Chapter 6

Chapter 6 of 12

Capítulo 6: El Eco de los Desahuciados

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Estática. Ruido blanco y punzante brotaba del altavoz oxidado, taladrando los oídos de todos en la pequeña sala de comunicaciones. El aire en la habitación olía a cobre quemado y sudor rancio, un recordatorio constante de que el tiempo se nos estaba agotando a cada segundo que pasaba. ——Aquí Base de Control Alfa. Orden de contingencia activada. Desalojen el perímetro inmediatamente. Protocolo de esterilización térmica programado en sesenta minutos. Repito, sesenta minutos... Mis dedos se crisparon sobre el borde de la mesa metálica, abollando el fino aluminio sin darme cuenta. Sentí una punzada de calor detrás de los ojos, una vibración eléctrica que amenazaba con adueñarse de mi pulso y nublar mi visión táctica. Aquel chirrido metálico del altavoz parecía burlarse de nuestro destino inmediato, recordándonos que para los burócratas de arriba no éramos más que peones prescindibles en un tablero de ajedrez maldito. Elena se encogió contra la pared, abrazándose las rodillas mientras temblaba. Sus ojos, desorbitados por el pánico, se clavaron en mí como pidiendo un milagro que yo no podía ofrecerle en medio de este laberinto de acero. ——Nos van a incinerar vivos ——susurró Vega, su voz perdiendo toda la firmeza militar que le quedaba——. Nos han abandonado. Otra vez. No les importa si estamos sanos o infectados; solo quieren limpiar las pruebas. Silencio absoluto se apoderó de la sala, roto únicamente por el siseo constante de la radio moribunda. Sabía perfectamente lo que significaba esa orden; el alto mando no pretendía rescatarnos, sino enterrar sus propios errores bajo toneladas de ceniza y escombros fundidos. Recordé con dolorosa nitidez la mítica traición en la selva, tres años atrás, cuando los helicópteros de evacuación simplemente pasaron de largo mientras mi escuadrón original era devorado por el fuego enemigo. Esa misma sensación de desamparo volvía a brotar en mi pecho, encendiendo una hoguera de odio que amenazaba con consumirme por completo. Miré el mapa digital parpadeante en la consola semidestruida. La ruta de escape hacia la superficie estaba bloqueada por los cierres de seguridad automáticos, pero los laboratorios inferiores... los laboratorios donde se originó todo seguían accesibles si hackeábamos el pozo del ascensor. Héctor estaba allí abajo cuando todo comenzó. Lo sabía por su último mensaje de texto, enviado desde el subnivel cuatro, el núcleo del Proyecto Phobos, donde intentaba contener la brecha de seguridad antes de que todo se saliera de control. ——Tenemos que bajar ——anuncié, dándole la espalda a la radio que seguía emitiendo su monótona sentencia de muerte. Mateo dio un paso al frente, interponiéndose entre la salida y yo. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos inyectados en sangre brillaban con una hostilidad que nunca antes le había visto en todos nuestros años de servicio. ——¿Estás de broma, teniente? ——preguntó, omitiendo cualquier atisbo de respeto formal——. Nos acaban de dar una orden de evacuación. Hay un helipuerto de emergencia en el ala norte. Si corremos, podemos forzar las compuertas de salida. ——Esas compuertas están selladas con pernos explosivos de titanio, Mateo ——respondí, apretando los dientes para contener la marea caliente que subía por mi garganta——. Si intentamos forzarlas, moriremos aplastados o quemados por el sistema de defensa. Nuestra única opción es bajar al búnker principal, conseguir los códigos de anulación y salir por los conductos de ventilación pesada. ——Mientes ——escupió Mateo, dando un paso más, invadiendo mi espacio personal. Su pecho subía y bajaba con violencia, el sudor frío empapando su uniforme táctico y haciendo que sus manos temblaran sobre el cañón de su arma. ——Mide tus palabras, sargento ——le advertí, bajando la mano instintivamente hacia la culata de mi pistola, sintiendo cómo los latidos de mi corazón aceleraban el flujo de adrenalina en mi organismo. ——¡No me jodas, Judith! ——gritó, y el eco de su voz rebotó en