Chapter 5

Chapter 5 of 12

Capítulo 5: Silencio de Radio

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Sudor frío resbalaba por mi nuca mientras arrastrábamos el pesado archivador de acero contra la puerta blindada. El metal rechinó contra el suelo de concreto, un sonido agudo que me caló hasta los dientes. Mateo empujó con el hombro, soltando un gemido de dolor por el esfuerzo. Su rostro estaba pálido, cubierto de una mezcla de hollín y sangre seca del último enfrentamiento. Golpes violentos sacudieron la estructura metálica desde el exterior apenas terminamos de asegurar el pestillo. Las planchas de hierro vibraron, deformándose levemente bajo una fuerza inhumana que amenazaba con arrancar las bisagras. "¡Sujeta el otro extremo!" grité, apuntando con mi fusil hacia la rendija de la puerta mientras mis dedos temblaban de pura tensión. Nadie respondió en el pasillo, solo los gruñidos guturales de aquellas cosas que antes habían sido nuestros compañeros de armas. La placa de identificación de mi hermano, recuperada del cuello de ese monstruo mutado, pesaba como un yunque dentro del bolsillo de mi chaleco táctico. Bajo la luz parpadeante y mortecina de los tubos fluorescentes de la sala de comunicaciones secundaria, el aire se sentía espeso, cargado de ozono y el inconfundible olor metálico de la muerte. Un crujido seco proveniente del fondo de la sala nos obligó a girar las armas al unísono, apuntando a la penumbra. Con paso lento y el cañón levantado, me acerqué a la fila de casilleros metálicos destinados al personal de guardia. Uno de ellos, abollado en la base, temblaba casi imperceptiblemente. Dentro de la estructura metálica se escuchaba una respiración agitada, ahogada por un sollozo desesperado que intentaba ser contenido a la fuerza. Pateé la cerradura con la bota militar, reventando el pestillo oxidado de un solo golpe seco. Una mujer vestida con una bata blanca ensangrentada cayó de rodillas sobre el suelo de rejilla, cubriéndose la cabeza con los brazos y gritando histéricamente. "¡No me maten! ¡Por favor, no dejen que me muerdan!" suplicó, con la voz rota por el pánico absoluto. Sujeté a la mujer por las solapas de su bata y la levanté de un tirón, estampándola contra la consola de comunicaciones más cercana. Su placa de identificación de plástico brillaba bajo la luz de emergencia: Doctora Elena Vázquez, Virología Avanzada. "Vas a hablar ahora mismo", siseé, sintiendo cómo una ola de calor abrasador comenzaba a ascender desde mi pecho hasta mi garganta. Elena temblaba de forma tan violenta que sus dientes castañeteaban, pero sus ojos no estaban fijos en mi fusil, sino en mi rostro. Miradas de terror puro cruzaron su rostro mientras retrocedía todo lo que el mueble de metal le permitía, señalando mi cuello con un dedo tembloroso. "Tus... tus ojos", balbuceó la científica, con la respiración entrecortada. "Tus venas... Dios mío, ya estás infectada." Un escalofrío recorrió mi columna, pero la furia que hervía en mi interior acalló cualquier atisbo de duda. Presioné el cañón de mi arma directamente debajo de su barbilla, obligándola a mirarme fijamente. "No me amenaces con cuentos, doctora", respondí con una voz que apenas reconocí como la mía, baja y cargada de una vibración peligrosa. "Dime qué es este lugar y por qué mi hermano se convirtió en una de esas cosas." Mateo dio un paso adelante, colocando una mano sobre mi hombro en un intento de calmarme, pero lo aparté bruscamente con un codazo. "¡Suéltame, Mateo!" rugí, sintiendo un latido ensordecedor en mis sienes que rítmicamente nublaba mi visión con destellos rojizos. Elena tragó saliva, con los ojos desorbitados por el miedo, mirando fijamente las líneas oscuras que comenzaban a dibujarse bajo la piel de mi mandíbula. "No estás entendiendo", susurró la doctora, con lágrimas corriendo por sus mejillas sucias. "El Proyecto Phobos... no es un patógeno convencional que se transmite solo por mordeduras." Apoyé mi peso sobre ella, ignorando el dolor de mis propios músculos sobrecargados por la adrenalina del combate. "Habla rápido si quieres seguir respirando", amenacé, apretando el gatillo lo suficiente para que el clic del mecanismo resonara en la