Chapter 8 of 17

Capítulo 8: Eres mio (+18)

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Una ola de calor recorrió el cuerpo de Phuwin mientras Pond lo guiaba hacia la cama. La mano de Pond en su cintura era firme, posesiva. Cada paso lo acercaba a lo desconocido, a la intimidad abrumadora que Pond prometía. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas como un tambor desbocado en el silencio de la suite de lujo. Soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Su mirada se encontró con la de Pond. Esos ojos oscuros, que podían ser tan fríos y calculadores, ahora ardían con una intensidad que lo desarmaba. Era un depredador, sí, pero uno que, en ese momento, parecía solo querer consumir. No destruir. "Siéntate", la voz de Pond era un susurro ronco. No una orden, sino una invitación cargada de un peso inmenso. Phuwin se movió hacia el borde de la cama, sentándose con las manos entrelazadas en su regazo. Sus dedos temblaban ligeramente. Pond se acercó, la sombra de su cuerpo alto envolviéndolo. Se detuvo frente a él y su mirada recorrió a Phuwin de pies a cabeza, una exploración lenta que hizo que la piel de Phuwin se erizara. Sentía la presión de su atención y el peso de su deseo. Nunca se había sentido tan expuesto, tan visto. "¿Estás nervioso?" preguntó Pond, su voz ahora más suave, casi gentil. Se arrodilló lentamente, quedando a la altura de los ojos de Phuwin. La cercanía era abrumadora. El aroma a sándalo y poder de Pond lo envolvió. Asintió, incapaz de articular una palabra. Su garganta se había cerrado. La verdad era más compleja que el simple nerviosismo. Era el miedo a lo desconocido, a la vulnerabilidad, a ser usado una vez más, incluso si esta vez venía envuelto en la seda de la obsesión de Pond. "No tienes que estarlo", Pond extendió una mano, sus dedos largos y fuertes deteniéndose a centímetros de la mejilla de Phuwin. No lo tocó, no aún. Era un gesto de respeto inesperado, una pausa que dejó a Phuwin sin aliento. "Es... es que..." La voz de Phuwin era apenas un hilo. Tragó saliva con dificultad. "Nunca he... con un hombre". Las palabras salieron en un soplo, apenas audibles. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso por la vergüenza que le quemaba la piel. Un silencio pesado llenó la habitación. Phuwin no se atrevió a levantar la vista. Esperó el juicio, la risa, el desprecio. Esperó que Pond se levantara, frustrado, que lo dejara. Su historial de ser infravalorado le susurraba que esto era el fin. Un dedo frío y firme se posó bajo su barbilla, levantando su rostro con delicadeza. Pond lo miraba, sus ojos aún intensos, pero ahora con un brillo diferente. Una comprensión inesperada y algo parecido a una ternura cruda. "Entiendo", dijo Pond, su voz profunda. "No te preocupes. Seré... paciente". La promesa en su tono era inquebrantable. Se levantó, y por un momento, Phuwin pensó que se alejaría. En cambio, se sentó a su lado en la cama, el peso de su cuerpo haciendo que el colchón se hundiera levemente. Se giró para mirarlo, sus ojos fijos en los de Phuwin. Una mano se movió lentamente para acariciar su cabello, apartando un mechón de su frente. El toque fue sorprendentemente suave, casi reverente. No había urgencia, solo una atención concentrada. "Quiero que confíes en mí", susurró Pond. Su pulgar rozó la piel de la mejilla de Phuwin. "Quiero que sepas que contigo, no hay necesidad de apresurarse. Te daré lo que necesites y si en algún punto quieres que nos detengamos, solo dímelo". Phuwin lo miró, una mezcla de incredulidad y una esperanza incipiente revolviéndose en su estómago. La vulnerabilidad que sentía era inmensa. Nunca nadie le había ofrecido tal cosa. Siempre había sido él quien daba, quien se sacrificaba. Pond respiró hondo y sus labios se curvaron en una media sonrisa, una expresión que rara vez mostraba. Se inclinó, su aliento cálido contra la piel de Phuwin y le dio un beso ligero, apenas un roce, en su frente. Luego, sus labios se movieron hacia sus sienes, sus mejillas, una exploración lenta y metódica que no exigía, solo invitaba. Phuwin cerró los ojos, permitiendo que la sensación lo invadiera. El mundo exterior se desvaneció, dejando solo la calidez de los labios de Pond, el suave roce de sus manos en la cara del menor. Bajó lentamente hasta sus labios, deteniéndose justo antes de tocarlos. Sus ojos se abrieron, encontrándose con los de Pond, que brillaban con una promesa silenciosa. Era una pregunta, una petición sin palabras. Asintió