las paredes de hormigón desnudo, haciéndonos estremecer a todos——. Esto no tiene nada que ver con los códigos de seguridad ni con la supervivencia del grupo. Esto tiene que ver con tu hermano. Quieres bajar a buscar un maldito cadáver porque no puedes aceptar que lo dejaste atrás. Un frío sepulcral cayó sobre la sala, denso y asfixiante, como si la temperatura hubiera bajado de golpe. Vega y Silva se miraron entre sí, sus rostros demudados revelando que compartían la misma sospecha destructiva, la misma desconfianza que comenzaba a fracturar la poca cohesión que le quedaba al grupo. ——Héctor está muerto ——continuó Mateo, su tono descendiendo a un susurro cruel que me dolió más que cualquier herida física——. Murió en las primeras horas del brote. Lo sabes perfectamente. Pero estás dispuesta a arriesgar nuestras vidas, a usarnos como carne de cañón, solo para alimentar tu maldita venganza contra el alto mando que lo envió aquí. Nos estás sacrificando por tu propia culpa. Mis sienes latieron con una fuerza brutal. Sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca; me había mordido el interior de la mejilla sin querer en un intento desesperado por no saltar sobre él y destrozarle la garganta. Sangre caliente corría por mis venas, hirviendo, empujada por una furia que ya no era del todo mía. El virus Phobos, latente en el aire o tal vez ya en mi interior, se alimentaba de cada miligramo de mi rabia, acelerando mi metabolismo y agudizando mis sentidos hasta el punto del dolor. ——Cállate ——susurré, mis puños cerrándose con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos y las uñas se clavaron en mis palmas, amenazando con romper la piel. ——No me voy a callar ——rugió Mateo, señalándome con el dedo índice——. Mírate. Tienes los ojos desorbitados. Estás temblando de ira. No eres una líder ahora mismo; eres un peligro público. No voy a permitir que sacrifiques a lo que queda de este escuadrón por tu obsesión familiar. Busqué apoyo en las miradas de los demás. Vega desvió la vista hacia el suelo, incapaz de sostener el contacto visual conmigo. Silva se aferró a su fusil de asalto, pero dio medio paso atrás, alejándose de mí como si fuera una bomba de tiempo a punto de estallar en mil pedazos. Incluso Elena, la científica que dependía de nosotros para sobrevivir, se encogió aún más en su rincón, mirándome con un miedo absoluto que no iba dirigido a los monstruos que rondaban los pasillos, sino a mí. Aquel vacío amargo y helado se abrió en mi pecho, dejándome sin aliento durante unos segundos eternos. Comprendí, con una claridad lacerante, que ninguno de ellos confiaba en mi cordura. Me veían como una loca consumida por la cólera, una tirana militar arrastrándolos al matadero para saciar un rencor personal. Esta traición dolía más que la de los generales. Estos eran mis hombres, mis camaradas. Los había entrenado, había sangrado con ellos en trincheras inmundas, los había protegido de la muerte en mil ocasiones anteriores. «Bien», pensé, mientras una fría determinación sustituía la vacilación en mi mente. «Si me quieren como un monstruo, les daré un monstruo. Si la autoridad es lo único que entienden, los gobernaré con puño de hierro hasta el final». ——Esta no es una discusión, sargento ——dije, y mi voz sonó tan gélida y afilada como un bisturí militar, carente de cualquier rastro de humanidad o empatía——. Es una orden directa de su oficial al mando. El que se niegue a avanzar será procesado por insubordinación en tiempos de guerra. O peor aún, lo dejaré aquí para que se enfrente solo a la esterilización térmica de la base. Desenfundé mi arma secundaria con un movimiento fluido y letal, apuntando directamente al suelo, justo a un centímetro de las botas embarradas de Mateo. ——Muévanse ——ordené, sosteniendo la mirada de Mateo con una intensidad tan feroz que el sargento dio un paso atrás, tragando saliva con dificultad mientras comprendía que no estaba bromeando. Resignado, Vega emitió un gemido ahogado y asintió con la cabeza, sabiendo que no tenía otra opción real de supervivencia. Fijando sus ojos en los míos, Mateo apretó