de muerte, obligándolo a ser el verdugo de la única persona que había tocado su alma podrida. Malakor sonríe con frialdad y le entrega a Alvric un frasco de veneno de acción lenta, ordenándole que lo vierta en el té diario de Brunhilde si ella muestra señales de 'herejía'.

End of Chapter 4