Chapter 1

Chapter 1 of 12

Capítulo 1: Cero Absoluto en las Venas

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Frío metal rozó la mejilla de la teniente Judith Bella, dejando un rastro de vaho helado en el aire enrarecido de la fosa de entrenamiento. Heladas corrientes se colaban por las rendijas de su uniforme táctico, entumeciendo sus dedos húmedos de sudor y polvo. Judith contuvo la respiración, sintiendo el suelo de concreto congelado bajo sus botas de combate mientras mantenía la mirada fija en su oponente. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, listo para estallar en un movimiento defensivo en cuanto la hoja volviera a moverse. Vargas lanzó otra estocada rápida, buscando su yugular con la bayoneta de entrenamiento de goma endurecida que simulaba un combate a muerte real. El veterano sargento no mostraba compasión en sus movimientos, decidido a quebrar la resistencia física de su superior. —¡Muévete, teniente, o estarás muerta antes de cruzar la frontera de esta base militar! —rugió el sargento, con los ojos inyectados en sangre detrás de la rejilla de su casco protector. Esquivar por milímetros fue cuestión de puro instinto reflejo, una fracción de segundo grabada a fuego en su médula espinal por años de despliegue militar en zonas hostiles. El zumbido de la bayoneta pasando cerca de su oreja izquierda disparó sus pulsaciones. Girando sobre su propio eje, Judith dejó que la hoja de goma pasara de largo antes de atrapar la muñeca del sargento con un agarre implacable. Su mano se cerró como una tenaza de acero alrededor de la articulación del veterano. Bajo la cruda luz fluorescente de la base subterránea de alta montaña, su cuerpo reaccionó con una precisión letal que no dejaba espacio para la piedad. La adrenalina anuló cualquier rastro de fatiga física acumulada durante el largo viaje alpino. Pateó la corva de Vargas con la fuerza de un pistón hidráulico, desestabilizando sus noventa kilos de puro músculo militar y equipo táctico. El impacto de su bota pesada contra la rodilla del sargento fue seco y certero. Un violento impacto resonó en todo el búnker cuando el cuerpo del sargento colisionó de espaldas contra el suelo de concreto gris, levantando una fina capa de polvo. El aire escapó de sus pulmones en un quejido ronco de dolor. —¡Suficiente, teniente! —gritó una voz desde la línea de seguridad exterior de la fosa, pero Judith ya no escuchaba nada más que el latido acelerado de su propio corazón. El ruido exterior se convirtió en un eco lejano e irrelevante. Rojo. Todo lo que veía en ese instante se tiñó de un carmesí denso, el mismo color de la arena ardiente que recordaba de aquella maldita frontera en Mosul. Las luces de la sala de entrenamiento parecieron difuminarse bajo el peso del trauma. Imágenes fragmentadas de comunicaciones cortadas, de gritos de auxilio ignorados deliberadamente por sus superiores y de la traición sistemática del alto mando inundaron su mente de golpe. La rabia, contenida durante meses, encontró una vía de escape. Aquella traición del pasado, donde la abandonaron junto a sus hombres en medio de una emboscada enemiga, regresó como un torrente de bilis amarga que quemaba su garganta. El dolor del abandono se transformó instantáneamente en pura violencia física. Montando a Vargas antes de que el sargento pudiera recuperarse o rodar hacia un lado para defenderse, Judith descargó su puño derecho directamente contra la visera de su casco. No había rastro de la oficial disciplinada; solo quedaba el animal herido. Crack. El plástico de la visera del sargento cedió bajo el primer impacto brutal de su puño enguantado, pero ella no se detuvo ahí. Sus nudillos absorbieron el impacto, enviando descargas de dolor que solo alimentaron su ira. Otro golpe demoledor siguió de inmediato, impulsado por una rabia volcánica que quemaba sus venas y nublaba por completo su juicio estratégico. La cara de Vargas se desdibujó ante sus ojos, reemplazada por las siluetas de los generales que la traicionaron. Golpeó una tercera vez con una violencia ciega, ignorando las reglas básicas de cualquier simulación de entrenamiento militar y el dolor que comenzaba a extenderse por sus manos. Sus golpes caían de manera rítmica y despiadada. Sangre tibia comenzó a brotar de sus propios