Chapter 10 of 12
Chapter 10: El Laberinto de los Espejos
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Sudor helado resbalaba por la nuca de Judith, mezclándose con la ponzoña química del analgésico militar que acababa de inyectarse en el muslo. El fármaco prohibido latía en sus sienes con la violencia de un motor fuera de borda averiado. Sentía cada pulsación como un martillazo directo contra la base de su cráneo. Sus pupilas, dilatadas al extremo, captaban el parpadeo de las pantallas con una nitidez dolorosa.
—¿Qué demonios es eso en la consola principal? —preguntó Mateo, dando un paso adelante con el ceño fruncido y la mano derecha apoyada en la culata de su fusil.
Pánico visceral, afilado como una bayoneta oxidada, atravesó el pecho de la teniente. Si Mateo daba un paso más, si lograba descifrar la tipografía grotesca y sangrienta que el infectado Alfa había dejado grabada en la interfaz digital, todo habría terminado para ella. El mensaje no era una simple amenaza táctica. Era una revelación directa de su propia condición, una prueba irrefutable de que el patógeno latía en su torrente sanguíneo y que la criatura la reclamaba como suya. El protocolo militar ante sospecha de contaminación biológica activa era claro: ejecución inmediata sobre el terreno.
Rápidamente, Judith se interpuso entre su cabo y el terminal de control. Fingiendo un tropiezo debido al dolor de su pierna herida, dejó caer todo su peso hacia adelante. Su bota táctica, reforzada con puntera de acero, impactó con brutal precisión contra la caja de fusibles expuesta en la base de la consola.
Chispas de color azul eléctrico y amarillo chillón saltaron en un chasquido ensordecedor, iluminando la penumbra de la sala con un fulgor de tormenta. El olor a plástico quemado y silicio derretido inundó de inmediato el ambiente. La pantalla principal parpadeó violentamente, distorsionando las letras de sangre antes de colapsar por completo en un siseo inerte de estática gris.
—¡Mierda! —exclamó Mateo, dando un salto hacia atrás con los brazos en alto para protegerse de las chispas que llovían sobre el teclado—. ¿Qué demonios ha sido eso, teniente? ¿Se encuentra bien?
—Se ha producido una sobrecarga masiva en los relés —mintió Judith, forzando una voz gélida y carente de cualquier emoción mientras se apoyaba en el borde de la mesa—. El generador auxiliar de este sector está fallando. No tenemos tiempo para jugar a los técnicos de sistemas. Hay que moverse antes de que la energía se corte por completo.
Nadie se atrevió a cuestionar su explicación, aunque la mirada fija de Mateo permaneció entornada, cargada de una sospecha silenciosa que Judith prefirió ignorar deliberadamente. Ella apretó el agarre de su subfusil con tanta fuerza que los nudillos se le tiñeron de un blanco fantasmal. Sentía la cólera acumulándose en su pecho como carbón encendido, alimentada por el miedo a ser descubierta y el odio creciente hacia los secretos que albergaba esta maldita base subterránea.
Avanzaron en fila india por el pesado umbral de la oficina de seguridad, dejando atrás el único refugio temporal que les quedaba en ese nivel. El pasillo exterior los recibió con una atmósfera densa y cargada, impregnada de un olor rancio a ozono, humedad y carne descompuesta que se adhería a la garganta como una película de grasa.
Pasos amortiguados resonaban sobre el suelo de rejilla metálica oxidada. Judith avanzaba al frente de la formación, obligando a sus músculos tensos a responder con precisión milimétrica. La droga del mercado negro lograba adormecer el dolor físico de su carne desgarrada, pero a cambio, elevaba su paranoia a un nivel de hiperactividad mental insoportable. Cada sombra proyectada por las luces de emergencia parecía una garra a punto de caer sobre ellos.
Luz roja e intermitente bañaba las paredes de hormigón desnudo, dándole al entorno el aspecto de un organismo vivo que se desangraba lentamente. El pasillo comenzó a ensancharse a medida que descendían por una rampa de concreto con una pendiente pronunciada, desembocando en una gigantesca galería circular que se asemejaba al panal de abejas de un laboratorio de pesadilla.
Vidrios rotos crujieron bajo las pesadas suelas de sus botas de combate. Ante ellos se abría un corredor flanqueado a ambos lados por enormes tanques de incubación cilíndricos, hechos de vidrio templado de alta resistencia. La mayoría de estas estructuras habían sido reventadas con una fuerza tremenda desde el interior, esparciendo fragmentos afilados por todo el suelo. Un líquido amniótico artificial, espeso y de un color amarillento bilioso, encharcaba la superficie formando lagunas viscosas que desprendían un hedor a formol y podredumbre química.
—¿Qué clase de abominaciones creaban en este lugar? —susurró uno de los fusileros sobrevivientes, deteniéndose junto a la pared con el arma apuntando hacia la penumbra.
Judith no respondió, pero sus ojos se clavaron magnéticamente en uno de los cilindros semiderruidos que aún conservaba parte de su solución líquida. Un cuerpo humano desfigurado flotaba boca abajo en el fluido turbio, sujeto por un denso entramado de cables negros que se introducían directamente en su columna vertebral y en la base de su cráneo.
Acercándose con cautela al cristal astillado, la teniente sintió que una oleada de frío helado le recorría la espina dorsal. Su respiración se detuvo por un instante. Reconoció los jirones del uniforme táctico de combate que vestía el cadáver flotante. El parche desgarrado en el hombro izquierdo, casi ilegible por la acumulación de moho y detritos, mostraba el emblema bordado en hilo plateado de la Unidad Fénix.
