Chapter 4 of 4

Chapter 4: Eco de los perdidos

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¡Muévanse, carajo! gritó Gabriel, su voz rebotando contra las húmedas paredes de la caverna. Botas militares golpeaban el suelo rocoso de la fosa, salpicando agua subterránea mezclada con lodo frío. Adrenalina pura corría por las venas del teniente mientras esquivaba estalagmitas afiladas como colmillos. Sintió el peso del fusil de asalto en sus manos, un frío consuelo contra la oscuridad absoluta que amenazaba con tragárselos. Detrás de él, los jadeos pesados de Rivas y de la doctora Méndez resonaban como un metrónomo del pánico. Focos de tungsteno acoplados a sus cascos cortaban la negrura, revelando apenas unos metros de túnel antes de que la nada volviera a devorarlo todo. Ninguno de ellos miraba hacia atrás, temiendo que el horror que se había llevado a Silva decidiera regresar por el resto. Jadeando, Gabriel lideraba el grupo sin dudar, guiándose por el último rastro del geolocalizador que parpadeaba débilmente en su mapa táctico. Hedor penetrante comenzó a llenar las estrechas galerías de piedra caliza, un olor que Gabriel reconoció de inmediato. Olía a azufre, a carne descompuesta y a algo químicamente alterado, como aceite de motor quemado mezclado con hiel. Gabriel sentía que su mente trabajaba a mil revoluciones por segundo, bombardeada por imágenes del pasado que se superponían con el presente hostil. Su pecho se contraía con fuerza, el recuerdo de su escuadrón desaparecido volviendo a golpearlo con una fuerza brutal. Hace diez años, sus hombres se habían desvanecido en un abrir y cerrar de ojos, dejando atrás solo el silencio del viento sobre el tepuy. Aquella noche, el radar instrumental de su caza F-16 se volvió loco antes de que el mundo se tiñera de rojo y negro. ¡Silva! rugió Gabriel, deteniéndose en seco en una bifurcación del túnel, su linterna barriendo las paredes cubiertas de musgo pálido. Ecos distorsionados le devolvieron su propio grito, multiplicándolo en una burla macabra que parecía reírse de su desesperación. Rivas casi choca contra su espalda, frenando con brusquedad mientras mantenía el cañón de su fusil apuntando hacia la penumbra. Méndez llegó un segundo después, apoyando las manos sobre sus rodillas mientras intentaba desesperadamente recuperar el aliento. Apretando los dientes, Gabriel ignoró el cansancio físico y avanzó hacia la ramificación izquierda, donde el geolocalizador indicaba la señal. Delante de ellos, el camino se ensanchaba en una pequeña cámara natural donde el techo goteaba un agua gélida y constante. Charco de proporciones considerables ocupaba el centro de la cavidad, pero el agua no era transparente ni reflebaba la luz de sus focos. Brillando con un matiz aceitoso, un líquido negro y sumamente espeso cubría el suelo, desprendiendo un calor antinatural. Negrura viscosa burbujeaba lentamente, como si algo debajo estuviera respirando de manera pausada y profunda. Flotando justo en medio del fango oscuro, un objeto esférico y pixelado con camuflaje militar rompió la monotonía del pozo. Gabriel se acercó lentamente, sintiendo cómo sus botas se hundían ligeramente en el lodo que bordeaba la extraña sustancia. Su mano enguantada se extendió temblorosa hacia el objeto, reconociendo de inmediato la insignia de la Fuerza Aérea de Venezuela. Frío metal y plástico reforzado tocaron sus dedos cuando levantó el casco militar de Silva, que goteaba el fluido espeso como alquitrán. No había rastro del sargento, ni de su uniforme, ni de sus botas, ni de un solo gramo de su tejido corporal. Ningún grito de dolor había precedido su desaparición, solo el violento tirón que lo había arrastrado hacia la negrura absoluta. Solo quedaba el casco, con la visera rota y el interior manchado por el mismo lodo viscoso que parecía digerir la piedra. Rivas dio un paso atrás, con los ojos desorbitados y la respiración tan acelerada que parecía estar sufriendo un ataque de asfixia. ¡Esto es una locura, mi teniente! exclamó el cabo, su voz quebrándose bajo el peso de una histeria largamente contenida. Su rostro, usualmente imperturbable por los años de entrenamiento en la selva, estaba pálido y cubierto de sudor frío. Usted nos trajo aquí a morir, buscando fantasmas que ya no existen en este maldito agujero, acusó, dando otro paso atrás. Gabriel no respondió de inmediato, manteniendo sus ojos fijos en el casco que sostenía entre sus manos como si fuera un cráneo. Baje el arma, cabo, ordenó con una voz gélida que cortó el aire húmedo de la caverna como una cuchilla de afeitar. ¡No voy a bajar un carajo! gritó Rivas, perdiendo por completo la compostura militar mientras levantaba el fusil de asalto. Chasquido metálico resonó en la cavidad cuando el cabo quitó el seguro de su arma, apuntando