Chapter 2 of 6

Capítulo 2: Bajo la sombra del Somme

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Gotas heladas golpeaban el rostro de Gabriell como agujas de vidrio, empujadas por un viento del norte que arrastraba el olor a carbón y muerte desde el frente de batalla. Barro espeso se tragaba sus botas de cuero con cada paso pesado que daba en el patio de armas del campamento. Aquel asentamiento provisional, bautizado con un frío número militar en los mapas del Somme, apestaba a estiércol, metal oxidado y el miedo condensado de miles de jóvenes reclutas. Frío húmedo se filtraba a través del tosco uniforme de lana azul de la infantería francesa que ahora vestía como una piel ajena. Atrás quedaba la calidez dorada del puerto de La Guaira, las promesas hechas bajo el sol de Venezuela y la ingenua certeza de que la guerra era una aventura noble donde los valientes siempre regresaban a casa con medallas en el pecho. A su lado, un grupo de hombres demacrados tiritaba bajo la lona rota de un cobertizo de suministros. Entre ellos, manteniendo la cabeza agachada para que la visera rígida del quepis ocultara sus rasgos finos, se encontraba Judith. Sudor helado resbalaba por las sienes de Gabriell mientras la vigilaba con disimulo, con el pecho oprimido por una angustia constante que no le daba tregua. Ella vestía la casaca demasiado grande de su difunto hermano Jacques, cuyos documentos de identidad llevaba cosidos en el forro del abrigo para burlar los controles del reclutamiento. Un solo examen médico exhaustivo, una sola sospecha de los oficiales, y Judith sería arrastrada a un calabozo o ejecutada por traición en tiempos de movilización general. Rígido como un poste de fusilamiento, el sargento de instrucción Mercier patrullaba la hilera de soldados recién llegados. Su rostro, una máscara de cuero curtido por el sol de las colonias africanas y surcado por una profunda cicatriz que le dividía el labio superior, infundía un respeto reverencial y un pavor absoluto. Gritos roncos brotaban de su garganta, apagando el silbido constante del viento invernal que barría las llanuras del norte de Francia. El instructor golpeaba rítmicamente su bota derecha con una fusta de madera, un sonido seco que marcaba el pulso del pánico colectivo de la tropa. "¡Enderecen esas malditas columnas!", bramó Mercier, deteniéndose frente a un muchacho parisino que apenas podía sostener su pesado fusil Lebel. "¡Aquí no están en los salones de baile de París ni en los burdeles de Marsella! ¡Esto es el Somme, y la única regla es obedecer o pudrirse bajo dos metros de fango!" Gabriell apretó la mandíbula, sintiendo cómo el músculo de su mejilla se tensaba hasta dolerle bajo la piel helada. Odiaba la brutalidad sistemática de este lugar, un mecanismo diseñado para despojar a los hombres de su individualidad hasta convertirlos en engranajes dóciles de una maquinaria de picar carne humana. Violento empujón del sargento hizo que el recluta de al lado cayera de rodillas en el charco de fango negro. Nadie se atrevió a ayudarlo; la disciplina de hierro del campamento dictaba que cualquier muestra de solidaridad no autorizada era castigada con la misma severidad que un acto de cobardía. --- Paredes de lona gris y tablas de madera húmeda componían el interior del barracón número cuatro, donde el pelotón fue confinado al caer la tarde. El aire allí dentro era una mezcla nauseabunda de sudor rancio, grasa de fusil y el olor acre de las estufas de carbón que apenas lograban calentar el ambiente. Gabriell se dejó caer sobre un jergón de paja podrida, ignorando el pinchazo de los parásitos que ya habitaban el colchón improvisado. Sus ojos, cargados de una fatiga que iba más allá del cansancio físico, buscaron de inmediato la figura de Judith en el rincón más oscuro del habitáculo. Sentada sobre su petate, ella intentaba ajustar con manos temblorosas las vendas de lino que comprimían su pecho debajo de la camisa militar. Cada respiración parecía costarle un esfuerzo sobrehumano, pero su rostro reflejaba una determinación inquebrantable que a Gabriell le helaba la sangre. "Tienes que descansar", le susurró él en español, aprovechando el murmullo de las conversaciones de los otros reclutas franceses que limpiaban sus armas o lloraban en silencio en sus literas. "Si sigues apretando ese vendaje de esa manera, te vas a romper las costillas antes de que toquemos el primer frente." "Jacques no se quejaría", respondió ella con un hilo de voz áspero, usando el nombre de su hermano como un escudo emocional para ocultar el temblor de sus labios. "Tengo que ser él, Gabriell. Si me quiebro ahora, todo lo que hice para llegar hasta aquí habrá sido en vano." Antes de que él pudiera replicar, la puerta del barracón se abrió de golpe, golpeando la pared de madera con un impacto que hizo temblar las vigas del