Chapter 4

Chapter 4 of 12

La Danza del Plomo y la Furia

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Polvo y olor a pólvora quemada flotaban en el aire denso de la base subterránea. Cada rincón de la fosa parecía vibrar con un eco de muerte inminente, mientras las luces rojas de emergencia parpadeaban rítmicamente. Judith sentía los latidos de su corazón como martillazos contra sus costillas, cada pulsación cargada de pura adrenalina. Gritos agónicos de López todavía resonaban en las paredes de hormigón armado. Su cuerpo yacía destrozado sobre la rejilla metálica del suelo, drenando su vida en un charco escarlata que se filtraba hacia la oscuridad del nivel inferior. La criatura que lo había atacado seguía allí, encorvada sobre su presa con una ferocidad salvaje que desafiaba cualquier lógica humana. —¡No sirven! ¡Estas malditas balas no le hacen nada! —rugió Judith, apretando el gatillo de su fusil de asalto. Fuego inútil brotaba del cañón, iluminando la penumbra con destellos intermitentes pero completamente ineficaces. Solo eran detonaciones huecas, proyectiles sin plomo real que rebotaban inofensivamente contra la piel curtida del monstruo. Chasquidos secos y metálicos fueron la única respuesta cuando el cargador se vació por completo. Aquella certeza le heló la sangre: les habían entregado munición de fogueo para una misión de alto secreto en zona de guerra. Un sabotaje deliberado o una negligencia criminal que costaba vidas en tiempo real, dejándolos completamente indefensos frente al horror. Furia, caliente y destructiva, comenzó a hervir en lo más profundo de su pecho. Sabía perfectamente lo que esto significaba: otra traición sistemática de los altos mandos del ejército que tanto despreciaba. Siempre la misma historia de abandono, usándolos como carne de cañón prescindible en sus juegos de poder y experimentos secretos. Antes de que pudiera procesar la pérdida de su recluta, el infectado levantó la cabeza. Ojos lechosos, cubiertos por una red de venas negras y palpitantes, se fijaron directamente en su rostro. La mandíbula del monstruo goteaba una mezcla espesa de saliva viscosa y la sangre aún caliente de López. Gruñendo con un sonido gutural que hizo vibrar el suelo metálico, el atacante se impulsó hacia adelante. Su velocidad desafiaba toda ley biológica, un borrón de violencia desatada en la penumbra del pasillo. Judith intentó desenfundar su cuchillo táctico de titanio, pero la velocidad del atacante superó sus reflejos militares. Impactó la masa de músculos corrompidos directamente contra su pecho, derribándola al suelo con una fuerza descomunal. Su espalda chocó contra la pasarela de acero, arrancándole todo el aire de los pulmones en un gemido sordo. Dando vueltas por la rejilla, el cuchillo de titanio se deslizó fuera de su alcance, perdiéndose en las sombras exteriores. Garras afiladas y cubiertas de fluidos biológicos se clavaron en el Kevlar de su chaleco protector. Judith cruzó los antebrazos con desesperación, bloqueando la mandíbula del monstruo a milímetros de su cuello. Dientes amarillentos chasqueaban con una fuerza neumática, buscando arrancar su carne y contagiarla con su ponzoña. Saliva ácida y fétida goteó directamente sobre su mejilla, quemándole la piel con un ardor insoportable. Sintió la presión de la bestia, cuyos músculos parecían hechos de piedra y furia pura. —¡Quítate de encima, maldito engendro! —bramó, intentando clavar sus dedos en las cuencas oculares del atacante para ganar distancia. Cada segundo que pasaba, la fuerza de Judith disminuía bajo el peso asfixiante de la criatura. Justo cuando el aire empezaba a faltar en sus pulmones, un destello metálico cruzó el pasillo. Mateo apareció corriendo desde la penumbra, sosteniendo el pesado escudo antidisturbios con ambas manos. Con un grito de guerra que retumbó en todo el complejo subterráneo, embistió al infectado por el flanco izquierdo. Sonó un impacto brutal, similar al