Chapter 3 of 4

Chapter 3: Abismo sin retorno

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Humedad extrema golpeaba sus rostros a medida que se internaban en la garganta de piedra del Sarisariñama. El aire se volvía denso, cargado con un olor a tierra mojada y azufre antiguo que dificultaba la respiración. Colgados de cuerdas de polímero de alta resistencia, los tres exploradores descendían lentamente hacia la boca del abismo negro. El silencio de la fosa era casi sólido, interrumpido únicamente por el zumbido constante de sus propios descendedores mecánicos y el latido desbocado de sus corazones. Sofía Méndez ajustó su arnés con brusquedad, lanzándole una mirada cargada de puro veneno a Gabriel a través de la penumbra. La geóloga no había perdonado el sabotaje del transmisor satelital que los había dejado completamente aislados del mundo exterior. Cada uno de sus movimientos reflejaba una tensión insoportable, una rabia contenida que amenazaba con estallar al menor roce. Para ella, estar suspendida a cientos de metros bajo la superficie con un hombre obsesionado era la peor de las pesadillas. Gabriel ignoró la hostilidad de la geóloga, manteniendo sus ojos fijos en la negrura absoluta que se abría bajo sus botas de combate. Su mandíbula permanecía rígida, sus nudillos blanqueados por la fuerza con la que aferraba la cuerda de seguridad. La culpa del superviviente, esa vieja conocida que lo despertaba gritando en mitad de la noche, dictaba cada uno de sus latidos en este instante. Sabía que Sofía lo odiaba, pero no le importaba; el abismo tenía las respuestas sobre su escuadrón perdido, y no se detendría por nada. Gotas de agua helada resbalaban por las paredes de roca caliza, resonando como pequeños disparos en el vacío infinito. La luz de sus linternas tácticas apenas lograba rasgar las tinieblas, revelando formaciones rocosas cubiertas de un musgo pálido y pegajoso. Parecía que la misma montaña intentaba tragárselos, asfixiándolos en un abrazo de piedra milenaria que no pertenecía al mundo de los vivos. Apenas habían alcanzado los cuatrocientos metros de profundidad cuando el sargento Silva detuvo su descenso en seco. Su respiración llegó agitada a través del intercomunicador, un jadeo ronco que erizó los cabellos de Gabriel. El veterano militar sostenía el escáner térmico multiespectral con manos temblorosas, parpadeando repetidamente ante la pantalla digital. Aquella pantalla, que hasta hacía unos momentos solo mostraba el azul gélido de la roca subterránea, comenzó a parpadear con destellos de un naranja furioso. Silva tragó saliva con dificultad, intentando calibrar el dispositivo militar una y otra vez. Sus dedos, cubiertos por guantes tácticos desgastados, resbalaban sobre los botones táctiles debido al sudor frío. Silva carraspeó, tratando de recuperar una compostura que ya había perdido por completo. "Teniente... tengo algo aquí abajo. Firmas de calor directas. A quinientos metros exactos de nuestra posición actual." Viento helado subió desde el fondo del sumidero, agitando las cuerdas de seguridad con un vaivén macabro. Gabriel bloqueó su descendedor de inmediato, balanceándose en el vacío para acercarse a la posición del sargento. La luz de su linterna iluminó el rostro pálido de Silva, cuyos ojos desorbitados reflejaban el brillo anaranjado de la pantalla. Ninguno de los presentes se atrevió a respirar durante varios segundos. El eco de sus propias exhalaciones parecía multiplicarse en las grietas de la roca. Sofía se deslizó un par de metros hacia abajo, obligando a su arnés a chirriar de forma estridente antes de fijar la vista en el monitor. Incluso en la penumbra, la geóloga se percató del patrón numérico que parpadeaba en la esquina superior del dispositivo. Eran firmas térmicas de ochenta y dos hercios, el espectro exacto emitido por el aislamiento de Kevlar de los trajes de vuelo de la Fuerza Aérea de Venezuela. No era una coincidencia geológica, ni una acumulación de gas subterráneo caliente. Sarisariñama ocultaba algo que no debía estar allí abajo. El escáner detectaba cinco fuentes de calor distintas, agrupadas en el fondo de la fosa vertical. Cinco firmas térmicas que correspondían exactamente al número de pilotos del