Chapter 3 of 6
Capítulo 3: El bautismo de gas verde
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Tosidos secos y violentos sacudieron las paredes de piedra del calabozo subterráneo, extendiendo una vibración de pánico absoluto por todo el recinto carcelario de Reims.\n\nGritos desesperados quebraron la quietud helada de la prisión militar antes de que la primera detonación sacudiera la tierra exterior con un rugido ensordecedor que hizo llover polvo y escombros del techo.\n\nMetales chocando entre sí de forma desordenada resonaron en la superficie, un repique frenético y metálico que alertaba a toda la infantería sobre la inminente llegada de la muerte invisible y silenciosa.\n\n—¡Gas! —bramó un joven centinela desde la escalera principal, su voz quebrándose por el terror antes de ser devorada por el estruendo de un nuevo impacto de artillería pesada—. ¡Pónganse las malditas máscaras si quieren seguir respirando!\n\nGabriell se aferró a los ásperos barrotes de madera carcomida de su celda, sintiendo que el aire se volvía de repente denso y picante, cargado de un olor a ajo podrido que comenzaba a irritar sus fosas nasales.\n\nSudor frío empapó su frente de inmediato mientras el pánico arañaba su pecho, recordándole la cruel vulnerabilidad de estar encerrado bajo llave como un cordero esperando el matadero en medio del bombardeo.\n\nGolpeó la puerta reforzada con todo el peso de su hombro izquierdo, ignorando el dolor agudo que se extendió por su clavícula y su cuello al chocar repetidas veces contra las tablas de roble macizo.\n\nCrujidos secos de madera rota cedieron bajo su desesperada insistencia, astillando el pestillo oxidado que el sargento Mercier había cerrado con absoluto desprecio apenas unas horas atrás para castigar su insubordinación.\n\nLibre de la celda de confinamiento, avanzó a trompicones por el pasillo de tierra húmeda, usando la manga gruesa de su chaqueta de piloto para cubrirse la boca y evitar inhalar los vapores venenosos.\n\nSoldados franceses corrían en todas direcciones por las galerías oscuras del fuerte, con los ojos desorbitados por el miedo cerval y las manos temblorosas buscando desesperadamente sus estuches de lona cilíndricos.\n\nNadie se detuvo a mirar al piloto extranjero rezagado, pues en aquel instante de histeria colectiva cada fracción de segundo significaba la diferencia entre la vida y una agonía atroz.\n\nSubió los escalones de piedra resbaladizos de tres en tres, emergiendo finalmente al patio de armas exterior bajo un cielo matutino teñido de un gris plomizo y opresivo.\n\nAfuera, el panorama era un absoluto caos de hombres corriendo sin rumbo, camiones militares atascados y caballos de tiro desbocados que caían al suelo cubiertos de una densa espuma blanquecina.\n\nNubes pesadas de un color verde amarillento avanzaban velozmente a ras de suelo, deslizándose por los bordes de las trincheras como serpientes hambrientas dispuestas a devorar cualquier rastro de vida.\n\nSintió un pinchazo insoportable y ardiente en los ojos, seguido de un lagrimeo constante que empañó su visión, transformando el paisaje de Reims en una pesadilla borrosa de gritos y explosiones sordas.\n\n"Tengo que encontrar a Judith antes de que sea demasiado tarde", se repitió mentalmente a modo de mantra, arrastrándose a gatas por el lodo espeso que amenazaba con tragarse sus botas de vuelo.\n\nVarios infantes caían de rodillas a su paso, desgarrándose con desesperación el cuello de sus chaquetas de lana azul en un intento inútil por hacer entrar aire limpio en sus pulmones destrozados.\n\nBuscando febrilmente entre los pertrechos abandonados por las tropas en descarga, Gabriell divisó un estuche metálico tirado junto a una caja de municiones parcialmente destruida por la metralla.\n\nCorrió hacia el objeto protector, resbalando dos veces en el lodo mezclado con restos de pólvora, y logró asir la máscara de gas con sus dedos entumecidos por el frío invernal de Reims.\n\nAjustó las correas de lona elástica alrededor de su cabeza con movimientos urgentes y descoordinados, experimentando un alivio indescriptible cuando el filtro de carbón comenzó a purificar el aire viciado que respiraba.