Chapter 8 of 10

Espejos Rotos

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El chat estalló. Una avalancha de signos de interrogación, de emojis de asombro. “¿Cómo sabe Loki que el verdadero nombre del autor de Ares empieza con G?” Esa pregunta, inocente en su formulación, se clavó en Gabriel como un cuchillo de hielo. Un sudor frío le corrió por la espalda, a pesar del aire acondicionado zumbando en su habitación. Había sido un error. Un error catastrófico. El pulso se le disparó. Sus dedos se congelaron sobre el teclado, la adrenalina quemándole las venas. Mía había cruzado una línea. Una invisible, pero infranqueable, línea de arena que él mismo había dibujado para proteger su perfecta fachada. Control. Él vivía por el control. Cada palabra de Ares, cada movimiento en su imperio literario, todo orquestado por su voluntad. Mía, con un solo comentario, había introducido el caos. Había expuesto una fisura en el muro que lo protegía del mundo, la misma grieta que él más temía. Respiró hondo, un esfuerzo consciente para calmar el temblor de sus manos. La transmisión seguía, los moderadores luchando por silenciar el alboroto. Loki, Mía, había desaparecido de la conversación, dejando la bomba explotando a la vista de todos. Se puso de pie de golpe. La silla giratoria chocó con su escritorio. No podía tolerarlo. No podía permitir que la gente, los tiburones de internet, empezaran a olfatear la sangre de su identidad. Su mente, normalmente tan fría y calculadora, ardía con una ira que apenas reconocía. Su mandíbula se apretó, los músculos de su cuello se tensaron. Necesitaba una explicación. Necesitaba a Mía. Ahora. --- Gotas de lluvia golpeaban el parabrisas de su coche, el mundo exterior un borrón de luces distorsionadas. Gabriel conducía con una furia silenciosa, el volante apretado con fuerza. La noche se había transformado en un aguacero implacable, el cielo llorando furiosamente, como un reflejo de su propia tormenta interna. Finalmente, divisó el letrero luminoso del cibercafé a través de la cortina de agua. Un local cutre, con neones parpadeantes, que siempre le había parecido una incongruencia con la sofisticación de su mundo literario. Ahora, era el epicentro de su desastre. Estacionó el coche de forma descuidada, sin importarle las líneas pintadas en el asfalto. Abrió la puerta, el aire frío y húmedo invadiendo el interior del vehículo. Salió corriendo bajo la lluvia torrencial, empapándose al instante. El agua fría no hizo nada para apagar el fuego que sentía. Solo lo intensificó. Esperó. De pie, bajo el alero de una farmacia cerrada junto al cibercafé, observó la puerta. Su reloj marcaba la medianoche. El torneo había terminado hacía quince minutos. ¿Por qué no salía? ¿Estaba disfrutando del caos que había sembrado? Segundos se estiraron en minutos. Cada minuto, una tortura. Su ropa ya estaba pegada a su piel, el cabello goteando por su frente. Las farolas proyectaban halos borrosos en la oscuridad. El sonido constante de la lluvia ahogaba todo lo demás, excepto el latido furioso de su propio corazón. Entonces, la vio. Mía emergió del cibercafé, un paraguas barato medio roto en una mano, su mochila gótica colgando de un hombro. Llevaba una camiseta oscura y unos jeans rotos, su cabello negro y lacio ya pegado a su cara por la humedad. Se veía más pequeña bajo la inmensidad de la noche lluviosa, pero su andar era tan desafiante como siempre. Caminó rápido, sin mirar atrás. Gabriel salió de su escondite, sus pasos resonando apenas en el pavimento mojado. Mía no lo vio hasta que estuvo a pocos metros, su sombra alargándose bajo la farola. Se detuvo en seco, el paraguas inclinándose precariamente. Sus ojos, de un verde intenso, se abrieron ligeramente. No había sorpresa, solo una chispa de reconocimiento. ¿Lo esperaba? ¿Había anticipado su furia? Gabriel acortó la distancia, la empujó hacia el callejón oscuro y estrecho que flanqueaba el edificio. Su mano se estrelló contra la pared de ladrillos junto a su cabeza, el sonido sordo resonando en el silencio relativo del callejón. El paraguas se le cayó de la mano, rodando por el suelo mojado. El aire se tensó entre ellos. Su aliento se mezcló con el vapor frío que exhalaban. Mía, empapada, no se inmutó. Sus ojos lo analizaron, brillantes, casi eléctricos, bajo el flequillo húmedo. “¿Qué demonios crees que estás haciendo, Mía?” La voz de Gabriel era un susurro peligroso, cada palabra