nudillos, tiñendo de rojo el guante de combate desgarrado y la superficie astillada del casco del sargento inmovilizado. El olor metálico del fluido llenó el estrecho espacio de la fosa. —¡Teniente Bella, deténgase de una maldita vez! —la orden rebotó en las paredes de hormigón armado, pero ella seguía descargando su furia sin mostrar rastro de compasión. La voz del cabo apenas lograba penetrar su trance destructivo. Solo su brutalidad la mantenía a salvo de la debilidad en un mundo que ya la había traicionado antes; la violencia era su único escudo contra el abandono de la autoridad. Detenerse significaba volver a ser vulnerable, y no lo permitiría. Una mano firme y enguantada la sujetó del hombro izquierdo con la fuerza suficiente como para detener su siguiente golpe en seco en el aire. El agarre era tenaz, obligándola a desviar la trayectoria de su puño. Mateo, su segundo al mando y cabo de absoluta confianza, la miraba con una mezcla de rigidez profesional y profunda preocupación en sus ojos oscuros. Su rostro reflejaba el temor de verla perder la cordura. —Se acabó, Judith —susurró el cabo, manteniendo una distancia prudente mientras le dirigía una mirada de advertencia que la obligó a reaccionar poco a poco. Sus palabras eran un ancla que la arrastraba de vuelta a la realidad. Respirando con dificultad, ella bajó lentamente el puño ensangrentado, sintiendo el dolor punzante en sus nudillos como un recordatorio físico de su falta de control. El temblor en sus manos delataba la intensidad del brote de ira. Se levantó de un salto, dándole la espalda a Vargas mientras este tosía y escupía saliva mezclada con sangre sobre el frío suelo de la base secreta. El silencio en la sala se volvió denso, casi asfixiante. --- Caminando por los pasillos de acero cepillado del nivel inferior de la base, Judith sentía el peso del aire gélido filtrándose por las rejillas de ventilación. Cada rincón del complejo parecía diseñado para mantener a los intrusos bajo una constante opresión. Esta base militar subterránea, excavada en las profundidades de una montaña alpina infranqueable, parecía un laberinto diseñado para ocultar los peores secretos de la humanidad. El eco de sus pasos resonaba contra las paredes blindadas. Mateo caminaba a su lado en silencio, manteniendo su rifle de asalto listo pero apuntando al suelo para no generar tensión innecesaria entre los hombres del pelotón. Su lenguaje corporal delataba que aún procesaba el incidente de la fosa. —Esa furia te va a terminar destruyendo, teniente —rompió el silencio el cabo en un susurro audible solo para ella—. Lo que le hiciste a Vargas no fue entrenamiento, fue un intento de ejecución. —Vargas es un sargento experimentado que sabe cómo defenderse de un ataque real, Mateo —respondió Judith, sin desviar la mirada de la oscuridad del pasillo—. No necesito sermones de mi segundo al mando. —Estuviste a punto de romperle el cráneo con tus propias manos por un maldito recuerdo de Mosul —insistió el cabo, deteniéndose un segundo frente a ella para obligarla a mirarlo a los ojos. —Esta rabia es lo único que nos mantiene vivos cuando los de arriba deciden darnos la espalda para salvar sus propios traseros —sentenció ella con amargura, esquivando su mirada protectora. Aquella desconfianza ciega hacia los altos mandos no era un secreto para nadie en su equipo de fuerzas especiales, especialmente después de la tragedia de Oriente Medio. Sus hombres sabían que Judith solo confiaba en su propio instinto. —Entiendo tu dolor, Judith, de verdad lo entiendo —dijo Mateo, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza en sus ojos—. Pero si pierdes la cabeza aquí dentro, todos moriremos en este laberinto helado. —No voy a permitir que nadie de este equipo sufra lo mismo que sufrimos en aquella frontera —replicó ella, reanudando la marcha con paso firme y decidido. La determinación en su voz no admitía réplica. Un siseo constante de los generadores de energía de la base era el único sonido que los acompañaba en aquel descenso hacia los laboratorios del Proyecto Phobos. La atmósfera se volvía más pesada a cada metro que descendían. Aquella misión de extracción, que debía ser un simple procedimiento de rutina para recuperar datos científicos y asegurar al personal médico, ya olía a desastre inminente. El