Sonó el teléfono. Phuwin miró la pantalla, el nombre de su hermana Bonnie parpadeando, y un nudo apretó su estómago. Había pasado una semana desde su última llamada, una semana en la que había intentado, con todo su ser, distanciarse. Intentó no responder.
El teléfono volvió a sonar. La insistencia de su familia era un martillo constante contra su ya frágil paz. Sabía que seguirían insistiendo hasta que contestara.
Suspiró, arrastrando el dedo por la pantalla para contestar e inmediatamente la voz de su hermana resonó en toda la habitación. Bonnie era ruidosa y demandante, incluso a través del altavoz.
"Phuwin, ¿por qué tardas tanto en contestar? Necesitamos tu ayuda. La lavadora se ha estropeado y ya sabes cómo es mamá con la ropa."
Phuwin cerró los ojos. Ayuda. Siempre ayuda. Nunca "¿cómo estás?" Nunca "¿necesitas algo?". Siempre una transacción, una necesidad que él debía llenar.
Su mano apretó el borde de la encimera. "¿Has llamado al técnico?" preguntó, su voz monótona.
"No hay tiempo para eso. Necesitamos una nueva. Y ya sabes, una buena. No podemos permitirnos que se estropee de nuevo en un mes." La implicación era clara: él debía pagar. Siempre él.
Una punzada de resentimiento, tan familiar, atravesó su pecho. Había enviado dinero para las reparaciones de la casa el mes pasado. El anterior, había cubierto el cambio de la nevera. Sus ahorros menguaban a un ritmo alarmante, pero no podía negarse, pues la culpa lo ahogaba si lo hacía.
"Buscaré un modelo." respondió, la energía drenándose de él. "La compraré. Pero, por favor, esta es la última cosa por un tiempo. Necesito ahorrar."
Hubo una pausa al otro lado. Un silencio pesado que conocía demasiado bien. Significaba que su petición era irrazonable. Que era egoísta. "Claro, Phuwin. Entiendo. Pero sabes, que también necesito una Tablet nueva para el trabajo. La mía es muy lenta. Realmente la necesito."
Colgó la llamada sintiendo un frío hueco en el pecho. No era digno. No era suficiente. No era amado por sí mismo, solo por lo que podía ofrecer. Cada petición, cada demanda, era una confirmación de su inutilidad inherente fuera de su valor transaccional. Se desplomó en el sofá, con las palabras de su hermana resonando en su cabeza.
Necesidad. Siempre necesidad. Pero nadie se preocupaba por su propia y profunda necesidad de afecto genuino. Eso se sentía como una herida abierta que era altamente improbable que sanara.
Pond Lertratkosums observó a Phuwin desde el umbral de su oficina, con el ceño fruncido. El joven estaba pálido, sus hombros encorvados, los ojos fijos en un punto distante. Había notado las llamadas, el patrón. La forma en que Phuwin se marchitaba un poco más cada vez que hablaba con su familia.
Una ira fría se encendió en Pond. Eran sanguijuelas que no merecían a Phuwin. Y, por supuesto, él no permitiría que lo destruyeran. Necesitaba sacarlo de allí. Lejos de las garras de su familia y de cualquier cosa que pudiera nublar su brillo.
Salió de su oficina directo al escritorio de Phuwin, con su presencia llenando el espacio. Phuwin se sobresaltó, poniéndose de pie de inmediato. "Señor Lertratkosums." Su voz era un susurro.
Pond se detuvo frente a él y le dijo "Phuwin. Prepárate. Partimos mañana por la mañana. Un viaje de negocios. Una semana en Singapur."
Los ojos de Phuwin se abrieron. "¿Singapur? ¿Yo? Pero..." Nunca había salido del país. Nunca había pensado en un viaje así. Su mente corrió a su familia. ¿Quién se encargaría de la lavadora? ¿De la Tablet?
"Necesito un asistente que entienda mis métodos. Alguien en quien pueda confiar. Eres tú," interrumpió Pond, su tono inquebrantable.
No era una sugerencia. Era una orden. Y Phuwin, con su historia de complacer a los demás, lo entendió perfectamente. No había margen para la objeción.
Sin embargo, la idea de escapar de su familia, incluso si iba a estar bajo las órdenes de Pond, era un pequeño y peligroso atisbo de libertad que muy en el fondo no quería dejar escapar.
Además, cada vez era más difícil mentirse a sí mismo y fingir que aquel empresario dominante no estaba invadiendo sus pensamientos poco a poco.
El avión privado de Pond era un lujo silencioso. Phuwin se sentó en un asiento de cuero suave, la cabeza apoyada contra la ventanilla, viendo las nubes pasar. La distancia física de su familia era un bálsamo temporal, pero la ansiedad permanecía, un zumbido constante bajo su piel.
Pond estaba sentado frente a él, inmerso en documentos, pero sus ojos se desviaban hacia Phuwin de vez en cuando, observándolo con una intensidad que no le interesaba disimular.
Para Pond no solo era una cuestión física, aunque nadie podía negar que Phuwin era uno de los hombres más atractivos que jamás hubiera conocido. Pero más allá de su físico, Pond sentía una necesidad primitiva de marcarlo, para que todos supieran que él era solo suyo y así resguardarlo del mundo.
Y ahí radicaba el peligro, porque entre más lo observaba, más se daba cuenta que esto no era un capricho pasajero y que ya no estaba dispuesto a controlar aquellos impulsos que le decían que debía hacerlo suyo.
