El proceso de mudanza fue rápido y eficiente. Phuwin observó como en menos de un día toda su vida era empacada en tres maletas y trasladada al lujoso Penthouse de Pond.
El silencio antes opresivo de su pequeño apartamento se había disipado. Aquí, el aire estaba lleno de una opulencia fría, pero no con la misma soledad punzante. Pond había dispuesto que todo lo que pudiera necesitar estuviera a su alcance. Ropa nueva, accesorios por montón, una nevera abastecida con sus comidas favoritas, un estudio de arte para que siguiera su pasatiempo y un chofer a su completa disposición.
Por primera vez en mucho tiempo, Phuwin sintió un alivio genuino. Ya no tenía que preocuparse por las facturas, por el ruido de sus vecinos o por la constante sensación de estar a punto de derrumbarse. Esta jaula brillaba y al principio, ese brillo era embriagador.
Todas las noches las pasaban juntos. El magnate lo abrumaba con atenciones, cenas íntimas preparadas por chefs privados, conversaciones hasta altas horas de la madrugada sobre libros, arte, o los complejos negocios de Pond. Phuwin se encontró riendo más a menudo, el miedo que antes lo ahogaba se suavizaba bajo la presencia constante de Pond. Una burbuja de seguridad lo envolvía, o eso creyó.
Las primeras señales de algo más se manifestaron sutilmente con el paso de los días. Una tarde, Phuwin pensó en visitar una feria de artesanías que había pasado por delante de camino al ático. Mencionó la idea a Pond durante el desayuno, una pregunta casual sobre dónde estaba ubicada.
“¿Quieres ir?”, preguntó Pond, su voz suave, pero sus ojos intensos. “Deberías haberlo dicho. Lo arreglaré.”
Phuwin se encogió de hombros. “No, solo estaba pensando. Quizás otro día. No es importante.”
“Es importante si tú lo quieres”, insistió Pond, su mano cubriendo la de Phuwin sobre la mesa. “Pero hoy no es un buen día. Tenemos una cena de negocios y necesito que estés descansado. Mañana, tal vez. Pide a Joss que te lleve.”
Joss y Force dos hombres imponentes que siempre estaban cerca. Habían sido presentados como ‘personal de seguridad’, pero su presencia se sentía más como una sombra constante. Se movían silenciosamente por el ático, siempre a la vista periférica. Al principio, Phuwin los encontró tranquilizadores. Ahora, empezaban a sentirse sofocantes.
Semana tras semana, el patrón se solidificó. Cada vez que Phuwin expresaba un deseo de salir, una serie de preguntas seguían. ¿Adónde iría? ¿Con quién? ¿Cuánto tiempo? Luego, la sugerencia de ‘seguridad’ se convertía en una expectativa, por lo que Joss o Force siempre lo acompañarían.
Una tarde, Phuwin quiso comprar materiales de arte por si mismo. Un simple paseo por una tienda de suministros. Pond había estado fuera por negocios. Phuwin llamó a su número, la costumbre se había afianzado. No quería ‘molestarlo’, pero sabía que tenía que avisar.
“¿Materiales de arte?”, la voz de Pond sonaba distante por el teléfono. “¿No tenemos ya todo lo que necesitas aquí? Mandé a un asistente a comprar los mejores sets. Están en tu estudio.”
“Sí, pero... quería verlos yo mismo. Elegir colores, texturas. Es diferente”, respondió Phuwin, la frustración punzando en su pecho. Se sentía como un niño pidiendo permiso para jugar.
Pond suspiró. “Phuwin, cariño, el tráfico es horrible y tienes a Joss y Force. No me siento cómodo con que vayas solo. ¿Por qué no le dices a Joss exactamente lo que quieres? Él puede ir por ti.”
“No es lo mismo”, Phuwin se mordió el labio. Sentía el argumento inútil antes de que lo dijera. “Olvídalo. No importa.”
Colgó, con una sensación de malestar extendiéndose por su estómago. El estudio que Pond había ‘dispuesto’ para él era inmaculado, lleno de materiales costosos, pero carecía de la desordenada alegría de un espacio verdaderamente suyo. Era una exhibición, no un santuario.