levemente dando un permiso tácito. El beso llegó entonces, suave al principio, luego profundizándose con una lentitud exquisita. No era el beso dominante y hambriento que había esperado. Era un beso de descubrimiento, de exploración, que buscaba la respuesta de Phuwin, no su sumisión. Los dedos de Pond se entrelazaron con los de Phuwin, apretándolos suavemente. Era un anclaje en el mar de sensaciones. La boca de Pond se movía con una maestría que lo dejó sin aliento, una danza lenta que despertó algo dormido en lo más profundo de su ser. Un gemido escapó de los labios de Phuwin, una pequeña confirmación de que estaba respondiendo. Pond pareció tomar eso como una señal. Sus manos se movieron de sus manos a su cintura, luego lentamente retiró la chaqueta del traje y desabotonó la camisa. El roce de sus pulgares en su piel era electrizante. Retiró la tela con una delicadeza que lo sorprendió. Las manos de Pond exploraron su abdomen, su espalda, dibujando patrones que lo hacían arquearse instintivamente. Los besos se hicieron más audaces, bajando por su cuello, su clavícula. Perdió la noción del tiempo. Horas pasaron, o tal vez solo minutos. El mundo se redujo a la piel de Pond contra la suya, el sonido de sus propias respiraciones agitadas, el latido furioso de sus corazones. Pond se movía con una reverencia que lo desarmaba por completo. Cada toque, cada beso, cada caricia, era una pregunta suave, esperando una respuesta. Nunca había experimentado tal atención, tal ternura. La posesividad de Pond seguía ahí, subyacente, en la intensidad de su mirada, en la forma en que sus manos lo sostenían con una firmeza que no dejaba dudas de su agarre. Pero era una posesividad envuelta en un cuidado que Phuwin nunca creyó posible. Pond retiró el resto de la ropa de Phuwin y procedió a quitarse la suya, con una paciencia que fue casi una tortura para el menor. Lo acostó y empezó a besarlo en las mejillas, bajando hacia su cuello. Siguió con la lengua hasta los pezones y dio un suave mordisco en uno de los botones. Phuwin arqueó la espalda y emitió un suave gemido. "Ohh, se siente tan bien" dijo el menor, cerrando los ojos. La erección de ambos era evidente. Pond bajó dejando besos hasta posar sus labios en el miembro de Phuwin y luego lo metió en su boca. Lo chupó, siguiendo un ritmo brutal, que llevó al menos a mover sus caderas y arquear su cuerpo mientras gritaba su nombre. Pond sintió que el miembro de Phuwin se hinchaba, una clara señal de que se acercaba a su clímax. Queriendo obtener más de él, se separó y fue hasta la mesa de noche. Abrió el cajón y sacó una botella de lubricante y una caja de condones. Abrió la botella y esparció una cantidad abundante en sus manos. "Voy a introducir mis dedos para dilatarte. Al principio va a doler y arder un poco, pero recuerda que estoy aquí contigo". Guio con paciencia uno de sus dedos y lo introdujo lentamente en su anillo. Phuwin arqueo la espalda mostrando una clara molestia por la invasión. "Respira, no te resistas. Ábrete para mí, mi amor" le dijo Pond mientras seguía depositando besos en su cuerpo. Sus susurros tranquilizadores llenaban el aire, prometiendo placer, asegurando que todo estaba bien. Movió con destreza el dedo hasta que sintió que la tensión del más joven fue reemplazada por placer. Entonces con delicadeza introdujo un segundo dedo y continuó con la rutina para dilatarlo, mientras depositaba besos en su rostro y susurraba palabras de amor para relajarlo. Cuando notó que ya no había resistencia por parte de Phuwin, introdujo su pulgar y realizó movimientos de tijera para dilatarlo completamente. Poco a poco Phuwin empezó a gemir de placer. "P...Pond, por favor. Te necesito dentro", dijo con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos. Sin esperar más, Pond retiro los dedos, se puso el condón y se acomodó encima de Phuwin. Lentamente lo penetró hasta enterrarse hasta la base. Phuwin sintió una profunda molestia, mientras le suplicaba a Pond que parara. La sensación era tanta que creía que iba a morir en ese momento. Sin embargo, una vez se acostumbró a la longitud y grosor del mayor, lentamente el dolor y la molestia fueron reemplazados por placer. Las suplicas cambiaron de tono y con lágrimas en los ojos Phuwin le rogó que se moviera. "Te amo Pond. Hazme sentir que solo te pertenezco a ti". Eso fue todo para Pond, quien vio como su autocontrol se diluía ante las palabras del menor y sin esperar más comenzó a moverse. Cuando la intimidad se hizo