Chapter 3 of 17

Capítulo 3: El primer día

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Ese día decidió no utilizar el traje que le enviaron. La verdad no podía pagarlo si se arruinaba o si el trabajo no funcionaba y le tocaba devolverlo. Igualmente, no tocó el dichoso cheque de bienvenida y prefirió romperlo. No se sentía bien gastando un dinero para el que no había trabajado. Después de completar la inducción en Recursos Humanos y recibir su pase, Phuwin se instaló en su nuevo espacio en el piso ejecutivo de la Torre Lertratkosum. Una secretaria de mediana edad llamada Prim lo recibió con una cálida sonrisa, le enseñó su espacio designado y le explicó cuáles serían sus tareas inmediatas mientras llegaba el señor Lertratkosum. Una vez instalado, afiló la punta de su lápiz con un crujido satisfactorio. Un aroma a madera y grafito llenó el pequeño espacio. Phuwin Tang se inclinó sobre una pila de documentos, mientras la luz de la pantalla de su ordenador iluminando su rostro. Una calma inesperada lo envolvió. Los archivos eran sencillos y las instrucciones de Prim eran claras. La silla ergonómica se sentía como un abrazo suave, el ambiente relajado y sintió que por fin su esfuerzo para obtener su título había valido la pena. Por un momento, casi olvidó por qué estaba allí; sus problemas familiares; la intensidad de la mirada de Pond Lertratkosums y la sensación de ser una presa. Levantó la vista, estirando la espalda. El diseño de la oficina era moderno, minimalista, con ese toque industrial que daba el cristal, el bronce, el latón y acero. Su escritorio era espacioso, pero lo que más le llamaba la atención era una planta de hojas verdes que se alzaba en una maceta en la esquina, lo que daba un toque de vida en la pulcra esterilidad. Otros empleados se movían en silencio, tecleando o hablando en tonos bajos. Nadie parecía prestarle atención. Era solo otro rostro en el mar de trabajadores de Lertratkosums Corp. Respiró hondo. Este podría ser un buen lugar, un nuevo comienzo y tal vez, solo tal vez, Pond lo dejaría en paz si demostraba ser competente. Negó con la cabeza. En su corta vida había aprendido que la esperanza era una trampa, siempre lo había sido y por eso se encontraba en la caja de Pandora, junto a las demás desgracias de la humanidad. Volvió a los documentos, concentrándose en las cifras. El trabajo era un refugio. Un lugar donde su mente podía anclarse, ignorando la inquietud persistente bajo su piel. Las horas pasaron, marcadas por el zumbido de los ordenadores y el ocasional tintineo de una taza de café. El sol se filtraba por las ventanas altas, pintando franjas doradas en el suelo pulido y a diferencia de lo que había imaginado, su primer día se sintió casi... normal. Sin embargo, ya al final se la jornada una sensación peligrosa y ... ¿seductora? le recorrió la piel, a medida que se sintió observado. De repente, una figura se movió en su visión periférica, lo que lo incomodó e hizo que el café que estaba a punto de beber casi se le derramara. Su mirada se dirigió instintivamente hacia la fuente del movimiento y allí estaba, separado por una única partición de cristal inmaculado que antes estaba esmerilado y ahora dejaba ver el despacho de Pond Lertratkosums. Su corazón dio un vuelco violento, un golpe seco contra sus costillas. Pond estaba allí. Sentado en su enorme escritorio de ébano, con una mano apoyada en la barbilla mirándolo a través del cristal, con esos los ojos oscuros e intensos, sin siquiera tomarse un momento para pestañear. No había una sonrisa, ni un ceño fruncido. Solo una atención inquebrantable, tan fija como la de un depredador que acecha a su presa. Entonces, el aire se enrareció y la calma que había sentido minutos antes se hizo añicos. De repente, el espacioso escritorio se sintió pequeño, como una jaula. Phuwin forzó su vista a volver a los documentos. Sus manos temblaron ligeramente. Pretendió leer, pero las letras se mezclaron en una mancha indistinguible. Sabía que lo estaba mirando, podía sentir el peso de esa mirada, atravesando el cristal, penetrando su piel. Era como estar desnudo bajo un foco brillante. Cada movimiento, cada respiración, cada nerviosismo, expuesto. El cristal no era una barrera, sino una lente que ampliaba su vulnerabilidad. Intentó calmar su respiración, pero fue inútil. Su pecho subía y bajaba rápidamente. ¿Por qué Pond había dispuesto su oficina así? No tenía sentido. Podría haber elegido cualquier otro lugar en el enorme piso. A menos que... A menos que fuera exactamente su intención. Mantenerlo bajo observación constante, recordarle quién estaba a cargo. Un escalofrío recorrió su espalda, al comprobar que sus temores se hacían realidad, pues este no era un nuevo comienzo, sino que era una nueva forma de servidumbre y sumisión. Phuwin tragó saliva. El tic nervioso en su mandíbula se acentuó cuando la familiar imagen de su madre, de su padre, de sus hermanos, todos ellos pidiéndole cosas, queriendo algo de él, aprovechándose de su buena voluntad, llenó su mente. Esa familiar sensación de ser utilizado, de ser percibido como un objeto se aferró a él con garras heladas. Intentó ignorar a Pond pero fue imposible. El cristal era un imán para su mirada, una y otra vez. Pond no se movió ni una sola vez. Su postura, era inmutable y su mirada, inquebrantable. La tarde se estiró en una tortura silenciosa. El sonido del teclado de Phuwin se sentía estruendoso en el silencio. Cada vez que levantaba la cabeza, incluso por un instante, se encontraba con los ojos de Pond. Una confirmación silenciosa de que la vigilancia era incesante. Una pequeña punzada de terror se instaló en su estómago. Esto era peor que cualquier confrontación directa. Esto era una erosión lenta y constante de su paz mental y con tristeza supo que sería solo el inicio. De repente sonó el teléfono. Con una voz baja y peligrosamente seductora Pond se dirigió a Phuwin y dijo “lástima que no hayas utilizado el traje que te envié. Sin embargo, mi pequeño pájaro, con todo te ves bien” y colgó. Phuwin sintió que el aire se le escapaba, pero por un breve instante la idea de no ser invisible hizo que sonriera y esa reacción lo asustó más que cualquier otra cosa en su vida.

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