\n\n---\n\nSilbidos agudos de la artillería alemana continuaban castigando las afueras de la ciudad histórica, levantando grandes columnas de fango negro y escombros que se fundían con el gas flotante.\n\nA través de los lentes de vidrio empañados y sucios de su máscara, el campo de batalla adquirió una atmósfera de pesadilla, un territorio hostil donde los hombres parecían siluetas fantasmales sin rumbo fijo.\n\nCaminó con paso vacilante y torpe entre los caídos, manteniendo una mano apoyada en la pared de tierra húmeda de la trinchera para no perder el sentido de la orientación en aquella espesura verdosa.\n\n"No puedo dejar a nadie atrás en este infierno", se juró a sí mismo con vehemencia, permitiendo que la terquedad ciega que lo caracterizaba gobernara sus acciones por encima de cualquier orden militar.\n\nSu mente febril y extenuada se aferraba con obsesión a los rostros de sus amigos de la infancia en Venezuela, aquellos compañeros con los que había compartido sueños de volar bajo el sol caribeño.\n\nCada cuerpo inmóvil que encontraba medio sepultado en el lodo le parecía el de Leonel o el de Judith, alimentando un pánico irracional que distorsionaba por completo su percepción de la realidad.\n\nDébiles gemidos sofocados llegaron desde una posición de ametralladora Hotchkiss destruida, un sonido tan agudo y desamparado que atravesó con facilidad el estruendo sordo de las detonaciones cercanas.\n\nSe deslizó a toda velocidad por la pendiente de tierra suelta, ignorando los trozos de alambre de espino que se enganchaban con saña en la tela de su uniforme de la aviación francesa.\n\nBajo un pesado montón de maderos astillados y sacos de arena reventados, un joven soldado de infantería vestido de azul se retorcía en mitad de un ataque de asfixia química devastador.\n\nTenía el cabello castaño claro empapado de sudor frío, y sus ojos claros, desprovistos de cualquier tipo de protección, miraban al cielo gris con una súplica silenciosa y desgarradora de auxilio.\n\n—¿Leonel? —articuló Gabriell con voz temblorosa bajo la gruesa pieza de goma, sintiendo que un escalofrío helado le recorría la columna vertebral al contemplar aquellas facciones tan familiares.\n\nSu obsesión patológica por proteger a los suyos anuló cualquier vestigio de lógica o sentido común en una fracción de segundo, convenciéndose de que el destino lo había llevado hasta su amigo.\n\nAquel muchacho moribundo compartía los mismos rasgos juveniles y la mirada desvalida del compañero de su infancia, antes de que las garras del conflicto europeo los dividieran en bandos opuestos.\n\n—Aguanta, hermano, no te voy a dejar morir aquí solo —gritó Gabriell, arrojándose de rodillas en el barro putrefacto al lado del soldado que se ahogaba ante su mirada impotente.\n\nAquel infante francés no emitió palabra alguna, limitándose a arañarse la piel del cuello con las uñas ensangrentadas mientras un hilo de saliva verdosa brotaba de sus labios agrietados.\n\nNo dudó ni un instante en tomar la determinación más arriesgada de su corta vida en el frente europeo.\n\nLlevando sus manos enguantadas a los costados de su propio rostro, tiró de las correas de lona con un movimiento brusco y desesperado que desafiaba todo instinto de conservación.\n\nArrancó la máscara protectora de su cabeza, exponiendo su rostro desnudo a la mortífera neblina que cubría toda la línea de defensa francesa.\n\n---\n\nInmediatamente, el aire cargado de cloro y gas mostaza golpeó sus ojos y sus fosas nasales, quemando sus vías respiratorias como si hubiera tragado un puñado de brasas ardientes.\n\nSoportando un dolor agónico que amenazaba con hacerle perder el conocimiento de inmediato, colocó la máscara purificadora sobre el rostro del infante herido con manos temblorosas.\n\nAjustó las correas elásticas detrás de las orejas del muchacho, asegurando que el borde de goma se sellara herméticamente contra la piel húmeda y sucia del soldado desconocido.\n\nAquel recluta dio un suspiro ronco y profundo, inhalando ávidamente el aire limpio filtrado mientras los temblores violentos de su cuerpo comenzaban a disminuir de forma paulatina.\n\nFue en ese preciso instante de relativa calma cuando Gabriell pudo observar con total claridad el rostro del soldado al que acababa de entregarle su única protección.