Chapter 2 of 3

La tregua del neón

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Garras de queratina rasparon el concreto húmedo de la azotea, arrancando pequeños trozos de grava que cayeron al vacío. —¡Abajo! —bramó Gabriela, ignorando el fuego líquido que corría por su tobillo derecho tras el pésimo aterrizaje de hace unos instantes. Roger no bajó su ballesta de inmediato, manteniendo la punta metálica dirigida fijamente al pecho de la joven mientras sus ojos grises analizaban su debilidad. Julie soltó un jadeo ahogado, dando un paso atrás con sus botas desgastadas resbalando ligeramente en los charcos teñidos de rosa por el neón. Sombras humanoides se deslizaron por la cornisa exterior del edificio de Liberty City, moviéndose con una soltura espantosa que helaba la sangre. Estas figuras espasmódicas estiraban sus tendones deformes, saltando de un alféizar a otro con una fluidez que recordaba a un gimnasta olímpico infectado por la rabia. Sus mandíbulas desencajadas emitían chasquidos rítmicos, una forma primitiva de ecolocalización que les permitía coordinar sus movimientos de caza en la penumbra lluviosa. Miembros del Enjambre Alfa, estos monstruos poseían una musculatura fibrosa que imitaba y perfeccionaba los patrones de movimiento del parkour humano. —Si disparas esa ballesta, el chasquido del metal atraerá a toda la manada que patrulla la avenida —advirtió Gabriela, tragándose el dolor de su tobillo. Apretando los dientes, Roger siseó entre ellos, torciendo la boca en una mueca de frustración antes de bajar ligeramente el ángulo de su arma. —Tienes diez segundos para darnos una alternativa, corredora, o te dejaré aquí para que les sirvas de distracción —escupió el rastreador con frialdad. Lluvia templada comenzó a caer del cielo encapotado de Miami, mezclándose con el sudor frío que resbalaba por la nuca de Gabriela. Señalando con la barbilla hacia el vacío, la joven apuntó al grueso tendido eléctrico de alta tensión que conectaba su edificio con el Teatro Olympia. Cables negros y gruesos colgaban sobre la calle inundada, balanceándose perezosamente bajo el viento húmedo de la tormenta que se avecinaba. —Cruzamos por ahí —declaró Gabriela, desenganchando con rapidez el mosquetón de seguridad de su arnés de escalada. Julie miró la distancia de quince metros que las separaba de la otra azotea, sacudiendo la cabeza con un pánico evidente que la paralizaba. —Ese anclaje está cediendo, el cable no resistirá el peso de ninguno de nosotros sin soltarse por completo del muro —protestó la chica. Tenía razón; los tornillos de expansión que sujetaban el soporte de acero a su lado estaban medio salidos, oxidados por los años de abandono. —Yo seré el contrapeso humano —explicó Gabriela, enrollando la cuerda de seguridad alrededor de mi cintura antes de pasarla por el soporte doblado. Roger dio un paso hacia ella, con su mirada calculadora evaluando la tensión física de sus hombros y la firmeza de su postura herida. —Es una forma muy demente de suicidio, o una trampa para dejarnos caer en cuanto estemos a mitad del abismo —diferenció el hombre. —No tengo tiempo para tus estúpidas paranoias —respondió la joven venezolana, tensando la cuerda con un tirón violento que hizo chirriar el metal—. Decide ya. Rugidos agudos y chirriantes rasgaron la noche de Miami cuando el primer mutante saltó sobre un viejo extractor de aire a pocos metros. Roger reaccionó con la velocidad de un depredador curtido, disparando un perno que atravesó limpiamente el cuello de la criatura saltarina. —¡Ve tú primero, Julie! —ordenó el rastreador, recargando su ballesta con un movimiento mecánico y fluido que demostraba años de práctica callejera. Julie asintió con lágrimas en los ojos, enganchando su polea al cable principal antes de dejarse caer al vacío con movimientos torpes. Músculos tensados al límite protestaron de inmediato; el peso de Julie tiró de Gabriela hacia el borde con una fuerza que amenazaba con arrastrarla. Clavando sus talones en las grietas del concreto, la venezolana sintió cómo los fragmentos de piedra destruían la suela de su bota izquierda. Cada centímetro que Julie avanzaba por la línea se sentía como una tonelada de pura resistencia, la fricción quemando los guantes de la corredora. Detrás de ellas, Roger disparaba y recargaba sin cesar, manteniendo a raya a los mutantes que intentaban flanquear su última posición defensiva. Truenos ensordecedores sacudieron las nubes cargadas de electricidad, desatando un aguacero torrencial que convirtió el cable metálico en una trampa resbaladiza. Julie resbaló repentinamente, perdiendo el agarre de sus manos mojadas y quedando suspendida únicamente por la delgada cuerda de seguridad de su arnés. Gritos de puro pánico escaparon de sus labios mientras su cuerpo se balanceaba violentamente sobre el asfalto donde se aglomeraba la horda. Aquel tirón imprevisto arrastró a Gabriela medio metro hacia el abismo, haciendo que sus rodillas golpearan con fuerza el borde de hormigón. Dolor agudo e insoportable floreció en su tobillo herido, amenazando con hacerle perder el conocimiento por un segundo de debilidad física. Soltar la cuerda habría sido lo más fácil, la opción más lógica para asegurar su propia supervivencia en este laberinto sediento de