Era el escuadrón liderado por su antiguo mentor, el coronel Vance. Hacía dos años, los altos mandos les habían asegurado que toda esa unidad había sido desplegada en una misión secreta de pacificación en el extranjero y que habían perecido en combate de manera heroica. Todo había sido una repugnante farsa institucionalizada para encubrir su verdadero destino.
—Míralos —gruñó Judith, con la mandíbula tan apretada que temió que sus propios dientes se rompieran bajo la presión—. No los enviaron a ninguna guerra fuera del país. Los trajeron aquí para usarlos como conejillos de indias en sus malditos laboratorios clandestinos.
Mateo dio un paso al frente, haciendo oscilar el haz de luz de su linterna táctica sobre el rostro sumergido del cadáver. La luz reveló con crudeza las terribles mutaciones que habían sufrido sus facciones: la mandíbula inferior se había ensanchado y dislocado, las cuencas de los ojos estaban vacías y cubiertas por una membrana blanquecina, y sus dedos terminaban en garras hipertrofiadas que revelaban la asimilación del patógeno militarizado del Proyecto Phobos.
—Convirtieron a sus propios hombres en monstruos de laboratorio —murmuró Mateo, con un hilo de voz que delataba un horror profundo y desolador—. Esto nunca fue un brote accidental, teniente. Esto fue una fase de pruebas controladas.
Furia volcánica y descontrolada inundó la conciencia de Judith, una marea de rabia ardiente que amenazó con carbonizar el último vestigio de su disciplina militar. Aquellas personas flotando en el formol no eran simples estadísticas; habían sido sus camaradas, soldados profesionales que habían sacrificado sus vidas creyendo en un ideal de servicio que los mandos superiores habían pisoteado sin el menor remordimiento.
Golpeó con salvajismo el cristal del tanque con el dorso de su mano enguantada, provocando que una telaraña de grietas nuevas se extendiera por la superficie de vidrio con un chasquido agudo. El eco del impacto resonó a lo largo de la galería silenciosa como el disparo de un arma de gran calibre, pero la teniente estaba demasiado ciega de ira como para preocuparse por el ruido o la seguridad táctica del grupo.
—¡Nos tratan como simple carne de matadero! —escupió Judith, girándose bruscamente hacia sus hombres con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello latiendo con fuerza—. Para esos viejos decrépitos que firman las órdenes desde sus despachos blindados, solo somos recursos prescindibles. Piezas desechables en su enfermo juego de poder biológico.
Nadie se atrevió a contradecirla en ese momento. La cólera destructiva que emanaba de la teniente era tan densa que parecía ocupar todo el espacio disponible, aislando su mente del peligro real y nublando por completo cualquier atisbo de juicio estratégico o precaución básica.
Obsesionada por las visiones de la traición militar que la rodeaban, Judith se volvió incapaz de registrar los cambios físicos que estaban ocurriendo en el corredor. Su organismo, sobrecalentado de manera artificial por la rabia incontrolable y los efectos secundarios del potente analgésico, no lograba procesar la drástica caída térmica del ambiente.
Pequeñas agujas de escarcha cristalina comenzaron a formarse con rapidez matemática sobre las superficies metálicas de los tanques de incubación dañados. El vapor de su propia respiración empezó a condensarse en nubes blancas y densas con cada exhalación furiosa, pero ella continuaba sintiendo que su cuerpo ardía en una pira de indignación y odio.
—Teniente... —llamó Mateo, frotándose los brazos de forma instintiva por encima del uniforme táctico mientras daba un paso atrás—. ¿No siente esto? La temperatura está bajando demasiado rápido. El ambiente se está congelando.
Judith lo ignoró por completo, avanzando a zancadas erráticas hacia el siguiente tanque de la hilera. Dentro, flotando en una solución semitransparente, se encontraba la cabeza cercenada de una joven recluta a la que ella misma había entrenado en la academia militar tres años atrás. Los ojos de la chica permanecían abiertos de par en par, congelados en una expresión de agonía eterna que parecía burlarse de la supuesta protección que el ejército prometía brindar a sus filas.
Cada nuevo descubrimiento la hundía más en un abismo de rencor absoluto. El desprecio visceral hacia el sistema jerárquico que alguna vez había jurado defender la cegaba ante las señales más evidentes de una trampa inminente. El aire que inspiraban se había vuelto tan denso y gélido que dolía al entrar en los pulmones, quemando los tejidos respiratorios con la intensidad de mil agujas heladas.
—Tenemos que evacuar este sector de inmediato, Judith —insistió Mateo, usando su nombre de pila en un intento desesperado por romper la coraza de rabia que la maestría de su propio dolor mantenía prisionera—. Los sistemas de refrigeración de emergencia de la base se han activado de forma automática. Nos vamos a congelar aquí dentro.
Ella detuvo su avance a mitad del corredor circular, clavando la mirada en el reflejo deformado y pálido de su propio rostro sobre uno de los pocos cristales intactos que quedaban en pie. No vio la imagen de una oficial de las fuerzas especiales; vio la silueta de un monstruo en ciernes, una bomba de tiempo biológica que estaba destinada a terminar sus días flotando en un frasco de vidrio si no lograba dominar la infección que bullía en su interior.
Súbitamente, un zumbido agudo e industrial vibró a través de las rejillas de ventilación del suelo, haciendo que las placas de metal bajo sus botas temblaran con fuerza. Las luces de emergencia de color rojo se apagaron de golpe, siendo reemplazadas por un resplandor azul ártico, gélido y cegador, que bañó todo el laboratorio con una luz irreal.
De pronto, las puertas blindadas de ambos extremos del pasillo se cierran de golpe, y un gas criogénico comienza a inundar el espacio hermético.