\n\nNo era Leonel en absoluto.\n\nEra un recluta francés de apenas dieciocho años, un absoluto desconocido que ahora lo contemplaba con unos ojos abiertos de par en par, llenos de una muda y profunda gratitud.\n\nProfundo vacío se abrió en el estómago del piloto al asimilar la magnitud de su terrible y absurdo error en medio del caos del combate.\n\nHabía entregado su vida por una simple ilusión óptica provocada por la culpa, por su fijación enfermiza de rescatar los fragmentos de un pasado que ya no existía en el campo de batalla.\n\nIntentó ponerse de pie para buscar algún respirador abandonado entre los cadáveres de la trinchera, pero sus piernas flaquearon por completo, hundiéndose sin fuerzas en el lodo frío de la fosa.\n\nFuego líquido parecía devorar su laringe con cada intento desesperado por respirar, impidiendo que el oxígeno llegara a sus células mientras su pecho se contraía con espasmos insoportables.\n\nTosió con una violencia desgarradora, sintiendo el sabor metálico y tibio de la sangre brotar en abundancia de su boca, manchando la solapa de su uniforme de cuero de la aviación.\n\nLágrimas ácidas quemaban sus mejillas inflamadas, reduciendo la devastación de Reims a un borrón confuso de colores verdosos y grises que daban vueltas vertiginosas a su alrededor.\n\n"Qué estúpido he sido al creer que podía salvarlos a todos", pensó con una amargura infinita, mientras sus uñas se clavaban en la tierra helada del parapeto en busca de apoyo.\n\nAquella cruda realidad de la guerra moderna se le revelaba con una frialdad matemática e implacable: en el frente occidental, los sacrificios impulsivos rara vez encontraban un final glorioso.\n\nSolo quedaba la lenta agonía de los insensatos que pretendían jugar a ser héroes en un tablero dominado por la química industrial y la artillería pesada del enemigo.\n\nApoyó la mejilla contra el lodo húmedo, sintiendo cómo el frío de la tierra contrastaba dolorosamente con el calor abrasador que consumía sus pulmones desde el interior.\n\nA lo lejos, el estruendo de los cañones alemanes y los gritos de auxilio se transformaron en un pitido sordo y agudo, sumergiéndolo en un letargo del que temía no volver a despertar jamás.\n\n---\n\nSombras amenazantes comenzaron a recortarse entre la espesa bruma de gas que flotaba perezosamente sobre los sacos de arena destruidos de la línea francesa.\n\nPasos pesados y rítmicos quebraron la quietud de la muerte, aplastando los tablones de madera astillados con la seguridad de quien avanza victorioso tras la tormenta de fuego.\n\nHizo un esfuerzo sobrehumano por levantar la cabeza del barro, parpadeando repetidamente para limpiar la sangre y las lágrimas químicas que mantenían sus párpados casi pegados.\n\nSiniestra silueta se materializó lentamente a través del aire teñido de verde, vistiendo el abrigo gris oscuro y el casco de acero inconfundible de las tropas de asalto alemanas.\n\nLlevaba el rostro completamente cubierto por una máscara de gas de cuero grueso, cuyos visores de vidrio redondo brillaban con la frialdad de los ojos de un depredador mecánico.\n\nAquel enemigo avanzaba sin prisa alguna, rematando con metódica frialdad a los heridos franceses que aún se retorcían en el suelo de la trinchera devastada.\n\nGabriell buscó desesperadamente su arma de reglamento en la funda de cuero de su cinturón, pero sus dedos hinchados y entumecidos apenas consiguieron rozar la culata metálica.\n\nAquel soldado alemán se detuvo a escasa distancia de él, permaneciendo de pie como un juez silencioso recortado contra el resplandor amarillento del amanecer de Reims.\n\nLentamente, el infante enemigo levantó su fusil Mauser, apuntando de manera fría y deliberada directamente al centro de la frente del piloto que se asfixiaba en el fango.\n\nEn la muñeca derecha de la figura alemana, un detalle inesperado atravesó la bruma de agonía que nublaba los últimos instantes de conciencia del joven venezolano.\n\nA través de la neblina tóxica, una figura con máscara de gas alemana apunta directamente a la cabeza de Gabriell, mostrando un brazalete de cuero con las iniciales talladas de Blünginda.