Chapter 9

Chapter 9 of 12

Capítulo 9: La Sombra del Alfa

1.6k words

Metal retorcido crujió con un chirrido insoportable que taladró los oídos de Judith Bella. La cabina del ascensor, destrozada por los disparos del francotirador, terminó su caída libre impactando brutalmente contra el suelo del nivel de laboratorios. El golpe la arrojó hacia adelante, estrellando su cuerpo contra las placas de acero deformadas por la colisión. Humo denso y negro inundó el foso de inmediato, asfixiando el aire con un olor acre a aceite quemado y plástico derretido. Tosió con violencia, tratando de limpiar sus pulmones mientras el sabor a cobre inundaba su boca de inmediato. Su visión se bifurcó, mostrando un laberinto confuso de vigas dobladas y alarmas rojas de emergencia que giraban en un bucle eterno. Jadeando, Judith se obligó a ponerse de pie, apoyándose en su brazo derecho para no colapsar sobre el metal caliente. Sangre caliente brotaba de su hombro izquierdo, empapando el chaleco táctico y descendiendo en hilos constantes hasta la punta de sus dedos entumecidos. Cada movimiento era una agonía pura, un recordatorio físico de su rotundo fracaso en el pozo del ascensor. "Mateo, muévete", gruñó ella con la voz rota, forzando la vista para localizar al cabo entre la densa humareda. El soldado yacía boca abajo, quejándose débilmente mientras intentaba arrastrarse inútilmente sobre el suelo cubierto de cristales templados rotos. Arrastró el cuerpo semiinconsciente de su compañero fuera de las ruinas del ascensor, aferrándolo por la correa del hombro de su chaleco con su mano hábil. Fuerzas le faltaban, y sus piernas temblaban como gelatina bajo el peso combinado, pero la rabia que bullía en su pecho la obligaba a seguir adelante a toda costa. No iba a permitir que nadie más de su equipo muriera en esta tumba de metal. Pasos rápidos y desordenados resonaron en la distancia, acompañados de gruñidos hambrientos que hicieron que los vellos de su nuca se erizaran de inmediato. Los infectados ya sabían que estaban allí; el estruendo del impacto había funcionado como una campana de cena para los monstruos que rondaban los laboratorios inferiores. Divisó una compuerta blindada con el rótulo desgastado de la oficina de seguridad a unos escasos diez metros de distancia. Tirando de Mateo con un último esfuerzo desesperado, se deslizó por el pasillo de hormigón mientras el eco de las garras sobre el metal se hacía cada vez más audible. Golpeó el panel de control manual con el talón de su mano derecha, aplicando toda la fuerza de su peso para activar el mecanismo de emergencia del búnker. Siseó el sistema hidráulico y la pesada compuerta de acero se deslizó lentamente hacia un lado, revelando un habitáculo oscuro y frío repleto de consolas cubiertas de polvo. Empujó a Mateo al interior del habitáculo antes de dejarse caer ella misma contra el frío suelo de hormigón, exhausta y sin aliento. Cerró la escotilla de un manotazo violento en el interruptor interno y bloqueó el cerrojo digital, aislando al escuadrón del peligro inminente que acechaba en los pasillos exteriores. Sudor frío perlaba su frente, mezclándose con la suciedad y la pólvora que cubrían su rostro demacrado. Apoyó la cabeza contra la fría superficie metálica de la pared, tratando de estabilizar su respiración acelerada mientras la doble visión seguía jugándole malas pasadas. Dos figuras idénticas de Elena se movían de un lado a otro en la habitación, buscando desesperadamente suministros médicos en los armarios empotrados del búnker. Miró a su alrededor con frustración, sintiendo cómo la impotencia se transformaba rápidamente en una ira volcánica que amenazaba con nublar su juicio estratégico. Vargas estaba muerto, y esa realidad la golpeaba como un puño de acero en el estómago. Aquel maldito pozo se había tragado al sargento, y todo por su obstinación ciega de seguir descendiendo a pesar de las advertencias lógicas. Rabia y culpa batallaban en el pecho de la teniente, formando un nudo asfixiante que amenazaba con destrozar su disciplina militar por completo. Su mente repetía una y otra vez la escena de la caída, el rostro de Vargas desapareciendo en la oscuridad mientras ella no podía