Chapter 10 of 17
Capítulo 10: El decenso
1.2k words
**************
Nota del autor: Los próximos capítulos tratarán temas relacionados con enfermedades psiquiátricas y lesiones, por lo que se recomienda leer con discreción.
Aclaro que no soy profesional de la salud ni psicóloga, por lo que lo escrito en estos capítulos nunca debe ser considerado como una recomendación médica.
Si el lector o alguien cercano está pasando por una situación parecida o mentalmente estresante, mi recomendación es que contacten a un experto que los guie en el proceso.
Finalmente, recuerden que todo esto es ficción y en ningún caso representa situación es de la vida real.
**************
Las semanas se habían desvanecido en una niebla de rutinas dictadas, de lujos impuestos. Phuwin observó la vista de la ciudad desde el balcón, un lienzo vibrante que se sentía tan inalcanzable como las estrellas. Cada día era un eco del anterior, susurrando la misma verdad: ya no era libre.
Despertar era una tarea ardua. Los días se arrastraban, llenos de un vacío creciente. Pond había dispuesto todo para él: clases de arte privadas, un chef personal, un gimnasio en casa. Cada oferta era un regalo, cada regalo una cadena, pulida y brillante, pero una cadena al fin y al cabo. Sentía la obligación de mostrar gratitud, de sonreír, de aceptar, mientras una parte de él se encogía.
Sus propias decisiones parecían haberse desvanecido. ¿Qué quería comer? El chef preparaba lo que Pond había sugerido. ¿Qué quería hacer? Pond había reservado una experiencia. Cada vez que intentaba expresar una preferencia, la mirada de Pond, aunque suave, llevaba un peso implícito, una expectativa que Phuwin no podía ignorar.
Silencio. La palabra resonaba en su cabeza. Antes, el silencio era un amigo, un espacio para pensar. Ahora, era un recordatorio constante de su aislamiento. Los mensajes sin respuesta se acumulaban en su antiguo teléfono, el que Pond le había 'permitido' mantener, pero que rara vez usaba, sintiendo la mirada invisible de su captor.
Pond en medio de su delirio de control y perfección, milagrosamente empezó a notar el cambio en Phuwin. Un día mientras cenaban noto que el plato de Phuwin estaba sin tocar. "No estás comiendo lo suficiente, cariño. ¿No te gusta?" Su preocupación parecía genuina.
Phuwin forzó una sonrisa, asegurándole que todo estaba delicioso, pero que no tenía mucho apetito, porque en su interior decepcionar a Pond ya no era una opción. Pond solo asintió, pensando que quizá solo era el estrés de adaptarse a su nueva vida, porque en su mente todo era perfecto.
El sueño cada vez era más esquivo. Noches enteras se pasaban mirando el techo, el silencio de la habitación acentuando sus pensamientos intrusivos. La sensación de asfixia se volvía más fuerte en la oscuridad. A veces, se despertaba empapado en sudor, con el corazón martilleando, el recuerdo de algún sueño fragmentado de una jaula, o de una voz que lo llamaba y no podía responder.
Sin embargo, hacía todo lo posible para evitar que Pond se diera cuenta, porque necesitaba a Pond y necesitaba sentir su felicidad. Esta era la paradoja más cruel. A pesar del control, a pesar de la sensación de pérdida, una nueva y aterradora necesidad había echado raíces. Cuando Pond se iba al trabajo, el vacío se volvía insoportable. Contaba las horas hasta su regreso, su mente fijada en el momento en que la puerta se abriría y lo vería de nuevo. Una parte de él ansiaba la libertad, otra anhelaba la presencia que le robaba el aire.
Verlo regresar era un alivio. Una ráfaga de calma lo invadía, seguida por la vergüenza de su propia debilidad. Se encontraba esperando sus elogios, su toque. Si Pond estaba ocupado o distante, Phuwin sentía un pánico silencioso, temiendo haber hecho algo mal, temiendo perder la única conexión que le quedaba en ese vasto, hermoso y solitario mundo.
Una noche, Pond lo encontró sentado en el suelo del balcón, abrazándose a sí mismo. Las lágrimas corrían por las mejillas de Phuwin. Pond se arrodilló, su rostro lleno de una preocupación que Phuwin creía sincera. "Phuwin, ¿qué pasa? ¿Estás triste?" Sus manos se posaron en sus hombros, firmes y tranquilizadoras.
"No... no lo sé", murmuró Phuwin, la voz rota. La verdad era demasiado grande, demasiado aterradora para verbalizar. "Solo... me siento un poco solo a veces".
Pond lo abrazó con fuerza. "Nunca estarás solo, cariño. Yo estoy aquí. Siempre". Su voz era un bálsamo, pero también un eco de la jaula. "Quizá deberíamos planear un viaje. Te vendría bien un cambio de aires. ¿Qué te parece una isla privada?" Phuwin solo asintió, la idea de un nuevo confinamiento, incluso en el paraíso, era agotadora.
Los días se volvieron indistinguibles. Phuwin se movía como un autómata, sonriendo cuando se esperaba, asintiendo a las sugerencias, su propia personalidad desdibujándose bajo la implacable y bienintencionada presión de Pond. Era un muñeco en una casa de muñecas, perfectamente cuidado, pero sin vida propia. Pond, inmerso en su trabajo y en la felicidad superficial de Phuwin, no veía más allá de la quietud que confundía con paz.
Lejos de allí, en su casa en otra provincia Dew revisaba su teléfono por décima vez. Ni una palabra de Phuwin en semanas. El corazón se le encogía de una preocupación fría y persistente. Los mensajes a su hermano quedaban en ‘visto’ a veces, pero nunca respondidos. Las llamadas se desviaban directamente al buzón de voz. La familia también estaba preocupada, pero Dew era el más insistente, el más inquieto. Algo no estaba bien.
Había llamado a su madre, a su padre, a su hermana. Nadie había podido contactar a Phuwin. La última vez que alguien lo vio fue cuando se mudó. Dew sabía que Phuwin era tímido, pero nunca había sido de desaparecer sin dejar rastro.
Compró un billete y le dijo a su esposa, Nira, que volvería en unos días. No podía esperar más. Tenía que ir a encontrar a su hermano, así que se dirigió a la Torre Lertratkosum, que era el último lugar que Bonnie le dijo donde lo había visto trabajando.
Quizás allí podría obtener alguna pista. Después de un agotador viaje, Dew llegó a la ciudad, el bullicio era abrumador, pero su determinación era inquebrantable.
Necesitaba respuestas. Necesitaba ver a Phuwin con sus propios ojos. Se dirigió a la dirección, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. La torre se alzaban imponentes. Dew se acercó al escritorio de la recepcionista, su mandíbula apretada, con una única certeza. Esto no terminaría hasta que supiera la verdad. Quería saber dónde estaba su hermano. Quería saber si estaba bien. Pero, sobre todo, quería saber por qué no había llamado.
Respiró hondo. "Busco a Phuwin Tang", dijo, su voz firme a pesar del temblor interno. "Sé que trabaja aquí como asistente del señor Lertratkosums". La recepcionista lo miró con escepticismo. Dew no se inmutó. No se iría. No hasta que supiera qué le había pasado a su hermano. Este era el lugar y Pond Lertratkosums era el hombre con las respuestas.