Chapter 7

Chapter 7 of 12

Capítulo 7: Descenso al Matadero

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Frío metálico penetraba a través de los guantes tácticos de Judith, recordándole que cada centímetro de este pozo era una trampa de acero. El abismo del ascensor saboteado se abría bajo sus pies como una boca hambrienta, exhalando un aire viciado que apestaba a aceite quemado y podredumbre. Huele a herrumbre y a muerte húmeda, una combinación que se le pegaba a la garganta con cada respiración forzada. La linterna táctica acoplada a su casco apenas lograba cortar tres metros de la negrura densa que los rodeaba, revelando solo las vigas de hierro retorcidas por la explosión que había inutilizado la cabina principal. "Aseguren los mosquetones al cable primario", ordenó Judith, con una voz que pretendía ser de acero pero que arrastraba un hilo de fatiga acumulada. Su mano izquierda temblaba levemente sobre la cuerda de escalada, no por miedo, sino por la furia contenida que amenazaba con devorarla desde adentro. No iba a permitir que esta misión se convirtiera en otra fosa común para su equipo, no después de cómo los altos mandos los habían dejado a su suerte en la superficie sin una mísera explicación táctica. Mateo la miró de reojo, ajustando su propio arnés con movimientos rápidos e hipervigilantes. El resentimiento flotaba entre ellos, espeso y casi tangible tras la agria discusión en el centro de mando. Él no quería estar aquí, descendiendo hacia las entrañas de la pesadilla, pero la disciplina militar y la lealtad rota aún lo mantenían atado a su flanco. Sus ojos reflejaban la desconfianza hacia las decisiones temerarias de su teniente, una desconfianza que Judith sentía como una traición personal. Silencio absoluto reinaba en el hueco del ascensor, interrumpido únicamente por el roce metálico de sus propios equipos de descenso. Cada respiración de los soldados resonaba en las paredes de concreto, amplificada por el eco del pozo como si el edificio mismo estuviera conteniendo el aliento antes de la catástrofe. La tensión era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo de combate, un recordatorio constante de que estaban completamente solos en el corazón del territorio enemigo. Gotas de condensación caían desde el techo del hueco del ascensor, golpeando su hombro con la regularidad de un reloj de tortura. Judith cerró los ojos un instante, tratando de aplacar los latidos desbocados en sus sienes que amenazaban con nublar su juicio estratégico. El recuerdo de las últimas palabras de sus superiores, la certeza de que los habían enviado aquí a morir para ocultar sus propios pecados, encendía una brasa ardiente en su pecho que se negaba a apagarse. No era la primera vez que la utilizaban como carne de cañón, pero juró que sería la última. Deslizarse por el cable era la única opción que les quedaba para encontrar las respuestas que se ocultaban en los subniveles del Proyecto Phobos. No había retirada posible, no cuando el aire exterior estaba bloqueado y el enemigo los acorralaba desde arriba con una saña implacable. La única dirección era hacia abajo, hacia el matadero de concreto donde se guardaban los secretos más oscuros de la corporación. Vargas tragó saliva ruidosamente, asegurando su mosquetón con un chasquido que sonó como un disparo en la quietud sepulcral del pozo. Tenía el rostro pálido, cubierto por una fina película de sudor frío que reflejaba la pálida luz de las linternas acopladas a sus cascos tácticos. Su mano temblaba visiblemente sobre el freno del arnés, un detalle que no pasó desapercibido por Judith y que encendió sus alarmas internas. "Mantén la concentración, sargento", murmuró Judith, fijando sus ojos oscuros en los del hombre para transmitirle una falsa seguridad que ella misma no sentía. "Un paso a la vez, controla el descenso con las piernas contra la pared de concreto. No mires abajo si no es necesario, solo enfócate en el ritmo de tu respiración." Sus hombres asintieron de manera casi mecánica, pero el pánico flotaba sobre ellos como una nube invisible que amenazaba con asfixiarlos. Sabían que, si algo salía mal durante este descenso vertical de cuarenta metros, no habría segundas oportunidades en este pozo de acero. Serían simplemente carne cayendo al vacío