directamente al pecho de Gabriel. Méndez soltó un grito ahogado, levantando las manos en un intento inútil de mediar entre los dos hombres armados. Por favor, Rivas, baje el fusil, piense en lo que está haciendo, suplicó la científica, su voz temblando por el pánico. Estamos a cientos de metros bajo tierra, no podemos empezar a matarnos entre nosotros ahora, añadió, mirando a ambos lados. Rivas ignoró a la mujer, con el dedo índice rozando el gatillo de su fusil con una tensión que amenazaba con disparar en cualquier segundo. Usted sabía que esto pasaría, Perales, escupió el cabo, sus ojos inyectados en sangre fijos en el rostro del teniente. Gabriel se mantuvo inmóvil, sintiendo la adrenalina enfriarse en sus venas, reemplazada por una calma sumamente peligrosa. Su mirada se clavó en la de Rivas, analizando cada pequeño tic nervioso en el rostro del soldado que tenía enfrente. Locura pura y desesperación absoluta eran los únicos motores que impulsaban las acciones del cabo en este momento de crisis. De repente, un sonido extraño interrumpió el tenso silencio que se había apoderado de la pequeña cámara subterránea. Rugido sordo y agudo de estática electromagnética comenzó a emanar del casco de Silva que Gabriel aún sostenía en sus manos. Estática distorsionada vibró a través de los pequeños altavoces integrados en el sistema de comunicación del equipo de rescate. Gabriel bajó la vista hacia el objeto metálico, sintiendo cómo el frío del plástico se transmitía directamente a través de sus guantes. Voz distorsionada por interferencias atmosféricas imposibles comenzó a filtrarse a través del ruido blanco de la radio. Era una transmisión que desafiaba toda lógica física, considerando que estaban a una profundidad donde ninguna señal externa podía penetrar. Palabras claras y precisas comenzaron a formarse entre los chasquidos de la estática, congelando la sangre en las venas de Gabriel. Humedad gélida se filtraba a través de las costuras de los uniformes tácticos, calando hasta los huesos de los tres supervivientes. Cada respiración exhalaba una pequeña nube de vapor grisáceo, recordándoles que la temperatura seguía descendiendo sin explicación alguna. Bajo sus pies, el suelo rocoso parecía vibrar con una frecuencia imperceptible, un zumbido sordo que hacía doler los dientes. Gabriel sostuvo el casco de Silva con ambas manos, ignorando por completo el cañón del fusil de Rivas que seguía apuntando a su pecho. Gotas de aquel líquido negro y denso resbalaban por la visera de policarbonato, cayendo de nuevo al charco con un sonido viscoso. Míreme, cabo, dijo Gabriel, su tono de voz descendiendo a un susurro casi inaudible pero cargado de una autoridad implacable. Si aprieta ese gatillo, el ruido atraerá a lo que sea que esté cazando en estos túneles desde que pisamos la fosa, advirtió. Rivas tragó saliva ruidosamente, pero el cañón de su arma no se desvió ni un solo milímetro de la línea del corazón del teniente. Me importa un carajo lo que haya ahí fuera, replicó el cabo, con la mandíbula apretada y una vena latiendo con fuerza en su sien. Prefiero morir luchando contra un monstruo que seguir a un loco que busca revivir a sus amigos muertos en un pozo sin fondo, añadió. Méndez dio un paso lateral, tratando de interponerse lentamente, pero Gabriel la detuvo con un leve movimiento de su brazo izquierdo. Obsesión era una palabra que el teniente había escuchado muchas veces en los despachos de la comandancia general en Caracas. Le habían llamado loco cuando insistió en que el Sarisariñama ocultaba una anomalía electromagnética activa y no un simple fallo geológico. Le habían llamado trastornado cuando presentó los informes sobre las fluctuaciones gravitacionales registradas por los satélites sobre el tepuy. Ahora, rodeado de roca milenaria y con un fusil apuntándole, el teniente sabía que la realidad era mucho peor de lo que temía. No estamos buscando fantasmas, Rivas, murmuró Gabriel, dando un paso levísimo hacia adelante, desafiando la distancia de tiro. Estamos buscando la verdad de lo que se llevó a mi escuadrón, y lo que se acaba de llevar a Silva hace unos minutos, continuó. ¡Silva está muerto! gritó Rivas, las lágrimas de pura frustración y miedo acumulado comenzando a empañar su visión periférica. No queda nada de él, ¿no lo ve? ¡Ese maldito charco se lo tragó entero en menos de diez malditos segundos!, continuó chillando. Gritos de desesperación rebotaron en las paredes de la cueva, perdiéndose en las profundidades de los túneles adyacentes. Silencio pesado volvió a caer sobre ellos, interrumpido únicamente por el constante goteo del agua subterránea sobre la roca. Gabriel no parpadeó, manteniendo su mirada fija en los ojos desorbitados del cabo, esperando el más mínimo indicio de disparo. Sabía que si