Singapur era una ráfaga de luces, sonidos y rascacielos imponentes. La ciudad brillaba, un contraste deslumbrante con su propia vida monótona. Desde el momento en que aterrizaron, Pond se convirtió en su sombra. En el coche que los recogió, su mano encontró la espalda baja de Phuwin, un toque ligero pero firme que lo guio, una posesión silenciosa.
Durante las reuniones, Pond lo mantenía cerca. En la sala de juntas, Phuwin estaba sentado a su derecha, y Pond a menudo extendía una mano para reposarla en su muslo bajo la mesa, o le pasaba documentos con un roce prolongado de sus dedos. Era sutil, casi imperceptible para los demás, pero para Phuwin era una jaula que se cerraba lentamente y él estaba encantado.
Una tarde, en una recepción con inversores, Phuwin se encontró charlando con una joven ejecutiva. Era amable, sus ojos chispeaban con interés mientras hablaban de arte. Por un momento, Phuwin se sintió normal, relajado, tanto que en un punto una risa genuina escapó de sus labios.
Sin embargo, ese gesto no pasó desapercibido para cierto director ejecutivo, que se apresuró a posar su brazo alrededor de la cintura de su objeto de obsesión. Su agarre era firme, posesivo y una sonrisa fría adornaba sus labios, mientras miraba a la ejecutiva con total desprecio.
"Disculpe, señorita. Necesito a mi asistente.", dijo Pond, en un tono educado, pero que prometían consecuencias si ella no retrocedía. La mujer captó la señal, su sonrisa se desvaneció, se disculpó rápidamente y se alejó.
Phuwin sintió un escalofrío. El calor del brazo de Pond, la forma en que lo apretaba contra su cuerpo no era reconfortante, sino asfixiante. Intentó alejarse, pero el agarre de Pond solo se intensificó.
"No te alejes de mí," susurró Pond en su oído, la voz baja y profunda, como una sirena dirigiendo a un marinero a su destino fatal. "Es importante que parezcamos un frente unido."
Phuwin asintió, mientras las palabras quedaban atrapadas en su garganta. De repente recordó el incidente con Mark, y prefirió agachar la cabeza para no causar más problemas.
Los días se convirtieron en una serie de encuentros donde Pond ejercía su control de formas cada vez más evidentes. En el vestíbulo del hotel, un hombre intentó hacerle una pregunta a Phuwin sobre uno de los acuerdos. Antes de que Phuwin pudiera responder, Pond se interpuso, su cuerpo bloqueando la vista del otro hombre. "Todas las preguntas se dirigen a mí," dijo Pond, la autoridad goteando de cada palabra. Luego, tomó la mano de Phuwin, entrelazando sus dedos con los suyos, y lo arrastró a su lado.
Phuwin sentía el peso de la mirada de Pond constantemente, sus ojos oscuros clavándose en él, reclamándolo sin palabras. Pero lo más aterrador de todo era que con cada gesto Phuwin se sentía más reconocido y validado. Para el, la posesión de Pond no era ya algo aterrador, sino una forma de sentir que le importaba a alguien.
La última noche en Singapur se celebró una cena de gala. El salón estaba lleno de gente importante, risas y el tintineo de copas. Phuwin, con un traje impecable que Pond había elegido, se sentía como un intruso. Pond, por supuesto, no se movía de su lado, su mano apoyada firmemente en la parte baja de su espalda, una señal constante de propiedad.
Un socio comercial de Pond, un hombre mayor y amable, felicitó a Phuwin por su trabajo. "Un asistente excepcional, Pond. Tienes mucha suerte. Y es un joven muy apuesto." El hombre le ofreció una sonrisa cálida, su mirada pausándose un momento de más en los ojos de Phuwin.
El aire se volvió denso. Pond se puso tenso, como si fuera una bestia enjaulada y sus ojos se oscurecieron con una furia apenas contenida. Apretó la mano de Phuwin con tanta fuerza que este casi gimió. El socio comercial, notando el cambio abrupto en el ambiente, se despidió torpemente. La ira de Pond era palpable, un aura oscura que los envolvía a ambos.
Salieron del salón, Pond arrastrando a Phuwin con él, el agarre aún más fuerte. No dijo una palabra hasta que llegaron a su suite privada. La puerta se cerró con un golpe sordo, resonando en el silencio tenso. Pond lo empujó suavemente contra la pared, sus ojos ardiendo con una emoción que Phuwin no podía nombrar, pero que lo aterraba y emocionaba.
"Eres mío," gruñó Pond, su voz áspera, despojada de toda cortesía. Sus manos subieron para enmarcar el rostro de Phuwin, los pulgares acariciando sus pómulos. "Mío. Nadie más. Nadie te mira así. Nadie te toca. Eres mi mundo." Se inclinó, sus labios se estrellaron contra los de Phuwin con una desesperación brutal, un reclamo que les robó el aliento.
Cuando se separaron jadeando por aire, Pond lo miro con desespero y en un susurro cautivador y posesivo le dijo "No voy a dejar que nadie te aleje de mí."
Las palabras, la fuerza del beso, la intensidad del agarre, todo colapsó sobre Phuwin. Su mente se cerró. Un terror frío se extendió por cada fibra de su ser. Él no era digno de amor, lo sabía. Pero esto... esto era una jaula de oro, un abismo oscuro. Se encogió sobre sí mismo, el miedo y la ansiedad clavándose en su corazón, asfixiándolo. No podía respirar. No podía pensar. Solo sentía el peso de una posesión absoluta, que amenazaba con devorarlo entero y la profunda vergüenza de reconocer que tal vez eso era precisamente lo que más quería.