para alimentar a lo que sea que esperara en la oscuridad inferior. Oscuridad total se tragaba el haz de su linterna a medida que Judith iniciaba el descenso, soltando cuerda con movimientos medidos de su mano izquierda. El cable de acero crujió bajo su peso, un quejido agudo que vibró a través de sus botas y subió por su columna vertebral como una descarga de advertencia de que la física de la instalación estaba al límite de su resistencia. Crujidos extraños, sin embargo, comenzaron a filtrarse a través del eco del metal a los pocos metros de iniciar la bajada. No era el ruido del cable estirándose bajo su peso, ni el roce natural de sus botas contra la pared texturizada del pozo. Era un sonido húmedo, un raspado rítmico y constante de garras contra el hormigón que parecía multiplicarse en las sombras inferiores. Sacudiendo la cabeza para despejar la paranoia, Judith detuvo su descenso y aferró el cable con ambas manos con una fuerza que le blanqueó los nudillos. Su respiración se detuvo por completo mientras aguzaba el oído, tratando de descifrar el patrón de aquellos ruidos que subían desde la negrura infinita del pozo del ascensor. "¡Luz!", siseó Judith, rompiendo la disciplina de radio para comunicarse directamente con su equipo en el pozo para evitar que el eco del canal abierto delatara su posición exacta. "Apunten con las linternas hacia las paredes inferiores del pozo. Ahora." Rayos de luz blanca cortaron la oscuridad en un abanico frenético, barriendo el hormigón gris de las paredes del foso con una urgencia desesperada. Lo que revelaron las luces congeló la sangre en las venas de Judith de inmediato, transformando su escepticismo militar en un horror visceral. Criaturas pálidas, desprovistas de cualquier rastro de humanidad en sus movimientos espasmódicos, trepaban por las paredes verticales del pozo con una agilidad que desafiaba toda ley física conocida. No usaban cuerdas ni arneses; se aferraban a las pequeñas grietas del concreto con uñas rotas y dedos ensangrentados, subiendo como arañas gigantescas hambrientas de carne fresca. Manos deformes y mandíbulas desencajadas se retorcían bajo la luz de las linternas tácticas, emitiendo un coro siseante que rebotaba en el pozo de acero como una pesadilla viviente. Había decenas de ellos, una marea de carne infectada que ascendía directamente hacia la posición de los soldados con una velocidad que hacía inútil cualquier intento de retirada ordenada. Pánico estalló en el canal de comunicación del escuadrón, un torrente de gritos ahogados y disparos apresurados que rompieron la penumbra del pozo. Mateo comenzó a disparar con su subfusil con una sola mano, enviando ráfagas cortas que impactaban en los cráneos de los infectados más cercanos, haciéndolos caer al vacío en una lluvia de sangre negra y viscosa. Ráfagas de fuego iluminaban intermitentemente el pozo, revelando los rostros desfigurados de los atacantes que se retorcían bajo el impacto de los proyectiles de nueve milímetros. Sus ojos estaban inyectados en sangre, vacíos de razón pero llenos de una rabia hambrienta que Judith reconoció de inmediato en su propio reflejo mental. Era la misma furia que ella sentía ante la traición de sus mandos, pero desprovista de control moral, convertida en un instinto puramente destructivo que no conocía el miedo ni el dolor. Disparos de Mateo impactaron en el pecho de una de las criaturas, que cayó hacia atrás con un chillido agudo que perforó los tímpanos de los soldados. El cuerpo golpeó contra las vigas metálicas en su caída, produciendo un sonido sordo que sirvió como un recordatorio brutal de lo que les esperaba si sus manos resbalaban del cable de acero. Vargas intentó mantener la calma, pero el terror de ver a los monstruos trepar directamente hacia sus piernas superó sus defensas psicológicas y su riguroso entrenamiento militar. Su respiración se volvió un silbido asmático en la radio de combate mientras intentaba retroceder, empujándose contra la pared de hormigón con una fuerza desmesurada que desestabilizó su centro de gravedad. "¡No empujes con tanta fuerza!", le gritó Judith, pero su advertencia se perdió en el estruendo de los disparos de cobertura que Mateo realizaba desde arriba. "¡Mantén la maldita línea estable, Vargas! ¡No dejes que el pánico controle