Chapter 2

Chapter 2 of 12

Capítulo 2: La esclusa del Infierno

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Estática ensordecedora brotó del receptor acoplado al chaleco táctico de Judith. "¡Bella, aborte la misión! ¡Retroceda de inmediato!" La voz del coronel sonaba ahogada, interrumpida por una tos seca y metálica que delataba su debilidad. Judith apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un crujido en la mandíbula. Su mano derecha se cerró alrededor del cañón caliente de su fusil de asalto. Retirarse significaba dejar atrás a los científicos atrapados, confiar en un burócrata herido que los abandonaría a la primera oportunidad. —No podemos volver, señor —respondió ella, forzando un tono gélido para ocultar el torrente de fuego que le subía por el cuello—. Tenemos luz verde para la extracción y no voy a dejar este trabajo a medias. —Es una orden, teniente... —insistió la radio, debilitándose entre chasquidos eléctricos antes de apagarse por completo. Silencio absoluto cubrió el pasillo de aproximación. Mateo, a su lado, la miró con los ojos muy abiertos a través de la visera de su casco táctico. Su respiración agitada empañaba el cristal templado. —Judith, el coronel ha sido claro —susurró Mateo, dando un paso atrás hacia el ascensor averiado—. Si entramos en la zona de cuarentena sin apoyo, estamos acabados. Rápidamente, Judith dio un paso al frente y le plantó la mano en el pecho a su subordinado, deteniendo su retirada. La vena de su sien palpitaba con violencia, un recordatorio físico de la rabia que amenazaba con nublar su juicio. —¿Desde cuándo nos importan las órdenes de los que sangran por radio? —siseó ella, entornando los ojos—. Si nos retiramos ahora, esos bastardos de la junta militar borrarán las pruebas y nos culparán del fracaso. Nos quedaremos solos, Mateo. Como siempre. Vargas y el resto del escuadrón observaban en silencio, con las armas bajas pero la tensión cortando el aire húmedo. Nadie quería contradecir a la teniente cuando su mirada adquiría ese brillo salvaje y despiadado. Apuntando con la linterna de su arma hacia la enorme esclusa de presión, Judith avanzó decidida. El metal pulido de la compuerta reflejaba la luz blanca y fría de los cañones tácticos. Tres señales de advertencia biológica en color amarillo chillón parpadeaban en el centro de la estructura de acero. —Abran paso —ordenó Judith, empujando a Mateo a un lado sin contemplaciones. Golpeó con el puño cerrado el panel de control hidráulico. La pantalla digital del terminal mostraba un mensaje de error parpadeante en letras rojas que advertía sobre una brecha de contención activa. —Teniente, piense en lo que hace —suplicó Mateo, agarrándola suavemente del hombro—. Si esa esclusa se abre, no habrá vuelta atrás. Liberando un bufido de desprecio, Judith se zafó del agarre de su compañero con un movimiento seco del brazo. Sus dedos volaron sobre el teclado físico alternativo de la consola, introduciendo el código de anulación militar que le habían asignado antes de la misión. —Yo soy el protocolo aquí —replicó ella, presionando la tecla de confirmación con una fuerza desmedida—. Ningún burócrata asustado va a decidir si mi equipo vive o muere hoy. Un pitido agudo y ensordecedor resonó en el angosto pasillo. Los enormes pistones hidráulicos a ambos lados de la esclusa comenzaron a moverse, liberando chorros de vapor a alta presión que siseaban contra las paredes de concreto. Lentamente, las dos hojas de acero de la compuerta se deslizaron hacia los lados, revelando un abismo oscuro que parecía tragar la luz de sus linternas. Un olor penetrante e inmediato golpeó sus fosas nasales, obligando a varios soldados a toser y cubrirse la boca. Huele a ozono y sangre fresca. La mezcla era metálica, cálida y nauseabunda, una señal inequívoca de que la violencia acababa de ocurrir en ese mismo lugar hacía apenas unos minutos. —Armas arriba —susurró Judith, ignorando la punzada de duda que intentaba abrirse paso en su pecho—. Formación de cuña. Mateo, cubre la izquierda. Vargas, vigila la retaguardia. Paso a paso, el escuadrón se adentró en la sección de cuarentena de la base. El suelo bajo sus botas militares estaba resbaladizo, cubierto por una fina película de condensación y fluidos que no querían identificar en ese momento. Detrás de ellos, un estrépito ensordecedor sacudió el suelo. El sistema automatizado de seguridad de la base reaccionó a la intrusión, activando las defensas pasivas de la sección. Con un rugido de metal chocando contra metal, las pesadas compuertas hidráulicas de la esclusa se cerraron de golpe a sus espaldas. El impacto fue tan violento que el polvo del techo cayó sobre sus cascos en una lluvia grisácea. Inmediatamente, las luces de emergencia del pasillo se apagaron por completo. La oscuridad táctica los envolvió, rota únicamente por los estrechos haces de luz blanca que brotaban de las linternas acopladas a sus fusiles. —¡Mierda! —gritó Mateo, corriendo hacia la puerta cerrada y golpeándola inútilmente con la culata de su arma—. ¡Se ha sellado! ¡El panel exterior está muerto, Judith! ¡Estamos atrapados aquí