habitación. "Se propaga a través del torrente sanguíneo, sí, pero se activa y replica mediante la adrenalina del huésped", confesó Elena en un grito ahogado. "La cepa militarizada responde a los picos de estrés, a la hostilidad... a la ira." Mis dedos se congelaron sobre el metal frío del arma mientras sus palabras flotaban en el aire pesado de la sala. "¿De qué estás hablando?" pregunté, sintiendo un vacío repentino en el estómago. "El virus fue diseñado para crear el soldado perfecto, un catalizador que utiliza la furia de combate para acelerar la regeneración celular y la fuerza física", explicó Elena, sollozando. "Pero perdieron el control. La ira constante alimenta al patógeno. Lo hace mutar en minutos." Escuchar aquello fue como recibir un impacto directo en el pecho. Miré mis manos, donde las venas se dibujaban con un tono violáceo demasiado oscuro bajo los guantes tácticos sin dedos. Mi propia rabia, ese escudo volcánico que me había mantenido con vida desde que mis superiores nos abandonaron a nuestra suerte en el pasado, era en realidad mi sentencia de muerte. Cada vez que permitía que la cólera tomara el control de mis decisiones, estaba alimentando al monstruo que crecía silenciosamente en mi interior. "No... yo no estoy infectada", mentí en voz alta, aunque mi propio ritmo cardíaco desbocado parecía desmentirme, martillando con violencia dentro de mi caja torácica. "Tu temperamento... tu furia psicótica es el nido perfecto para Phobos", insistió Elena, con la voz temblorosa pero firme en su diagnóstico. "Si no te calmas, si dejas que la rabia te domine, te convertirás en el próximo alfa en cuestión de horas." Mateo retrocedió un paso de manera instintiva, con la mano apoyada flojamente sobre la funda de su pistola reglamentaria. Observé su movimiento de reojo, sintiendo una punzada de traición que amenazó con desatar otra marea de calor en mi sangre. "¿Tú también me vas a mirar como si fuera un monstruo?" le espeté a mi compañero, con los puños apretados hasta que los nudillos se me pusieron blancos. "Judith, necesitas respirar", me pidió Mateo con cautela, levantando las manos en un gesto de paz. "La doctora tiene razón. Tienes que bajar las revoluciones." Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca como el desierto, y un sabor rancio a cobre inundaba mi paladar. --- Minutos de un silencio tenso transcurrieron mientras trataba de controlar los latidos de mi corazón, apoyada contra una de las mesas de control desiertas. Elena se mantenía acurrucada en una esquina, vigilando cada uno de mis movimientos como si fuera una bomba de tiempo a punto de estallar. Fuera de la sala de comunicaciones, los golpes en la puerta blindada habían cesado temporalmente, reemplazados por un silencio sepulcral que resultaba aún más aterrador. Me pasé la mano temblorosa por la frente, limpiando el sudor frío que no dejaba de brotar. Tenía que haber una salida, una forma de revertir esto antes de que perdiera la cabeza por completo. "¿Hay una cura?" pregunté, mirando a Elena de reojo, tratando de mantener mi voz en un tono plano y desprovisto de cualquier emoción violenta. La científica negó con la cabeza lentamente, abrazando sus propias rodillas. "Solo un supresor experimental en los laboratorios del nivel inferior", respondió en voz baja. "Pero dudo que quede algo en pie allá abajo." Un crujido de estática rompió la pesadez del ambiente, haciéndonos dar un salto a los tres. La consola de radio principal, que había permanecido apagada y sin energía desde nuestra llegada, comenzó a emitir un zumbido agudo y constante. Las pantallas de fósforo verde parpadearon de repente, mostrando líneas de datos indescifrables que corrían a gran velocidad por el monitor. Mateo se acercó rápidamente al panel de control, presionando varios botones sin obtener respuesta del sistema bloqueado. "No responde a los comandos manuales", informó él, con el ceño fruncido mientras revisaba las conexiones puenteadas. La consola de radio se enciende sola, emitiendo una transmisión de voz fría de sus superiores en el cuartel general que ordena la esterilización térmica total de la base en sesenta minutos.

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