tus movimientos!" Brutalmente sacudido por el pánico, el sargento cometió el peor error táctico posible en una situación de rescate vertical. Presionó el liberador de emergencia de su arnés con demasiada fuerza en un intento desesperado por acelerar su descenso, perdiendo por completo el control de su velocidad y deslizándose como una piedra en caída libre por el cable de acero. "¡Se suelta! ¡Me caigo!", gritó Vargas, con la voz rota por el terror absoluto mientras sus manos resbalaban inútilmente por el metal frío, incapaces de detener la inercia que lo arrastraba hacia la horda sedienta de sangre que subía desde el fondo. Gravedad y desesperación chocaron en la mente de Judith en una fracción de segundo que pareció durar una eternidad bajo la luz de las linternas. La lógica táctica dictaba asegurar su propia posición, dejar que el sargento cayera para no comprometer la seguridad del resto del equipo o intentar frenar su cable usando los sistemas de bloqueo de su arnés. Pero la rabia, esa furia incontrolable que siempre la empujaba al límite cuando sentía que perdería a otro de los suyos bajo el peso de decisiones erróneas, tomó el control absoluto de sus acciones. Instinto salvaje sustituyó al protocolo militar y a cualquier sentido de autopreservación. En lugar de mantener la calma táctica y la distancia de seguridad obligatoria, Judith se soltó parcialmente de su línea de seguridad, estirando todo su cuerpo hacia el vacío en un movimiento temerario que rozaba la locura. Lanzando su brazo derecho con una fuerza desmedida y una rabia volcánica, Judith se arrojó hacia la trayectoria de caída de Vargas, ignorando las advertencias desesperadas de Mateo que resonaban en sus auriculares tácticos. El cuerpo del sargento pasó a su lado a toda velocidad, un bulto pesado que amenazaba con arrastrarla al abismo si fallaba el agarre por un solo milímetro. Agarró la correa superior del chaleco táctico de Vargas justo cuando el hombre pasaba a su lado en su caída libre. El impacto fue devastador, una transferencia de energía cinética brutal que sacudió toda la estructura del cable principal y casi arranca a Judith de su propio arnés de seguridad. Dolor insoportable, de una intensidad que la hizo ver destellos blancos en la oscuridad del foso, estalló en su hombro derecho en el instante preciso del tirón. Un crujido húmedo y desagradable resonó bajo su piel cuando los ligamentos de su hombro se rasgaron por completo bajo el peso combinado de ambos cuerpos que se balanceaban sobre el abismo. Sensación de desgarro interno le recorrió el brazo como si le hubieran vertido ácido hirviendo directamente en la articulación del hombro. Su clavícula pareció desplazarse hacia arriba mientras los músculos pectorales y del hombro se estiraban hasta el límite de su elasticidad, rompiéndose uno a uno con la sutil violencia de cuerdas de piano bajo demasiada tensión mecánica. Gritó Judith, un aullido de agonía pura que quedó ahogado por el ruido de los disparos de Mateo y los lamentos de las criaturas que se aproximaban por las paredes. Su brazo derecho quedó instantáneamente inútil, colgando como un peso muerto y mandando oleadas de fuego directamente a su sistema nervioso. Su mano se abrió por reflejo, pero logró mantener los dedos entrelazados en el chaleco de Vargas con el último aliento de sus fuerzas y una terquedad nacida de la furia. Colgando de un solo brazo y con el hombro derecho destrozado, Judith sintió cómo su fuerza disminuía rápidamente con cada segundo que pasaba. Vargas colgaba ahora de ella, balanceándose sobre el abismo mientras intentaba desesperadamente recuperar el control de sus pies contra la pared para aliviar el peso que destrozaba el cuerpo de su teniente. El dolor la hacía temblar de pies a cabeza, amenazando con apagar sus luces mentales en cualquier momento y dejarla caer al vacío. Sudor frío le corría por la frente, mezclándose con la sangre que brotaba de un pequeño corte en su sien izquierda debido al roce con el cable metálico. La furia que la había impulsado a salvarlo se transformó en una debilidad física asfixiante; no podía usar su mano derecha para empuñar su arma principal, ni para realizar maniobras de escalada complejas. Su capacidad de combate cuerpo a cuerpo acababa de quedar severamente