choque de dos vehículos a alta velocidad. Salió despedida la criatura, arrancada del cuerpo de Judith por la fuerza bruta de la embestida de Mateo. Rodó el monstruo por el suelo de metal, siseando de rabia y enseñando los colmillos ensangrentados. —¡Judith, recupera tu cuchillo! —gritó Mateo, apoyando su cuerpo contra el escudo para inmovilizar a la criatura contra la pared. Arrastrándose a toda velocidad, Judith ignoró el dolor agudo que le recorría las costillas tras el impacto. Sus manos se deslizaron en la sangre tibia de López, pintando de rojo las rejillas del suelo mientras buscaba a ciegas. Buscó desesperadamente con la mirada hasta que el brillo del titanio captó la escasa luz de emergencia. Apretó el agarre de la empuñadura moleteada, sintiendo la frialdad del metal templado en su palma. Poniéndose de pie con un impulso salvaje, cargó contra el monstruo atrapado por el escudo. Hundió la hoja de titanio directamente en la sien del infectado con una violencia implacable y precisa. Emitió la criatura un alarido sordo, un chillido inhumano que heló la sangre de los presentes. Sabiendo que un solo golpe no detendría a esa aberración biológica, Judith repitió el ataque sin piedad. Huesos del cráneo crujieron bajo la fuerza destructiva de cada impacto consecutivo. —¡Muérete! ¡Muérete de una puta vez! —gritaba Judith, completamente dominada por la cólera que corría por sus venas. Clavó la hoja de titanio una, dos, tres veces, destrozando el hueso y el tejido cerebral en un frenesí liberador. Sangre negra y viscosa salpicó su rostro, pero ella continuó golpeando en un trance de pura rabia destructiva. Finalmente, el cuerpo del infectado dejó de sacudirse y quedó completamente flácido bajo el filo de su arma. Mateo dio un paso atrás, respirando de manera entrecortada, soltando el escudo abollado que cayó al suelo con un estruendo. Silencio absoluto volvió a reinar en el búnker, denso y cargado de una tensión insoportable. Limpiándose la sangre negra del rostro con el dorso de la manga, Judith sintió una mezcla tóxica de euforia destructiva y desconfianza absoluta hacia los protocolos de bioseguridad que supuestamente debían protegerlos. Nada de lo que les habían dicho en el cuartel general tenía el menor sentido en este infierno subterráneo. Mentiras sistemáticas de sus superiores eran tan claras como el charco de sangre que se extendía a sus pies. —Nos enviaron aquí a morir —susurró Mateo, limpiando el sudor de su frente con un temblor evidente en sus manos. —No voy a permitir que este búnker sea nuestra tumba —declaró Judith, con una frialdad cortante que asustó a su compañero. Mirando el cadáver de la criatura, notó detalles extraños en las prendas tácticas que vestía. Botas de combate de alta gama y pantalones reforzados con Kevlar cubrían sus extremidades deformes. Avanzó un paso, arrodillándose junto al cuerpo para inspeccionarlo detalladamente a pesar de la náusea. Revisando el uniforme del cadáver infectado, descubre que lleva el parche de la unidad de élite que se suponía debían rescatar. Letras doradas y bordadas con precisión militar identificaban a la mítica Vanguardia Alfa. —Eran ellos... —dijo Mateo, arrodillándose a su lado con los ojos abiertos por el asombro y el horror. —¿Cómo es posible que los mejores soldados hayan terminado convertidos en esto? —preguntó Judith en un susurro. Ninguno de los dos tenía una respuesta, pero la sospecha de un complot a gran escala cobraba fuerza. Temblando levemente, Judith estiró su mano enguantada hacia el cuello del uniforme militar destrozado. Buscó entre la tela rígida por la sangre seca hasta encontrar la cadena de las placas militares. Tiró con fuerza, haciendo que el metal tintineara antes de quedar suspendido en su mano húmeda. Al dar vuelta el cadáver del soldado de élite, Judith encuentra una placa de identificación militar grabada con el nombre de su propio hermano mayor, desaparecido hace tres años.

End of Chapter 4