Chapter 10 of 10
Chapter 10: La Sombra de la Fundadora
755 words
Frío glacial. Gabriel se sentía hueco, un muñeco sin cuerdas. La pantalla de su ordenador seguía mostrando la imagen del consejo de administración, un logo familiar. Esa C estilizada, el sello de Orion. La plataforma que él había conquistado, el imperio que había levantado con cada letra, cada galardón, cada noche en vela, pertenecía a Eleanor. Su madre. La mujer que lo había abandonado. Era una burla cruel del destino, una broma macabra tejida con las mismas heridas de su infancia.
Un nudo le apretaba el estómago. Veinte años. Veinte años huyendo de esa sombra, buscando validación en cada rincón, construyendo un escudo de éxito inexpugnable. Todo para descubrir que el cimiento de ese escudo era el tablero de juego de la persona que lo había destrozado. La necesidad de ser visto, de ser *alguien*, se había transformado en una jaula de oro construida por ella.
Sus manos se cerraron en puños, las uñas arañando la palma. No era solo la traición. Era la humillación. Él, el gran Gabriel, el manipulador maestro, el rey de las letras, había sido un títere. Un experimento bien pagado, una pieza más en el vasto ajedrez de Eleanor.
El aire se volvió denso. Necesitaba actuar. Tenía que destruir la conexión, cortar los hilos antes de que ella lo descubriera. Antes de que ella se diera cuenta de que su hijo, su pequeño Gabriel, había logrado una fama tan estruendosa en *su* plataforma. El pensamiento le revolvió el estómago. La idea de Eleanor reclamando ese éxito, de ella viéndolo como una extensión de su propia grandeza, era insoportable.
Primero, Ares. Su creación. Su avatar rebelde. Loki. El provocador oscuro. Ambos eran extensiones de su propia psique, pero ahora eran riesgos. Variables incontrolables que podían llevar a Eleanor hasta él. Debían desaparecer. Borrarlos. Desvanecerlos de la faz digital de Orion. Una purga silenciosa.
Era un plan doloroso. Significaba destruir una parte de sí mismo, desmantelar el juego que tan meticulosamente había orquestado. Pero la autodestrucción era preferible a ser descubierto por ella. A ser reclamado por ella. Su pánico a la invisibilidad era superado solo por su terror a ser un peón en *su* historia.
Los días siguientes, Gabriel se movió como un autómata. El instituto se sentía distante, las voces de sus compañeros, un murmullo sin sentido. Su mente estaba en otro lugar, calculando, planeando la aniquilación de Ares y Loki. Empezó por ralentizar la publicación, por sembrar dudas en las tramas, por crear un sutil declive que el público aún no notaría, pero que él, el titiritero, ya había puesto en marcha.
Su concentración era absoluta, casi febril. Los ojos le ardían por la falta de sueño. Las comisuras de sus labios se mantenían tensas, una fina línea de desagrado permanente. Evitaba el contacto visual, incluso con sus amigos más cercanos. La idea de que cualquiera pudiera ver a través de su fachada, de que pudieran intuir la tormenta que rugía dentro de él, le erizaba la piel.
Desayunaba poco. Hablaba menos. Sus respuestas eran monosilábicas, cortantes. Despachaba a cualquiera que intentara acercarse con una mirada fría. La gente solía atribuir su distancia a su genio, a su personalidad reservada. Pero esto era diferente. Esto era un muro, levantado de la noche a la mañana, más alto y más impenetrable que nunca.
Una tarde, en el pasillo, su mirada cruzó la de Mía. Ella lo observaba desde la distancia, sus ojos oscuros penetrantes, como siempre. No había burla en ellos esta vez, solo una curiosidad aguda, casi preocupada. Gabriel desvió la mirada al instante, acelerando el paso. No necesitaba más complicaciones. No necesitaba que *ella* viera.
Ignoró sus mensajes. Borró el chat. Cortó cualquier vía que pudiera llevar a una conversación. Su enfoque estaba en el borrado, en el control absoluto de la narrativa. Loki se estaba desvaneciendo lentamente. Ares, el más popular, requeriría una estrategia más sutil, un declive gradual que no levantara sospechas inmediatas.
En la clase de química, el olor a reactivos era particularmente fuerte. Gabriel mezclaba compuestos sin prestar atención a las instrucciones, su mente en el código, en la siguiente fase de su plan de autodestrucción. Un estallido de vapor se elevó de su beaker, ligeramente más grande de lo normal, pero lo ignoró. El profesor ni siquiera lo notó, acostumbrado a su 'genialidad experimental'.
Sintió una presencia a su lado. Un aliento helado en su nuca. No necesitó mirar para saber quién era. Mía. Su presencia era un ancla en el caos, algo que él, en su estado actual, no podía permitirse.