Chapter 2 of 4
Capítulo 2: El protocolo de descenso
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Violentos temblores sacudieron mi pecho cuando el aire regresó de golpe a mis pulmones, trayendo consigo el sabor metálico de la sangre seca y el olor rancio a combustible quemado.
Desperté con la cabeza apoyada contra la columna de dirección del helicóptero Cougar, sintiendo cómo un pitido ensordecedor taladraba mis tímpanos de manera implacable.
Alrededor, la cabina parecía una escultura grotesca de metal retorcido y cables colgantes que goteaban fluidos sintéticos sobre el tablero de instrumentos destrozado.
Pedazos de fibra de carbono flotaban en el aire a escasos centímetros del suelo, suspendidos por una invisible red de magnetismo que desafiaba toda lógica física conocida.
Aquella fuerza extraña, ese misterioso campo azul que había frenado nuestro impacto en el último segundo, se disipaba lentamente como la neblina matutina sobre la selva.
Intenté mover las piernas y un dolor agudo, similar al paso de una aguja al rojo vivo, me recorrió el costado izquierdo, confirmando que tenía al menos dos costillas rotas.
Silencio absoluto dominaba el exterior de la aeronave, un vacío sonoro tan denso que resultaba asfixiante para cualquiera acostumbrado al rugido constante de los motores.
—Gabriel... por el amor de Dios, dime que estás vivo —gimió Sofía Méndez desde el asiento del copiloto, luchando inútilmente contra las correas de su arnés de seguridad.
Su rostro, habitualmente sereno y analítico, estaba cubierto por una máscara de polvo grisáceo y sangre fresca que brotaba de un profundo corte en la frente.
Arrastrándome con dificultad, ignoré los gritos de protesta de mi propio cuerpo para alcanzar el panel de liberación rápida y soltar su anclaje metálico.
Caímos ambos sobre el suelo de la cabina, jadeando y buscando desesperadamente el aire húmedo y cargado de ozono que subía desde las profundidades del tepuy.
Bajo la repisa donde habíamos quedado varados, el abismo de la Sima Humboldt se abría como una herida circular perfecta en la corteza terrestre, devorando la escasa luz solar.
—No deberíamos estar respirando, Gabriel... la velocidad terminal de caída libre debió desintegrar el fuselaje por completo —susurró ella, frotándose las muñecas magulladas.
Sus ojos, desprovistos de sus habituales gafas de lectura, examinaban las paredes de roca vertical que se alzaban por encima de nosotros, perdiéndose en las nubes bajas.
Sargento Silva apareció por la compuerta trasera del aparato, con el rostro ennegrecido por el hollín pero manteniendo el temple de un veterano de mil batallas.
Gotas de sudor helado resbalaban por mi nuca mientras observaba el entorno inhóspito del tepuy, sintiendo que la realidad misma se agrietaba bajo nuestras botas.
—Mi teniente, el cabo Torres tiene una fractura expuesta en el fémur derecho y los científicos están en estado de shock, pero todos respiran —informó Silva, saludando con torpeza militar.
Miré más allá de su hombro, observando el campamento de fortuna que el destino nos había obligado a montar sobre una saliente rocosa de apenas veinte metros de ancho.
Voces del pasado parecían murmurar en el viento húmedo que soplaba desde el fondo del agujero, recordándome a los compañeros que perdí años atrás en este mismo lugar.
Aquella fosa gigantesca, con sus quinientos metros de caída vertical, parecía llamarme con un susurro inaudible que resonaba directamente en la base de mi cerebro.
—Tenemos que abortar la expedición, Gabriel... esto no es un fallo instrumental ordinario, es una anomalía geofísica que escapa a nuestro control —sentenció Sofía, levantándose con dificultad.
Sus dedos temblorosos señalaban el magnetómetro digital que llevaba colgado del cuello, cuya pantalla parpadeaba mostrando valores imposibles antes de apagarse con un siseo.
—No podemos regresar a pie por las paredes del tepuy con un hombre herido y sin equipo de escalada pesada —respondí, manteniendo mi voz en un tono plano y frío.
—Entonces usemos el transmisor satelital de emergencia para solicitar una extracción médica de inmediato —exigió ella, plantándose frente a mí con una determinación nacida del miedo.