limitada para el resto de la misión en los niveles inferiores. "Sostenlo, ¡maldita sea, sostén el cable!", rugió Mateo, descendiendo rápidamente por su propia cuerda para asegurar a Vargas antes de que la fuerza de Judith fallara por completo. Sus manos enguantadas se aferraron al chaleco del sargento con un tirón firme, aliviando la tensión destructiva sobre el brazo herido de la teniente. Lograron estabilizar al sargento, quien sollozaba de terror y agradecimiento mientras volvía a enganchar su mosquetón de seguridad al cable secundario con manos torpes. Sin embargo, el peligro estaba lejos de terminar en este pozo de muerte. Los infectados seguían subiendo, estimulados por el olor a sangre fresca y el estrépito del combate que resonaba en las paredes de hormigón. Jadeando de dolor, Judith intentó mover los dedos de su mano derecha, pero solo obtuvo una respuesta de dolor lacerante que casi la hace perder el conocimiento por completo. Su hombro estaba dislocado y los ligamentos rotos; cualquier intento de usar un arma de dos manos era ahora una imposibilidad física absoluta que la dejaba vulnerable. Tendría que luchar con una sola mano, confiando únicamente en su pistola y en una rabia que ahora se mezclaba con la agonía del cuerpo dañado. Dientes rechinando y ojos inyectados en sangre aparecieron justo debajo de las botas de Vargas, rompiendo la breve tregua que les había dado el descenso. Judith, conteniendo la respiración para no desmayarse por el dolor de su hombro, desenfundó su pistola de servicio con la mano izquierda, un movimiento torpe y poco natural para ella que requirió toda su concentración mental. Apuntando hacia abajo con el cañón tembloroso, disparó tres veces en rápida sucesión. El fogonazo iluminó por una fracción de segundo la cara pálida y desprovista de labios de un infectado que ya estiraba su brazo mutado para atrapar el tobillo del sargento. Las balas impactaron en la frente de la criatura, que cayó de espaldas al vacío, arrastrando a otros dos atacantes con ella en su descenso mortal. Mateo continuaba disparando ráfagas controladas desde su posición superior, protegiendo sus flancos mientras intentaba buscar una repisa o una salida de emergencia del pozo. "¡Tenemos que llegar al nivel de mantenimiento!", gritó a través del comunicador táctico. "¡No aguantaremos mucho más colgados aquí como blancos fáciles! ¡Judith, muévete antes de que nos rodeen por completo!" Moverse era un suplicio que requería que Judith usara únicamente su brazo izquierdo para deslizarse por el cable de acero frío. Cada centímetro que descendía enviaba una sacudida eléctrica de dolor por todo su costado derecho, haciéndola morderse el labio inferior hasta que el sabor metálico de la sangre inundó su boca, un recordatorio físico de que seguía viva a pesar del infierno que la rodeaba. Sangre y disparos iluminaban el pozo del ascensor de manera intermitente, creando un escenario dantesco donde las sombras cobraban vida propia en cada rincón. Mateo vació otro cargador contra una de las criaturas que casi lograba aferrarse a la bota de Vargas, enviando el cuerpo destrozado a las profundidades del pozo en una trayectoria descendente que se perdió en la oscuridad. Bajando la mirada a través de las lágrimas de dolor que nublaban su visión, Judith intentó evaluar la distancia que les quedaba hasta el fondo del foso de mantenimiento. La oscuridad allí abajo parecía más densa, un fango negro donde las luces apenas lograban penetrar unos pocos metros, ocultando lo que realmente aguardaba en las profundidades del Proyecto Phobos. Mirando con atención entre la bruma de polvo de concreto y el humo denso de la pólvora, Judith contuvo la respiración a pesar del dolor de su hombro. Sus ojos, adaptados a la penumbra, captaron un movimiento diferente en la base del pozo, algo que no encajaba con el comportamiento errático y puramente animal de la horda de infectados que subían por las paredes de concreto. No era el salto desordenado de una bestia hambrienta, sino la calma fría de un cazador que evalúa a su presa antes de dar el golpe de gracia. Desde la penumbra del fondo del pozo, una mano pálida y armada con un rifle de asalto apunta directamente al cable del que cuelga Judith.

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