cargada de la furia que había estado conteniendo. Sus nudillos estaban blancos contra el ladrillo, la vena en su sien palpitaba furiosamente. Su respiración era rápida y superficial. “Haciendo el juego creíble, Gabriel.” Su voz era sorprendentemente tranquila, casi desafiante, a pesar de la intimidante cercanía de su cuerpo. El agua goteaba de su cabello y empapaba su rostro, pero no parecía importarle. No había rastro de miedo en sus ojos. “¿Credibilidad? ¡Has expuesto mi inicial! ¡Mi nombre! ¿Sabes lo que eso significa?” Él la perforó con la mirada, intentando penetrar su impasibilidad. El pánico empezaba a burbujear bajo su rabia. Si la gente conectaba los puntos, su identidad secreta se desmoronaría. “Significa que eres humano.” Mía se encogió de hombros, un gesto casual que lo hizo apretar aún más la mandíbula. “Que Ares no es un algoritmo sin rostro, sino alguien con una vida. Con un nombre. Con un secreto.” “¿Y mi secreto te pertenece a ti para que lo arrojes a los buitres?” Su voz era más baja, más áspera. Su cuerpo se inclinó aún más hacia ella, su aliento caliente contra su frente. El olor a lluvia y a su perfume dulce y terroso llenó sus sentidos. “Nadie ha dicho tu nombre completo. Solo una inicial.” Mía le sostuvo la mirada, sus pupilas dilatadas. “Es suficiente para encender la chispa. Para que la gente empiece a buscar. Para que el público sienta que hay algo real en juego. Carne fresca para los tiburones de internet, Gabriel. Es lo que necesitas para que esto explote.” Él la observó, intentando descifrar el laberinto de su mente. Ella no temblaba de frío ni de miedo. Sus ojos brillaban con una especie de éxtasis salvaje, como si disfrutara de cada segundo de esta confrontación. Mía no estaba actuando. Ella era así. Auténtica, caótica, y absolutamente inquebrantable. Una extraña sensación lo invadió, una mezcla de exasperación y una punzada de algo más complejo. Todos los demás lo veían como Ares, el autor inalcanzable, el dios de las letras. Pero ella… ella no lo veía así. Mía lo veía a él, Gabriel, el chico con secretos, con miedos, con una inicial que no quería que nadie conociera. La máscara se había resquebrajado, y ella era la única que no se asustaba por las grietas. “No puedes simplemente… decidir qué es lo mejor para mí.” La frase salió más como una advertencia que como una pregunta. Su mano se movió del ladrillo a su hombro, su agarre firme, casi doloroso. La tela mojada se estiró bajo sus dedos. “Oh, ¿no puedo?” Un atisbo de una sonrisa se formó en sus labios, una curva oscura y tentadora. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia un lado, sus ojos desafiantes y sin ceder un ápice. “Parece que sí puedo. Y que funcionó.” “Funcionó a costa de mi seguridad.” Su voz era un gruñido bajo. La cercanía lo estaba volviendo loco, el contraste entre su furia y su inexplicable calma. Sentía el calor de su cuerpo a través de la ropa mojada. El rastro de su colonia, mezclado con la lluvia, lo embriagaba. “La seguridad es aburrida, Gabriel. Y eres demasiado inteligente para ser aburrido.” Mía levantó una mano, sus dedos fríos por la lluvia rozaron su mandíbula. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Su toque era inesperado, suave, y desarmador. Su mirada nunca se apartó de la suya, una conexión intensa que lo desorientó por completo. Nunca nadie se había atrevido a tocarlo así. Nadie había penetrado su burbuja de control. Mía no solo había cruzado la línea, sino que la había borrado por completo. Era exasperante, aterrador, y extrañamente… liberador. “Estás jugando con fuego”, advirtió, su voz casi inaudible sobre el murmullo de la lluvia. Sus ojos se fijaron en sus labios, entreabiertos, invitantes. La adrenalina se mezclaba con una tensión que era casi palpable, densa y eléctrica. “Quizás me gusta el calor.” Susurró Mía, una chispa salvaje bailando en sus ojos verdes. Su mano se deslizó por su mejilla, su pulgar rozando el borde de su labio. Su respiración se detuvo. El tiempo pareció ralentizarse, el mundo exterior desvaneciéndose hasta ser solo ellos dos en la oscuridad, bajo la lluvia, en ese estrecho callejón. Ella acortó la distancia entre sus rostros, susurrando: “¿Tienes miedo de que descubran al patético Gabriel que se esconde detrás del dios de papel?”. Sus labios están a milímetros de los de él.

End of Chapter 8

Chapter 8: Espejos Rotos - El Chico detrás de la Máscara | Novel AI Studio