hacer nada para salvarlo. El abandono sistemático de sus superiores en el pasado había moldeado su necesidad enfermiza de demostrar su valor, pero esta vez el precio de su soberbia había sido la vida de uno de sus hombres. Recuerdos de misiones pasadas, donde los altos mandos la habían dejado atrás como carne de cañón, alimentaron la llama de su desprecio hacia toda autoridad. Juró que no permitiría que el Proyecto Phobos la convirtiera en otra baja estadística en los archivos secretos del gobierno. No caería aquí, no de esta manera tan patética. "No debimos bajar por ahí, teniente", murmuró Mateo con los labios agrietados, tosiendo un rastro de saliva sanguinolenta mientras Elena intentaba vendarle una herida profunda en el costado. "Vargas... él confió en usted, y ahora no es más que un cadáver en el fondo de ese foso." Judith no respondió, apretando los dientes con tanta fuerza que sintió que sus molares se quebrarían bajo la tremenda presión. Las palabras del cabo eran dagas que se clavaban directamente en su orgullo herido, avivando el fuego de una furia que no lograba contener de ninguna manera. Su mano derecha se cerró en un puño tan apretado que las uñas perforaron la tela de su guante táctico. Dolor físico, agudo y lacerante, volvió a reclamar su atención, recordándole que su cuerpo estaba al límite del colapso. La articulación de su hombro izquierdo estaba completamente fuera de su sitio, y cada espasmo muscular enviaba oleadas de fuego directo a su cerebro. Necesitaba apagar ese dolor de inmediato si quería seguir siendo útil para el grupo, si quería liderar la salida de este laberinto de acero. Buscó en el compartimento táctico de su muslo derecho, localizando un estuche metálico sellado al vacío que guardaba los suministros médicos prohibidos de su antigua unidad de asalto. Dedos temblorosos extrajeron un autoinyector de color negro mate, un dispositivo experimental sin marcas oficiales que contenía una dosis masiva de analgésicos sintéticos de alta potencia. Líquido azulado brillaba dentro del vial translúcido, prometiendo un alivio inmediato a costa de graves efectos secundarios en el sistema nervioso central. Judith retiró la tapa de seguridad del inyector con los dientes, posicionando la aguja de acero directamente sobre su muslo izquierdo sin titubear. "¡No lo hagas, Judith!", exclamó Elena, interponiéndose entre la aguja y la pierna de la teniente con los ojos desorbitados por el pánico absoluto. La científica de la base extendió las manos para detenerla, pero retrocedió de inmediato al ver la mirada gélida y letal que la teniente le dirigió. Quita las manos de encima, Elena, o te juro que te apartaré de un golpe", siseó Judith con una voz tan baja y peligrosa que hizo que Mateo se tensara en su camilla improvisada. "No tengo tiempo para tus discursos de laboratorio ni tus protocolos de seguridad médica. Necesito este brazo operativo ahora mismo." "No entiendes la gravedad de lo que estás haciendo con tu propio organismo", insistió la científica, con la voz temblando pero manteniéndose firme en su postura defensiva. "Ese analgésico sintético contiene compuestos químicos altamente reactivos al patógeno latente del Proyecto Phobos que ya circula por tus venas." "Escúchame bien, Judith: el virus muta y se replica utilizando la adrenalina y las hormonas del estrés como catalizador primario en el torrente sanguíneo. Si inyectas esa sustancia prohibida en tu sistema y pierdes el control de tus emociones, acelerarás la mutación de forma irreversible en cuestión de minutos. Tu propia cólera será el detonante que destruya tu humanidad por completo, convirtiéndote en uno de esos monstruos." Compuestos sintéticos de ese calibre anularán tus receptores de dolor, pero también actuarán como un acelerador químico para la infección latente si tu pulso se eleva demasiado. La rabia que guardas en tu pecho es gasolina pura para el patógeno, Judith. Si te dejas llevar por la ira, la transformación será inevitable y no habrá cura que pueda salvarte. Ira pura y desprecio por las advertencias médicas siempre habían sido su mayor debilidad, y esta vez no iba a ser diferente en absoluto. Ella no era una científica débil; era una