más profunda, Pond fue la encarnación de la delicadeza. Cada movimiento era lento, considerado, diseñado para su comodidad, para su primera vez. El dolor inicial se disolvió en una ola de sensaciones abrumadoras, de calor y de una conexión que lo estremeció hasta el alma. Phuwin se aferró a Pond, sus uñas clavadas en la espalda ancha del hombre. Se encontró gimiendo su nombre, una súplica, una rendición. La pared que había construido alrededor de su corazón se agrietó, las defensas que había mantenido durante toda su vida comenzaron a desmoronarse bajo el peso de la atención devota de Pond. Era un tipo de amor, o al menos un deseo, tan potente que lo hacía sentir digno, aunque solo fuera por esos momentos. Pond comenzó a acelerar y profundizar sus embestidas, mientras tocaba la próstata de Phuwin. Una sensación como de corriente eléctrica empezó a formarse en el vientre del menor y fue subiendo mientras calentaba todo su cuerpo. El clímax lo atacó, sus ojos se blanquearon y su visión se volvió negra con destellos de luz. Gritó el nombre de Pond con todo lo que le dio su garganta, mientras los espasmos recorrían todo su cuerpo. Su interior se contrajo con una fuerza abrumadora que llevó a Pond al límite y con un par de embestidas adicionales, que prolongaron el placer de Phuwin por unos segundos, el mayor llegó a su orgasmo. Pond salió de Phuwin lentamente. Retiró el condón y atrajo al menor hacia su pecho en un abrazo protector. Acarició su espalda trazando suaves círculos y dejando besos en su frente. "Lo hiciste muy bien mi amor" le susurró. Phuwin, sin poder articular palabras por el cansancio y lo abrumador de las sensaciones en su cuerpo, cerro los ojos y lentamente se sumergió en un sueño profundo, sintiendo el ritmo constante de su corazón y una extraña sensación de seguridad, de pertenencia. Despertó con el brazo de Pond fuertemente abrazado a su cintura. La luz del sol inundaba la habitación ahora, revelando el desorden de sábanas y el rastro de la noche anterior. Miró el rostro de Pond, aún dormido, los rasgos relajados, menos tensos que de costumbre. Una parte de él quería quedarse así para siempre, atrapado en esa burbuja de intimidad. Los ojos oscuros de Pond se abrieron lentamente, encontrándose con los suyos. Una sonrisa lenta se extendió por sus labios. La calidez en su mirada era palpable, un contraste sorprendente con su imagen habitual de magnate frío. Estiró una mano y acarició la mejilla de Phuwin, sus dedos trazando suavemente el contorno. "Buenos días, mi amor", dijo Pond, su voz ronca por el sueño. La intensidad en los ojos de Pond no había disminuido; de hecho, parecía haberse profundizado. Se incorporó con el brazo de Pond firmemente alrededor de su cintura, impidiendo que se alejara demasiado. Se sentó en el borde de la cama, arrastrando a Phuwin con él. Sus ojos lo estudiaron con una seriedad que disipó cualquier resto de somnolencia. "Tenemos que hablar", dijo Pond, su tono de repente más formal, volviendo al hombre de negocios que era. La burbuja de la noche anterior comenzó a romperse. El corazón de Phuwin dio un vuelco. Sus inseguridades aflojaron y su cerebro no dejaba de gritarle que una vez más lo había utilizado y sería dejado de lado. "Phuwin", Pond tomó su mano, entrelazando sus dedos. Su agarre era fuerte, inquebrantable. "Quiero que sepas que lo que pasó anoche... es solo el principio. Eres mío. Ahora más que nunca". Phuwin lo miró, sus ojos muy abiertos. La declaración no fue una pregunta, sino una afirmación rotunda. La posesividad de Pond, que había estado velada por la ternura, ahora era innegable, cruda y expuesta. No había vuelta atrás. "Y como eres mío", continuó Pond, sus ojos sin parpadear. "Te mudarás conmigo. A mi apartamento. No hay discusión posible. Hoy mismos, mi personal se encargará de todo". Phuwin sintió que la sangre se le helaba. Por un lado, mudarse con él era una escalada masiva, un salto a un compromiso del que no podía escapar. Quería protestar, gritar que tenía su propia vida, su propio apartamento, sus propios límites. Por otra parte, la mirada de Pond no dejaba lugar a dudas. Sabía que luchar era inútil. Además, sentir que no era dejado de lado le causó una alegría que no podía describir. Asintió lentamente, sintiendo que la red se cerraba a su alrededor, en donde su destino ya no le pertenecía. Ahora estaba atado a Pond Lertratkosums y aunque le aterraba, también sentía una infinita felicidad en saber que alguien lo veía.

End of Chapter 8