Chapter 1 of 3

Capítulo 1: La ley de la gravedad

873 words

Sudor ácido resbalaba por la frente de Gabriela, empañando su visión del laberinto de neón que se extendía bajo sus pies gastados. Saltó sobre una tubería de ventilación oxidada, usando el impulso para lanzarse hacia la siguiente cornisa de hormigón. Abajo, en las avenidas inundadas de South Beach, las hordas hambrientas aullaban al unísono, atraídas por el más mínimo sonido de vida. Apretando los dientes, aceleró el paso mientras sentía el peso de la humedad de Florida pegándose a su piel como una segunda ropa sucia. Atrás quedaban las palmeras muertas, los coches de lujo abandonados y los escaparates saqueados de Ocean Drive. Correr era la única forma que tenía de silenciar los gritos que aún resonaban en su cabeza, gritos que no pertenecían a los monstruos de Miami, sino a su propio pasado. Caracas seguía ardiendo en sus pesadillas, una pira funeraria de la que había escapado cometiendo el peor pecado posible. Aquella noche fatídica, el pánico la había paralizado cuando los infectados derribaron las barricadas del apartamento familiar, obligándola a tomar una decisión en una fracción de segundo. Dejó atrás a su hermano menor, Carlos, cuyos dedos heridos resbalaron de su mano mientras ella corría hacia la azotea para salvar su propia piel. Esquivando un cable eléctrico suelto que chisporroteaba con una energía moribunda, Gabriela se obligó a concentrarse en el presente. Cualquier distracción en este entorno despiadado equivalía a una sentencia de muerte instantánea. Cada músculo de sus piernas protestaba por el esfuerzo acumulado tras horas de evasión continua por los tejados de la ciudad. Miró hacia atrás por encima del hombro y sintió un frío repentino en el estómago al ver la marea de rostros pálidos e hiperbóreos que la perseguían. No eran los muertos lentos de las viejas películas; estos seres se movían con una velocidad frenética, espoleados por un hambre insaciable que desafiaba la biología. Delante de ella, el camino de tejados planos se interrumpía abruptamente en el borde del hotel Art Decó donde se encontraba. Diez metros de vacío absoluto la separaban de la azotea del edificio contiguo, una caída libre hacia un callejón oscuro repleto de asfalto sediento de sangre. Detrás, los primeros infectados de la horda ya alcanzaban la terraza, con las mandíbulas desencajadas y los ojos inyectados en sangre fijos en su cuello. Tomando una bocanada de aire húmedo y cargado de salitre, Gabriela no lo pensó dos veces y aceleró a fondo, entregándose por completo a la velocidad. Voló por encima del borde del abismo, suspendida en el aire cálido de Miami mientras la gravedad intentaba reclamar su tributo. Durante un segundo eterno, el ruido de la ciudad pareció desvanecerse, sustituido por el violento latido de su propio corazón que retumbaba en sus oídos. Gravedad y miedo se entrelazaron en su pecho, pero la adrenalina pura anestesió temporalmente la culpa que siempre la acompañaba. Impactó contra la grava de la azotea opuesta con un golpe seco y sordo que resonó a través de toda su estructura ósea. Agonía pura estalló en su tobillo izquierdo cuando el peso de su cuerpo se transfirió mal en el aterrizaje de precisión. Rodó sobre su hombro derecho para disipar el impulso, pero el dolor la hizo jadear, soltando un gemido ahogado mientras se detenía contra un muro bajo de ladrillos. Jadeando, intentó ponerse en pie de inmediato, pero su pierna izquierda cedió bajo su peso, obligándola a arrodillarse sobre la superficie áspera y caliente. Inmóvil, con la respiración entrecortada y el sudor goteando de su barbilla, levantó la cabeza solo para descubrir que su vía de escape estaba bloqueada. Dos figuras salieron de las sombras proyectadas por una gran cisterna de agua de madera, bloqueando el único acceso a las escaleras de incendios. Apuntando directamente a su pecho con ballestas de fabricación casera, construidas con metal de desecho y poleas oxidadas, los extraños no mostraban intención de ayudarla. "Quédate donde estás y no hagas ningún movimiento estúpido si valoras tu vida", ordenó una voz masculina, baja pero cargada de una autoridad fría. Gabriela apretó los puños, sintiendo cómo el pánico ancestral a la traición humana despertaba en lo más profundo de su ser, quemando más que su tobillo lesionado. Traición, egoísmo, abandono; esas eran las únicas reglas que regían el nuevo mundo, y ella lo sabía mejor que nadie por experiencia propia. No iba a permitir que la acorralaran como a un animal indefenso, incluso si apenas podía mantener el equilibrio sobre un solo pie. Roger, un hombre de hombros anchos y rostro curtido por el sol de Florida, mantuvo el pulso firme, con el dedo índice rozando el gatillo de su arma improvisada. Julie, a su lado, sostenía su ballesta con una tensión idéntica, aunque sus ojos oscuros examinaban a la recién llegada con una mezcla de cautela y curiosidad. "Baja esa maldita arma", siseó Gabriela, intentando ocultar la debilidad de su pierna herida mientras se apoyaba sutilmente contra la pared de ladrillo. Silencio tenso se apoderó del tejado, roto únicamente por el rumor lejano de los infectados que aún merodeaban en el edificio que acababa de abandonar. Un rugido antinatural sacude las vigas de metal bajo sus pies mientras las sombras del callejón comienzan a trepar las paredes con la agilidad de gimnastas olímpicos.

End of Chapter 1

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