soldado de élite entrenada para soportar el dolor y dominar su propio cuerpo físico a través de la fuerza de voluntad pura. No iba a permitir que una advertencia teórica dictara sus acciones en medio de una zona de combate activa. Apretó los dientes y, ignorando por completo la advertencia desesperada de Elena, clavó la aguja directamente en su muslo a través de la gruesa tela de su uniforme de combate. Presionó el émbolo de plástico con fuerza, escuchando el siseo metálico que indicaba la descarga completa del fármaco experimental en su sistema muscular. Fuego helado corrió por sus arterias de inmediato, extendiéndose desde su pierna hasta su pecho antes de subir a su cerebro en una oleada entumecedora. El terrible dolor de su hombro izquierdo desapareció de golpe, reemplazado por una insensibilidad artificial que le permitió mover la articulación dañada sin emitir un solo quejido de dolor. Visión doble se desvaneció por completo, revelando un entorno nítido, casi hiperrealista, donde cada mota de polvo flotando en el aire parecía moverse en cámara lenta. Sus sentidos se agudizaron a un nivel casi doloroso: podía escuchar el zumbido eléctrico de los terminales dañados y el goteo constante de agua en los pasillos exteriores del búnker. Sonrió con amargura, sintiendo cómo una energía fría y ajena se instalaba en la base de su cráneo, vibrando al ritmo de sus pensamientos furiosos. Un hilo fino de sangre oscura comenzó a brotar de su fosa nasal izquierda, cayendo sobre sus labios secos y revelando que la mutación ya estaba encontrando un camino en su sistema. "Estoy perfectamente", declaró la teniente con una voz extrañamente calmada, limpiándose la sangre con el dorso de su mano enguantada. "Ahora, busquemos una salida de este maldito nivel antes de que los infectados decidan tirar esta puerta abajo." Caminó hacia la consola central de la oficina de seguridad, sintiendo una ligereza antinatural en sus movimientos corporales que hizo que Elena la observara con creciente terror. Sus pasos ya no hacían ruido sobre el hormigón, y la agilidad con la que se movía parecía más propia de un depredador acechando en las sombras que de un ser humano ordinario. Limpió el polvo acumulado en la pantalla del monitor central con la manga de su uniforme militar, activando manualmente el sistema de cámaras del nivel de laboratorios. La estática gris parpadeó varias veces antes de estabilizarse en una imagen en blanco y negro del pasillo de cuarentena principal que se extendía fuera de su búnker de seguridad. Cámaras del sector oeste mostraron pasillos desiertos, cubiertos de escombros y marcas de garras profundas en las paredes de acero reforzado que denotaban la violencia del brote inicial. Sin embargo, la cámara del laboratorio de contención biológica, ubicada justo al final del corredor donde se ocultaban, captó un movimiento inusual que congeló la respiración de todos en la sala. Una silueta imponente, de complexión atlética y movimientos calculados que denotaban un riguroso entrenamiento militar previo, emergió lentamente de las sombras del laboratorio. No corría de forma caótica como los infectados comunes; sus movimientos eran precisos, deliberados, casi elegantes en su letalidad silenciosa. Ojos dorados brillaron con una intensidad sobrenatural en la pantalla, fijando su mirada directamente en la lente de la cámara como si supiera exactamente quién lo estaba observando desde el búnker. Era el Alfa, el espécimen inteligente que lideraba la horda y asimilaba las tácticas de combate del equipo de Judith para cazarlos de manera sistemática. Avanzó con paso firme hacia la cámara de seguridad, deteniéndose a escasos centímetros de la lente mientras sostenia la mirada dorada que compartía con la propia teniente. Con una lentitud desquiciante que parecía una burla cruel, el monstruo alzó su mano derecha, cuyas garras goteaban un fluido denso y oscuro que manchaba el suelo del laboratorio. Parpadeando con violencia debido a las interferencias estáticas de la red militar dañada, la pantalla de seguridad del laboratorio muestra al infectado Alfa escribiendo con su propia sangre en el vidrio de la cámara: 'BIENVENIDA A CASA, HERMANA'.

End of Chapter 9