Chapter 3 of 3
Frecuencias de la agonía
644 words
Frío metal raspó la palma de Gabriela mientras trepaba. Cada agarre sobre la escalera oxidada de la torre de radio era precario, una promesa silenciosa de una caída brutal. Arriba, Roger ya forzaba la escotilla, su linterna cortando el aire espeso y polvoriento del interior. Julie le seguía de cerca, su aliento pesado. Escalaron hacia la oscuridad, hacia una esperanza frágil. Abajo, las calles de Miami seguían clamando. Los gruñidos resonaban, un coro de muertos que nunca dormía. Pero aquí, en las alturas, el silencio era casi ensordecedor. Un respiro momentáneo. Un lujo peligroso. Roger pateó la escotilla final. El golpe seco resonó en la pequeña habitación de control. Cables colgaban como lianas muertas. Polvo cubría cada superficie, una manta gris sobre consolas abandonadas. El aire olía a moho y a metal frío. Aquí, lejos de los ojos acechantes, podrían intentar contactar al mundo exterior. O al menos, lo que quedaba de él. Julie se movió primero, encendiendo su propia linterna, el haz saltando sobre equipos obsoletos. Un mapa polvoriento en la pared mostraba la red de comunicaciones de Florida, ahora un vestigio inútil. Había algo de alivio en su rostro, una chispa de fe renovada. Un lugar seguro, por ahora. Gabriela observaba la torre de transmisión, una aguja solitaria contra el cielo anochecido. No confiaba en los "lugares seguros". Sabía que eran trampas, solo esperaban el momento adecuado para cerrarse. Venezuela le había enseñado eso. La falsa promesa de ayuda. La estática en la radio. El pánico que seguía. Roger ya estaba en el corazón de la sala, sus dedos expertos recorriendo los diales de una radio de comunicaciones vieja. "Esto es un dinosaurio", murmuró, una sonrisa tensa en sus labios. "Pero si hay algo ahí fuera, este chico lo encontrará." Sus ojos, normalmente llenos de pragmatismo, tenían un brillo de anticipación. Buscaba respuestas. Momentos pasaron en tenso silencio. Solo el clic suave de los botones de Roger y el siseo intermitente de la estática llenaban el aire. Julie se arrodilló junto a él, sus manos apretadas, sus ojos fijos en el aparato. Cada sonido era una promesa, cada silencio una amenaza. Un rayo de esperanza contra un mar de desesperación. Finalmente, la estática se hizo más regular, un murmullo constante. Roger ajustó un dial, y de repente, una voz surgió del altavoz. Clara, autoritaria, con un eco metálico que parecía vibrar con falsa solemnidad. Una voz grabada, repitiéndose en un bucle sin fin. "Atención a todos los supervivientes. Esta es una transmisión de emergencia del General Vance. Repito, del General Vance. Se han establecido puntos de evacuación seguros en los puentes de acceso a la península. Repito, puentes de acceso a la península." Gabriela sintió un frío helado recorrer su espalda. Sus músculos se tensaron, cada fibra de su cuerpo gritando una advertencia. Esa voz. Ese tono. La estática, ese patrón irregular y sibilante que se arrastraba por debajo de las palabras. Era el mismo. Exactamente el mismo sonido que había precedido al colapso total en Venezuela. “Continúen hacia los puentes. Nuestras fuerzas están asegurando las rutas. Repito, rutas seguras. Busquen los puntos de control del General Vance. Serán evacuados. La seguridad les espera.” Julie dejó escapar un sollozo ahogado. Su cuerpo se sacudió. "Mi familia... mi mamá, mi hermana... si llegaron a los puentes..." Su voz se rompió, llena de una esperanza desgarradora. Se volvió hacia Gabriela, sus ojos suplicantes. "Tenemos que ir. Podrían estar allí." Gabriela negó con la cabeza, una furia silenciosa burbujeando en su pecho. "No. Esto es una trampa." Su voz era baja, áspera. "He escuchado esto antes. Esa estática... ese patrón... lo recuerdo. Antes de que todo se fuera al infierno en Caracas. Promesas de ayuda, de seguridad. Y luego... nada. Solo silencio y muerte." Roger la miró, su expresión un rompecabezas. "¿De qué hablas, Gabriela? Es el gobierno. Están ofreciendo una ruta de escape."