escuadrón desaparecido de Gabriel. Sus mentes intentaron procesar la información en un caos absoluto de incredulidad y sospecha. ¿Cómo era posible que sus compañeros siguieran emitiendo calor corporal después de tantos años perdidos en el subsuelo? La lógica científica de Sofía chocó de frente contra la cruda realidad reflejada en los sensores de vanguardia. Nada tenía sentido en este inframundo hostil. El pánico comenzó a filtrarse en la voz de la geóloga, un tono agudo que amenazaba con desatar la histeria colectiva en el grupo. "Es físicamente imposible, Gabriel. Nadie sobrevive aquí abajo sin luz, sin agua limpia, sin alimentos durante años. ¡Ese equipo está dañado!" —No está dañado, doctora —interrumpió Silva, su voz quebrándose por la tensión acumulada—. Conozco este equipo de memoria. Está calibrado para misiones de rescate extremo. Lo que estamos viendo abajo... son humanos. O al menos, tienen la temperatura de cuerpos vivos. Pitidos intermitentes del escáner comenzaron a acelerarse, llenando el espacio claustrofóbico con un ritmo desquiciante. Gabriel sintió una oleada de esperanza ciega recorrer su espina dorsal, un calor abrasador que nubló su juicio por completo. Sus hombres estaban allí; sus rostros, sus nombres, las promesas hechas a sus familias en la superficie parecieron cobrar vida en la oscuridad. Escuchando el latido furioso de su propio pecho, Gabriel se preparó para ordenar un descenso rápido. Quería bajar ya, romper la distancia que lo separaba de sus hermanos de armas, sin importar las consecuencias. Sin embargo, su mirada analítica se clavó en los detalles del monitor térmico, y el calor en sus venas se transformó instantáneamente en hielo. —Miren la trayectoria de movimiento —susurró Gabriel, su tono descendiendo a un susurro de pura pesadilla. Pantallas digitales no mentían, y lo que mostraban desafiaba cualquier ley física conocida por la humanidad. Los cinco puntos naranjas no se movían como personas fatigadas, heridas o hambrientas en una cueva oscura. Sus trayectorias eran perfectas, trazando líneas rectas y ángulos cerrados con una precisión matemática espeluznante. Sofía ahogó un grito de terror puro al ver cómo dos de las firmas térmicas se desplazaban lateralmente a una velocidad inhumana. Se movieron cincuenta metros en una fracción de segundo, deteniéndose en seco sin mostrar ninguna fase de desaceleración. Luego, las cinco firmas se alinearon para formar un pentágono perfecto en el fondo de la fosa. —Eso... eso no es un patrón de rescate —balbuceó Sofía, aferrándose a su cuerda con tanta fuerza que sus nudillos crujieron—. Se mueven en geometría pura. Ningún ser humano puede desplazarse a esa velocidad por terreno escarpado en la oscuridad absoluta. Silva empezó a hiperventilar, su respiración empañando el visor de su casco táctico. El pánico colectivo se extendió como un virus silencioso entre los tres exploradores suspendidos en el vacío. Las firmas del escáner volvieron a cambiar, rompiendo el pentágono para formar una línea diagonal perfecta que apuntaba directamente hacia ellos. Gabriel sintió que el abismo lo miraba de vuelta, desnudando su obsesión y utilizándola como un cebo mortal. La mezcla de esperanza ciega y pánico absoluto le oprimía el pecho como una garra de hierro. Aquellas cosas en la profundidad no eran sus hombres; eran algo que usaba el calor de sus trajes para atraerlos hacia la boca del lobo. Bajo ellos, el aire pareció vibrar con una frecuencia inaudible que sacudió las cuerdas de nylon. Las lecturas térmicas comenzaron a subir por la pared de piedra a una velocidad vertiginosa, ascendiendo directamente hacia la posición de Silva, que se encontraba unos metros por debajo de Gabriel y Sofía. Sangre helada corrió por las venas de Gabriel al comprender la gravedad de la situación. "¡Silva! ¡Sube ahora mismo! ¡Bloquea el descendedor y activa el ascensor mecánico!" —¡No puedo! —gritó Silva, desesperado, golpeando el dispositivo que se había atascado debido a la acumulación de barro y humedad en la cuerda—. ¡El mecanismo está bloqueado! ¡No sube! Movimientos frenéticos abajo se reflejaron en el escáner térmico, que ahora emitía un pitido continuo y agudo, indicando una proximidad de menos de cincuenta