silencio de las instalaciones era antinatural. Ninguno de los sistemas de comunicación externa funcionaba desde que habían cruzado el umbral blindado de la entrada principal de la base de alta montaña. El aislamiento era absoluto y asfixiante. Súbitamente, el pasillo se ensanchó para revelar la entrada de los laboratorios de contención biológica de alta seguridad del complejo militar secreto. El aire en esta zona se sentía aún más denso. Manchas oscuras y secas, similares a salpicaduras de lodo pero de un color marrón rojizo inconfundible, decoraban la superficie metálica de la compuerta de acceso. El patrón de las manchas indicaba una violencia desesperada. —Tenemos un problema aquí —advirtió uno de los centinelas exteriores del pelotón, apuntando con su linterna táctica hacia las marcas de la pared. El haz de luz reveló la verdadera naturaleza de la sustancia. Judith se acercó a la puerta de acero, pasando un dedo enguantado por una de las manchas secas antes de frotarlo para comprobar la textura áspera del fluido. El frío de la superficie metálica penetró el cuero de su guante. —Esto es sangre, y no es de un solo hombre —declaró la teniente, sintiendo cómo sus instintos de supervivencia se activaban de inmediato ante el hallazgo. La adrenalina volvió a recorrer su cuerpo. —¿Cree que la base haya sido atacada por una fuerza hostil extranjera o por insurgentes locales? —preguntó Mateo, revisando el estado del panel digital de la puerta con creciente recelo. —Ninguna fuerza enemiga convencional dejaría este tipo de marcas sin llevarse los cuerpos de sus bajas o dejar rastro de casquillos —respondió ella con gravedad, preparando su arma. Tecleando un código de anulación de emergencia en el teclado del panel de control, Mateo logró liberar los cerrojos hidráulicos internos de la enorme compuerta. Los engranajes quejaron por la falta de mantenimiento. Un escape de aire presurizado con olor a desinfectante industrial y materia orgánica en descomposición golpeó sus rostros de inmediato, haciéndolos retroceder un paso. El hedor era casi insoportable. —Mantengan la formación defensiva y preparen las armas —ordenó Judith, levantando su propio rifle de asalto M4 para apuntar hacia el interior de la oscuridad que se abría ante ellos. Avanzando lentamente por el pasillo del laboratorio, las linternas tácticas montadas en sus armas revelaron un escenario de devastación absoluta y desesperación. El suelo estaba cubierto de escombros y fluidos. Escritorios metálicos volcados, monitores destrozados y cientos de frascos de reactivos químicos rotos cubrían el suelo de concreto del complejo de investigación. Nada quedaba en su lugar original. —Miren el tamaño de estas marcas en el vidrio templado de la cámara de aislamiento —susurró Mateo, señalando una celda con el panel frontal reventado en mil pedazos. Profundas marcas de garras y golpes de una fuerza física descomunal decoraban los bordes del marco metálico de la celda de contención biológica de Phobos. El metal estaba doblado como si fuera papel. —Esto no fue un accidente de laboratorio —comentó Judith, observando las huellas de manos ensangrentadas que subían por las paredes de hormigón armado del recinto. Las marcas indicaban un intento desesperado por escapar. —Encontré a uno de los científicos de la base —anunció el centinela de vanguardia, señalando un cuerpo que yacía parcialmente oculto detrás de una mesa de trabajo volcada. Se acercaron con cautela, cubriéndose mutuamente las espaldas mientras Judith examinaba el cadáver del investigador para determinar la causa de su deceso. El cuerpo estaba completamente frío. Su cuello presentaba desgarros masivos y salvajes, con la yugular completamente arrancada por lo que parecían ser mordiscos de mandíbula humana. La herida estaba abierta y reseca. —No hay impactos de bala en su uniforme ni señales de metralla en las paredes del laboratorio —señaló Mateo, con la voz cargada de una creciente tensión militar. —Lo atacaron con los dientes —concluyó Judith, sintiendo cómo una mezcla de asco y furia helada recorría su columna vertebral ante la espeluznante revelación. El horror de la situación comenzaba a materializarse. Esta cepa viral del Proyecto Phobos, de la cual solo habían recibido informes fragmentados y crípticos antes de