Chapter 1 of 4

La cicatriz del Sarisariñama

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Sudor frío resbalaba por la nuca de Gabriel mientras sus dedos enguantados se aferraban con fuerza desmedida al cíclico del helicóptero Super Puma. El metal vibraba bajo su palma, una extensión nerviosa de su propio cuerpo tenso. Cien metros abajo, la selva indómita del estado Bolívar se extendía como un mar verde de copas infinitas, devorando cualquier rastro de civilización. El cielo sobre el macizo de Guayana se teñía de un gris plomizo, cargado de una tormenta que amenazaba con tragarse la aeronave. "Mantenga la altitud, mi teniente", sugirió el sargento Mendoza, copiloto de la misión, cuya voz delataba una creciente ansiedad a través del intercomunicador. Mendoza no dejaba de revisar los indicadores analógicos, ignorando deliberadamente el abismo que se abría paso entre la niebla. Gabriel no se molestó en responder. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y fijos en el horizonte brumoso, buscaban la inconfundible silueta del tepuy Sarisariñama. Nubes densas, casi sólidas, azotaban los rotores con violencia. La visibilidad se redujo a menos de cincuenta metros en cuestión de segundos, obligándolo a confiar ciegamente en los instrumentos de navegación. Recordaba cada palabra de la última transmisión de su antiguo escuadrón, hace tres años exactos, cuando se perdieron sin dejar rastro. La voz de su mejor amigo aún resonaba en sus oídos. "Silva reportando anomalía magnética grave... el suelo parece... Dios mío, el suelo se está abriendo..." y luego, el silencio absoluto de la estática. Esa maldita grabación había sido analizada mil veces por el alto mando, clasificada como un fallo técnico y archivada en los sótanos de la comandancia general. Pero Gabriel no aceptaba explicaciones burocráticas. Obsesionado con la idea de un rescate tardío, había falsificado firmas, manipulado planes de vuelo y arriesgado su propia libertad para conseguir esta autorización de patrullaje científico. Miró por el espejo retrovisor para comprobar el estado de los pasajeros. La geóloga, la doctora Elena Santos, revisaba unos sensores geofísicos con el ceño fruncido, ajena al peligro de la tormenta magnética. "Señales electromagnéticas fluctuando salvajemente", advirtió Mendoza, golpeando con el nudillo el cristal del altímetro que empezaba a girar en sentido contrario a las agujas del reloj. Fuera de la cabina, la masa de arenisca del tepuy Sarisariñama emergió de la niebla como una fortaleza prehistórica y silenciosa. Paredes de roca vertical de más de mil metros de altura se alzaban imponentes, cubiertas de líquenes oscuros. Gotas gruesas de lluvia golpeaban el parabrisas con un golpeteo rítmico e hipnótico, imitando el latido acelerado de su propio corazón. Volar en estas condiciones era un suicidio técnico que cualquier piloto cuerdo habría evitado a toda costa. Pero el miedo de Gabriel había muerto hacía tres años, reemplazado por una obsesión fría. Sarisariñama no era una montaña común; era un laberinto de piedra que ocultaba las simas más profundas y misteriosas del planeta. Justo enfrente, la Sima Humboldt se reveló ante ellos. Un abismo circular perfecto, de trescientos metros de diámetro y profundidad desconocida, rodeado de una vegetación tan densa que parecía una corona de espinas verdes. Aquel agujero parecía una herida abierta en la corteza terrestre, un pasaje directo a las entrañas de un mundo prohibido. "¡Dando la vuelta ahora mismo!", gritó Mendoza, su voz quebrándose por el pánico mientras las alarmas de proximidad del terreno comenzaban a sonar en un chillido estridente. "Negativo", ordenó Gabriel, apretando la mandíbula con tal fuerza que sintió un crujido en sus muelas. "Mantendremos el vector de aproximación. Necesito lecturas claras del fondo de la sima". De pronto, el zumbido constante de los motores gemelos Turbomeca fue reemplazado por un silencio sepulcral. Las pantallas de la cabina parpadearon dos veces antes de apagarse por completo, dejando las consolas sumidas en la oscuridad. Zumbidos agudos comenzaron a brotar de los auriculares de Gabriel, un chirrido metálico que perforaba los tímpanos y que no respondía a ningún control de volumen físico. Bajo ellos, en la profundidad insondable de la Sima