Ya habían pasado varios días desde su ingreso y Phuwin intentaba asimilar su nueva normalidad. Lertratkosums Corp era implacable, pero había encontrado un flujo, una cadencia. Su escritorio era eficiente, su trabajo, aunque a veces tedioso, le ofrecía una distracción y no podía negar que el salario era más que generoso.
Aun así, la pared de cristal seguía allí y Pond Lertratkosums, con su silueta imponente, seguía observándolo. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba mirándolo fijamente. La intensidad de esa mirada le provocaba un escalofrío que no lograba sacudirse.
Hoy era martes, día de almuerzo en la cafetería ejecutiva. Phuwin se unió a un pequeño grupo de sus compañeros de departamento, buscando la seguridad del anonimato entre las conversaciones triviales sobre proyectos y plazos.
Pidió una ensalada, evitando los platos más pesados. Le gustaba la sensación de ligereza. Se sentó en una mesa al fondo, lejos del bullicio principal, intentando pasar desapercibido.
"Phuwin, ¿verdad?". Una voz profunda resonó a su lado. Se sobresaltó, casi derramando su agua. Mark, un colega del departamento de marketing, sonrió, sus ojos oscuros fijos en él. Mark era conocido por su labia y su facilidad para entablar conversaciones.
"Sí, hola, Mark," respondió Phuwin, intentando devolver la sonrisa, pero la suya se sintió forzada.
Mark se deslizó en la silla vacía junto a él, demasiado cerca. Su brazo rozó el de Phuwin mientras se inclinaba, su colonia pesada llenando el espacio personal de Phuwin.
"Escuché que eres nuevo en el equipo de Pond. ¿Cómo es trabajar para el jefe?", preguntó Mark, su voz baja y casi conspiradora.
Phuwin encogió los hombros. "Es... intenso y hay mucho que aprender".
"Ah, sí. Pond es un tipo exigente," Mark rio, un sonido grave. "Pero si estás bajo su ala, tienes asegurado el éxito. Es un buen padrino. Y tú... eres muy afortunado."
Mark le guiñó un ojo. Un escalofrío recorrió la espalda de Phuwin. No le gustaba la dirección que tomaba la conversación. Evitó la mirada de Mark, concentrándose en su ensalada.
"Eres un tipo diferente, ¿sabes?", continuó Mark, ajeno al malestar de Phuwin. "Hay algo en ti. Una especie de... inocencia. Es bastante refrescante en este lugar lleno de tiburones".
Su mano se posó brevemente en el antebrazo de Phuwin. El tacto fue ligero, pero se sintió como una quemadura. Phuwin retiró su brazo de inmediato, fingiendo ajustar su manga.
"Solo intento hacer mi trabajo," dijo Phuwin, su voz apenas un susurro. Quería que la conversación terminara.
Mark sonrió de nuevo, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Claro. Entiendo. Pero si alguna vez necesitas un descanso, un café, o simplemente alguien con quien hablar, sabes dónde encontrarme".
Deslizó una pequeña tarjeta con su número de extensión y su móvil por la mesa, empujándola sutilmente hacia Phuwin quien no la recogió.
Sentía la humedad en sus palmas. La situación le recordaba demasiado a momentos pasados, a personas que habían disfrazado sus intenciones con falsa amabilidad.
"Gracias, Mark. Lo tendré en cuenta," dijo, su voz tensa. Se puso de pie abruptamente. "Necesito volver a mi escritorio. Tengo una reunión". Era una mentira.
Mark levantó una ceja, pero no lo detuvo. "Claro, Phuwin. Nos vemos por ahí". Su mirada siguió a Phuwin mientras se alejaba.
Phuwin casi corrió de vuelta a su escritorio, con el corazón latiéndole con fuerza por la incomodidad. Dejó la tarjeta de Mark donde estaba, sobre la mesa de la cafetería. No la quería. No quería ninguna de las atenciones que Mark parecía ofrecer.
Se sentó en su escritorio, intentando recuperar la compostura. ¿Era tan obvio? ¿Su vulnerabilidad se proyectaba como un faro? Se sentía expuesto, como siempre. La sensación de ser un objeto, de ser visto a través de una lente distorsionada, se apoderó de él.
Levantó la vista hacia la oficina de Pond. La silla estaba vacía. Un pequeño alivio, fugaz. Pero sabía que la mirada de Pond estaba siempre presente, incluso en su ausencia.
A la mañana siguiente, un aire diferente impregnaba la oficina. No era la habitual prisa por el café o el murmullo de las primeras conversaciones. Había un silencio tenso, un zumbido de susurros contenidos.
Phuwin durmió poco, habiendo pasado la noche dando vueltas en la cama, la incomodidad del almuerzo anterior aún fresca en su mente.
Mientras se preparaba un té en la pequeña cocina del piso, escuchó fragmentos de una conversación entre dos asistentes.
"¿Lo oíste? ¿Lo de Mark?" dijo una voz, baja y urgente. "Sí, increíble, ¿verdad? De la noche a la mañana. Traslado a la sede de Chiang Mai. ¡Chiang Mai!", la otra voz parecía incrédula. "Y dicen que fue... inmediato".
Phuwin detuvo la mano a medio camino de su taza. ¿Mark? ¿Chiang Mai? Era la sede más remota de la empresa, una especie de exilio corporativo para aquellos que habían caído en desgracia.
"Nadie sabe por qué," susurró la primera asistente. "Pero todos lo sospechan. Mark no era tonto. Sabía quién era Phuwin para el jefe."