Rivas apretaba el gatillo, el rebote del proyectil en un espacio tan cerrado podría matarlos a todos al instante. Méndez se tapó la boca con ambas manos, conteniendo un sollozo mientras miraba fijamente el charco de líquido negro a sus pies. Algo en la superficie del pozo aceitoso comenzó a moverse, creando ondas concéntricas que rompían la tensión estática del fluido. Burbujas de gas sulfuroso ascendieron desde el fondo, liberando un hedor que obligó a la doctora a toser violentamente. Atrás, ordenó Gabriel de repente, su voz perdiendo toda la frialdad anterior para llenarse de una urgencia puramente instintiva. Rivas, sin embargo, interpretó el movimiento del teniente como una amenaza y dio un paso adelante, apretando aún más el arma. No me ordene nada, Perales, siseó el cabo, con el cañón vibrando debido al temblor incontrolable de sus propios brazos. Tensión acumulada durante días de descenso claustrofóbico parecía haber alcanzado su punto de ebullición en esa pequeña cámara de piedra. Gabriel calculó la distancia entre él y Rivas, sabiendo que un movimiento en falso desencadenaría una tragedia irreversible en el grupo. Cinco metros los separaban, una distancia demasiado corta para esquivar una ráfaga de fusil pero suficiente para intentar un desarme rápido. Justo cuando Rivas parecía tomar la decisión final de presionar el gatillo, el casco de Silva emitió un chasquido metálico ensordecedor. Estática pura, blanca y ensordecedora brotó de los auriculares del casco, haciendo que Rivas retrocediera un paso por el susto. Zumbido de alta frecuencia llenó la cavidad, obligando a Méndez a cubrirse los oídos con una mueca de dolor profundo. Gabriel sostuvo el casco con más firmeza, sintiendo cómo una vibración inusual recorría el material de policarbonato y fibra de vidrio. Señal de radio, que debería ser inexistente a tal profundidad, comenzó a estabilizarse con una claridad que resultaba aterradora. Nadie respondió a su pregunta, pues el sonido que siguió a la estática congeló cualquier intento de articulación de palabras. Respiración pesada, rítmica y metálica comenzó a escucharse a través del altavoz integrado del equipo militar. Sonaba exactamente como el sistema de soporte de vida de un traje de vuelo de gran altitud, similar al que usaban los pilotos de combate. Gabriel sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía de repente, reemplazado por un vacío que amenazaba con devorar su cordura. Conocía ese patrón de respiración; lo había escuchado mil veces en los simuladores de vuelo y en las misiones de patrulla aérea. Murmullo de interferencia dio paso a una voz masculina, clara, sin distorsiones, transmitida desde una distancia imposible. Aquí el teniente Gabriel Perales, reportando anomalía instrumental sobre el sector Sarisariñama, dijo la voz del casco. Gabriel sintió un escalofrío tan intenso que sus dedos casi pierden el agarre sobre el metal frío del casco de Silva. Voz que salía del altavoz era idéntica a la suya, con el mismo tono, la misma cadencia y el mismo acento militar. Maldita sea, repito, perdimos el control de los sistemas de navegación, continuó la voz a través de la estática intermitente. Méndez miró a Gabriel con los ojos abiertos de par en par, pasando la mirada del rostro pálido del teniente al casco flotante. Ese... ese eres tú, Gabriel, susurró la científica, su voz apenas un hilo de aire en medio de la opresiva penumbra. Rivas dio dos pasos atrás, apuntando ahora con el fusil directamente al casco como si fuera un animal rabioso a punto de atacar. ¿Qué clase de truco es este, Perales? rugió el cabo, su voz temblando con una mezcla de terror absoluto y desconcierto. Gabriel no podía hablar, con la garganta completamente seca y el corazón golpeando su pecho como un animal enjaulado. Sabía perfectamente que nunca había realizado esa transmisión de radio en toda su carrera militar en la Fuerza Aérea. Hace diez años, su caza F-16 había sufrido un fallo, pero las palabras que ahora escuchaba jamás habían cruzado sus labios. Transmisión continuó, limpia de toda interferencia externa, transmitiendo un mensaje que desafiaba la línea del tiempo misma. Hemos cruzado el umbral del abismo, y las luces de abajo no son estrellas, decía la voz de Gabriel desde el pasado alterado. No intenten buscarnos en la superficie; el verdadero enemigo no viene del cielo, sino de la tierra que pisamos todos los días, prosiguió. Si están escuchando esto, significa que el ciclo se ha cerrado y que yo ya estoy esperándome a mí mismo en lo profundo de la fosa. Gabriel sintió que la realidad a su alrededor se fragmentaba, mientras el casco de Silva comenzaba a reproducir un mensaje de voz grabado hace diez años por el propio Gabriel, con palabras que él nunca ha pronunciado en su vida.

End of Chapter 4