los puños con tanta fuerza que sus articulaciones crujieron, pero no hizo ningún ademán de desarmarme. ——Vas a matarnos a todos, Judith ——murmuró, su voz cargada de un veneno que se me clavó en el alma——. Y espero que tu hermano valga la pena cada una de nuestras muertes. --- Pasillos oscuros y húmedos nos recibieron al salir de la sala de comunicaciones. La iluminación de emergencia pintaba las paredes de un rojo intermitente y lúgubre, asemejándose a las pulsaciones de un corazón enfermo que daba sus últimos latidos antes de morir. Avanzamos en formación cerrada, el silencio solo roto por el roce metálico de nuestras botas contra el suelo de rejilla y el goteo constante de las tuberías rotas que goteaban un líquido espeso y oscuro. Controlar mi respiración se había convertido en una batalla campal contra mi propia fisiología. Cada inhalación traía el olor a ozono, pólvora quemada y carne descompuesta; cada exhalación requería un esfuerzo sobrehumano para no dejarme llevar por los espasmos de furia que subían por mi espina dorsal. Elena caminaba en medio del grupo, custodiada de cerca por Vega. Sus ojos temblorosos no dejaban de escanear las sombras acumuladas en las esquinas, temiendo que en cualquier momento saltara una de esas aberraciones caníbales que antes habían sido sus colegas de laboratorio. ——Este subnivel cuatro alberga los reactores principales y el laboratorio de aislamiento biológico ——explicó Elena con un hilo de voz, tratando de romper la asfixiante tensión que imperaba entre nosotros——. Si el virus Phobos se ha liberado por completo en esa zona, la concentración de infectados allí abajo será máxima. No tienen idea de los horrores que nos esperan. ——Nos espera la verdad ——respondí sin mirarla, manteniendo mi fusil de asalto alzado y apuntando al frente, barriendo el pasillo con la potente linterna acoplada al cañón. Crujidos metálicos resonaban a lo lejos, recordándonos que el tiempo corría implacable en nuestra contra. Menos de cincuenta minutos antes de que el fuego purificador del ejército borrara este lugar del mapa, junto con cualquier rastro de nuestra existencia. Llegamos al vestíbulo del ascensor principal. El foso estaba abierto de par en par, las pesadas puertas de seguridad de acero reforzado arrancadas de cuajo por una fuerza sobrehumana y brutal. Miré hacia el abismo negro que se abría ante nuestros pies, sintiendo una corriente de aire helado que subía desde las profundidades de la tierra. ——Tenemos que descender por los cables de soporte y las escaleras de emergencia laterales ——dije, evaluando mentalmente la distancia física de la bajada——. Son unos treinta metros de caída vertical hasta el subnivel cuatro. Sujétense bien. Mateo se acercó al borde de la plataforma, iluminando el pozo con su linterna táctica. El haz de luz se perdió rápidamente en la negrura insondable, revelando solo metal oxidado y marcas de garras profundas en las vigas de soporte. ——Esto es una locura de manual ——gruñó el sargento, ajustándose los guantes de combate con rabia contenida——. Si uno de nosotros pierde el agarre y cae, no habrá forma humana de recuperarlo en esta oscuridad. ——Nadie va a caer ——respondí, pasando la correa de mi fusil por mi hombro para tener las manos completamente libres——. Yo bajaré primero para asegurar el perímetro en la plataforma intermedia y les daré luz verde mediante la linterna. Silva preparó las cuerdas de escalada rápida, asegurándolas con mosquetones a los pesados soportes de acero de la entrada del ascensor. Su rostro sudoroso reflejaba el cansancio extremo y el pavor que amenazaba con paralizar sus músculos. Quería disculparme con ellos en ese instante, decirles que compartía su miedo, que la furia que me empujaba a actuar también me aterrorizaba por dentro. Pero el orgullo militar y la rigidez de mi rango me impidieron mostrar cualquier signo de debilidad ante el motín silencioso que bullía en sus pechos. Un gemido colectivo y rítmico, como un cántico militar distorsionado, comienza a resonar desde las profundidades del pozo del ascensor que deben descender.

End of Chapter 6