partir, parecía haber escapado del control de sus creadores. Los peores temores de Judith se confirmaban. —Tenemos que encontrar al resto del personal médico y salir de este maldito agujero antes de que sea demasiado tarde —ordenó la teniente a su equipo, apretando el paso. --- Un zumbido ensordecedor en el canal de radio táctico hizo que todos los soldados del pelotón se llevaran las manos a la cabeza con gestos de dolor. La frecuencia estaba saturada por una señal parásita. Estática pesada y distorsionada comenzó a inundar las comunicaciones del equipo, bloqueando cualquier intento de enlazar con los puestos de control exteriores de la base. El aislamiento digital era ahora absoluto. —¡Sargento Vargas, informe de su situación en el perímetro de seguridad norte! —gritó Judith a través del intercomunicador, pero solo obtuvo ruido blanco por respuesta. La estática era lo único que devolvía el auricular. —Estas interferencias están bloqueando todos nuestros canales de radio de corto y largo alcance, teniente —informó Mateo, tratando inútilmente de resetear su equipo de transmisiones portátiles. —No estamos solos en esta sección de la base —susurró Judith, sintiendo que los vellos de sus brazos se erizaban ante una repentina corriente de aire helado que traía el olor a muerte. Sombras imprecisas parecieron cruzar velozmente el final del pasillo, ocultándose detrás de las tuberías de vapor antes de que las linternas tácticas pudieran enfocarlas directamente. El movimiento fue casi imperceptible. —¿Qué demonios fue eso? —preguntó uno de los soldados, con el cañón de su arma temblando ligeramente mientras apuntaba hacia la oscuridad del corredor de servicio. —Fuego libre si algo se acerca a menos de diez metros de nuestra formación —sentenció la teniente Bella, asumiendo una postura de combate rígida y letal que no admitía dudas. Aquella rabia que hervía en su pecho amenasaba con cegar su juicio estratégico, pero se obligó a respirar hondo para mantener el control sobre sus propios hombres. No podía permitirse flaquear ahora. —Mantén la calma, Judith —le susurró Mateo al oído, colocando una mano firme sobre su hombro para recordarle que no debía dejarse llevar por el pánico de Mosul. —Estoy tranquila, cabo —mintió ella, aunque sus nudillos ensangrentados apretaban la empuñadura de su rifle M4 con una fuerza que amenasaba con romper el polímero del arma. Un crujido metálico resonó en el techo del pasillo, seguido por el sonido de algo pesado deslizándose a través de los conductos de ventilación sobre sus cabezas. El enemigo se movía por encima de ellos. —¡Arriba! —gritó Judith, apuntando su rifle hacia las rejillas de ventilación justo a tiempo para ver cómo una de las placas metálicas era arrancada desde el interior por garras invisibles. Un olor nauseabundo a carne podrida y desinfectante industrial inundó el ambiente, confirmando que la amenaza se encontraba mucho más cerca de lo que imaginaban. La tensión en el grupo llegó a su límite. Ninguno de los hombres retrocedió, pero la tensión acumulada en el aire de la base subterránea era tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo táctico. El pánico acechaba en sus rostros. Luces del techo comenzaron a parpadear con una frecuencia errática, sumergiendo el pasillo de acero en intervalos de oscuridad absoluta que aumentaban el terror de la situación. —Retrocedan hacia la esclusa blindada de seguridad del sector tres —ordenó Judith, guiando a su equipo con movimientos calculados mientras cubría la retaguardia con su arma alzada. Mateo abrió el camino de regreso, manteniendo la disciplina táctica a pesar del miedo evidente que comenzaba a apoderarse de los soldados más jóvenes del pelotón. Llegaron a la pesada compuerta de acero que separaba los laboratorios del exterior, pero el sistema de cierre hidráulico de emergencia se activó de golpe frente a sus ojos, bloqueando la salida. Gritos desgarradores resonaron desde la oscuridad mientras el horror se desataba sin control en el perímetro exterior. Las luces de la esclusa blindada parpadean en rojo y un grito desgarrador, distorsionado por la estática de radio de un centinela exterior, resuena antes de cortarse en seco con el sonido de huesos triturados.

End of Chapter 1

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