Chapter 3

Chapter 3 of 12

Capítulo 3: El Primer Banquete de Phobos

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Gotas de condensación helada resbalaban por las tuberías de la instalación, golpeando mi casco metálico con un tintineo rítmico y desquiciante. Oscuridad y metal oxidado componían nuestro nuevo mundo dentro de aquella fosa común subterránea, donde las luces de emergencia apenas parpadeaban con un tono rojizo y moribundo. "Mantengan la formación de cuña", ordené a través del intercomunicador táctico, aunque solo obtuve un estático agudo que me perforó el tímpano de inmediato. Arranqué el auricular con frustración, sintiendo cómo el sudor frío se acumulaba en mis sienes, mezclándose con la suciedad del ambiente. Nadie contestó por radio, pero el temblor de la linterna del recluta López, justo a mi derecha, fue la única confirmación de que mis hombres seguían mis pasos cojeantes. Sabor a ceniza y desesperación inundaba mi boca mientras dábamos otro paso sobre las rejillas de acero reforzado que cubrían el suelo del búnker. Apreté los dientes con fuerza, ignorando el dolor sordo que me subía por la mandíbula debido a la tensión acumulada de las últimas horas de marcha forzada. Aquellos malditos burócratas del alto mando militar nos habían arrojado a este pozo ciego sin darnos mapas actualizados ni canales de comunicación limpios. Pensar en las mentiras del coronel hacía que la sangre me hirviera dentro del pecho, encendiendo esa ira volcánica que siempre intentaba controlar sin éxito. "Teniente Bella, los indicadores de presión de esta zona están en rojo", murmuró López con un hilo de voz tan débil que casi fue devorado por el siseo del vapor de escape. "Ignora los paneles y concéntrate en tu sector, recluta", respondí bruscamente, clavando mi mirada en la densa neblina grisácea que flotaba a ras de suelo como una neblina tóxica. Pasos lentos y espaciados resonaban a lo lejos, confundiéndose con el eco constante de nuestras propias botas de combate contra el metal. Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral al recordar el cuerpo mutilado del centinela que habíamos dejado atrás, destrozado de una forma que ningún ser humano normal podría replicar. ¿Qué clase de fuerza bruta se necesitaba para doblar placas de acero templado y arrancar los miembros de un soldado completamente equipado? Bajo la luz trémula de mi linterna acoplada, las paredes de concreto mostraban surcos profundos de garras que habían arrancado el revestimiento militar por completo. "Esto no es una operación de rescate convencional", siseó Vásquez desde la retaguardia, con el cañón de su escopeta táctica apuntando obsesivamente hacia cada rincón oscuro. "Cierra la maldita boca, Vásquez, y vigila nuestra retaguardia antes de que algo nos sorprenda", respondí, ocultando el temblor de mis propias manos. Controlar a un equipo al borde del colapso requería una disciplina de hierro, especialmente cuando el hedor de la muerte impregnaba el aire de manera tan densa. Repentinamente, tropecé con un bulto metálico en el suelo húmedo, lo que me obligó a arrodillarme rápidamente para examinar el obstáculo. Apunté el haz de luz hacia abajo y descubrí una docena de casquillos percutidos de grueso calibre esparcidos entre charcos de un fluido denso y oscuro. Casquillos reales de munición pesada de combate, pertenecientes a las fuerzas de defensa de la base, yacían esparcidos como mudos testigos de una última resistencia desesperada. Con curiosidad y una creciente sospecha que me oprimía el pecho, saqué mi propio cargador del fusil de asalto para inspeccionar los cartuchos que nos habían asignado para esta misión de emergencia. "¿Por qué demonios las puntas son de color azul cobalto?", susurró López, asomándose por encima de mi hombro con los ojos desorbitados por la confusión. Antes de poder responder, la fría realidad me golpeó en el estómago con la fuerza de un mazo de demolición, dejándome casi sin aliento en medio de la penumbra. "Balas de fogueo militar", maldije entre dientes, sintiendo cómo una corriente de fuego corría por mis venas al comprender la magnitud del engaño. Malditos sean todos en el cuartel general; nos habían enviado a una zona de cuarentena activa cargando munición de entrenamiento, desarmados frente al peligro real. Nos sacrificaron para limpiar su desastre, utilizándonos como carnada barata para contener lo que sea que se hubiera escapado de los laboratorios inferiores. "No se asusten, mantengan