sangre. Última vez que había sentido este pánico paralizante fue en el colapso de Caracas, bajo el humo espeso de los lacrimógenos y el fuego de los saqueos. Mateo estaba allí, con la pierna destrozada bajo una viga de hormigón, extendiendo su mano sucia mientras las sirenas de evacuación aullaban a lo lejos. Ella había corrido hacia el último helicóptero militar, convencida de que regresar por él significaba morir juntos, una decisión cobarde que aún carcomía su alma cada noche. No cometería el mismo error; no se convertiría en el monstruo cobarde que huye dejando atrás a quienes dependen de ella para vivir. Con un rugido de pura rabia que superó el estruendo de la tormenta, Gabriela tiró de la cuerda empleando la fuerza de su torso. Julie logró enganchar sus botas de nuevo en el cable de alta tensión, de modo que estabilizó su peso gracias al contrapeso humano de la venezolana. Roger vio el camino despejado y se lanzó por el tendido eléctrico, cruzando la distancia con una agilidad y precisión que asombraron a Gabriela. Sus manos hábiles aseguraron el extremo del cable a una robusta viga de acero del Teatro Olympia en cuanto sus pies tocaron el suelo. —¡Ya está asegurado! —gritó el rastreador a través del vendaval—. ¡Suelta el anclaje y deslízate antes de que te alcancen! Liberando la cuerda de seguridad de su cintura, Gabriela sintió cómo sus manos temblaban de forma espasmódica por el esfuerzo acumulado. Dos mutantes saltaron sobre el borde de la azotea abandonada, sus mandíbulas chasqueando con una impaciencia asesina que helaba el pecho. Enganchando su propia polea al cable tenso, la joven se arrojó al vacío, confiando su destino a la gravedad y a sus propios reflejos. Agua de lluvia le golpeó el rostro con fuerza, limpiando la mezcla de sangre y sudor de sus mejillas mientras se deslizaba sobre el laberinto. Aterrizó con dureza en el tejado plano del teatro, rodando sobre su hombro izquierdo para amortiguar el impacto sobre su tobillo dañado. Roger intentó ayudarla a ponerse de pie ofreciéndome una mano enguantada, pero la venezolana rechazó el gesto con un ademán frío y seco. —Puedo moverme sola —declaró Gabriela, levantándose con dificultad mientras cojeaba decididamente hacia el cobertizo de mantenimiento que servía de refugio provisional. --- Adentro del pequeño cobertizo de láminas metálicas, el olor a óxido, humedad y aceite de motor viejo las envolvió de inmediato. Julie se dejó caer sobre un viejo colchón de espuma carcomido por las polillas, envolviéndose fuertemente en una manta térmica plateada. —Gracias por no soltar el cable allá atrás —susurró la chica, mirándola con una gratitud tan pura que incomodó a la corredora venezolana. —No te confundas, solo estaba asegurando mi propio boleto de salida de este sector de la ciudad —respondió Gabriela con sequedad cortante. Evitó mirar directamente a la joven, concentrándose en cambio en retirar su bota con cuidado para evaluar el estado de su tobillo inflamado. Roger se mantuvo de pie junto a la puerta de metal oxidado, vigilando las escaleras de acceso con su ballesta lista para disparar. —Ella no habría sobrevivido a esa caída sin tu fuerza —comentó el rastreador, su voz perdiendo parte de la hostilidad pero manteniendo la distancia—. Tienes agallas. —Tengo una meta muy clara —corregió Gabriela, apretando la venda elástica alrededor de su articulación hasta que el dolor la hizo jadear fuertemente. Compartir suministros con ellos parecía la única opción lógica para aprovechar el conocimiento detallado que estos rastreadores locales poseían sobre los puentes. Sacando de su mochila dos latas de carne en conserva y un frasco de antiséptico, los colocó sobre una caja de madera rota. —Aquí tienen la mitad de mis provisiones médicas y alimentos para tres días —declaró, manteniendo su tono directo y libre de sentimentalismos. —Nosotros aportaremos las rutas seguras y el sigilo —aceptó Roger, acercándose para tomar una de las latas con un asentimiento de respeto—. Viajaremos de noche. Gabriela asintió, aunque en su mente ya trazaba un plan egoísta para abandonarlos en cuanto cruzaran el primer puesto de control militar. Correr con dos personas más solo ralentizaría su velocidad, aumentando el riesgo de cometer un error fatal en las alturas de Miami. —Mañana temprano saldremos hacia el norte, antes de que el sol caliente demasiado las calles —dijo la joven, terminando de ajustar su venda. Roger se quedó mirándola fijamente por un largo instante, como si pudiera leer sus pensamientos de traición a través de sus ojos oscuros. —Hay algo que deberías ver antes de que decidas seguir tu propio camino en solitario, Gabriela —dijo el rastreador con voz inusualmente seria. Deslizando su mano derecha en el bolsillo interior de su chaleco táctico, el hombre extrajo un papel arrugado y protegido por plástico. Desdobló con extrema lentitud el mapa militar de las zonas de evacuación de Miami, colocándolo sobre la caja entre las latas de comida. Ojos oscuros se fijaron de inmediato en la esquina superior derecha del plano táctico, donde una anotación manuscrita destacaba con claridad. Roger sica un mapa militar de Miami que tiene el nombre de pila del hermano desaparecido de Gabriela escrito con tinta roja en la esquina.

End of Chapter 2