techo. Mercier entró acompañado por dos cabos de aspecto rudo que portaban linternas de tormenta, cuyas flames vacilantes proyectaban figuras alargadas e inquietantes sobre las paredes de lona. "¡Atención!", rugió uno de los cabos, provocando un tropel instantáneo de botas y cuerpos que se ponían en posición de firmes junto a sus respectivas literas. Silencio absoluto se adueñó del espacio mientras el sargento de instrucción caminaba lentamente por el pasillo central, examinando cada detalle con una mirada cargada de malicia y desconfianza. "Parece que tenemos un nido de ratas muy descuidado aquí", siseó Mercier, deteniéndose ante la litera de un soldado que había desaparecido durante la guardia nocturna anterior. "El recluta Laurent decidió que la vida civil era más atractiva que servir a la patria. Un desertor, un traidor que será fusilado en cuanto lo encontremos en las estaciones de tren." Con un movimiento rápido de su bota, el sargento volcó el petate del desertor, esparciendo sus escasas pertenencias por el suelo sucio. Entre la ropa interior de lana y los útiles de aseo, un pequeño cuaderno de cuero oscuro y varias hojas de papel manuscritas rodaron hasta detenerse cerca de los pies de Judith. Gabriell sintió que el corazón le daba un vuelco violento al reconocer la caligrafía elegante y cursiva en una de las hojas sueltas. No era la letra del desertor; eran las notas personales que Judith había estado escribiendo durante las noches de guardia, donde expresaba su miedo a ser descubierta y el dolor por la pérdida de su hermano. Ella las había escondido temporalmente en el catre vacío del desertor pensando que sería el lugar más seguro del barracón. "Tú, el extranjero", ordenó Mercier, señalando a Gabriell con el dedo índice cubierto por un guante de cuero negro gastado. "Recoge ese cuaderno y los papeles que están en el suelo. Léelos en voz alta para que todo el barracón escuche lo que escribe un cobarde antes de traicionar a su país." Inmóvil, Gabriell midió el abismo que se abría ante sus pies. Si se agachaba y leía esas líneas, el sargento notaría de inmediato la incongruencia de los nombres y el tono femenino de las cartas, lo que llevaría a una investigación inmediata sobre el origen de los documentos y, inevitablemente, a la caída de Judith. "Me niego a hacerlo, señor", declaró Gabriell, con la voz resonando con una firmeza que sorprendió incluso a los cabos que custodiaban la entrada. Mercier se dio la vuelta despacio, como un depredador que no da crédito a la audacia de su presa. Sus pasos hacia Gabriell fueron lentos, deliberados, calculados para infligir el máximo terror psicológico antes del castigo físico. "¿Qué has dicho, pedazo de basura?", siseó el sargento, deteniéndose a escasos centímetros del rostro del joven venezolano. El olor a tabaco rancio y ginebra barata que emanaba de su boca era casi insoportable. "He dicho que no confiscaré ni leeré esos documentos, señor", repitió Gabriell, sosteniendo la mirada del instructor sin permitir que el miedo se reflejara en sus ojos. "La correspondencia personal y el diario de un soldado pertenecen a su intimidad. Forzar su lectura pública va en contra del honor militar y de las leyes de la decencia." Chasquido agudo cortó el aire húmedo del barracón. La fusta de Mercier impactó con una fuerza brutal en el pómulo izquierdo de Gabriell, abriendo una brecha de la que comenzó a manar un chorro de sangre espesa y caliente que le corrió por el cuello. Gabriell no se movió ni un milímetro, aunque el dolor punzante le nubló la vista por un instante y un zumbido agudo le llenó el oído izquierdo. Sus puños se apretaron con tanta fuerza que las costuras de sus guantes de lana barata amenazaron con reventar. "¿Honor? ¿Decencia?", escupió Mercier, descargando una patada implacable contra las pertenencias esparcidas en el suelo, enviando el diario de Judith aún más cerca de la oscuridad debajo de la litera. "Aquí no hay caballeros de la mesa redonda, recluta estúpido. Aquí hay soldados que mueren en el barro y oficiales que deciden cómo y cuándo lo hacen. Tu honor no te salvará de una bala alemana, ni de mí." Viendo que el sargento se agachaba para recoger los papeles que quedaban cerca de sus botas, Gabriell dio un paso rápido y calculado hacia delante, interponiendo su cuerpo y pisando con firmeza el fajo de cartas de Judith, hundiéndolas en el fango acumulado entre las tablas del suelo para que la tinta se volviera ilegible. "¡Insubordinación flagrante!", bramó Mercier, perdiendo los estribos al ver el desafío directo en la acción del recluta. "¡Cabos, detengan a este insensato! ¡Llévenlo a las celdas de castigo del fuerte viejo!" Manos rudas agarraron a Gabriell por los hombros, forzando sus brazos hacia atrás hasta que sintió un crujido doloroso en las articulaciones. Lo arrastraron sin miramientos