Habían pasado ya dos semanas desde que Mark desapareció. Dos semanas de este silencio incómodo en la oficina, donde las miradas furtivas de sus compañeros lo seguían, evitando sus ojos.
Sentía la presión. No de los informes, no de las cifras que Pond esperaba de él. No. La presión era más sutil, intangible. La presencia constante de Pond. Su voz en las reuniones, su figura en el umbral de su despacho, sus mensajes breves y concisos que aparecían en su teléfono, las videollamadas obligatorias y los regalos que no dejaban de llegar.
Después del traslado de Mark, Pond se empecinó aún más en demostrar que Phuwin era solo suyo. Primero fue la rosa, luego la ropa, las joyas y la comida gourmet. Todo ello lo envolvía, lo aislaba.
Sin embargo, cuando se atrevía a rechazarlo, la presión se volvía peor. La vez que le devolvió un anillo de platino que le dejó en su escritorio, Pond envió un desfile de 10 personas, cada una con una caja con un anillo aún más caro. El un espectáculo fue tal que hizo que Phuwin agachara la cabeza y nunca más se atreviera a protestar.
Y entonces, su peor pesadilla se hizo realidad. Una vibración interrumpió su contemplación. Un mensaje de su hermana, Bonnie, a quien intencionalmente llevaba semanas evitando, a pesar de trabajar en la misma empresa.
Su corazón dio un vuelco y con una mano temblorosa, producto de la ansiedad y una culpa latente que se agitaba en su estómago, desbloqueó el teléfono y empezó a leer los mensajes:
*Bonnie: "Phu, ¿es verdad lo del nuevo trabajo?"
*Bonnie: "Mamá dice que te vio en un coche de lujo. ¿Por qué no nos has dicho nada?"
*Bonnie: "¡Ven a cenar esta noche! Tenemos que hablar. Es importante."
Respiró hondo. La cena familiar siempre era un campo de minas. Había esperado posponer esto, pero Bonni no era de las que esperaban. Especialmente cuando olía a dinero.
Horas más tarde, entró al pequeño apartamento de sus padres. Lo primero que lo golpeó fue el aire denso con el olor a curry de gambas. Su madre estaba en la cocina, su padre en el salón, con los ojos pegados a la televisión y Bonnie lo esperaba en la mesa, sus ojos brillantes, evaluadores.
"¡Phuwin!" exclamó su madre, secándose las manos en un paño de cocina. "¡Estás tan delgado! Ven, siéntate. Tu hermana nos ha contado unas cosas..."
Se sentó con cautela. Bonnie no perdió el tiempo. "¿Así que ahora trabajas para Pond Lertratkosums?" Su tono era una mezcla de asombro y envidia. "¿El magnate?". Asintió. "Sí, soy su asistente personal."
"¿Asistente personal?" repitió su padre, apagando la televisión. Sus ojos se abrieron. "¿Cuánto te paga un hombre así? Debe ser una fortuna, ¿verdad?"
La conversación tomó el giro esperado. Ya no preguntaban por su bienestar, por cómo se sentía en su nuevo puesto. Solo querían saber de los números. De los beneficios. De cómo *ellos* podrían beneficiarse.
Bonnie fue la primera en golpear. "Sabes, mi Tablet está fallando. Necesito una nueva para tomar los apuntes durante las sesiones de litigio". Su madre intervino rápidamente. "Y el tejado, cariño. Con estas lluvias, la gotera es cada vez peor. ¿Con tu sueldo ahora no podrías...?"
Las palabras se amontonaban, cada petición un peso más sobre su pecho. Un nuevo televisor para el salón. Una ayuda para la deuda del coche de Bonnie. Un viaje de peregrinación para su madre. Cada frase lo encogía, lo hacía sentir insignificante, un mero recurso.
Sentía el viejo dolor, familiar y punzante. La herida que le recordaba que solo era valioso por lo que podía ofrecer, no por quién era. Sus ojos se empañaron. Intentó sonreír, intentó asentir, pero las palabras se le atascaban en la garganta.
"Claro," consiguió decir, con la voz apenas un susurro. "Veré qué puedo hacer."
Regresó a su apartamento con el peso de esas expectativas aplastándolo. La burbuja de lujo se sentía ahora como una prisión. Se sentó en el sofá, abrazándose a sí mismo, el corazón encogido. Nadie lo veía.
