Chapter 9 of 10
El Secreto del Oráculo
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Retrocedió. Un paso, luego otro, como si el aire alrededor de Mía se hubiera vuelto tóxico, abrasador. Su respiración se enganchó en su garganta, cruda y ronca. Los ojos de Mía, antes desafiantes, ahora reflejaban una mezcla de sorpresa y algo más indescifrable. Había estado tan cerca. Demasiado cerca.
El roce casi imperceptible de su aliento. La humedad del aguacero en su piel. Esa proximidad lo había desestabilizado. Lo había hecho sentir. Y sentir era peligroso. Era perder el control, una debilidad que no podía permitirse.
Giró sobre sus talones. No hubo palabras. No hubo explicaciones. Solo la necesidad imperiosa de escapar. Corrió, ignorando la lluvia que lo empapaba por completo, el frío que se le pegaba a los huesos. No corría de Mía, sino de la vulnerabilidad que ella había despertado en él.
Su mente era un torbellino. ¿Cómo había permitido eso? ¿Cómo había llegado a estar tan expuesto? Mía era una variable incontrolable, una falla en su algoritmo perfecto. Su presencia era un riesgo, una amenaza directa a la fachada que había construido con tanta meticulosidad.
Las calles mojadas pasaban a toda velocidad. El sonido de sus pasos contra el asfalto era el único ritmo en su cabeza, un tamborileo frenético que intentaba ahogar el eco de su propio pánico. El corazón le latía con una fuerza desmedida, un pájaro atrapado en una jaula de costillas.
Llegó a la casa, la puerta principal abierta. Entró sin pensarlo, el agua goteando de su ropa, formando pequeños charcos en el mármol pulido. No se detuvo. Subió las escaleras de dos en dos, ignorando la mirada de la señora de la limpieza, quien lo observó con una mezcla de consternación y lástima.
Su habitación. El santuario. Cerró la puerta con un golpe seco, el sonido resonando en el silencio. Se apoyó contra ella, la frente pegada a la madera fría. Sus pulmones ardían. Las manos le temblaban, no por el frío, sino por la furia. Furia contra sí mismo por haber bajado la guardia.
Se despojó de la ropa empapada, dejándola caer en un montón húmedo en el suelo. Necesitaba recuperar el control. Necesitaba una distracción. Algo que pudiera analizar, desmenuzar, manipular hasta entenderlo por completo.
Su mirada se posó en su monitor, que aún mostraba el ranking del torneo. Oráculo. La plataforma que había sido su universo, su imperio. El lugar donde Gabriel Vance y El Chico detrás de la Máscara reinaban. Una idea, fría y calculada, comenzó a tomar forma en su mente.
Si Mía era una amenaza, debía entender el campo de juego por completo. Y eso significaba ir más allá de la superficie. Significaba desenterrar los cimientos de su propio trono. ¿Quién había creado Oráculo? ¿Quién había diseñado un espacio tan perfecto para que él pudiera existir, para que su talento pudiera florecer y dominar?
Encendió el ordenador. Sus dedos volaron sobre el teclado, la familiaridad de las teclas un bálsamo para su mente agitada. Abrió una ventana de terminal, ejecutó comandos. Empezó a rastrear la dirección IP del servidor principal de Oráculo. Líneas de código llenaron la pantalla, un lenguaje que entendía mejor que cualquier otro.
Los datos comenzaron a fluir. Direcciones IP. Registros DNS. Servidores proxy. Se movía a través de capas de cifrado, saltando de un nodo a otro, cada paso un eslabón en la cadena que lo llevaría a la verdad. No era un juego. Era una operación militar.
Un nombre apareció en pantalla. Un conglomerado. Un nombre genérico, sin rostro. Phoenix Global Holdings. Un escudo, lo supo al instante. Una fachada para algo más grande, más complejo. Estos eran los fantasmas de internet, las corporaciones diseñadas para la opacidad.
Profundizó. Buscó registros de propiedad. Archivos de constitución. Documentos legales. Phoenix Global Holdings no tenía una dirección física obvia. Sus oficinas estaban registradas en una serie de buzones de correo virtuales, una red global de direcciones que no conducían a ninguna parte, excepto a sí mismas.
Pero un detalle se filtró a través de la maraña. El servidor principal, el corazón de Oráculo, estaba alojado en una pequeña empresa de hosting en Zúrich. Zúrich. La palabra se clavó en su mente como una aguja helada. Suiza.
El aire se le escapó de los pulmones. Se quedó inmóvil, el cursor parpadeando en la pantalla, las letras