Humboldt, una luz azul cobalto cobró vida. No era un destello común; la luz ascendía en una espiral concéntrica, distorsionando el aire a su paso. No hubo explosión, ni ruido ensordecedor. Solo una onda de choque magnética que golpeó el fuselaje con un impacto seco y sordo, haciendo que la aeronave vibrara violentamente. Fallo absoluto en todos los sistemas de control de vuelo. Los mandos hidráulicos quedaron rígidos, transformando el Super Puma en una tonelada de metal inerte a la deriva de la gravedad. Aquel pulso azulado se desvaneció tan rápido como había aparecido, pero el daño ya estaba hecho. El panel de instrumentos se había derretido parcialmente bajo el plástico protector. Instantáneamente, la cabina se llenó de gritos de pánico. Mendoza tiraba inútilmente de la palanca de emergencia mientras la doctora Santos intentaba colocarse un paracaídas inútil. Gabriel, sin embargo, permanecía inmóvil, con las manos firmes en los controles inútiles y la mirada fija en el parabrisas. Caían a plomo hacia el centro de la sima. Desprovisto de sustentación, el helicóptero se precipitaba en una espiral descendente, tragado por las paredes concéntricas de la Sima Humboldt que se cerraban sobre ellos como una jaula de piedra gris. Mendoza rezaba en voz alta, una letanía desesperada mezclada con llantos infantiles que Gabriel apenas lograba procesar. Gabriel no sentía miedo; sentía una realización fría y terrible. Esto era exactamente lo que Silva había experimentado antes de desaparecer. Mientras cruzaban la marca de los cien metros de descenso, una densa capa de niebla grisácea y flotante los envolvió. El aire se volvió helado en un segundo, congelando el vaho de sus alientos en el parabrisas. Atravesaron la niebla con un violento sacudón que casi los hace volcar por completo. Al otro lado de la barrera gris, la visibilidad volvió a ser clara, revelando una escena que desafiaba toda lógica. Cruzando el espacio intermedio de la sima, flotando de forma estática en el vacío, se encontraban los restos desmembrados de un helicóptero idéntico al de ellos. Suspendido en el aire, como si el tiempo se hubiera congelado por completo, el Halcón Tres flotaba en piezas individuales. Era una visión de pesadilla. Cientos de fragmentos de metal, papeles oficiales flotando en espirales inmóviles y herramientas de mantenimiento suspendidas en una perfecta ingravidez rodeaban el fuselaje quemado. Incluso las gotas de combustible quemado que habían escapado del motor averiado flotaban como perfectas esferas negras suspendidas en el espacio, reflejando la pálida luz que se filtraba desde arriba. Gabriel contuvo la respiración, con el corazón golpeándole las costillas con violencia. Sus ojos buscaron desesperadamente el interior de la cabina suspendida mientras su propio helicóptero caía a pocos metros de distancia. Vio el casco del capitán Silva flotando a escasos centímetros del asiento del piloto, con la visera rota y salpicada de un fluido oscuro que parecía sangre seca. No había cuerpos en los asientos, solo uniformes desgarrados y arneses desabrochados. Terror absoluto, puro y primitivo, se apoderó de su pecho al comprender que las leyes de la física que regían el mundo exterior no existían en este lugar. Aquella obsesión que lo había arrastrado hasta aquí se transformó en una llama ardiente y peligrosa. Sus hombres no estaban muertos en el sentido convencional; habían sido atrapados por algo que controlaba el espacio mismo. Su propio helicóptero continuaba su descenso vertiginoso, superando la zona de ingravidez para caer de nuevo bajo la influencia de una gravedad selectiva y hostil. Mendoza seguía gritando, con los ojos inyectados en sangre y las manos aferradas al tablero destrozado. Suelo de roca y raíces prehistóricas se alzaba para recibirlos, un yunque verde listo para aplastar el metal y la carne. Cincuenta metros para el impacto. Treinta metros. Diez metros. Gabriel cerró los ojos, exhalando su último aliento y esperando el dolor definitivo que pondría fin a su búsqueda desesperada. A solo tres metros del impacto, el helicóptero se congela por completo en el aire, sostenido por una fuerza invisible mientras una voz sisea en su radio apagada: 'Bienvenidos a la jaula'.

End of Chapter 1

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