Chapter 4 of 6

Chapter 4: Alas de lona y madera

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Toses roncas rompían el silencio del hospital de campaña. Aquellas paredes de lona blanca olían a cloroformo, a sudor rancio y a la humedad persistente de la campiña francesa. Gabriell se incorporó en su catre de lona, sintiendo que un puñado de agujas ardientes le perforaba los bronquios con cada respiración. Cada bocanada de aire se sentía como un castigo divino. Su garganta estaba en carne viva, irritada por los residuos invisibles del gas mostaza que casi lo devora en el frente de Reims. Cerró los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen del soldado desconocido al que le había entregado su máscara de gas. Médicos militares de rostro cansado caminaban entre las hileras de heridos, evaluando quién podía volver al combate y quién estaba destinado a una fosa común. Gabriell no quería quedarse allí esperando que sus pulmones se marchitaran por completo. Necesitaba moverse, necesitaba encontrar a sus amigos, saber si Judith seguía con vida tras el infierno de la trinchera. Papeles oficiales llegaron a su camilla tres días después, traídos por un sargento de mirada severa que apenas le dirigió la palabra. Su experiencia previa pilotando avionetas de carga en los llanos de Venezuela y su ascendencia francesa lo convertían en un recurso valioso e inusual en esta guerra de desgaste. La infantería ya no era su destino; el alto mando lo reclamaba en el aire. Francia necesitaba pilotos para rellenar las bajas constantes en la célebre Escuadrilla Lafayette. Aquellos hombres que desafiaban la gravedad no duraban más de un par de semanas en el cielo antes de convertirse en antorchas humanas. Aceptó el traslado sin dudarlo, sabiendo que las alturas le ofrecerían una perspectiva que el barro de las trincheras le negaba. Un hangar de madera rústica lo recibió en el aeródromo de las afueras de Verdún, rodeado de mecánicos cubiertos de grasa negra y oficiales que hablaban con un acento cerrado. El viento invernal golpeaba las paredes de madera, colándose por las rendijas y congelando los mapas de navegación colgados en las pizarras. El ambiente apestaba a gasolina refinada y aceite de ricino. Allí descansaba su nueva montura, un Nieuport 11 apodado cariñosamente por los mecánicos como el "Bébé". Era un biplano diminuto, una delicada obra de ingeniería que parecía más un juguete de feria que una máquina de matar. Sus alas inferiores eran notablemente más delgadas que las superiores, dándole un aspecto ágil pero terriblemente vulnerable. Lona tensa sobre costillas de madera de fresno era todo lo que separaba al piloto del vacío absoluto. Gabriell se acercó al aparato, pasando los dedos por el borde de ataque del ala superior. El material vibraba bajo su tacto, respondiendo a las ráfagas de viento que entraban por el portón abierto. Mecánicos cansados ajustaban los cables de tensión que mantenían unidas las alas, asegurándose de que la estructura no se desintegrara durante las maniobras bruscas. Una ametralladora Lewis estaba montada sobre el ala superior, diseñada para disparar por encima de la hélice de madera. Recargar esa arma requería que el piloto se pusiera de pie en la cabina abierta en medio del vuelo. Sosteniendo el timón con manos firmes, Gabriell se colocó el casco de cuero y las gafas protectoras. Su pecho se apretó con una mezcla de ansiedad y determinación silenciosa. No pensaba en la gloria militar ni en las medallas; solo pensaba en la promesa de regresar todos juntos al calor del Caribe. Gabriell acarició el colgante que llevaba bajo la camisa de lana, un pequeño amuleto que le recordaba las playas de su hogar. Subiría a ese cielo hostil no por el orgullo de una bandera que apenas conocía, sino para convertirse en el ángel guardián de aquellos que amaba. Si Judith estaba abajo en el fango, él vigilaría su cabeza desde las alturas. Subir a la estrecha cabina requirió un esfuerzo físico que hizo que sus pulmones protestaran con un agudo silbido de dolor. El espacio era tan reducido que sus rodillas casi tocaban el panel de instrumentos de latón y madera. Apenas había espacio para el altímetro, el