dentro! Una ola de culpa ardiente golpeó el estómago de la teniente. Por un instante, el peso de su impaciencia y su terquedad la dejó sin aliento, dándose cuenta de que su furia contra la autoridad de sus superiores los había metido directamente en una trampa de acero y concreto. —Cállate, Mateo —ordenó Judith, aunque su propia voz tembló ligeramente antes de recuperar su habitual firmeza—. Mantén la calma. Buscaremos otra salida. Esta base tiene tres niveles de evacuación secundarios. —¿Andar a ciegas en un nido de infectados es tu gran plan? —preguntó Vargas desde la oscuridad, con el cañón de su fusil barriendo el pasillo de forma errática—. Nos has encerrado con lo que sea que mató a los científicos, teniente. Dando media vuelta con presteza, Judith apuntó su linterna directamente a la cara de Vargas, cegándolo momentáneamente. Sus ojos inyectados en sangre reflejaban una determinación peligrosa, un fuego interno que se negaba a apagarse ante el miedo de sus hombres. —He dicho que mantengan la maldita calma —repitió ella, con un tono de voz tan afilado como una bayoneta—. Si vuelves a cuestionar mis decisiones frente al equipo, juro por mi vida que te dejaré atrás yo misma. Vargas tragó saliva, desviando la mirada y asintiendo lentamente con la cabeza. El silencio volvió a reinar en el grupo, interrumpido únicamente por el zumbido constante de los generadores distantes de la base. Avanzaron con cautela por el corredor de la sección de cuarentena. Las paredes de concreto estaban salpicadas de marcas de impactos de bala y profundos surcos que parecían haber sido hechos por uñas humanas desgarrando el revestimiento de yeso. De repente, la luz de la linterna de Mateo se detuvo en seco en mitad del pasillo. El haz de luz iluminaba algo que colgaba directamente sobre sus cabezas, balanceándose suavemente con la sutil corriente de aire del sistema de ventilación. —Oh, Dios mío... —susurró Mateo, dando un paso atrás mientras se le escapaba un sollozo ahogado. Judith levantó su propia linterna para enfocar la escena. La sangre se le congeló en las venas ante la macabra visión que se alzaba ante ellos, desafiando toda lógica militar. Colgado del techo por un grueso cable de acero enrollado firmemente alrededor de su cuello, se encontraba el cuerpo del centinela exterior. El uniforme militar estaba destrozado, rasgado en jirones que dejaban al descubierto un pecho completamente abierto desde el esternón hasta la pelvis. Faltaban la mayoría de sus órganos internos. Las costillas habían sido fracturadas hacia afuera, como si algo hubiese tirado de ellas desde el interior del torso para devorar lo que había dentro. Aquella cabeza del soldado colgaba en un ángulo antinatural, con los ojos abiertos y en blanco, fijos en un gesto perpetuo de terror absoluto. Sus manos, desprovistas de uñas, mostraban heridas defensivas profundas que revelaban el hueso blanco y astillado. —Esto no ha sido un accidente industrial —murmuró Vargas, retrocediendo hasta chocar con la pared del pasillo—. Lo han colgado a propósito. Es una advertencia para cualquiera que intente cruzar esta zona. Judith sintió que la rabia volvía a hervir en su pecho, pero esta vez estaba mezclada con un frío y agudo sentimiento de arrepentimiento. Sus decisiones imprudentes los habían llevado directos al matadero, y ahora sus hombres pagaban el precio de su orgullo. —No nos moveremos de aquí hasta que aseguremos el perímetro —ordenó Judith, tratando de mantener su voz firme mientras daba un paso adelante para inspeccionar la base del muro—. Busquen conductos de ventilación alternativos o rejillas de mantenimiento. Nadie se movió. El miedo los mantenía paralizados, con los ojos clavados en el cadáver del centinela que seguía balanceándose con un crujido metálico casi imperceptible. —¡He dicho que se muevan! —rugió Judith, golpeando la pared de concreto con la palma de la mano abierta—. ¡No nos vamos a quedar aquí parados esperando a que nos maten! Asustados por el estallido de su superior, los soldados comenzaron a dispersarse por el estrecho pasillo, apuntando con sus linternas hacia las esquinas superiores y las uniones de las tuberías de agua. Judith se quedó sola bajo el cuerpo del centinela, contemplando el goteo constante de sangre que caía sobre el suelo metálico. El olor a ozono se intensificó de golpe, mezclándose con un hedor a podrido que parecía emanar de las mismas sombras que los rodeaban. Aquella oscuridad táctica parecía estrecharse a su alrededor, devorando la escasa luz de sus linternas y convirtiendo cada rincón en una amenaza potencial. Su pecho subía y bajaba con agitación, buscando un aire que cada vez se sentía más denso y difícil de respirar. De pronto, un silencio sepulcral cayó sobre todo el sector de cuarentena. El murmullo de los generadores distantes pareció desvanecerse, dejando espacio únicamente para el latido desbocado de su propio corazón. Desde la rejilla de ventilación superior, una gota de fluido negro y denso cae directamente sobre la mejilla de Judith, seguido por el sonido de garras metálicas rascando el acero sobre sus cabezas.

End of Chapter 2