metros. Las firmas térmicas se habían fusionado en una masa densa y amorfa que ascendía por la vertical de la roca con la agilidad de una araña gigante. Rostros invisibles parecían acechar desde las sombras más allá del límite de sus linternas. Sofía comenzó a sollozar, intentando ascender por su propia cuerda con movimientos torpes y desesperados, presa del pánico más primitivo. La oscuridad del Sarisariñama ya no era solo la ausencia de luz; era una entidad viva que venía a reclamar sus vidas. Pánico absoluto se apoderó de Gabriel, quien sacó su cuchillo de combate para intentar ayudar a Silva, pero la distancia entre ellos era insalvable en esas condiciones. El sargento tiraba de su arnés con una fuerza brutal, sus gritos de frustración resonando en las paredes del abismo como un eco de condenación. Súbitamente, el pitido del escáner térmico cesó por completo, sumiendo al grupo en un silencio aún más aterrador que el ruido previo. Las firmas de calor habían desaparecido de la pantalla, pero el frío en el ambiente se intensificó hasta congelar el aliento de los exploradores. Oscuridad total parecía presionar sus cuerpos, apagando por un instante la efectividad de sus luces halógenas. Un olor a descomposición y metal oxidado inundó el aire, confirmando que la amenaza estaba allí mismo, respirando en la penumbra junto a ellos. Crujidos secos de roca desmoronándose resonaron justo debajo de las botas de Silva, seguidos por un susurro sibilante que no pertenecía a ningún idioma humano. El sargento dejó caer su linterna táctica, la cual descendió dando vueltas en el vacío, iluminando fugazmente formas alargadas y pálidas que se retorcían en las paredes de la fosa. Con un esfuerzo sobrehumano, Gabriel intentó deslizarse hacia abajo para alcanzar la mano de su sargento, desafiando las normas básicas de seguridad de la expedición. La obsesión por no perder a otro hombre bajo su mando lo empujaba a cometer locuras, ignorando los gritos de advertencia de Sofía. Jamás habían estado tan cerca del horror puro que habitaba en las entrañas de la Tierra. El sargento Silva miró hacia arriba, sus ojos encontrándose con los de Gabriel en una muda súplica de auxilio que quedó grabada a fuego en la mente del teniente. —¡Ayúdeme, mi teniente! —exclamó Silva, su voz rompiéndose en un lamento desgarrador mientras intentaba inútilmente zafarse de su equipo. Señales imposibles en el escáner volvieron a encenderse, mostrando una firma de calor masiva justo debajo de los pies del militar. El aire se volvió tan espeso que parecía casi imposible de respirar, cargado de una estática que hacía chisporrotear los equipos electrónicos del grupo. Aquellos monstruos ciegos de la profundidad, invisibles a la luz pero omnipresentes en el terror de la fosa, habían tomado su decisión. La expedición venezolana había cruzado el límite de lo permitido, profanando un territorio sagrado y hostil que no les pertenecía. Increíblemente rápido, un tirón violento sacudió toda la línea de rappel, haciendo que Gabriel y Sofía se golpearan con fuerza contra la pared de piedra caliza. El dolor se extendió por el hombro de Gabriel, pero su atención permaneció fija en la figura de su sargento. —¡No! —rugió Gabriel, estirando el brazo en un intento desesperado por sujetar la cuerda de su compañero, mientras el metal de los mosquetones chirriaba bajo una tensión sobrehumana. Sofía cerró los ojos, incapaz de seguir mirando el abismo que amenazaba con devorarlos a todos por igual. El eco de sus propios gritos se perdió en la inmensidad del sumidero, donde las leyes de la superficie ya no tenían ningún valor. Gabriel vio cómo la silueta de Silva se sacudía de manera antinatural, como si múltiples extremidades invisibles tiraran de él desde el fondo del pozo negro. El sargento abrió la boca para gritar, pero el aire pareció abandonar sus pulmones de forma instantánea. Desesperación y muerte flotaban en la atmósfera confinada del Sarisariñama, marcando el inicio de una pesadilla de la que nadie saldría ileso. La cuerda de seguridad del sargento Silva se tensa violentamente hacia abajo, cortándose con un sonido metálico seco mientras algo lo arrastra a la oscuridad sin que emita un solo grito.

End of Chapter 3