la calma y preparen las armas secundarias si las tienen", mentí descaradamente, intentando que mi voz no delatara la furia ciega que amenazaba con nublar mi juicio estratégico. Sudor y terror puro se mezclaban en mi rostro mientras me ponía de pie, sintiendo cómo el peso de mi propio fusil se convertía en una burla inútil de metal y plástico. Súbitamente, un crujido espantoso directo sobre nuestras cabezas hizo que todo el equipo se congelara en una parálisis instantánea. Un goteo constante de un fluido viscoso y negro como el alquitrán comenzó a caer desde una de las rejillas de ventilación superiores, golpeando el suelo metálico con un sonido espeso. "¡López, muévete de ahí ahora mismo!", grité con todas mis fuerzas, pero el recluta se había quedado completamente petrificado, mirando hacia el techo con la boca abierta. Bruscamente, el conducto de ventilación estalló hacia abajo en una lluvia de metralla y tornillos oxidados que rebotaron con violencia contra las paredes. Una silueta de pesadilla cayó pesadamente sobre el joven soldado, aplastándolo contra las rejillas del suelo con un impacto seco que resonó en todo el pasillo. Aquel atacante vestía los jirones de un uniforme militar idéntico al nuestro, pero su cuerpo había sufrido una transformación grotesca y horrorosa. Fibras musculares desgarradas y expuestas de un color rojo violáceo se retorcían bajo su piel semitransparente, desprovista de grasa o vello. Sus ojos estaban completamente inyectados de una sustancia negra azabache, dos pozos oscuros que reflejaban la luz de nuestras linternas con un brillo antinatural y vacío. Dientes humanos, rotos y afilados hasta convertirse en astillas de hueso, se hundieron con una violencia salvaje en la garganta desprotegida de López. Sangre arterial caliente brotó a chorros de la herida, salpicando mi rostro y tiñendo mi uniforme de campaña con un rastro escarlata y tibio. Horrorizada por la brutalidad del ataque y consumida por la cólera volcánica que siempre terminaba por dominarme, perdí por completo el control de mis acciones. Dominada por la rabia de ver morir a mi recluta y por la traición implacable de nuestros superiores, levanté mi fusil y apunté directamente a la cabeza del monstruo. "¡Muere, maldito engendro!", rugí con un grito salvaje que desgarró mi propia garganta, apretando el gatillo a fondo sin dudarlo. Ráfagas continuas de disparos iluminaron el pasillo oscuro con fogonazos intermitentes que ensordecieron a todo el equipo de inmediato. Disparé una docena de proyectiles directamente contra el pecho y los hombros de la criatura, esperando ver su carne destrozada por los impactos balísticos. Chispas metálicas y humo denso envolvieron la escena, pero los proyectiles solo rebotaban inútilmente contra la dura musculatura expuesta del infectado. Ningún gemido de dolor escapó del atacante; ninguna bala logró penetrar la barrera de su carne mutada para detener su sangriento banquete. Solo entonces comprendí con absoluta desesperación que las balas de fogueo militar solo servían para enfurecer aún más a aquella bestia sedienta de sangre. "¡No le hace nada, los disparos no lo detienen!", chilló Vásquez desde atrás, retrocediendo a trompicones mientras disparaba su escopeta con idénticos e inútiles resultados. Miré fijamente la escena con la mente nublada por el pánico, comprendiendo que todo nuestro entrenamiento militar convencional no servía contra seres que no sentían dolor ni poseían miedo a la muerte. Frente a nosotros, el infectado se incorporó lentamente sobre el cuerpo ya inerte de López, cuyos ojos fijos miraban al vacío sin rastro de vida. Trozos de carne y tendones colgaban de las mandíbulas ensangrentadas del monstruo, que masticaba mecánicamente con un sonido húmedo que me revolvió el estómago. Sus ojos azabache se fijaron directamente en mí, reconociendo mi uniforme, mi rango y la inútil arma que temblaba entre mis manos sudorosas. Intenté retroceder para sacar mi cuchillo de combate, pero mis piernas parecieron convertirse en plomo ante la imponente presencia de aquella aberración del Proyecto Phobos. Maldije mi debilidad, maldije mi ira descontrolada que me había impedido ver la trampa obvia antes de adentrarnos en este laberinto subterráneo de muerte. La criatura, lejos de caer por los disparos, imita perfectamente el grito de agonía de López antes de abalanzarse directamente hacia el cuello expuesto de Judith.

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