Los días se volvieron monótonos. Su rutina estaba meticulosamente organizada por Pond, o por los asistentes de Pond tanto en el trabajo como en casa.
Cuando no tenía que ir a la torre Lertratkosum, sus días se llenaban de clases de yoga privadas, sesiones con un entrenador personal, la biblioteca del ático, incluso un chef personal que preparaba sus comidas preferidas. Todo lujoso, todo preestablecido. Todo sin su aportación y sin contacto con el mundo exterior.
El contacto físico con su familia se volvió nulo y como sabía que a Pond le molestaba, cada vez respondía menos los mensajes de su familia, incluido su hermano Dew.
Dew, que era el único miembro de la familia que realmente se preocupaba por el, al ver que su contacto era menor, empezó a escribirle con mayor insistencia por celular.
Un día su celular se iluminó con un mensaje de su hermano.
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*Dew: “Phu, ¿estás bien? Te siento diferente y distante”
*Phuwin: “Estoy bien, Dew. Solo adaptándome"
*Dew: "Phu, quiero verte."
*Phuwin: "ahora no es un buen momento, dejame hago unos arreglos y te aviso. Hablamos luego"
*****
Phuwin dejó el celular y prefirió ignorar el asunto. El "no" implícito resonó en sus oídos. Dejó de intentar pedir cosas. No quería molestar a Pond con algo con lo que sabía se iba a oponer, pero tampoco quería pelear con su hermano.
Toda esta situación lo estaba poniendo tenso. Empezó a perder el apetito y a dormir mal.
Los días se convirtieron en semanas. Phuwin se encontró pasando la mayor parte de su tiempo solo en el ático cuando Pond estaba en el trabajo. El mundo exterior se desdibujaba. Sus viejos hábitos y pasatiempos, todo se había desvanecido.
Una mañana, se despertó con una sensación de náuseas. No era física, sino una opresión en el pecho, una realización repentina. Estaba solo en esta jaula. Solo con los guardias que lo observaban, pero no hablaban. Solo con los lujos que lo rodeaban, pero no lo consolaban. La soledad que había huido de repente regresó, más profunda y fría que antes y con una necesidad de Pond que se empezó a manifestar físicamente.
Intentó contactar con Dew una tarde, pero dudó. ¿Qué le diría? ¿Cómo explicaría que era un prisionero de un afecto que se había vuelto asfixiante? No quería preocupar a su hermano. No quería que Dew se enfrentara a Pond. Prefería soportarlo en silencio.
Entonces, dejó de responder a las llamadas de Dew, la única persona del exterior con la que aún tenía contacto. La barrera entre él y el mundo se hizo más gruesa, impuesta por Pond, pero reforzada por su propia reticencia a desafiarla.
Un día Pond le "sugirió" que dejara de trabajar. "Te puedo dar todo lo que necesitas, no es necesario que te esfuerces más. Solo descansa que yo te cuido". Y por supuesto Phuwin solo acepto con un movimiento de cabeza y no dijo nada más.
A partir se ese momento, sus ojos se veían vacíos en el reflejo, la chispa que una vez tuvo se había atenuado. Pond, en sus momentos de afecto, lo elogiaba por su ‘devoción’ y su ‘confianza’. Pero Phuwin sentía que estaba desapareciendo.
Y entonces, cuando Pond se iba no comía, bañaba, dormía. Se limitaba a quedarse en la cama o en un sillón mirando hacia la nada, esperando. Y cuando Pond aparecía, se encendía nuevamente el interruptor de sus ganas de vivir, apenas, porque cada vez estaba más pálido, más delgado y apagado.
Mientras tanto, Dew intentaba desesperadamente contactar a Phuwin. Las llamadas no respondidas se acumulaban. Los mensajes se quedaban sin leer. Pasó una semana, luego dos. El número de Phuwin a veces sonaba ocupado. La preocupación de Dew creció, un nudo frío en su estómago. Algo andaba muy mal. Nadie había sabido de Phuwin en semanas.