tacómetro del motor y la brújula magnética que flotaba en alcohol. Apretó las correas del arnés de hombros, sintiendo la dureza del cuero contra su uniforme azul. El frío era un enemigo silencioso que ya empezaba a adormecerle los dedos de los pies dentro de las botas de montar. Ajustó las gafas sobre sus ojos, asegurándose de que el sello de goma se adhiriera perfectamente a su piel. Gafas de vuelo empañadas por su propia respiración dificultaron la visión por un segundo. Limpió el vidrio con el guante de cuero mientras miraba al mecánico que se colocaba frente a la gran hélice de madera bipalas. El hombre lo miró fijamente, esperando la señal de encendido. Contacto, gritó Gabriell, asegurando el interruptor de magnetos en la posición correcta. El mecánico se colgó de la pala de madera, impulsándola hacia abajo con todo el peso de su cuerpo en un movimiento rápido y ensayado. El motor rotativo Le Rhône de ochenta caballos de fuerza tosió una densa nube de humo blanco. Hélice de madera comenzó a girar a toda velocidad, convirtiéndose en un disco borroso ante sus ojos. El rugido del motor era ensordecedor, un trueno metálico que hacía vibrar el suelo del aeródromo y sacudía todo el fuselaje del Nieuport. El olor a aceite de ricino quemado inundó la cabina, impregnando su ropa y su piel al instante. Rugió el motor con fuerza ascendente cuando Gabriell empujó la palanca del acelerador de mano. El biplano comenzó a rodar sobre la pista de hierba embarrada, saltando violentamente sobre los baches del terreno. La velocidad aumentó rápidamente, transformando el traqueteo del suelo en una sorprendente y suave ligereza. Vibraciones brutales cesaron de golpe cuando las ruedas de madera y goma se separaron del suelo francés. Gabriell sintió una súbita y sobrecogedora sensación de libertad que casi le hizo olvidar el dolor crónico de su pecho. El biplano ascendía con una agilidad pasmosa, devorando la distancia hacia las nubes grises. Ruedas suspendidas en el vacío eran el único testimonio de que la tierra ya no lo reclamaba como suyo. El aire helado golpeó su rostro con la fuerza de un látigo, obligándolo a inclinarse detrás del pequeño parabrisas de celuloide. Debajo de sus alas, el paisaje comenzó a desplegarse con una claridad que lo dejó sin aliento. Flotando en el espacio infinito, Gabriell experimentó por primera vez la sobrecogedora inmensidad del cielo de Europa. El viento silbaba entre los cables de acero de las alas, un lamento constante que competía con el rugido del motor rotativo. Por un instante, la belleza de las nubes blancas pareció ofrecerle una tregua en medio de la carnicería humana. Aire puro llenaba sus pulmones, aunque la altura hacía que cada inhalación fuera fría como el hielo. El biplano respondía al menor movimiento de la palanca de mando, inclinándose hacia los lados con una gracia casi orgánica. Sin embargo, la ilusión de paz se desvaneció por completo en cuanto desvió la mirada hacia el horizonte. Abajo, el paisaje verde y ordenado de la campiña francesa se transformaba bruscamente en una herida abierta y purulenta. La línea del frente de batalla se extendía como una monstruosa costra de color marrón y gris que dividía la tierra. No había árboles, no había pasto, solo un desierto de barro estéril rasgado por miles de trincheras. Cicatrices marrones de la guerra se retorcían en el suelo como serpientes de barro y muerte. Desde la altura, los miles de cráteres de artillería parecían marcas de viruela en la piel del continente, llenos de agua estancada y verdosa. El horror de la guerra terrestre se mostraba ante él en toda su espantosa e infinita dimensión geográfica. Campos de batalla que antes eran fértiles ahora eran vertederos de metralla, alambre de espino y cuerpos sin sepultura. Gabriell sintió un frío terror existencial que le heló la sangre en las venas al comprender la verdadera escala de la destrucción. La belleza del vuelo se evaporó, reemplazada por la certeza de que volaba sobre un inmenso cementerio al aire libre. Ninguna fotografía ni mapa militar lo había preparado para contemplar la inmensidad de la carnicería humana desde el cielo. Las trincheras francesas y