Y entonces una vibración en su bolsillo. Al revisar su celular vio un mensaje.
*Pond: "¿Estás bien? Te sentí distante en la última videollamada. ¿Ha pasado algo?"
Una oleada de emoción lo atravesó. Alguien notaba su estado de ánimo. Alguien preguntaba. No por dinero, no por favores, sino por ÉL.
Respondió, con los dedos temblorosos.
*Phu 🐦: "Mi familia. Estuvimos cenando. Siempre es lo mismo. Las peticiones. Se creen que soy su cajero automático."
La respuesta de Pond llegó en segundos.
*Pond: "Lo entiendo. Es difícil cuando la gente no valora tu corazón, solo lo que puedes darles. Mereces más que eso, Phu."
Esas palabras. Una caricia para su alma herida. Un bálsamo que calmaba el escozor de la noche. Pond lo entendía. Pond lo veía. Pond le decía que merecía más.
No obstante, del otro lado de la ciudad Pond sonrió con malicia, porque vio la oportunidad de por fin alejar a Phuwin para que fuera únicamente suyo.
Al día siguiente, llegó una caja a su oficina. Grande, elegantemente envuelta. No era para el trabajo. Dentro, un portátil ultrafino, de una marca de lujo que Bonnie solo podría soñar con tener. Una tarjeta acompañaba el regalo: "Para que sepas que no todos te ven solo como un medio. Hay quienes ven tu verdadero valor. Pond."
Una punzada de algo complejo lo atravesó. Gratitud, sí. Pero también una extraña sensación de deuda. Era tan generoso, tan comprensivo. Le estaba dando lo que su propia familia le pedía, y más. Sin pedir nada a cambio. O eso parecía.
Los regalos continuaron. Un reloj elegante, discretamente caro. Una suscripción a un servicio de comida a domicilio gourmet, para que no tuviera que cocinar después de un día agotador. Flores frescas entregadas a su apartamento cada semana. Pequeños lujos, gestos que se acumulaban, envolviéndolo en una red de aparente cariño.
"Eres excepcional, Phuwin," le dijo Pond un día, mientras revisaban unos documentos. Su voz era suave, casi un susurro. "Tu atención al detalle, tu ética de trabajo. Pocas personas tienen tu capacidad. Es una pena que no todos puedan apreciarlo."
Las palabras de Pond resonaban en su cabeza, contrastando fuertemente con las demandas de su familia. Aquí, con Pond, se sentía valorado por su ser, no por su cartera. Se sentía visto. Se sentía, extrañamente, seguro.
Empezó a hablar más con Pond. Pequeños detalles de su día, sus preocupaciones. Pond siempre escuchaba, siempre ofrecía una perspectiva que lo hacía sentir menos solo. Sugería soluciones, algunas sutiles, otras más directas, para lidiar con las peticiones de su familia. "A veces," le dijo Pond, "es necesario poner límites. Protegerte a ti mismo es lo más importante."
Los consejos de Pond eran siempre en su 'beneficio'. "No te preocupes por sus deudas, Phuwin. Tienes tu propio futuro que construir. Ellos siempre te verán igual. Tú eres diferente." Y Phuwin, herido y vulnerable, empezó a creerle. Empezó a distanciarse, lentamente, dolorosamente, de su familia. La culpa aún lo carcomía, pero el consuelo de Pond era un bálsamo demasiado dulce para ignorar.
Una noche, después de una particularmente agria conversación telefónica con Bonnie sobre un nuevo préstamo que necesitaba, Phuwin se sentó en la oscuridad de su sala de estar. Se sentía agotado, vacío. Abrió su teléfono, buscando consuelo.
Entonces, llegó un mensaje de Pond de una foto de una caja de terciopelo con un mensaje "Para que siempre te sientas seguro y protegido, estés donde estés, sabiendo que yo estoy aquí para ti."
Un repartidor especial llegó a su puerta diez minutos después. Llevaba una caja pequeña, idéntica a la de la foto. Dentro, sobre el lujoso forro de terciopelo, un reloj inteligente de lujo brillaba tenuemente, con el GPS ya activado. Adentro de la caja, una tarjeta con un mensaje corto y directo: "solo yo puedo protegerte".
Y por supuesto, aunque en el fondo Phuwin sabía que era un grillete, lo acepto con gusto, porque en verdad creía que solo Pond podía protegerlo.