La taza de té de Phuwin se deslizó un poco en su mano. La palabra "jefe" resonó en su mente. "Quién era Phuwin para el jefe". Sintió un frío helado.
Se retiró de la cocina sin ser visto, regresando a su escritorio. Su mente intentaba procesar la información. Mark había sido... trasladado. Después de su interacción en el almuerzo. Era demasiada coincidencia.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Pond. Había sido Pond. Había visto. Había actuado. La rapidez, la contundencia de la acción... era aterradora.
Durante el resto del día, la atmósfera alrededor de Phuwin cambió drásticamente. Sus colegas, que antes le dirigían sonrisas rápidas o asentimientos cordiales, ahora evitaban su mirada.
Si se acercaba al dispensador de agua, las conversaciones se silenciaban. Si caminaba por un pasillo, la gente parecía encontrar una razón urgente para mirar sus pantallas o girar en la dirección opuesta.
Se sentía como si una burbuja invisible lo rodeara, una burbuja de miedo y cautela. La gente lo veía como un elemento radiactivo, alguien demasiado cerca del poder de Pond, y por lo tanto, peligroso.
El aislamiento era profundo. En la cafetería, los asientos junto a él permanecían vacíos. Sus preguntas sobre un proyecto a un colega fueron respondidas con monosílabos.
Phuwin sintió la familiar punzada de dolor. Siempre había sido así. Las personas lo usaban y después lo evitaban. Para el mundo él no era una persona, sino un medio para un fin. Su creencia de que no era digno de afecto genuino se afianzaba con cada mirada esquiva, con cada palabra no dicha.
Pond, desde su oficina, parecía más visible que nunca. A través del cristal, Phuwin podía sentir sus ojos sobre él, una presencia constante, palpable.
En un momento, Pond lo llamó a su oficina. El corazón de Phuwin dio un salto. "Phuwin, necesito que revises estos informes. Son urgentes," dijo Pond, su voz tranquila, su expresión ilegible.
Phuwin tomó la pila de documentos. Sus dedos temblaron ligeramente. Se atrevió a levantar la vista.
Los ojos de Pond lo taladraron, intensos, oscuros. "Hay algo más. Necesito que seas más... consciente de tu entorno. No todos aquí quieren lo mejor para ti."
Un nudo se formó en el estómago de Phuwin. ¿Era una advertencia? ¿Una confirmación? ¿O una afirmación de propiedad?
"Entiendo, señor Lertratkosums," respondió Phuwin, su voz apenas audible.
"Bien. Puedes irte."
Regresó a su escritorio, con los informes en sus manos pesando más de lo normal. Pond no había mencionado a Mark directamente, pero el mensaje era claro. La advertencia era un recordatorio: Pond lo veía, lo protegía, lo reclamaba.
Los días siguientes se convirtieron en un laberinto de soledad. Las interacciones con sus colegas se redujeron a lo estrictamente profesional y esencial. Nadie se ofrecía a almorzar con él, nadie le preguntaba sobre su fin de semana.
Phuwin se convirtió en una isla en medio de un océano de personas. Se sentía más solo que nunca, a pesar de estar rodeado y eso era precisamente lo que Pond quería.
El empresario deseaba aislar a su pequeño pájaro, hasta que el fuera lo único en su vida y día a día de esta nueva forma de soledad, lograba que Phuwin cediera un poco.
Porque cada vez que Pond lo llamaba a su oficina para una tarea, por pequeña que fuera, el miedo y la sumisión se mezclaban con una extraña y confusa sensación de ser... especial.
Así, la atención de Pond, por asfixiante que fuera, lo elevaba por encima del resto, aunque fuera a un lugar de aislamiento.
La paradoja era cruel. Cuanto más Pond ejercía su control, más se confirmaban los miedos más profundos de Phuwin: que solo era valioso cuando era poseído, cuando alguien dictaba su existencia.
Sentía el peso de la mirada de Pond sobre él, incluso cuando no lo miraba directamente. Se sentía como un objeto de arte valioso exhibido en una galería, bajo la constante vigilancia de su propietario.
Su mente, a pesar de su resistencia, comenzó a racionalizarlo. Si nadie más lo quería cerca, si todos lo veían como un peligro andante debido a Pond, entonces ¿a dónde más podía ir? ¿Quién más lo validaría, a su manera retorcida?
Se encontraba anhelando el fin del día, el escape de los ojos silenciosos de sus colegas. Pero incluso en casa, la imagen de Pond, su voz, su mirada, lo seguían.
Era una prisión sin paredes, invisible para todos menos para él.
Una tarde, ya al final de la jornada, Phuwin terminó el último informe. Sus dedos se movían mecánicamente sobre el teclado. El sol comenzaba a ponerse, proyectando largas sombras por la oficina, ya casi vacía.
Estaba agotado, mental y emocionalmente. Solo quería irse, tumbarse y quizás olvidar por unas horas la opresión que sentía.
Se estiró, sus músculos tensos. Luego, se inclinó para apagar su monitor.
Phuwin regresó a su escritorio y se encontró con una única rosa de color rojo sangre, con los pétalos casi negros, conservada detrás de un cristal. Un mensaje crudo junto a la flor decía “solo yo puedo adorarte”. Al verla Phuwin entendió que él era esa flor y se asustó, porque por un momento no deseó ser nadie más. La jaula de Pond se cerraba y Phuwin ya no estaba seguro de querer salir.