hacia la salida del barracón, bajo la mirada aterrorizada de sus compañeros. Judith dio un paso al frente, con los ojos empañados por las lágrimas y los labios temblando, a punto de gritar su verdadera identidad para salvar a su protector de la tortura que le esperaba. Gabriell la miró fijamente por encima del hombro del cabo que lo arrastraba, clavando en ella una mirada cargada de una advertencia desesperada. Sus ojos mudos le suplicaban que mantuviera el silencio, que no tirara por la borda el sacrificio que él estaba haciendo por ella y por la memoria de su hermano. Ella entendió el mensaje y se detuvo en seco, apretando los dientes con tanta fuerza que un hilo de sangre brotó de su labio inferior, obligándose a permanecer inmóvil mientras su único aliado era llevado a la oscuridad del calabozo. --- Frío intenso y una penumbra casi absoluta recibieron a Gabriell cuando la pesada puerta de hierro del calabozo subterráneo se cerró tras él con un estruendo metálico que pareció sellar su destino. Espacio de piedra húmeda y mohosa situado bajo los cimientos de una antigua fortaleza del siglo diecisiete que el ejército francés utilizaba como depósito de municiones y prisión de campaña, la celda se convirtió en su mundo. No había catre, ni mantas, solo un puñado de paja podrida esparcida en una esquina que apestaba a orina y descomposición. Días interminables se sucedieron en una monotonía de dolor físico y aislamiento mental que amenazaba con quebrar la cordura del joven venezolano. Sus raciones se limitaban a un trozo de pan duro y un cuenco de agua sucia que los guardias le arrojaban una vez al día sin dirigirle la palabra. Fiebre constante inflamó su mejilla herida, infectada por la suciedad del calabozo, provocándole un estado de delirio intermitente que lo hacía perder la noción del tiempo. En sus visiones febriles, volvía a ver las costas caribeñas de Venezuela, sintiendo el calor de la arena bajo sus pies descalzos y escuchando las risas de Leo, Blünginda y Judith antes de que la locura del conflicto europeo los separara. Aquel pacto de lealtad absoluta que habían jurado parecía ahora una fantasía infantil frente a la cruda e implacable realidad de la guerra. ¿Valía la pena mantener un juramento en un mundo que se caía a pedazos?, se preguntaba a sí mismo durante los momentos de lucidez, acurrucado en el suelo de piedra para intentar conservar el escaso calor de su cuerpo. La respuesta de su alma siempre era la misma: sí, porque si perdía su lealtad a los suyos, no le quedaría nada más por lo que valiera la pena regresar a casa. Creencia ingenua de que la caballerosidad militar primaba sobre la disciplina de hierro se había evaporado de su mente, reemplazada por una comprensión fría de la barbarie moderna. Los soldados no eran héroes de epopeya; eran carne para el cañón, números en un informe de bajas que los generales leían mientras desayunaban en cómodos castillos lejos del barro. Durante la séptima noche de su confinamiento, la fiebre pareció remitir, dejándolo con una sensación de debilidad extrema pero con la mente inusualmente despejada. El silencio que reinaba en las profundidades de la tierra era tan denso que podía escuchar el goteo constante del agua que se filtraba por las juntas de los bloques de piedra de la pared. Pronto, una vibración extraña recorrió el suelo de la celda, un temblor sordo que no se parecía al impacto de la artillería pesada que solía escuchar a lo lejos. Era un murmullo vibratorio, constante y profundo, que hacía que los pequeños granos de arena del suelo bailaran en la oscuridad. Gabriell se arrastró con dificultad hacia la pequeña reja de ventilación situada en lo alto de la pared exterior, cuyos barrotes oxidados daban al nivel del suelo del patio del fuerte. Sus dedos, entumecidos por el frío extremo, apenas lograban aferrarse al metal húmedo para elevar su cuerpo unos centímetros. Gritos de pánico desgarradores comenzaron a filtrarse desde el exterior, pero no eran los gritos de hombres preparándose para un asalto de infantería o respondiendo a una alarma de bombardeo convencional. Eran alaridos de agonía pura, de soldados que se asfixiaban en medio de la noche sin comprender qué los estaba matando. Olor acre y desconocido, similar al del cloro industrial mezclado con piña podrida, comenzó a filtrarse por la reja de ventilación, quemando de inmediato las fosas nasales de Gabriell y provocándole un espasmo de tos violenta que lo hizo caer de rodillas sobre la paja sucia. "¡Gas!", intentó gritar una voz ronca en el patio exterior, pero el aviso fue interrumpido por un estertor ahogado que se apagó rápidamente en medio de la oscuridad de la noche. Una explosión sorda sacude el calabozo subterráneo, y a través de los escombros de la reja, Gabriell ve el cielo teñirse de un verde químico espeluznante.

End of Chapter 2