Sus ojos buscaban en mí al líder militar racional, pero dentro de mi mente solo existía el rostro pálido de mi antiguo escuadrón, llamándome desde las sombras.
Sofía apretó los puños, su respiración agitada revelando la rabia que intentaba contener ante mi aparente indiferencia por la vida de los supervivientes.
—Silva, prepare las cuerdas de descenso rápido y el equipo de iluminación para la fosa —ordené, ignorando por completo la petición de la geóloga.
—Señor... ¿está seguro de que es la mejor opción dadas las condiciones actuales? —preguntó el sargento, titubeando por primera vez en su carrera.
—Es una orden, sargento... no voy a dejar que el pánico decida el destino de esta misión antes de haber comenzado la exploración —bramé, dándole la espalda.
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Caminé con paso firme hacia la sección de cola del helicóptero destrozado, donde el contenedor estanco de las comunicaciones de emergencia aún permanecía intacto.
Obsesión y culpa se mezclaron en mi pecho; sabía perfectamente que si la Fuerza Aérea enviaba un equipo de rescate, nos sacarían de aquí de inmediato.
Nadie me prestaba atención en ese instante de confusión colectiva, todos concentrados en entablillar la pierna rota de Torres y racionar el agua disponible.
Oculto de la vista de los demás por las enormes chapas de duraluminio retorcidas, me arrodillé frente al transmisor táctico satelital de alta potencia.
Mis dedos, cubiertos de polvo y sudor frío, buscaron en el bolsillo lateral de mi pantalón de campaña hasta dar con un pesado destornillador plano.
Con un movimiento rápido y despiadado, introduje la punta de acero por la rejilla de ventilación trasera de la valija estanca, buscando los circuitos lógicos.
Empujé el metal con fuerza, sintiendo cómo atravesaba las delicadas placas de silicio y los condensadores con un crujido seco que vibró en mi mano.
Chispas de color azul eléctrico saltaron con violencia, quemándome la piel de los nudillos y dejando un olor a baquelita quemada en el aire denso.
Guardé la herramienta en mi bolsillo trasero, sintiendo el calor del metal templado contra mi muslo como una marca de traición que llevaría para siempre.
Regresé al claro donde el grupo intentaba estabilizar al herido, portando una expresión de fingida frustración que ensayé mentalmente durante unos segundos.
—Este transmisor satelital está completamente muerto... el pulso electromagnético del impacto ha fundido los módulos integrados de transmisión —mentí, sosteniendo la mirada de Sofía.
Sofía se llevó las manos a la boca, conteniendo un sollozo que delataba su quiebre emocional ante la perspectiva de quedar aislados del resto del mundo.
—Estamos solos... completamente solos en este maldito abismo —susurró el cabo Torres desde su camilla, con el rostro pálido por el dolor y la pérdida de sangre.
—Nuestra única oportunidad de encontrar refugio contra las inclemencias del clima y esperar un rescate terrestre es descender a la fosa —aseguré, asumiendo el mando.
Nadie se atrevió a contradecirme, subyugados por la autoridad implacable de mi uniforme y la desesperación de no tener otra alternativa de supervivencia real.
Preparamos los anclajes químicos en la roca madre, perforando la superficie grisácea del Sarisariñama con un taladro de batería que emitía un chillido agudo.
Mientras ajustaba los mosquetones de seguridad de mi propio arnés de pecho, sentí la presencia silenciosa de Sofía aproximándose por detrás con pasos cautelosos.
Su mano se extendió hacia mi espalda para verificar la tensión de las cintas de nylon, una rutina de seguridad obligatoria antes de iniciar el descenso.
Rozando mi costado, sus dedos tropezaron con la empuñadura del destornillador que sobresalía de mi bolsillo trasero, manchado de grasa negra y sangre fresca.
Sacó el objeto metálico con cuidado, observando las rebabas de cobre derretido adheridas a la punta doblada y el inconfundible olor a cortocircuito que desprendía.
—Tú lo hiciste... nos has atrapado deliberadamente en este infierno para alimentar tu maldita obsesión —siseó ella, con los ojos llenos de un odio gélido y puro.