alemanas se encontraban tan cerca unas de otras que parecían laberintos diseñados por una mente desquiciada. El humo de las explosiones distantes se elevaba en el aire, columnas grises que ensuciaban el cielo limpio. Buscó en sus bolsillos el mapa de navegación, sosteniéndolo con fuerza para que el viento no se lo arrebatara de las manos. Comparó los accidentes geográficos del terreno con las anotaciones en tinta roja que el oficial de inteligencia le había entregado antes de partir. Sus ojos se abrieron con horror al correlacionar las coordenadas del sector que debía patrullar. Coordenadas precisas señalaban el área donde el regimiento de infantería de Judith había sido redesplegado para contener el avance enemigo. Miró fijamente hacia esa sección del mapa y luego hacia la tierra, localizando el punto exacto en el horizonte. Una densa barrera de fuego de artillería pesada estaba cayendo directamente sobre esas posiciones. Humaredas grises y fogonazos anaranjados devoraban el sector asignado a su amiga con una violencia implacable. El avance de la línea de fuego alemana era evidente, una ola de destrucción que se movía lenta pero inexorablemente sobre las indefensas trincheras francesas. La artillería pesada estaba pulverizando cada refugio, cada tramo de parapeto, sin dar tregua a los defensores. Sintió un nudo de angustia asfixiante que le oprimió el pecho, haciéndole olvidar por completo el dolor físico del gas. Judith estaba allí abajo, atrapada bajo esa lluvia constante de acero al rojo vivo y tierra calcinada. El pánico de perder a la única familia que le quedaba en este continente hostil lo dominó por completo, nublando su juicio militar. Judith estaba en el epicentro de ese infierno de metralla y fango, indefensa ante los obuses que caían del cielo. Su Flaw, esa terquedad ciega que lo impulsaba a arriesgarlo todo con tal de no abandonar a nadie, tomó el control de sus acciones. Olvidó las órdenes de reconocimiento, olvidó los límites de su sector y la fragilidad de su biplano. Quiso descender, buscando una forma de acercarse al suelo para ver si podía localizar las posiciones de su regimiento. Empujó la palanca de mando hacia adelante, forzando al Nieuport a entrar en un picado pronunciado que hizo que el viento aullara con furia en los montantes de las alas. La velocidad aumentó peligrosamente, haciendo que la lona del fuselaje vibrara con violencia. Súbitamente, un violento estallido metálico resonó en la parte delantera del fuselaje, sacudiendo toda la estructura del biplano. El motor Le Rhône dio un tirón espantoso, perdiendo revoluciones de manera drástica mientras un humo negro y denso comenzaba a salir del capó de aluminio. La hélice disminuyó su velocidad de giro, perdiendo la inercia que la mantenía con vida. Gotas negras de aceite de ricino hirviendo salpicaron el parabrisas de celuloide, manchando también las gafas de vuelo de Gabriell y cegándolo parcialmente. El olor a metal fundido y combustible quemado inundó la cabina, confirmando sus peores temores mecánicos. El motor había fallado en el peor momento posible, dejándolo a merced de la gravedad. Silencio de muerte se apoderó de las alturas en cuanto el rugido constante del motor se extinguió por completo. El único sonido que quedaba era el silbido lúgubre del viento cortando las alas de lona mientras el avión comenzaba a planear sin rumbo. Gabriell intentó desesperadamente mover la palanca de gases, pero la respuesta del motor fue un gemido inerte de metal roto. Desesperado, limpió el aceite pegajoso de sus gafas con la manga de su chaqueta de cuero, tratando de recuperar la visibilidad de su entorno. El biplano perdía altura rápidamente, deslizándose por el aire frío mientras el desierto de barro de las trincheras se alzaba para reclamarlo. La muerte lo acechaba tanto abajo en la tierra devastada como arriba en el cielo silencioso. Un escalofrío helado recorrió su columna vertebral al mirar hacia arriba, buscando un claro en la densa capa de nubes que lo rodeaba. El motor de su biplano tose violentamente y se apaga por completo justo cuando tres siluetas negras con la Cruz de Hierro emergen de una nube superior.

End of Chapter 4